El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Falar-Shan
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Falar-Shan

—¿Estáis listo para la ceremonia? —Agael asintió con los nervios atravesados en su garganta—.

Esa cicatriz de la mejilla no tiene buen aspecto, no ha sanado como debería.

Tenéis la piel muy delicada. Vuestra madre se sentiría muy triste al ver que ya tenéis todos los cortes, nunca quiso tal destino para vos.

—Entonces, no debió alumbrarme. —Se colocó la capa de color crema—. Solo sigo los pasos de mis antepasados, al igual que todo hombre zarefí.

—Pero no todos se enfrentan a la ceremonia del traspaso —le recordó Caher.

Era cierto. Sus costumbres habían cambiado con el paso de los siglos.

Ahora, solo los miembros de su familia pasaban por semejante trance.

Ser atado y drogado para que su lanfe abandonara la carne y luchara contra Egoresa se le antojaba aterrador, pero era su deber.

Sabía que entraría en un plano onírico, o eso creía él.

En realidad, nadie hablaba de la ceremonia con los no iniciados.

—Aún es pronto para que me enfrente a Egoresa en la ceremonia, pero por culpa de la huida de Ferian todo se ha precipitado —dijo Agael con amargura—.

Él tuvo la fortuna de acabar siendo el aprendiz del Ado, y ese debería haber sido yo.

¡Era en mí en quién debería haber recaído tal destino!

—Cerró los ojos un instante para respirar y calmarse—.

Mi desgracia fue nacer con las pupilas negras como los dáricos.

¿Era esa razón suficiente para que el Ado me rechazara?

—Entiendo vuestro rencor, pero recordad que todo el sufrimiento que habéis padecido tiene un propósito. —El anciano caminó hacia él muy despacio.

El joven se apoyó en la cornisa de mármol de la chimenea.

—Mi madre lo dispuso todo para que Ferian y yo abandonáramos este lugar, y lo ha conseguido, aunque quizá no como a ella le hubiera gustado.

—Agael miró al anciano a los ojos—. Solo tú y yo conocemos la verdad sobre Ferian.

He guardado el secreto a pesar de los tormentos que sufrí por parte de mi padre.

Si hubiera hablado, su rabia se habría dirigido hacia…

—dejó de hablar un instante— hacia mi hermana.

Supongo que ya carece de importancia mantenerlo callado.

—Cuando vuestra madre quedó embarazada de Ferian, el Ado solicitó que si nacía niño se convirtiera en su discípulo.

Ojalá te hubiera querido a ti, todo habría sido mucho más sencillo.

Hemos cargado con esta mentira muchas ágaras, si tu padre llegara a descubrirlo…

—Caher calló un instante mientras Agael le retiraba la mirada—.

Ferian debió encontrar lo que tanto buscaba vuestra madre: la verdad sobre Zahel.

—Ya no importa nada de eso. La guerra que tanto temía madre ha comenzado y ya no podemos detenerla. —Fue hacia la puerta y se colocó la máscara—. He de irme, es el momento de mi ceremonia. Espero que todo esto sirva de algo al final.

Salió de la estancia sin despedirse. La ira fluía por sus venas, libre y rencorosa.

Desde niño le habían exigido demasiado y comenzaba a dudar de aquellos que una vez le aseguraron que todo saldría bien.

Era imposible saberlo. Esa noche se enfrentaría a uno de los mayores peligros que existían en el mundo: Egoresa.

Y si lograba sobrevivir, debería cruzar el Cario en busca de Ferian tal como había ordenado su padre.

¿Cómo pretendía que la encontrara en un mundo que le era desconocido?

Al final del pasillo lo esperaban cinco miembros de la guardia de honor.

Todos lucían ropas de cuero negro y capas color crema.

Agael descendió las escaleras con paso lento, seguido de los escoltas.

Atravesó la gran sala donde se reunían familiares y conocidos, todos en respetuoso silencio.

Sus dos hermanas mayores lo saludaron con la cabeza, ambas vestían de luto con lustrosos vestidos rojos.

Si moría esa noche, ese color las acompañaría durante una semana.

Tres de sus hermanos lo esperaban en el patio; una cúpula de cristal y acero los protegía de la lluvia.

La tierra arcillosa daba vida a algunos arbustos y matorrales espinosos.

En el centro, se erigía un árbol hecho de mármol y cristal.

Las ramas sostenían campanillas de colores y lazos que la gente ataba para pedir un deseo a los dioses.

Era lo único hermoso de aquel lugar, y no tenía vida.

El Ado aguardaba junto al árbol. Llevaba en la mano derecha un guante de acero terminado en finas agujas y en la izquierda un cuenco de barro.

Agael esperó a que sus hermanos se unieran a él.

Entre los cuatro formaron un círculo y se abrazaron, pegando sus cabezas.

—No sucumbas al dolor —dijo el mayor de todos en un murmullo.

—Ni a la desesperación—mencionó otro—. Aguardaremos al amanecer, que tu lanfe salga victorioso. Regresa con nosotros, hermano.

Agael tomó asiento en el suelo y apoyó la espalda en el grueso tocón de madera.

Lo ataron con fuerza y el joven bajó la cabeza para dejar la nuca expuesta.

La dulce voz de una de sus hermanas comenzó a tararear una sencilla canción de cuna.

Agael retuvo el miedo. Oyó los pasos del Ado mientras se posicionaba a su espalda.

—Ahora que la noche nos alcanza llega tu hora —siseó con voz rasposa mientras introducía las agujas en el cuenco para empaparlas con el aceite espeso—. Que tu lanfe marche y regrese; que tu lucha acabe en victoria; que vuelvas a tu pueblo convertido en hombre.

El Ado alargó el brazo derecho y lo sostuvo hasta rozar la nuca del joven con las finas agujas que sobresalían del guante.

Observó cómo el joven aceleraba la respiración y apretaba los puños con toda la fuerza que podía.

El Ado sonrió satisfecho. De un golpe certero y veloz, atravesó con las agujas la piel expuesta de Agael y después las retiró.

Agael notó el aguijonazo de los cinco dedos y enseguida su cuerpo y su mente quedaron aturdidos.

Sucumbió a un repentino mareo y todo a su alrededor se redujo a una vorágine de luces y sombras.

Notó el aire tan denso que era incapaz de respirar.

Una fuerte presión sometió sus músculos al límite del desgarro.

Quiso gritar ante el lacerante dolor, pero ni siquiera reconocía su boca.

Parecía tan solo un bulto de masa que cambiaba de forma y grosor, que se aprisionaba a punto de estallar.

Pensó en si sus vísceras mancharían el impoluto árbol de mármol.

A punto de perder la conciencia ante el terrible sufrimiento, todo se detuvo.

Un manto oscuro lo envolvió y sintió una repentina calidez.

Intentó moverse y tuvo la impresión de que flotaba, sin extremidades ni cabeza que lo retuvieran.

¿Era eso morir? Recordó que estaba en la ceremonia del traspaso y el miedo se apoderó de él.

Una luz penetrante horadó la oscuridad en la que flotaba y apareció ante él una visión extraña.

Era nieve, tanta como su vista era capaz de abarcar, un desierto blanco que se extendía hasta perderse en el horizonte.

Vislumbró las huellas recientes de varios pares de botas que seguían un surco de sangre.

No pasó mucho tiempo hasta que pudo verlos.

Eran dáricos, cubiertos con gruesas pieles y las armas alzadas.

Una criatura oscura y retorcida sostenía a una mujer humana boca abajo.

¿Un demonio? Agael no conocía la nieve y solo había visto dáricos en los libros; de los humanos sabía muy poco y mucho menos de los demonios.

Pero en su mente tuvo la certeza de lo que veía.

Uno de los dáricos dio un paso hacia la criatura; tenía el cabello del color de la plata.

¡Era el dárico gris! Lejos, envuelta en la neblina y oculta para los demás, una criatura de alas negras los observaba.

A sus pies, una espesa masa oscura derretía la nieve.

Agael sintió pavor ante sus ojos rojos. Aquel ser alzó la mirada hacia él y el joven zarefí sintió que lo arrastraba a la fuerza hacia un oscuro pozo de penumbra.

El dolor regresó, pero solo un instante.

Esta vez, se encontró flotando sobre una fuente de cristal.

El dárico gris estaba allí, luchando con un kalasty.

Vio como le arrancaba un ojo y oyó el desgarrador alarido del herido.

Una mujer de pelo rojizo contemplaba la escena.

Agael no comprendía dónde estaba, pero sí se percató de que el dárico era más joven en esa ocasión. ¿Acaso su lanfe estaba viajando a través del tiempo? No entendía nada, se suponía que la ceremonia era para enfrentarse a Egoresa.

Le llegó una nueva visión. Y luego otra. Contempló la vida del dárico gris, y lo vio luchar contra enemigos, salvar a aliados. Agael se sintió sobrecogido.

Se encontró de pronto en una enorme estancia iluminada tan solo por unas velas.

La luz rosácea de Egoresa se filtraba por el ventanal, la veía tan claramente que parecía tangible.

Frente a la cristalera, una hermosa dárica mecía a un infante de cabello gris entre sus brazos.

Era él de nuevo, tan pequeño e indefenso que conmovió a Agael.

Oyó de pronto una profunda voz masculina que lo estremeció.

Comenzó a repetir una serie de nombres en una letanía constante: Raehlan.

Kuztan. Maghet. Gadriel. Vilgaz. Farlas.

Harkut. Kishur. Percibió cada uno de ellos como el mismo ser, ese al que la dárica tenía acurrucado contra su pecho. ¿Era posible algo así?

El brillo de la luna comenzó a retorcerse y a tomar forma bípeda ante la mirada espantada de Agael.

Los dáricos permanecieron ajenos a la criatura, incluso cuando esta pasó cerca de ellos para acercarse al zarefí.

Quiso huir, pero no controlaba nada de aquello, y mucho menos su propio cuerpo, si es que existía como tal.

Egoresa se lanzó hacia él y el joven sintió como desgarraba todo su ser.

Fue como si miles de colmillos laceraran su piel.

Un miedo voraz invadió su mente, impidiéndole pensar con claridad.

Pero entonces, las paredes se cubrieron de sombras que apagaron el resplandor de Egoresa. Un silbido melódico recorrió la estancia y enmudeció cualquier otro sonido.

Agael sintió como la luna lo soltaba y retrocedía hacia la ventana, angustiada y furiosa.

El silbido se intensificó, siguiendo un patrón y repitiéndose de forma constante.

Parecía un lenguaje. En aquel momento, no tuvo consciencia de otra cosa que no fuera ese hermoso canto que penetraba en su mente como si se grabara a fuego.

Egoresa rozó a su paso la pierna de la dárica, esta gritó de forma atroz y estrechó al infante, desesperada.

Agael supo que algo acababa de quebrarse dentro de ella.

Egoresa desapareció al fin, y el silbido se detuvo.

Una cegadora luz lo aturdió un instante, hasta que comprendió que ya no estaba en el mismo lugar.

Acababa de llegar a una playa rodeada de altos acantilados.

Se sintió en paz y a salvo, cualquier recuerdo de pesar o dolor quedó relegado a un rincón de su memoria.

Iba a sentarse en la cálida arena cuando se percató del ser que estaba frente a él y le daba la espalda.

Tenía el cabello negro y largo recogido en una trenza.

—Ahora tienes en tu poder el lenguaje de Egoresa y la forma de detenerla. No lo olvides, pues lo necesitarás llegado el momento. —La voz autoritaria lo sobresaltó.

—¿Quién eres? —preguntó Agael mientras daba un paso hacia él.

—Eso ahora no importa. —Se dio la vuelta y el joven enmudeció ante la belleza de aquel rostro y las grises pupilas—.

Eres diferente a tus antepasados, a tu padre.

Ellos anhelaban venganza y yo se la ofrecí; sin embargo, tú solo ansías ser libre.

Puedes serlo, pero antes necesito que uses el lenguaje que te he dado a conocer para salvar a Raehlan.

—Raehlan está muerto —murmuró el zarefí con el ceño fruncido.

—Voy a revelarte una verdad: —El joven sintió el peso de su mirada—.

Raehlan lleva dos mil ágaras reencarnándose en cada dárico gris que ha caminado por el mundo.

Desde su primer aliento de vida, he aguardado su muerte para recuperar el lanfe que mi padre me arrebató.

Debo impedir que Egoresa lo devore o jamás lograré mi propósito.

—¿De qué propósito hablas? —Agael se estremeció ante sus palabras.

—Uno que no alcanzarías a comprender. —El desconocido le ofreció una cálida sonrisa—. Pronto nacerá un nuevo hijo de la Oscuridad, y mi padre liberará a Raehlan.

Aunque no lo comprendía del todo, la orden de usar aquellos silbidos y detener a la luna maldita caló profundamente en el zarefí. Supo que cada uno de aquellos nombres que había oído antes pertenecía al dárico gris.

—Lamento los infortunios que has vivido, no los merecías.

Nunca te avergüences de ser quien eres, porque aunque trates de fingir lo contrario, tienes buen corazón.

—Le acarició la cicatriz que palpitaba de dolor y este remitió al instante—.

Pronto podrás ir al mundo venidero y te reunirás con tu madre. Ahora vuelve a casa, zarefí.

Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Agael.

Aparte de su madre, nadie lo había tratado con tanta ternura.

Se sintió menos solo en ese momento. La oscuridad lo rodeó poco a poco y la playa comenzó a desaparecer.

Lo invadió una profunda tristeza al mirar por última vez los ojos de aquel ser que ni siquiera le había dado su nombre.

Aun así, tenía la certeza de que jamás lo olvidaría.

Agael despertó enfermo y dolorido, tenía la boca tan seca y pastosa que no podía tragar saliva. Las tenues luces del amanecer le molestaban. El Ado estaba arrodillado frente a él, examinando su rostro.

—Has sobrevivido a Egoresa. Ahora eres un hombre de Falar-Shan. —La voz del Ado golpeó dentro de su cabeza igual que un martillo—. ¡Bienvenido!

Sus hermanos lanzaron vítores y los soldados golpearon las armaduras con el puño para celebrar su regreso.

Sin embargo, Agael fue incapaz de prestarles atención.

Había sobrevivido a la luna maldita gracias a aquel silbido.

Aún notaba las lágrimas mojar sus ojos. Alzó la mirada al cielo y, aunque no podía ver a la luna maldita desde allí, la sintió en los más profundo de su ser.

No estaba seguro de lo que había pasado, solo podía pensar en que él podía detener a Egoresa. Pero, ¿quería hacerlo realmente?