La Antigua Morada
Osharan observó la marca que Alhanna lucía en la mano, la que encerraba a los dragones grises. Percibió el terror de las criaturas en su interior.
—¿Cómo pudiste destruir la existencia de tantos? —preguntó la joven con rabia, persistía en ella aquel dolor lacerante que había sentido con cada muerte.
—Si no te abandonan pronto, me encargaré yo mismo de sacarlos —dijo él.
Sintió que cada palabra pronunciada tenía la intención de enfurecerla.
Un jirón de sombra se desprendió del brazo de Osharan y rodeó a Alhanna hasta alcanzar su frente.
Ella no se movió, aunque el contacto hizo que se estremeciera por completo.
Notó una fuerte presión en las sienes y cerró los ojos.
Revivió a la fuerza el encuentro con Jaeglar y las palabras que le dirigió.
Luego, vislumbró su conversación con Hagnak en aquella hermosa playa.
El Dragón la obligaba a revelar sus recuerdos.
Cuando acabó, la sombra se alejó de ella y Alhanna lo miró con rencor.
—Usas la vida de Kishur como si fuera un juego, sin importarte el daño que le causes.
Te detesto por ello. —Alhanna apretó los puños—.
Lo has obligado a revivir tantas veces que has convertido su existencia en un castigo.
¿Así es como demuestras tu afecto? ¿Arruinando las vidas de aquellos a los que debías proteger?
Creaste a Raehlan a partir de los restos y del lanfe que le arrebataste a Hagnak, y condenaste a ambos a vagar sin descanso. ¡No tenías derecho a hacerles eso!
—Entonces debí destruir Muriath. —Frunció los labios y de su garganta salió un gruñido ronco.
—El Testigo tenía razón, el mundo no significa nada para ti. —Alhanna negó con la cabeza, se sentía decepcionada, aunque no entendía la razón—. Haré todo lo posible por alejar a Kishur del Vacío. Espero que los Olvidados tengan éxito.
—¿Y piensas ayudarlos? —Osharan acortó la distancia entre ellos.
Alhanna fue incapaz de responder. Las alas del Dragón goteaban Oscuridad y sus ojos refulgían como el fuego.
La joven notó que la abrasaban. Colocó las manos sobre su torso y trató de empujarlo.
Osharan sonrió. Agarró una de las muñecas de ella y colocó la palma hacia arriba.
De pronto, una densa bruma comenzó a desprenderse del cuerpo del Dragón y a concentrarse en la mano de Alhanna en forma de esfera.
Mientras ocurría, Osharan fue tomando el aspecto de un simple dárico.
Alhanna sostuvo la joya entre sus dedos. Estaba engarzada en una cadena de acero oscuro. El cristal parecía contener una tormenta en su interior.
—Esto ayudaría a los traidores a lograr su propósito —le dijo entonces Osharan mientras descendía hacia el cuello de Alhanna y rozaba su piel con los colmillos—. Tengo curiosidad por averiguar qué decisión tomarás.
Ella encerró el cristal en la mano y mantuvo la respiración cuando él mordió su carne y notó el calor de la sangre descendiendo hacia su clavícula.
Un vasto deseo emergió desde lo más profundo de su ser amenazando con quemar sus venas.
Sintió la lengua de Osharan recorriendo el surco sanguinolento en dirección a su pecho.
Cuando logró que sus pulmones tomaran aire, agarró el pelo del Dragón con fuerza para levantar su cabeza y los ojos de ambos quedaron a la misma altura. Su rostro era indescifrable.
Necesitaba resistirse, luchar contra aquella extraña fuerza que la arrastraba hacia él sin remisión.
¿Por qué le resultaba tan difícil contenerse cuando su mente le ordenaba alejarse de Osharan?
Tiró con fuerza del negro cabello para acercar sus bocas.
El aliento del Dragón se derramó sobre sus labios.
Alhanna olvidó en ese instante toda la rabia que sentía hacia él. Solo la impulsaba el más puro deseo.
—Esto no cambia nada, te veré caer frente a los Olvidados —murmuró contra su boca antes de besarlo.
Osharan gruñó cuando ella arañó su torso.
Le arrancó la camisa y lamió la piel expuesta de la joven.
Ella misma se encargó de deshacerse del resto de sus ropas.
No se sintió satisfecha hasta que tuvo a Osharan de nuevo en su interior.
La Oscuridad los cubrió por completo como si se tratara de dos alas gigantescas.
Con cada una de sus embestidas se sentía más unida a él, más alejada de la realidad.
Se dejó llevar por el salvaje impulso de poseerlo.
Echó la cabeza hacia atrás para darle mejor acceso a su cuello y gimió cuando los colmillos del Dragón se clavaron en su piel.
El dolor la excitaba, la alentaba a desear mucho más. La hacía sentirse más viva que nunca.
«Pero él solo arrebata cosas», se recordó a si misma en un momento de lucidez.
Deseó ser ella quien le quitara lo que más amara. Quería verlo sufrir.