Marial-Pat #2
Kishur entregó a Trivaz las cartas y este se apresuró a guardarlas en su chaqueta. Reparó de nuevo en el ojo derecho del dárico y percibió el brillo gris de su pupila.
—Espero que el Dragón no te cambie demasiado —murmuró entre dientes.
—Supongo que me prepara para mi última batalla. —Kishur esbozó una triste sonrisa y vio la rabia dibujada en el rostro del demonio.
—Me marcho ya a Alviat, espero que en algún momento sepas agradecerme el esfuerzo.
Me has mantenido muy ocupado las últimas dos mil ágaras —dijo Trivaz con sarcasmo arrancando la risa de Kishur—.
Te he visto nacer y morir demasiadas veces, y esta vez no pienso quedarme para presenciarlo.
Pero si me necesitas, no dudes en acudir a mí, Raehlan.
Derramaré la sangre de tus enemigos, como siempre he hecho.
Esa era la parte que Kishur prefería ignorar; Trivaz cargaba con muchas muertes. Esperaba que enviarlo a Alviat como mensajero no ocasionara ninguna desgracia.
—No recuerdo si lo he mencionado antes, pero tu hermano tuvo razón. Lamento su muerte. Y lamentaría la tuya, así que no vuelvas a interceder por mí frente al Dragón. —Trivaz abrió mucho los ojos ante la sorpresa—. Nos veremos en este mundo o…
—No lo digas, odio la forma que tienen los dáricos de despedirse. Carece de sentido cuando yo nunca iré al mundo venidero, mi muerte significaría dejar de existir. —Trivaz creó una abertura a su derecha—. Adiós, Raehlan.
Y se esfumó sin más, dejando la estela de una fisura en el aire.
Kishur tardó un poco en abandonar la biblioteca; paseó tranquilo entre las estanterías y observó los lomos de algunos libros.
Pensó en Alfar y en cuanto le hubiera gustado ese lugar.
Por un breve momento, creyó ver una luz bañando el centro de la enorme estancia y a todos sus descendientes correteando entre las mesas, riendo.
Deseó con todo su ser poder unirse a ellos algún día.
La oscuridad se cernió de nuevo sobre él y el peso de todas sus vidas lo golpeó con fuerza.
Estaba muy cansado.
Litzzia era incapaz de dormir. Aburrida de esperar en la sala junto a Ghiro, había subido a la terraza en busca de aire.
El frío ayudaba a templar sus nervios. Se había negado a preguntarle al anciano porque temía su respuesta: ¿Volvería Kishur o se marcharía sin despedirse?
Tan solo Ádria permanecía en la posada con ellos, los demás no habían vuelto de la maldita reunión.
Ella había espiado parte de la conversación entre Kishur y Sandar, y sabía que tramaban desaparecer de la ciudad sin avisar.
No esperarían una semana, eso solo era un engaño.
Ahora la ansiedad subía por su garganta y le cortaba el aliento, quizá Mayara fuera la única que regresara esa noche.
Y a Litzzia se le rompería el corazón una vez más.
Tenía su pequeño cuaderno de canciones en el regazo. Repasaba minuciosa la letra escrita para Kishur, jamás la había cantado en voz alta.
«Eres luz en mi noche, eres mi pensamiento cuando el miedo me atrapa.
Eres mi anhelo y mi dolor.
Te quedas en mis sueños, encerrado en los recuerdos.
Viviré sin ti, y a pesar de todo viviré contigo».
¿Cuánto amor sería suficiente para que él la apreciara?
Sonrió con tristeza. Una vez Kishur se marchara ella tendría que buscar su lugar en el mundo.
Sílfhades ya no era una opción. Se estremecía cada vez que reparaba en lo sucedido en la ciudad.
Pensó en la tripulación del barco que la había traído a Marial-Pat y lo lamentaba por ellos, porque muchos tenían familia en Sílfhades. O mejor dicho, la habían tenido.
No fue consciente del frío que tenía hasta que el temblor de sus manos impidió que siguiera tomando notas en el cuaderno.
La capa húmeda pesaba sobre sus hombros y el vaho blanquecino escapaba de su boca.
Decidió encerrarse en su habitación, aunque no pudiera dormir.
¿Quién podía descansar ante tanta pérdida?
El edificio continuaba igual de silencioso que antes, lo que ayudaba a acrecentar su temor de que Kishur se desvaneciera de pronto.
¿Habría vuelto Mayara? ¿O seguirían reunidos?
Entró en la pequeña salita de su habitación con el ánimo apagado.
Se quitó la ropa y los zapatos, quedándose solo con un fino blusón.
Soltó su dorado cabello y peinó las delicadas ondulaciones con los dedos.
La humedad del exterior se lo había rizado un poco.
Dispuesta a esconderse bajo las mantas, fue directa a la cama sin molestarse en la penumbra que reinaba allí dentro, pero un movimiento junto a la ventana la detuvo.
De pronto, la lámpara de aceite prendió la llama y su trémula luz arrojó sombras contra las paredes. Kishur estaba allí.
—Comenzaba a preocuparme tu ausencia. ¿Dónde estabas? —preguntó el dárico en un tono muy bajo, como si no quisiera asustarla por su presencia.
—Terminando la letra de una canción —comentó fingiendo despreocupación.
—¿Dirigida a mí? —Kishur sonrió con arrogancia.
—Vos no merecéis canción alguna. —Litzzia notó la garganta cerrada.
Le extrañó que Kishur estuviera en su habitación como si se tratara de un ladrón.
Iba descalzo y llevaba la camisa por fuera con los primeros botones desabrochados.
Pensó en recriminarle su falta de modales, pero era tal el alivio porque no se hubiera marchado que todo lo demás dejó de importar.
Entonces, reparó en que estaba medio desnuda y que Kishur podía ver sus pechos a través de la tela transparente.
La mirada del dárico la recorrió por completo de la cabeza a los pies.
Comenzó a caminar despacio hacia ella, imponiéndose con su presencia.
La luz creaba sombras en el rostro de Kishur.
—No os acerquéis más. —La voz de Litzzia sonó poco convincente.
El dárico la ignoró y, cuando la tuvo a su alcance, rodeó la cintura de Litzzia con su brazo y la atrajo hacia él. Descendió hacia su boca y rozó sus labios. Litzzia puso las manos en el torso de Kishur y lo empujó para apartarlo, pero el dárico no cedió.
—Soltadme. ¿Creéis que olvidaré todos vuestros desprecios por un simple beso?
¿Tan ingenua pensáis que soy? —La indignación hablaba por ella.
Necesitaba controlar su respiración y, sobre todo, mantenerse firme—.
No soy como todas esas dáricas que se arrojaban a vuestros brazos enloquecidas de amor. No me merecéis.
Ahora sí logró que Kishur se separara un poco, aunque sintió la distancia entre ellos como algo terrible. El dárico tomó su mano y besó la palma con suavidad mientras se arrodillaba frente a ella. Litzzia contuvo el aliento.