Marial-Pat #2
Reparar en la cantidad de muertos y en cómo había quedado Marial-Pat tras la batalla lo alarmaba. ¿Habría sucedido lo mismo con Gaelar y Alviat?
—Entonces, ¿qué motivo te ha traído aquí, Sandar? —preguntó Kishur.
—Vengo a deciros que Sorastalez y el gobernador han perdido el juicio.
Y que todos aquellos que os llaman traidor merecen un castigo.
Vengo a deciros que el ejército y los barcos de Runna os pertenecen y que yo, como general, estoy a vuestras órdenes.
—Sandar hizo una breve pausa—. Con corona o sin ella seguís siendo el rey legítimo. Sois el dárico gris.
A Kishur le complacieron sus palabras, había temido que Sandar se posicionara en su contra. No hubiera podido lidiar con tantos enemigos a la vez.
—Será un honor tenerte a mi lado, Sandar —expresó Kishur.
Contar con los hajaeks de Runna cambiaba la situación.
Era el primer paso para conseguir su propio ejército.
Kishur dio un paso hacia Sandar y puso una mano sobre su hombro.
Necesitaba hacerlo partícipe de toda la locura que lo rodeaba.
Por primera vez en los últimos días, Kishur se sintió menos solo en aquella lucha contra los Olvidados.
El cónclave organizado por Quiazz a petición del dárico gris se celebró al medio día.
Acudieron un centenar de hombres y una docena de mujeres lideradas por una soldado de ojos verdes.
A Kishur no le pasó desapercibido su parecido con Quiazz.
La gente estaba inquieta y asustada. El consejo ocupó sus asientos con rostros sombríos.
A Kishur lo acompañaban Sandar y sus dos hajaeks.
El general de Runna generó una gran expectación con su lustrosa armadura.
Lamentaron tener que prescindir de Ghiro y su sabiduría.
El dárico habló a los presentes de la dama roja y sus deseos de conquista, de los devoradores que consumían el mundo venidero, del Dragón Negro y la misión que le había encomendado de ir a luchar contra ellos.
Les hizo saber sin tapujos que el ejército de kalastys y dragones grises se reorganizaba en las Avíseas y que, bajo el control de los seres Olvidados, sería más despiadado que nunca.
Mientras su voz resonó con fuerza en la sala, nadie osó interrumpirlo.
Kishur optó por quedarse de pie frente a la mesa con forma de media luna tras la que se sentaban los ancianos.
Mayara y Ádria se encontraban a su derecha, Sandar a la izquierda.
Creyó que resultaría más complicado convencer a los humanos.
Sin embargo, el que presenciaran el ataque de los dragones y la aparición de Osharan había cambiado las mentes de aquella gente.
Permanecían sumidos en un perturbador silencio, interrumpido solo por algún carraspeo incómodo.
Tras él se apretujaban los hombres y mujeres, que lo observaban con aprensión.
Kishur contempló a Gastor, cuyo rostro reflejaba una gran conmoción. Quiazz se frotaba la nuca angustiado.
El dárico permitió que todos asimilaran sus palabras antes de concluir: —Supongo que comprendéis que esta guerra nos concierne a todos y que debemos unirnos si queremos vencer. Nos enfrentamos a la extinción. —Kishur captó de nuevo la atención de los asistentes. Sus ojos se clavaron en el Galaef.
—¿Y qué nos proponéis? —preguntó el anciano con voz trémula.
—Qué os pongáis a mis órdenes. Los generales Sandar y Gastor liderarán sus propios ejércitos, pero lo harán bajo mi mando y siguiendo mis directrices.
Juntos, iremos a las Avíseas a luchar contra nuestros enemigos.
—La sorpresa se dibujó en los rostros de los ancianos y del propio Gastor—.
Comprendo que el miedo os inste a quedaros, pero ¿cuánto tiempo creéis que durará la paz?
Si no tenemos éxito, el mundo mortal caerá.
—No podemos prescindir de nuestros soldados. Nos quedaríamos indefensos —dijo el Galaef mientras dirigía la mirada hacia Gastor esperando su oposición.
—Dejaréis los suficientes para mantener la seguridad.
Por mi parte, haré que Alviat envíe hajaeks a Marial-Pat para apoyaros.
—Kishur miró entonces a Gastor, pues sabía que era con quien debía lidiar—.
El ejército de Runna se unirá a nosotros en el desierto, Sandar ya ha enviado la orden para que empiecen a prepararse.
El Galaef negó con la cabeza, aunque sin atreverse a contradecirlo en voz alta. Los miembros del consejo temblaban de pavor en sus ostentosos sillones. Los hombres a su espalda comenzaron a murmurar con verdadera preocupación. Gastor apoyó la mano en la mesa y todos callaron, expectantes.
—Perdimos a muchos soldados en la batalla, necesitamos al menos dos meses para reunir las armas y los hombres necesarios para partir a las Avíseas.
Confiaré en la llegada de esos hajaeks que nos acabáis de prometer.
—Gastor se mostró firme, tenía la mano derecha cerrada en un puño—. Podríamos llegar en primavera.
—¿Has perdido el juicio? ¡No lo permitiré! —El Galaef se puso en pie.
—Se hará como he dicho. —Gastor endureció el gesto y se giró por completo para dar la espalda al consejo y mirar a todos los presentes—.
Esta vez no podemos quedarnos escondidos tras las murallas, ya hemos tenido ocasión de comprobar que no nos sirvió de nada.
Los seres inmortales tienen un poder contra el que no podemos luchar solos.
Y es mejor alejar la confrontación de la ciudad, ¿no os parece? No rechazaré el apoyo de los dáricos.
Kishur oía algunas voces en contra, pero ninguna se atrevía a alzarse demasiado. El general Sandar giró la cabeza hacia él y levanto la ceja de forma inquisitiva. ¿Sería tan sencillo como parecía? ¿O al final elegirían el miedo y el calor de sus hogares?
—El Norte también aportará hombres. —Candor-Saz adelantó unos pasos—. Si la batalla final tiene lugar en las Avíseas, mantendremos nuestros hogares a salvo.
Comenzaron a discutir entre ellos mientras el Galaef tomaba asiento, abatido y tembloroso.
Kishur sabía que aquella empresa no resultaría sencilla, los humanos tenían demasiadas rencillas entre ellos.
Aún le quedaba algo más por decir así que lo hizo: —En una semana parte de mi grupo y yo nos marcharemos de la ciudad, y Quiazz nos acompañará, pues necesito su ayuda.
Más tarde podremos discutir los detalles —Kishur habló directamente hacia Gastor.
De reojo vio como Quiazz tomaba asiento de golpe—.
Dejo aquí a Ghiro-Homron, antiguo general y mi mano derecha.
Os servirá de enlace con Alviat. Cuando llegue la primavera, nos reuniremos en las Avíseas.
El general Gastor enmudeció y contempló con marcada preocupación a Quiazz. Si el joven sospechaba la razón por la que debía acompañarlos, parecía aceptarla.
Entonces, las puertas se abrieron de golpe y un viento helado penetró en la gran sala. Los soldados dejaron pasar a un mensajero con las ropas empapadas y la piel cenicienta. Se derrumbó de rodillas y Kishur tuvo un mal presentimiento.
—¡Sílfhades! ¡Sílfhades ya no existe! —gritó con la voz rota—. ¡Fue arrasada!
El espanto de la noticia arrancó lamentos en los allí reunidos.
Fue como si la peor de las tormentas acabara de rodearlos.
El alboroto se levantó entre los hombres y las pocas mujeres que querían averiguar todos los detalles.
Gastor se desgañitó en su intento de imponer silencio.
Sandar y Kishur se miraron al instante con marcada preocupación, pensando en sus propios hogares.
¿Y si solo Marial-Pat se había salvado? Sílfhades era una ciudad grande que contaba con veinte mil habitantes.
Los dáricos abandonaron la sala poco después. A ambos lados del puente, los soldados de negras capas formaban un pasillo para que los curiosos no los molestaran.
—Solo os lo diré una vez porque me veo en la obligación —dijo Sandar justo en la entrada de la otra torre—.
Lo que os proponéis al unir a humanos y dáricos para luchar contra los kalastys dará lugar a una nueva guerra de las razas.
¿Estáis seguro? Lo que ocurra en las Avíseas marcará una nueva historia.
—Eso es lo que pretendo —sentenció Kishur con la mirada sombría.