El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

Las nubes ocultaban los restos de luz del atardecer.

Esperaba encontrar a Quiazz en su casa, aunque últimamente pasaba mucho tiempo con Alhanna.

Entró y fue directo hacia la estancia del joven, pero no estaba allí.

Iba a salir al jardín cuando percibió una sombra tras él.

Dio media vuelta a la vez que desenvainaba la espada.

Era el líder de los gaeshan. El hombre lo observaba con curiosidad y una sórdida sonrisa en los labios.

—¿Qué haces en el hogar de Quiazz? —Recorrió la habitación con la mirada.

—No se encuentra aquí. —Fue hacia la cama y se sentó en el borde—. Es mejor que guardes esa espada antes de que mis soldados te atraviesen el corazón con una saeta. No tengo nada contra ti, general. Más bien, te considero un buen aliado.

Gastor obedeció, no era tan ingenuo como para no hacerlo.

—Hicimos un trato, ¿no lo recuerdas? Los gaeshan interrogábamos al pobre mensajero que vino en nombre de Nactam-Kae y, a cambio, me permitías conversar con Quiazz sobre su viaje. —El hombre sonrió aunque solo lo hicieron sus labios—. No me gusta que la gente olvide una promesa.

—¿No crees que hemos tenido asuntos más apremiantes? —preguntó con rabia.

—Yo decido que es importante. —Clavó su afilada mirada en el general—.

Poco tiempo después de que Quiazz regresara a la ciudad, me ofrecieron un contrato por su vida.

Esta noche he decidido firmarlo. —Sonrió ante el rostro demudado de Gastor—.

Tranquilo, no tengo intención de acabar con su vida de inmediato, antes quiero hablar con él.

Me gustaría averiguar la clase de ser que es.

Descubrir por qué razón un humano está ligado a seres inmortales.

Y que al parecer, tiene la amistad del dárico gris.

Aquello dejó sin aliento a Gastor, sus manos temblaron de terror.

¿Los gaeshan buscaban a Quiazz? Salió corriendo sin perder más tiempo, notando como la sangre se congelaba en sus venas.

Montó en el caballo y salió a galope en dirección a la posada en la que se hospedaban los dáricos.

No se le ocurría otro lugar dónde buscarlo.

Cabalgó tan aprisa que estuvo a punto de arrollar a un anciano y a varios soldados.

Cuando llegó a la plaza saltó del animal y los hombres que custodiaban los alrededores acudieron a él de inmediato, alertados por la premura de Gastor.

Se abalanzó hacia el edificio sin mediar palabra con ellos y entró de forma atropellada. Encontró al anciano dárico.

—¿Y Quiazz? ¿Está aquí? —preguntó casi sin aliento.

Ghiro le hizo una señal para que entrara. Ádria y a Mayara se encontraban sentados en una mesa con rostros sombríos. Tuvo un mal presentimiento. El hajaek se incorporó con un sobre en la mano y se lo tendió a Gastor.

—Quiazz me pidió que te lo entregara cuando vinieras —dijo Ádria.

—Nosotros ya estamos listos para dejar la posada, el joven nos ofreció su casa. —Ghiro caminó hacia ellos—. Este lugar es demasiado grande para nosotros tres, haréis mejor uso alojando a toda esa gente que se ha quedado sin hogar.

Gastor miró a los dáricos mientras retrocedía hacia la puerta. Arrugó el sobre y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. No podía creer que lo hubieran engañado de esa forma. Era mentira que el dárico gris pensara dejar la ciudad en una semana. ¿Quiazz se había marchado sin despedirse? ¿Cuándo?

—¿Cómo has podido permitir que se lo lleven a Falar-Shan? —preguntó Gastor a Ádria con amargura—. Creí que él te importaba, pero dejas que viaje hacia la muerte.

—Ha sido decisión suya, no mía. —respondió el hajaek antes de retirarse a las sombras de la estancia.

El general se sintió desesperado. Salió de la posada y se apoyó en las rodillas porque de pronto le faltaba el aire.

Vio algunas sombras agazapadas sobre los tejados, de soldados ataviados con ropas oscuras y fulares.

Ya no podrían atrapar a Quiazz. ¿Si él corría lo suficiente lograría alcanzarlo?

Alzó la mirada al cielo y permitió que las primeras gotas mojaran su rostro.

Estas se confundieron con sus propias lágrimas.

Sintió como si acabaran de arrancarle el corazón.

Quiazz no soltaba la mano de Alhanna. Caminaban deprisa detrás de los dáricos y de la joven llamada Litzzia.

Las pocas pertenencias con las que viajarían ya debían estar en el barco.

Navegarían con una tripulación humana, pues el navío de Sandar estaba vigilado por los soldados de Gastor.

También habían prescindido de los hajaeks de Runna para no levantar sospechas.

El general se había propuesto impedir que el joven dejara la ciudad y debían ser cautelosos.

Kishur y Sandar habían planeado reunirse con las naves runnenses en Tirian y allí tomar una diferente para ir a Falar-Shan.

Los remordimientos por marcharse a escondidas y sin despedirse de Gastor se le atoraban en la garganta. Deseaba soltar a Alhanna y correr hacia los brazos del general.

El cielo arrojó una fina lluvia sobre ellos.

—No estamos solos —susurró Sandar.

La noticia preocupó a Quiazz. Los dáricos los obligaron a avanzar más deprisa y pronto dejaron las callejuelas atrás.

El muelle quedaba ya muy cerca. La zona era solo un montón de edificios reducidos a escombros, solo dos conservaban los tejados.

Les ordenaron detenerse antes de abandonar el cobijo de una vivienda sin pared.

A través de las ruinas podían ver el barco de velas blancas que los aguardaba.

Alhanna se pegó a él a la vez que revisaba su entorno.

Oyeron pasos amortiguados a su alrededor y una docena de sombras comenzaron a acecharlos desde todos lados.

Kishur y Sandar desenvainaron las espadas.

Al parecer, no iban a dejar que se marcharan tranquilos.

Quiazz deseó con todas sus fuerzas que no fuera cosa de Gastor.

Aparecieron cinco encapuchados tras ellos, con negros fulares que ocultaban sus rostros, y al menos una docena más los estaban rodeando. Eran soldados gaeshan.

—Solo queremos al bastardo llamado Quiazz —dijo una voz sobre sus cabezas.

El joven perdió el aliento mientras Sandar tiraba de su brazo para cubrirlo con su propio cuerpo. La noche les daba alcance mientras la lluvia mojaba sus ropas.

—Venid a por él —los alentó el general de Runna.

—Entonces, moriréis todos —aseguró el mismo soldado.

Levantaron la cabeza cuando los pasos se concentraron en el tejado.

Las siluetas se movían veloces entre las casas derruidas.

Los dáricos se prepararon para el ataque.

Quiazz pudo ver que algunos soldados portaban arcos.

Los cinco que tenían delante se abalanzaron contra ellos y las espadas chocaron al instante.

Quiazz pegó el cuerpo a la pared después de que Sandar lo empujara.

Litzzia enarbolaba su arma detrás de ellos, pero sin intervenir en la liza.

Miraba absorta a Kishur. El dárico giró en ese momento para esquivar la afilada hoja de su oponente y atravesó el pecho de un encapuchado que se dirigía hacia él.

Después, laceró el brazo de otro contrincante y, antes de que este pudiera gritar, cortó su cabeza.

Quiazz apartó un instante la mirada, justo a tiempo de ver como diez soldados más corrían hacia ellos desde el otro lado.

Una flecha cayó a los pies de Kishur a modo de advertencia.

Entonces, de su brazo derecho se desprendió un epígrafe envuelto en una bruma grisácea.

Quiazz no pudo reconocer las letras que giraban a su alrededor.

Alhanna pareció desconcertada. La niebla comenzó a tomar la forma de tres bestias cuadrúpedas.

Rugieron feroces antes de embestir a los soldados.

Sus enormes fauces destrozaron sin piedad a dos de ellos.

Los dáricos aprovecharon la confusión para salir de la callejuela, pero solo lo hicieron para toparse con más enemigos. Tras ellos, los alaridos de los que caían presas de las bestias dejaban a Quiazz sin aire. Él ni siquiera tenía un cuchillo que blandir.

—Sandar, lleva a Litzzia y a Quiazz al barco. —Kishur se volvió para mirar a Alhanna—. Voy a necesitar tu ayuda, ¿estás lista para usar la endomia?

La joven sonrió ampliamente antes de asentir con la cabeza.

Sandar lo obligó a correr cuando las primeras flechas cayeron sobre ellos.

Por fortuna, iban dirigidas a detenerlos, ya que al parecer querían a Quiazz con vida.

Tuvieron que refugiarse tras un montón de cajas.

El general maldijo con rabia mientras Litzzia aferraba su arma con fiereza.

Quiazz se asomó entre las rendijas de madera.

Kishur luchaba espada contra espada, los gaeshan lo rodeaban, pero él esquivaba los ataques como si estuviera bailando entre ellos.

Su arma cercenaba, rajaba y atravesaba a los pobres infelices.

Las tres criaturas saltaron hacia el tejado atrapando entre sus afilados colmillos a los arqueros.

Alhanna permanecía imperturbable en medio del caos y de la lluvia de sangre y vísceras.

Llegaron más encapuchados. ¿Es que el líder de los gaeshan había enviado a todo su ejército?

Alhanna levantó el brazo derecho y una llama gris comenzó a rodearla en espiral.

El fuego se dividió en una veintena de formas aladas que parecían dragones en miniatura.

La luz que desprendían alumbró la noche y evaporó las gotas de agua.