El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat #3
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Marial-Pat #3

—Es cierto que no merezco tu amor, nunca me sentí digno de ti.

Siempre intenté apartarte porque creía que era lo mejor para ambos, pero me engañaba.

—Kishur se llevó la mano de Litzzia a la frente—.

Todas estas ágaras me has acompañado, no pude olvidarte a pesar de mis esfuerzos.

Incluso ahora, sabiendo que te conduciría a un viaje que solo te aportaría desgracias, me resisto a dejarte atrás.

Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero te ruego que me perdones.

—Kishur clavó aquellos ojos de obsidiana en los de la joven—. Te amo, Litzzia. Te he amado siempre.

Ella negó con la cabeza, incapaz de aceptar cuanto decía Kishur.

¿Cómo podría? Apartó la mirada de él y trató de contener las lágrimas, pero una acabó deslizándose por su mejilla.

Kishur se apresuró a incorporarse y la limpió con delicadeza.

Aguardó hasta que comprendió que Litzzia no estaba dispuesta a perdonarlo.

Retiró su mano y ella la atrapó entrelazando sus dedos.

Sus brillantes pupilas le cortaron el aliento al dárico.

—Más os vale haber sido sincero o juro que os haré arrodillaros ante mí cada día —dijo ella con la voz cortada por la emoción.

—Así lo haré, cada vez que lo desees —murmuró Kishur.

Litzzia rodeó la nuca de Kishur con los brazos y besó aquellos labios que había anhelado durante tanto tiempo.

Él la abrazó con fuerza, pegando sus cuerpos hasta que no quedó espacio entre ellos.

Fue como si regresaran al pasado, a sus encuentros en Alviat.

Kishur intensificó sus besos y acarició la piel tostada de su espalda desnuda.

De pronto, la fina tela que cubría el cuerpo de Litzzia le molestaba.

Bajó la prenda mientras ella le quitaba la camisa.

Estaba tan excitado que le costaba mantener la calma.

¿Cuántas noches había imaginado a Litzzia entre sus sábanas?

Kishur contempló su desnudez y quiso lamer cada trozo de aquella piel que parecía bañada en caramelo tostado.

Ella reparaba en las cicatrices de su torso, rozándolas con cuidado como si temiera hacerle daño.

Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, ambos sonrieron. Unieron sus bocas de nuevo y cayeron sobre la cama entre gemidos y caricias. Kishur deseaba que esa noche no acabara jamás, que Litzzia nunca abandonara sus brazos, que permaneciera a su lado para siempre. ¿Podría tener al menos eso?

Quiazz volvía a estar solo después de que Alhanna se marchara de su casa al anochecer, habían pasado la tarde hablando de Zahel y del viaje que les aguardaba junto a Kishur.

Ella estaba convencida de que podría alejar al dárico de las Avíseas, y Quiazz suponía que este ya estaba prevenido.

A solas en su hogar, pudo pensar en sus propias necesidades.

No quería marcharse y dejar atrás a toda la gente que trataba de ayudar.

¿Qué pensarían de él? ¿Pondrían todas sus esperanzas en ese poder que iría a buscar junto a Alhanna?

Y sobre todo, desconocía la reacción que tendría Gastor al descubrir que era el portador de muerte.

Cuando la puerta se abrió para dar paso al general, Quiazz intuyó que ya lo había descubierto. Gastor se abalanzó hacia él y lo estrechó entre sus brazos.

—Debiste decírmelo… —murmuró con tristeza—.

¿Por qué ahora tienen sentido tantos enigmas?

Que te secuestrara un demonio, que estuvieras involucrado con dioses.

Y que conocieras a Alhanna mucho antes de aparecer en la ciudad.

El dárico gris me lo ha explicado, aunque intuyo que no todo.

Dime la verdad. —Se separó del joven para mirar su rostro—.

Si fueras a Falar-Shan, ¿volverías con vida?

—Es mi intención, Gastor —respondió con la garganta constreñida.

—Eso no es suficiente. —El general tomó el rostro de Quiazz entre las manos— No permitiré que abandones la ciudad, así tenga que ocultarte en el lugar más profundo que encuentre. Te sacaré de la ciudad si es preciso.

—Ádria también se ofreció a eso. —Quiazz sonrió y colocó sus manos sobre las del general—.

Soy incapaz de asegurar si volveré de Zahel, porque ni yo mismo lo sé.

Pero de algo si estoy seguro y es que es imposible seguir viviendo con la maldita niña en mi mente.

Necesito ir allí y ser libre, sea de la forma que sea.

—Me niego. —Gastor pegó sus frentes—. No voy a perderte, no puedo.

Quiazz sintió que unas zarpas le arañaban el corazón.

No deseaba dejar a Gastor, pero sabía que no tenía otra opción.

¿Lo perdonaría el general algún día? Lo besó con calma, reteniendo la sensación de sus labios.

Gastor se estremeció como si aquello fuera una despedida.

Para Quiazz lo era; sin embargo, su cobardía le impidió decírselo.

Deseó expresar lo que tanto tiempo guardaba en su interior, hablarle con sinceridad.

Pero las palabras quedaron atoradas en su garganta.

«Ojalá pudiera quedarme a su lado para siempre», se dijo Quiazz.