Edmoden
D araes ya había perdido la paciencia con Isela.
Si continuaba atosigándolo acabaría por estrangularla él mismo.
No le perdonaba que la hubiera sacado de Laccados contra su voluntad.
Gritaba a todos en la casa y nada lograba satisfacerla.
Al hombre le fastidiaba no ser capaz de imponerse a ella; era la primera vez que alguien lo desconcertaba de esa forma.
Isela poseía una fuerza inquebrantable y una mirada que parecía leer sus más profundos deseos.
El arrojo de la joven lo excitaba y lo enfurecía por igual.
Esa misma mañana habían llegado cuarenta soldados de Laccados acompañando a la madre y hermanos de Isela. Daraes los había acogido en su casa y tenía la esperanza de que los supervivientes aplacaran el mal humor de la joven.
—Este es el libro que quiero leer. —Eduar lo desgajó de sus pensamientos.
—Eduar, quiero que me escuches atentamente.
—Daraes entrelazó sus dedos y apoyó los brazos sobre la mesa—.
Ya tienes diez ágaras y me consta lo maduro que eres para tu edad.
Superas en inteligencia a todos tus primos, y diría que a alguno de tus tíos.
Ya deberías haber aprendido a no prestar atención a las estupideces de tu madre.
El niño fue a replicar, pero no se atrevió. Llamaron entonces a la puerta.
—Vete un rato al jardín a jugar, enseguida voy a buscarte —le pidió con más brusquedad de la que deseaba. Oír las palabras dirigidas por Galaera lo había enfurecido.
Eduar obedeció de inmediato y corrió hacia la puerta.
Dejó pasar al juez y luego se escabulló por el pasillo como si temiera demorarse en cumplir la orden de su tío.
Daraes se presionó el puente de la nariz con los dedos mientras le hacía una señal al anciano para que tomara asiento al otro lado del escritorio.
—¿Qué necesitáis de mí? —preguntó el juez arrellanándose en la silla.
—Quiero que valides un documento que acabo de firmar.
—Daraes le tendió la hoja de papel que reposaba sobre la mesa—.
A estas alturas, ya no es un secreto que los Hal me han solicitado que les entregue a Eduar.
Al parecer, han confirmado la muerte de Shudei y quieren a su heredero.
—Daraes se puso en pie y caminó hacia uno de los altos ventanales que llenaban de luz la enorme estancia—.
Fui yo quien le dio el nombre y quien lo ha criado.
No entregaré a mi sobrino a esos desgraciados.
Así que voy a darle mi apellido y quiero que me ayudes a verificarlo. Desde ahora será un Dol.
—Lo haré, por supuesto. Pero eso no detendrá a los Hal. —El anciano se movió incómodo—. Debisteis darle vuestro nombre familiar al nacer. Hay rumores, mi señor. Aseguran que habéis mantenido al niño en secreto para usar su don llegado el momento.
—Así que ya saben que es hijo de un soñador —soltó el Dol a bocajarro.
A la gente le gustaba hablar, y cuanto peor fuera el rumor, a mayor velocidad se extendía.
Por supuesto, habían sido los Hal los encargados de iniciarlo.
Querían ponerlo contra las cuerdas, conseguir que los señores del Norte desconfiaran de Daraes, hacerles creer que sus victorias no eran legítimas y que eran consecuencias de los sueños.
—Eduar aún no ha mostrado indicios de tener el don. Y en cualquier caso, las visiones de los soñadores no se pueden manipular. —Aunque Shudei hubiera asegurado que él era capaz, Daraes no lo creía—. Mi sobrino será un Dol y se quedará conmigo.
El juez abandonó la biblioteca poco después.
El hombre se asomó al balcón y contempló el mar a lo lejos.
La calle descendía hacia una cala que brillaba con una tonalidad azul oscuro.
Unos gritos lo alertaron y salió a toda prisa de allí hasta alcanzar el jardín trasero.
Algunas mujeres se resguardaban bajo la protección de los pórticos que rodeaban el recinto.
Dos soldados corrían por el tejado y otros tres aguardaban abajo.
Daraes vio a Eduar paralizado en medio del patio, mirando hacia el alto edificio.
Buscó su arma al ver la blanca cabellera de un niño que ocultaba su rostro con una máscara roja.
Era un Invasor, uno de aquellos seres que aterrorizaban los pueblos de la costa.
¿Habían abandonado Laccados para ir hasta Edmoden? Un sudor frío bañó su nuca.
El Invasor saltó hacia otro tejado para esquivar a los soldados que trataban de apresarlo.
Daraes recogió una piedra del suelo y aguardó paciente mientras observaba la huida del pequeño.
La lanzó con todas sus fuerzas y golpeó en el muslo derecho del Invasor.
Este aulló de dolor y resbaló por las tejas al perder el equilibrio.
Cayó sobre unos arbustos y los soldados se precipitaron hacia él.
—¡Llevadlo a nuestra casa! —Ordenó Daraes.
Debía averiguar si los Invasores habían fijado su destino en Edmoden.
La casa que ahora pertenecía a los Dol se encontraba en la zona alta de Edmoden.
Era un amplio recinto amurallado, rodeado de jardines.
Daraes escogió el enclave para tener una visión amplia del pueblo.
El edificio poseía unas profundas y oscuras mazmorras, que en su momento estuvieron destinadas a los soñadores.
En el pasado, Edmoden y Laccados encabezaron la caza de todo portador de dicho don, sin importar que fueran adultos o niños.
Muchos murieron durante su encierro, sin llegar a ver la luz del sol.
Allí habían recluido al Invasor, para mantenerlo aislado.
Eduar permanecía junto a su madre. Le angustiaba estar allí.
Los soldados de Laccados, siguiendo las órdenes de Isela, habían encerrado a los miembros de la familia Dol y parte del servicio en las mazmorras.
En realidad, ellos se habían dejado conducir tranquilamente al conocer las razones.
Mientras tanto, la joven mantenía una acalorada conversación con Daraes en su despacho.
—¡Maldita insolente! —Galaera había enrojecido de rabia—. ¿Cree que puede usarnos como rehenes para conseguir lo que quiere? Más le vale a mi hermano darle una lección que no olvide en su vida.
—¿Y qué es lo que quiere Isela? —preguntó Eduar con timidez.
No obtuvo respuesta, por supuesto. Su madre era la única enfadada, los demás se mostraban aburridos, la situación parecía darles igual.
Dos de sus tíos hablaban y reían. Eduar percibía murmullos al fondo de las mazmorras, en la zona dónde la luz no llegaba.
Creía que pertenecían a hombres, mujeres y niños, y sentía que sus voces lo llamaban.
Las sombras se escurrían entre las celdas vacías, se agitaban en agonía y se estiraban hacia él como si quisieran alcanzarlo.
Oyó el tintineo de unas cadenas e imaginó que debía ser el Invasor.
Caminó unos pasos hacia la celda, como hipnotizado por el tintineo del metal, y se asomó entre los barrotes.
El niño estaba en pie, con la cabeza ladeada y la máscara roja como único rostro.
Eduar se fijó en el color castaño de sus pupilas.
Se parecía a los seres que veía a veces en sueños, aquellos cuyos gritos persistían en su memoria al despertar.
Las sombras se deslizaron por su espalda y sintió cómo le acariciaban la nuca.
—¡Eduar! ¡Regresa aquí enseguida! —La aguda voz de su madre lo sobresaltó.
La mujer lo reprendió con la mirada mientras se apoyaba en su sposo.
Eduar no volvió a separarse del grupo, pero sus ojos se mantuvieron fijos en aquel calabozo.
Solo era un niño, ¿cómo podía soportar estar tan solo?
El ruido de las cadenas regresó y los nervios se instalaron en su garganta.
Allí dentro había gente muerta, podía sentirlos. Y parecían querer algo de él.
La luz del atardecer entraba por las ventanas y bañaba de un tono anaranjado la estancia.
Isela lo observaba desde el otro lado del escritorio.
Daraes revisaba los papeles con el rostro encendido por la rabia.
Esa chica no tenía vergüenza ni sentido del honor.
Había salvado su vida, y le pagaba con ese acto vil y traicionero.
No podía creer que tuviera retenida a su familia y al personal del servicio en las mazmorras.
—Solo tienes que firmar —le dijo ella con calma.
Daraes se arrellanó en el sillón y sonrió con frialdad.
Cogió los papeles y volvió a leer la propuesta de matrimonio que Isela había redactado.
Pretendía que ambas casas se unieran. Las condiciones que proponía eran aceptables, pero le hervía la sangre que lo coaccionara con su familia.
No debería haber permitido que los soldados de Laccados se refugiaran allí.
Porque ahora los Dol tenían una clara desventaja.
—¿Comprendes las consecuencias que tendría si alguien de mi sangre sufre el menor daño? —Daraes la retó con la mirada.
—Sabes que no les pasará nada, pero no los dejaré salir hasta que firmes.
Eres un hombre demasiado arrogante, solo trajiste contigo unos pocos soldados, siempre das por hecho que nadie osará hacerte frente.
—Isela se inclinó sobre la mesa para mirarlo de cerca—.
Normalmente, no encuentras resistencia en las personas que te rodean, y justo por eso te pongo tan nervioso.
Porque estás dispuesto a darme cualquier cosa que te pida, aunque intentes negarlo.
—Estás loca. Cualquiera de tus soldados me parece mejor compañía que tú, y más hermosa.
—Cerró la mano derecha en un puño y retuvo su ira—.
Casi te doblo la edad, ¿tanto asustas a los hombres con esa cara que no has podido conseguir a alguien más joven?
Si ese es el problema, mis hermanas pueden ayudarte a parecer una doncella.
—Crees que puedes enfurecerme para que destruya el acuerdo en un arrebato, pero Daraes, soy mejor jugadora que tú. —La joven sonrió con malicia—. Ese escudo de hielo que rodea tu corazón no funciona conmigo, me gustan los retos.
Tenerla tan cerca lo alteraba más de lo que deseaba admitir. A Daraes siempre le habían atraído las mujeres elegantes y delicadas como cisnes blancos, pero Isela era más bien un halcón que amenazaba con despellejarlo.
—Firma de una maldita vez, o te juro que aceptaré la propuesta de matrimonio que me enviaron los Hal. —Le brillaron los ojos con diversión cuando el rostro del Dol se crispó ante sus palabras—. Y lo haré solo para castigarte.
Los ojos azules de Isela desprendían una resolución que agradaba a Daraes.
La joven se remangó la camisa negra y al cruzar los brazos bajo el pecho se le marcaron los bíceps.
Al hombre se le secó la garganta y apartó su mirada.
Isela había ganado, ya lo hizo cuando Daraes fue a Laccados a salvarla.
Pasó la mano por la primera hoja de papel y firmó. Luego, empujó el documento hacia ella.
Isela sonrió feliz y Daraes supo que su vida jamás volvería a ser igual.
A Eduar le costó reponerse de la imagen del Invasor en la celda, él no soportaría que lo encerraran allí, y mucho menos con aquellas sombras susurrándole al oído.
Le resultó difícil irse a dormir, y cuando lo hizo le sobrevinieron una serie de pesadillas.
Volvió a soñar con seres de melenas blancas y cuernos que se enroscaban hacia la nuca, que ahora sabía que eran Invasores.
Luchaban y encontraban la muerte frente a un guerrero de pelo plateado.
Por su altura y la espada que usaba era sin duda un dárico.
Luego, la escena cambiaba y una terrible criatura se cernía sobre todos ellos; en especial sobre el dárico.
Los alaridos de los que caían presa del monstruo estremecieron al niño.
Podía percibir el hambre y la rabia de la bestia, y sus ansias por devorar al guerrero.
Su cuerpo era de una tonalidad rosácea y cambiaba de forma constantemente.
Eduar presenció como derribaba al dárico y sintió la dentellada de la criatura en su propio cuerpo. Gritó desesperado.
Despertó aturdido de la pesadilla y con los ojos anegados en lágrimas.
Deseó que alguien acudiera a consolarlo, que le dijera que tan solo había sido un maldito sueño, que nada de todo aquello que acababa de presenciar era real.
Pero algo en su interior le decía lo contrario, pues el niño sabía que existía un dárico con ese color de pelo.
Conocía las historias sobre el monstruo de Caen-Laj: el dárico gris.
Oyó una risa dentro de su mente y se estremeció bajo la manta. Estaba solo en la habitación, y sin embargo tenía la certeza de que lo acechaban a la espera de que volviera a dormirse. Esa noche al menos, no lo haría.