El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

Alhanna señaló a los oponentes contra los que luchaba Kishur y los dragones se dirigieron a gran velocidad hacia ellos.

Atacaron de forma cruel, atravesando sus torsos y abrasando carne y hueso a su paso, derritiendo las ropas de cuero negro.

Algunas de aquellas pequeñas llamas se introducían por la boca o nariz convirtiendo al gaeshan en cenizas en cuestión de segundos.

Los jóvenes soldados eran incapaces de combatirlas, pues sus armas las atravesaban igual que a la niebla.

Quiazz sintió náuseas al recordar el hedor a carne quemada que impregnó la ciudad tras la batalla.

Kishur retrocedió y varias diminutas luces lo siguieron y comenzaron a rodearlo.

Parecían buscar su atención. Las bestias de negro pelaje regresaron junto al dárico y las espantaron con sus rugidos.

Quiazz lo observó todo conmocionado. Y por primera vez, se preguntó quiénes eran en realidad Alhanna y el dárico gris.

El general Sandar tiró del brazo de Quiazz para salir de allí y Litzzia los siguió a regañadientes.

Corrieron sin mirar atrás, conscientes de que la lucha no había acabado.

Quiazz dejó que Sandar lo arrastrara al barco, notando la rabia y, al mismo tiempo, el placer que envolvían a Alhanna en esos momentos.

Su sed de sangre era demasiado grande para él. Le hacía sentirse enfermo.

En el barco aguardaban cinco hajaeks de Runna.

Sandar les ordenó quedarse en el muelle por si los gaeshan los seguían.

A Litzzia y a Quiazz les resultó difícil mantener la calma mientras esperaban el regreso del dárico y de Alhanna.

Ella temblaba bajo la lluvia sin despegar la vista de la ciudad.

Quiazz agarró su mano y la joven la apretó con fuerza.

No podían ver gran cosa de la lucha, pero sí el brillo plateado que iluminaba el cielo.

Sandar los condujo al fin hasta uno de los camarotes a pesar de la reticencia de Litzzia.

—¡Debes ir a luchar a su lado! —exigió ella nada más entrar.

—¿Piensas que necesita mi ayuda? ¿No has visto lo mismo que yo? —Sandar fue hacia la puerta para marcharse—. Ahora quedaos aquí.

El tiempo pasaba tan despacio que parecía haberse detenido.

Ninguno de los dos tenía ánimos para entablar conversación, así que se limitaron a pasear por la estancia con la esperanza de ver entrar a los demás.

Alhanna fue la primera en hacerlo, con una sonrisa en los labios y aparentemente agotada.

Sandar y Kishur llegaron después de ella.

Litzzia se lanzó a los brazos del dárico gris y él besó su cabeza mientras la sostenía.

En ese momento, la nave comenzó a moverse. Kishur miró a Quiazz de forma interrogante. El joven carraspeó incómodo antes de hablar.

—La última vez que abandoné la ciudad lo hice amordazado y atado por mi padre en la bodega de un barco.

Supongo que ahora puedo sentirme afortunado de haber venido por mi propio pie.

—Quiazz se apoyó en uno de las estanterías ancladas a la pared de madera—.

Lo único que sé sobre las intenciones de los gaeshan es que su líder quería conocer los detalles de ese viaje.

Al parecer, estaba informado de que fue Trivaz quien me secuestró durante el mismo.

—Bueno, ya no podrá poner sus zarpas sobre ti —comentó Kishur, y no aclaró si se refería al gaeshan o al Trivaz que había muerto en la montaña de los Moradores.

El barco se zarandeó y Alhanna perdió el equilibrio y acabó chocando contra una de las estanterías. Quiazz se fijó entonces bien en ella, estaba muy pálida.

—¿Qué te ocurre? —Kishur fue hacia la joven y la sostuvo por los hombros.

—Ahora no quieren callarse, están muy alterados. —Alzó la mano y señaló la marca que encerraba a los dragones grises—. Es tal el barullo de zumbidos que no logro entender lo que dicen. Lo único que identifico es tu nombre, lo repiten una y otra vez.

—¿Cuál de ellos? —preguntó Sandar ganándose una mirada hosca de Kishur.

Alhanna no respondió, ¿cómo podría? El nombre que chillaban los dragones era el de Hagnak.

Parecían enloquecidos tras la lucha contra los gaeshan.

Usarlos había sido algo inesperado, un acto reflejo más que una acción estudiada.

Lanzó un largo suspiro, pues siempre actuaba por impulsos.

Observó a Kishur, que no apartaba los ojos de ella.

Imaginaba que el tatuaje de su brazo era también obra del Dragón, al igual que el cambio en su ojo izquierdo, que le permitía contemplar la energía.

Cuando el epígrafe se desprendió de la piel del dárico, ella pudo leer las palabras en sáhico.

Mencionaba que las bestias eran las guardianas del nacido de la Oscuridad.

¿Conocería él su significado? El intenso zumbido comenzaba a marear a Alhanna, no lo soportaba.

Kishur acarició sus sienes y los dragones guardaron silencio de inmediato.

La joven cerró los ojos ante la agradable calma.

Se aferró a los brazos del dárico como si fuera lo único que la sostuviera en pie.

Ni siquiera los bruscos zarandeos del barco la perturbaron.

Pero entonces, la niña de Zahel comenzó a tararear en su mente y una escena sacada de algún rincón de su memoria apareció ante ella.

Riaku tocaba con la flauta la Canción de los soñadores y Kishur se enfurecía tanto que atacaba al soñador.

El sonido de la flauta acompañó la voz de la pequeña y Alhanna se percató de que la melodía que entonaba Riaku y la canción de Zahel encajaban a la perfección, aunque no era la misma letra.

Comprendió que la niña había adaptado la Canción original, la que Hagnak había creado.

Eso la sorprendió, pero seguía sin entender por qué razón afectaba a Kishur de esa forma cuando a ella le proporcionaba calma.

«La Canción se convirtió en la calamidad del Guerrero», dijo la niña entre risas.

No era posible, pues Hagnak había sido su creador. ¿Qué trataba de decirle? ¿Qué se había vuelto en su contra? La Canción arrebataba la inmortalidad, como le pasó a Trivaz. ¿Usaron la melodía contra el propio Hagnak?

Alhanna sintió una desoladora angustia perforando su pecho.