Marial-Pat
—No pretendía asustarte, a veces olvido que… —el dárico calló al instante.
—Que no tengo capacidades dáricas. —Litzzia sonrió con amargura.
La presencia del dárico la inquietaba más de lo que quería admitir y se preguntó si alguna vez lograría calmarse en su presencia. Luego recordó que no importaba, pues se iban a separar muy pronto y no volvería a verlo. «Solo en mis sueños», se dijo ella.
—Me siento ridícula por enfadarme con vos.
Ahora comprendo que estáis ligado a asuntos de mayor relevancia, ligado a dioses y demonios —comenzó a decir Litzzia—.
Que no volvierais a Alviat carece de importancia en comparación.
Estáis involucrado en algo mucho más grande, aunque desconozca de qué se trata.
Kishur no dijo nada. Fue hacia el sofá y tomó asiento a su lado. Durante un buen rato contemplaron las llamas de la hoguera con la lluvia como melodía de fondo.
—Me quedaré la caja de plata —dijo Kishur de pronto—.
No puedo devolverte la de cobre junto con el colgante, se lo entregué a Alhanna y me gustaría que lo conservara ella.
Por si tampoco lo descubriste, el cristal encerraba una pequeña porción de mi lanfe.
Supongo que ambos hicimos mal en regalar objetos así cuando ninguno teníamos la capacidad de ver la energía.
Nos lanzamos un enigma imposible de resolver.
—¿Lo decís en serio? —Ella se llevó una mano a la boca—. Siempre pensé que la joya era una especia de burla por obligaros a darme un regalo.
—¿Por qué haría tal cosa? —Kishur giró la cabeza para mirarla a los ojos.
El corazón comenzó a latirle más deprisa de lo que era capaz de soportar.
Intentó controlar su respiración y le fue imposible.
Se sintió un poco estúpida. Todo ese tiempo había creído que la joya era un burdo insulto.
Kishur se quitó un colgante que llevaba al cuello, agarró su mano y lo depositó en ella.
Litzzia observó el cristal de tono gris.
—Este es el objeto más preciado que poseo, la esfera fue hecha con las cenizas de Alfar. —Rodeó la mano de ella con la suya para cerrarla—. Ahora es tuyo. Sé que no reemplazará el obsequio que ahora tiene Alhanna, pero espero que lo aceptes.
—No os he pedido una compensación. ¿Estáis seguro de que me lo dais solo por esa razón? Responded con sinceridad. —Litzzia quería la verdad, la necesitaba.
—Es cuanto puedo ofrecerte. —Kishur se apartó de ella.
La vaga respuesta del dárico la enfureció, pero no dijo nada.
Era un cobarde. Si quería continuar alejándola de él que lo hiciera.
No pensaba pedirle lo contrario. Kishur se incorporó entonces y se llevó la mano al pecho.
Parecía confuso. Fijó la mirada en el centro del salón y, un instante después, apareció Alhanna como traída por el viento.
Su rostro níveo mostraba cansancio y una herida abierta en el cuello derramaba su sangre.
Litzzia la observó perpleja. ¿De dónde había salido?
—Hace un rato desperté inquieto al percibir que te alejabas. —Kishur caminó hacia la joven ignorando la presencia de Litzzia. Se fijó en las manchas de sangre en su cuello y en su camisa—. ¿Qué ha ocurrido?
—Osharan me ha entregado su lanfe. —Abrió la mano para mostrar la esfera negra que ocultaba—.
Creo que intenta ponerme a prueba. ¿Piensa que no me uniré a los Olvidados y les entregaré esto?
¡Menudo necio! Para él todo es un juego…
—Guardó el cristal en el bolsillo del pantalón y miró a Kishur—.
Debimos prestar más atención a las palabras del Testigo, intentó advertirnos de lo poco que le importa el mundo al Dragón.
—¿De verdad serás capaz de unirte a los Olvidados? ¿Aunque implique luchar contra mí? —Kishur le sostuvo la mirada y vio la pena dibujada en el rostro de ella.
—Aún no lo he decidido, Jaeglar dijo que me concedía tiempo para pensarlo y es lo que haré. Mientras tanto, estoy dispuesta a ir a Zahel, pero solo si tú me acompañas. —Alhanna le acarició el rostro con delicadeza—. Ven conmigo y dame motivos para luchar a tu lado y no contra ti.
—Tu único propósito es alejarme del Vacío —dijo Kishur con brusquedad.
—Si es de este modo o no, tendrás que averiguarlo —lo desafió ella.
Kishur se pasó la mano por el pelo y lanzó un largo suspiro. ¿Qué otras opciones tenía? Sabía que solo era una estrategia por parte de la joven, pero quizá mantenerla a su lado durante el tiempo suficiente le diera la oportunidad de convencerla. La necesitaba.
Entonces, reparó mejor en su aspecto: el cabello revuelto, los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas, los labios húmedos.
Y lo comprendió de golpe. Puede que Alhanna no recordara su vida anterior como Khaleria, pero sin duda tenía su mismo instinto.
No dijo nada al respecto, lo que ella hiciera con Osharan no era asunto suyo.
Pero aquello le daba un poco de esperanza, ¿de verdad se uniría a los Olvidados a pesar de todo?
Ella le estaba entregando al Dragón más de lo que imaginaba al yacer con él.
—De acuerdo. Te acompañaré a Falar-Shan —prometió Kishur para sorpresa de la joven—. Comprobaré la clase de ser en el que vas a convertirte: en alguien capaz de proteger con su poder a los que la rodean, o en destruir todo lo que ama.
Alhanna bajó la mirada para esquivar sus ojos.
Su pecho subía y bajaba frenético con cada respiración.
Kishur contempló la marca que encerraba a los dragones grises y se preguntó qué papel jugarían en esa historia.
Sospechaba que no deseaban abandonar a su madre, aunque esta ahora tuviera otro aspecto y no los recordara.
«Pero deben dejarla atrás e ir al mundo venidero», reflexionó el dárico.
Alhanna no era Khaleria, no del todo.
Kishur no logró pegar ojo esa noche, le daba vueltas al hecho de que Osharan le hubiera entregado a Alhanna una esfera con su lanfe.
¿Qué pretendía realmente? Quizá quisiera ponerla a prueba, conocer la lealtad de la que era la reencarnación de Khaleria.
¿Y si lo traicionaba? ¿Qué castigo pensaba otorgarle?
El dárico no podía quitárselo de la cabeza.
Miró a Ghiro, que descansaba en el sillón con los ojos cerrados.
Al final tendría que irse sin él, aunque eso le rompiera el corazón.
Alhanna estaba sentada cerca, como si vigilara el estado del anciano. Fuera continuaba lloviendo.
Ádria interrumpió el desayuno de todos ellos al entrar en la posada con las ropas empapadas. Al bajarse la capucha Kishur pudo percibir su inquietud.
—Mi señor, hace un rato atracó en el puerto un barco procedente de Runna.
—El hajaek comenzó a dar vueltas a su cuchillo en la mano—.
Los humanos se apresuraron a recibirlos al saber que se trataba de dáricos.
En la nave viajaba el general Sandar y ha pedido que lo conduzcan de inmediato hasta vos. Se dirige hacia aquí.
—Debéis preocuparos —dijo Litzzia mientras se incorporaba con la tez pálida—. Mi padre le solicitó que os buscara y os llevara a la fuerza de regreso a Alviat.
—Ádria, ve junto a Quiazz y pídele que organice un cónclave para esta tarde de carácter urgente. Qué acuda todo el que lo desee. —Kishur sintió que el tiempo se le echaba encima—. Dile que hemos descubierto dónde se encuentra el ejército de kalastys.
El hajaek asintió conforme y se marchó de forma precipitada. Kishur se sintió de pronto profundamente agotado. Pronto debería tomar una difícil decisión.
Mayara anunció la llegada de los runnenses y Kishur permaneció en el centro del salón, a la espera.
Oyeron docenas de pasos cuando el grupo de veinte hajaeks irrumpió en la plaza.
Lucían armaduras doradas y apoyaron las lanzas que portaban en el suelo al mismo tiempo.
Sandar se adelantó a ellos. El general se distinguía del resto por la capa violeta y la pluma que decoraba su casco, el cual se quitó justo antes de entrar en la posada dejando que el largo cabello castaño cayera por los hombros.
Sandar dio unos pasos por la estancia. Sonrió a Litzzia, que le asestó una mirada desconfiada.
Si le sorprendía la presencia de la joven, procuró ocultarlo.
Observó con curiosidad a Alhanna y alzó una ceja cuando esta torció una sonrisa despiadada.
Por último, se detuvo frente a Kishur y realizó una reverencia.
—Supongo que portas malas noticias. —Kishur decidió ir al grano.
—¿Es que las hay de otro tipo en estos momentos?
—Mantenía el casco bajo el brazo—. Os he buscado durante meses, aunque admito que encontraros aquí ha sido casualidad.
Recibí un comunicado del gobernador de Runna mientras vigilaba el campamento de los kalastys.
Me solicitaba enviar el grueso de mi ejército a la capital y, al mismo tiempo, encontraros para llevaros a Alviat. A la fuerza si era necesario.
Mayara acariciaba el puño de su espada sin despegar la mirada del general. Kishur no lograba leer el rostro de Sandar; era incapaz de conocer sus intenciones.
—Por lo que he podido averiguar, los humanos creen que aun tenéis la corona. Y que sois su salvador. —El general le mantuvo la mirada en todo momento—. Al parecer, son más sensatos que vuestro propio pueblo.
—¿Dónde se encuentra tu ejército? —preguntó Kishur.
—He dejado dos barcos en las Óleas a la espera de órdenes.
Al resto de soldados los envié de vuelta a Gaelar liderados por mi hermana Halan.
—Sandar desvió un breve instante la mirada hacia Litzzia—.
Los kalastys partieron en varias direcciones y estoy convencido de que la capital de Runna era uno de sus objetivos.
Aún no tengo noticias, así que no puedo garantizar que lográramos proteger nuestro hogar.
—Entiendo. Me preocupa saber eso, aunque ya imaginaba que nuestras ciudades no se librarían de los kalastys. La intención de esta guerra nunca fue la conquista, sino la aniquilación. —Kishur apretó los dientes al pensar en la maldita dama roja.