Edmoden
Eduar entró en el despacho de su tío y lo encontró junto a ella. Parecía enfadada. Daraes le indicó que se sentara y obedeció al instante. Isela estaba apoyada en la pared detrás del hombre. Tenía un precioso pelo oscuro, y lo llevaba suelto y ondulado. Ella le sonrió con dulzura.
—¿Recuerdas al Invasor que apresamos? —El niño asintió con curiosidad—.
No hemos conseguido que hable a pesar de que entiende nuestra lengua.
Necesitamos saber si su gente tiene intención de venir aquí.
Los mensajes provenientes de otros pueblos aseguran que antes de un ataque por parte de los Invasores siempre se aparece un niño como él. Esto es muy importante, Eduar.
—¿Quieres que hable con él? —preguntó a media voz.
—Exacto. No le preguntes nada directamente, primero intenta llevarte bien con él.
De momento, le llevarás la comida. —Daraes se reclinó en la silla—.
Hoy no tienes que hacer nada más. En la puerta de los calabozos te estarán esperando, dejarás la bandeja en la celda y te irás.
Cuando termines vuelve aquí, ¿de acuerdo?
—No me gusta ese lugar—murmuró el niño—. Me hace sentir muy mal.
—Los guardias estarán al otro lado de la puerta. No te pasará nada. Pero debes entrar solo para que el Invasor confíe. ¿Lo harás por mí? —preguntó Daraes.
Isela lo acompañó hasta el patio interior y señaló la entrada a las mazmorras.
Dos soldados la custodiaban. Le dio un pequeño abrazo para ofrecerle ánimo y se marchó.
Eduar caminó hacia los hombres que ya lo esperaban con una bandeja.
Imaginó que la comida estaría helada. Eso lo molestó.
Cuando entró y comenzó a descender las escaleras tuvo la sensación de que las celdas estaban abarrotadas, aunque no viera a nadie en ellas.
Era una percepción, como si docenas de ojos lo observaran.
Respiró profundamente para calmarse. No podía tener miedo, sino aprender a controlarlo para ser tan buen guerrero como su tío. Y como su verdadero padre.
Sus pasos hicieron eco en el recinto rocoso.
Las antorchas creaban figuras extrañas contra las paredes y asustaban a Eduar.
El Invasor estaba en la misma postura de la última vez.
Lo miró de forma impasible a través de la máscara.
Eduar se quedó paralizado con la bandeja en las manos.
Entonces, el preso se acercó de un salto y todo el cabello blanco se agitó.
Soltó una risita burlona cuando Eduar dio un brinco.
Eduar se apresuró a pasar la bandeja por la estrecha ranura del suelo.
—¿Es sopa? Me gusta mucho la comida de este lugar —dijo el Invasor con voz cantarina, algo que sorprendió a Eduar— También me gustan los bosques, es maravilloso cuánta vegetación hay. ¡Es un mundo tan distinto al mío! Me encantan las florecillas.
—¿Es que no hay bosques en el lugar del que vienes? —preguntó Eduar.
—Claro que no. Allí todo murió hace mucho, mucho tiempo.
—Se retiró al centro de la celda con la bandeja y se sentó—.
Conocía los árboles y las flores gracias a los libros, pero poder verlos por mí mismo es emocionante.
Voy a comer, ¿vale? Me muero de hambre. Esa parte es la más complicada, no sé buscar comida en este mundo, es difícil atrapar animales.
No dijo nada más. Eduar estaba fascinado por su parloteo y las cosas que decía. ¿Sería todo cierto? Ahora necesitaba saber qué lugar era ese que llevaba muerto tanto tiempo. El Invasor se quitó la máscara y Eduar se acercó a los barrotes de la celda. Su rostro pálido poseía rasgos delicados.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el Invasor con la boca llena de pan.
—Eduar, ¿y tú? ¿Los Invasores tenéis nombre?
—Pues claro, todo el mundo debe poseer uno, es lo que nos diferencia de los Olvidados. —Soltó una carcajada al ver el ceño fruncido de Eduar—. ¿No sabes quiénes son? Los humanos sois muy tontos, no conocéis prácticamente nada. El mío es Ferian.
Eduar quiso gritarle que no eran tontos, pero la mirada penetrante del Invasor le hizo guardar silencio.
Lo inspeccionaba mientras tragaba el pan.
Durante un buen rato quedaron en silencio.
Eduar se preguntó cómo sería estar encerrado allí día y noche.
Tembló de pavor con solo pensarlo. Se compadeció de Ferian, debía sentirse solo.
—¿Has venido para señalar este lugar a los tuyos? ¿Nos atacarán? —Su tío le dijo que no hiciera preguntas, pero estas salieron por si solas.
—Claro que no. Busco a alguien, oí que estuvo en Edmoden y en Laccados así que vine a averiguar que ruta tomó al marcharse. —Ferian cogió el cuenco con la sopa y se la bebió sin respirar—. Esto está riquísimo. Quizá tú me puedas ayudar.
—¿A quién buscas? —agarró los barrotes y apretó su cara contra ellos.
—Al dárico gris. ¿Lo conoces? —Ferian se acercó mucho a Eduar y este negó con la cabeza, pero había palidecido al oír sobre él—.
Pero sí sabes quién es, ¿verdad? Tengo que encontrarlo pronto.
Quiero pedirle que permita a mi gente abandonar Falar-Shan, porque si no lo hacen, muy pronto morirán por culpa de esa tormenta que intenta escapar de Zahel.
—Zahel… —murmuró Eduar con los ojos muy abiertos.
No conocía nada de lo que hablaba Ferian y eso despertó aún más su curiosidad.
Sabía sobre el dárico gris, el monstruo de Caen-Laj.
El mismo sobre el que había tenido un sueño espantoso.
Eduar sintió una caricia helada en su nuca y se estremeció, aquellos ojos invisibles y muertos volvían a contemplarlo.
Era como si lo llamaran. Se separó de los barrotes y salió corriendo de allí, sin despedirse de Ferian.
Solo quería abandonar aquel maldito lugar.
Mientras salía a la luz del día, sintió una profunda tristeza por el Invasor; no podía quedarse allí encerrado.
Se encaminó de nuevo hacia el despacho de su tío, pero antes de alcanzar el pasillo vio al esposo de su madre y se ocultó para evitarlo.
Siempre lo miraba de una forma que lo asustaba y, si estaban a solas, empeoraba su desprecio.
Conversaba con dos soldados. Como no quería hacer esperar a su tío decidió acortar por los jardines y entrar por uno de los balcones.
Recorrió el trayecto con rapidez, sin que nadie reparara en su presencia.
Solía sucederle, podía corretear por todos lados sin llamar la atención, era como ser invisible.
Igual que los ojos que lo observaban desde las mazmorras.
Para escabullirse de sus primos era una bendición.
Sintió escalofríos con solo pensar en ellos, solían llamarlo bastardo y reírse por el color de su pelo.
Cuando alcanzó el balcón más cercano se detuvo de inmediato. La hoja de cristal estaba abierta y pudo oír con total claridad la voz taimada de Isela.
—Shudei-Hal era un soñador con un gran poder y, al parecer, podía revertir sus visiones.
Fue lo que le confió a mi padre. —Isela caminaba por la estancia—.
Daraes, sabes que el don se hereda de padres a hijos.
Eduar es un soñador. Y los Hal están usando esa información en su beneficio para desprestigiarte. Debes buscar una solución.
El niño contuvo el aliento y se tambaleó un poco ante aquellas palabras. Trató de hacer el menor ruido posible para que no lo descubrieran. Nadie le había contado que su padre poseía tal poder. ¿Por esa razón su madre se interesaba por los sueños que tenía?
—De los Hal ya me ocuparé llegado el momento. —Daraes soltó un suspiro.
—¿Y de Eduar? ¿Qué harás con él cuando muestre su capacidad? —insistió ella.
El silencio se le hizo eterno al niño, sus manos comenzaron a sudar.
—Puedo encerrarlo en las mazmorras de esta casa. ¿Eso es lo que quieres? —Daraes dio un golpe sobre la mesa.
—No seas cínico, sabes perfectamente a lo que me refiero. Va a estar en peligro toda su vida—Isela hablaba en un tono amargo—. Muchos lo querrán muerto y otros pretenderán usarlo al creer que tiene la capacidad de cambiar sus sueños como Shudei.
—Entonces, tendré que impedir que lleguen hasta él —sentenció Daraes.
Eduar no sabía cómo interpretar sus palabras, pero le parecieron crueles.
Si lo encerraban en las mazmorras, rodeado de aquellas sombras que tanto lo asustaban, no lo soportaría.
No era tan fuerte como el Invasor. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se escabulló con cuidado para ir hacia su habitación.
La idea de ser un soñador lo estremecía, no deseaba ese don. ¿Por esa razón su madre no lo quería? Imaginó que todos debían saber lo que era y por eso lo trataban mal y lo llamaban bastardo incluso en su presencia. Se sintió miserable en esos momentos.