El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

—¿Por qué no ha llegado aún Quiazz? —preguntó Candor de pronto.

Quiazz seguía demasiado afectado, así que le había pedido que se quedara en su casa junto con Alhanna. Era lo mejor. A Gastor también le hubiera gustado esconderse bajo las mantas, pero no podía permitírselo, demasiada gente dependía de él.

Fue junto a los dos hombres que aguardaban a su lado.

Beres estaba de pie junto a la mesa ovalada que presidía el lugar.

Una docena de soldados montaba guardia en el edificio para que nadie osara interrumpirlos, y mucho menos, espiar su conversación.

Oyeron entonces los pasos que se dirigían hacia ellos.

El dárico gris llegó acompañado del runnense Sandar y de la hajaek Mayara.

La presencia de los tres pareció consumir todo el aire de la estancia.

A Gastor le ponía los vellos de punta mirar directamente a Kishur.

¿Aún le guardaba rencor por haber difundido la verdad sobre su identidad?

Los seis se reunieron alrededor de la mesa dónde ya tenían un mapa extendido.

—¿Quiénes son los que te acompañan? —Kishur observó a los hombres.

—El comandante Beres, quien se quedará a cargo de la ciudad en mi ausencia. Y Candor-Saz, quien habla en nombre de los norteños —expuso Gastor con calma.

—El señor de Laccados, si mal no recuerdo. Nos impediste tomar un barco en primavera a causa de tu disputa con ShudeiHal. —El dárico lo recordaba bien—. Parece que a los humanos os gusta manipular a los demás. Aquí también se me negó coger una nave cuando llegué.

Sandar gruñó con disgusto y rozó el pomo de su espada de forma consciente.

—Shudei fue muy osado al visitar mi ciudad. —Candor no se amedrentó ante el gesto provocador del runnense—. Ese desgraciado tenía una gran deuda conmigo.

Por un momento, Gastor percibió tal rabia en la mirada del dárico que temió que se lanzara al cuello de Candor.

Sin embargo, el rostro imperturbable de Kishur no mutó lo más mínimo, como si fuera una estatua de mármol.

Mayara caminó con aire distraído hacia las estanterías, y luego se giró hacia ellos clavando sus oscuros ojos en Candor.

—Mi señor recibió una flecha en el hombro destinada al Hal para salvarle la vida —comenzó a decir la dárica—. No vuelvas a insultarlo en su presencia.

Candor y Kishur se mantuvieron la mirada.

Gastor no estaba seguro de si debía intervenir o quedarse al margen.

Observó el sudor resbalando por la frente del norteño y al final este acabó por apartar sus ojos del dárico con la tez enrojecida.

Gastor tuvo la certeza en ese momento de que no serían capaces de negarle a Kishur cualquier cosa que les pidiera.

Tras un breve silencio convinieron que era mejor no perder más el tiempo.

—¿Cuántos soldados enviaréis a Marial-Pat? ¿Y cuántos nos estarán esperando en las Avíseas? —pregunto Gastor sin más preámbulos.

—Runna dispone de diez mil hajaeks, pero dos mil se dirigirán al Norte —dijo Kishur con el beneplácito de Sandar—.

No podemos dejar ciudades sin protección, por si no tuviéramos éxito en las Avíseas.

Aunque, si el mundo acaba consumiéndose, poco importará.

—Kishur rozó el mapa con las puntas de sus dedos y fijó la vista en la marca que señalaba las puertas de la Jistar—.

Mi intención es enviar desde Alviat a cuatro mil hajaeks para que protejan Marial-Pat.

El resto de nuestras fuerzas, dáricas y humanas, deberán concentrarse en las Avíseas.

No solo vamos a combatir contra kalastys, sino que también nos enfrentaremos a dragones grises controlados por los Olvidados.

Y si la Jistar cae al final, puede que a otro tipo de inmortales que se les quieran unir.

—Inmortales que no caerán en la lucha —añadió Candor con preocupación.

—No fácilmente, al menos. Por eso lucharemos juntos, os ofreceremos nuestros conocimientos.

—Kishur se apoyó en la mesa y observó a los tres hombres con calma—.

No podéis usar nuestro acero, pero nos tendréis a vuestro lado.

Quiero dáricos en ciudades humanas y quiero humanos en las Avíseas.

Nunca ha existido confianza entre nuestras razas, pero espero que de este modo la podamos obtener.

—Y tener a vuestros soldados en ciudades humanas os ayudará a controlarnos mejor. Os preocupa nuestra falta de unidad. —Gastor no podía obviar esa verdad.

En lugar de responder, Kishur esbozó una sonrisa torcida antes de proseguir: —Quiazz me ha informado que aceptaste en el ejército a una chica llamada Oxa.

Pude verla en el cónclave de hoy. Al parecer hay mujeres con la intención de alistarse y Oxa se encargará de ellas.

—Esperó a que Gastor asintiera con la cabeza.

El general se llevó la mano a la nuca al sentir un peculiar hormigueo— Bien.

Mayara puede ayudarla en la formación de las nuevas integrantes.

Como ya os comenté, Ghiro podrá ofreceros apoyo.

Y también podréis contar con la experiencia de Ádria en armas y combate.

—Habíais dicho que os marcharíais pronto de la ciudad —le recordó Gastor.

—Lo haremos dentro de una semana, pero Ghiro sufrió heridas graves y necesita recuperarse.

Mis dos hajaeks se quedarán con él. —Kishur siguió con la mirada el curso del Hicama dibujado en el mapa—.

Alhanna y Quiazz deben viajar al Norte en busca del poder necesario para combatir a los Olvidados.

Sandar y yo los acompañaremos. Sin ese don que debe tomar Alhanna, no seremos capaces de acabar con esos malditos seres.

—¿De qué poder estáis hablando? —Candor no pudo contenerse.

—El que encierra la torre de Zahel, aquel por el que se libró la guerra de las razas.

—A sus palabras siguió un pesado silencio.

Al dárico le agradaba que los hombres conocieran esa parte de la historia, aunque ellos no la hubieran presenciado—.

Alhanna es la elegida para esgrimirlo, y Quiazz es la llave que abrirá la puerta de la torre.

Gastor se separó de la mesa, perturbado por lo que acababa de oír.

Sabía que el joven guardaba secretos que aún no le había confiado y conocía su relación con los inmortales.

Pero ¿qué significaba ser la llave? ¿Tenía el poder de abrirla?

Beres le puso una mano en el hombro, como si quisiera recordarle que debía mantener la calma frente a los dáricos.

Kishur lo contemplaba indolente, el dárico parecía leer sus más íntimos pensamientos.

Gastor se acarició de nuevo la nuca y se sintió mareado.

—No podemos prescindir de Quiazz, es la voz del consejo y se ha convertido en un miembro esencial del gobierno —dijo Candor furioso—. Solo es un humano.

—Me temo que este no es un tema de discusión.

Si no va por su propio pie, será el Dragón Negro quien lo lleve a Zahel —le aseguró Kishur—.

Os concedo algo de tiempo para que podáis reflexionar sobre lo que os acabo de decir y para que penséis qué preguntas deseáis hacerme.

Cuando salgamos de aquí, no habrá espacio para dudar.

Los rostros de los hombres reflejaron rabia y algo de desconcierto.

Se mostraban reacios a obedecer al dárico sin más.

Pero Kishur estaba dispuesto a todo para llevar a cuantos soldados tuviera a su alcance a las Avíseas, aunque para conseguirlo tuviera que pedirle a Osharan que manipulara las mentes de los humanos.

No podía permitir que los Olvidados tuvieran éxito, costase lo que costase.

Ahora le tocaba a él la parte más difícil, la de conseguir que Alviat movilizara al ejército y se uniera a los humanos.

Y para lograrlo debería regresar a su hogar.

Tenía poco tiempo y un gran propósito.

Entrada la noche y ya a solas, Kishur escribía con calma en la biblioteca.

La única luz que iluminaba la estancia era la de las lunas que entraba por las ventanas.

Sandar y Mayara custodiaban la entrada al edificio para asegurarle privacidad.

Trivaz había llegado momentos antes, y en silencio, observaba al dárico con curiosidad. Ya tenía una carta enrollada a su lado.

—¿Me has llamado solo para que te vea escribir? —preguntó el demonio.

—Debo pedirte algo. —Kishur ni siquiera levantó la vista del papel—.

Necesito que viajes a Alviat y entregues dos cartas.

Una es para el general Borat y la otra para el Galaef.

Estoy seguro de que no te resultará difícil encontrarlos.

Quiero que les muestres el verdadero color de tus ojos y, si es preciso, tu poder.

De ese modo, tendrán la prueba irrefutable de que eres un demonio y de que todo lo que les cuento es verdad.

—¿Y por qué lo haces? —Se inclinó un poco hacia el papel.

—Es preciso que envíen hajaeks a Marial-Pat y al Norte de inmediato, antes de mi llegada a Alviat.

De otro modo, se demorarían demasiado tiempo.

—Kishur firmó la hoja y comenzó a enrollarla—.

Oblígalos a cumplir mi orden, pero procura no matarlos.

Los necesito con vida cuando llegue a la ciudad para tomar el control de Alviat.

—No puedes viajar por todo el mundo en tan poco tiempo.

¿Pretendes ir a Falar-Shan con Alhanna y luego a Alviat?

¿Y cómo llegarás a las Avíseas? —Trivaz alzó las cejas con curiosidad—.

Espero que no estés pensando en pedirme que abra brechas, ya sabes que para un mortal significan la muerte. Cruzar por ellas agotaría tu lanfe.

—Haré lo que sea necesario. Ya las atravesé tres veces —le recordó Kishur.

—Porque el Dragón es un irresponsable —sentenció Trivaz de mal humor.

A Kishur le hizo gracia la actitud protectora del demonio.

Sí, sabía el precio a pagar por el uso de aquellas puertas, pero las necesitaba.

Si Trivaz no estaba dispuesto, se lo pediría al propio Osharan.

Viajaría en barco a Falar-Shan, y trataría de llegar a Alviat del mismo modo.

Pero nunca alcanzaría las Avíseas si no fuera con una brecha.