El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

Iba a responderle cuando percibió una extraña corriente a su alrededor.

Se puso en pie dejando la bebida en la mesa y caminó hacia el centro del salón.

El cielo tronó y la luz invadió todo el lugar a través de las ventanas mientras las nubes descargaban un pequeño aguacero sobre la ciudad.

Kishur se dirigió a la puerta y la abrió por completo, pero no abandonó el edificio.

Apareció una brecha en el centro de la plaza, y una densa bruma emanó de ella antes de dar paso a la figura de Trivaz.

El demonio aguardó un momento bajo el umbral de aquel corte en el aire y luego avanzó unos pasos mientras este se cerraba.

Los ojos dorados de Trivaz resaltaban en la noche, el agua lo empapó enseguida.

—Has abandonado el mundo de Hagnak —afirmó el dárico.

—Tenías razón, Raehlan, una parte del antiguo Guerrero se encuentra todavía allí.

Me envió de vuelta para cumplir una última orden.

—Trivaz caminó bajo la lluvia y se detuvo a poca distancia de Kishur—.

La pupila de tu ojo izquierdo es de color gris.

Sospecho que es obra del Dragón. —Dio otro paso más hacia Kishur—.

Vas a necesitar mucho más que eso para alcanzar el Vacío.

Es la razón por la que he venido a buscarte.

Kishur asintió y se apartó para dejarlo entrar. Los demás no se movieron ante la presencia del demonio, pero Litzzia se dejó caer de golpe en el sillón, impresionada.

—He estado en Talahom; la degradación ha aumentado.

—Trivaz fue dejando el suelo mojado a su paso—.

Los Olvidados se alimentan del mundo venidero con prisa.

Saben que te diriges hacia el Vacío para luchar en nombre del Dragón y están poniendo medios para impedirte llegar hasta ellos.

Supongo que os preguntaréis a donde fueron los kalastys y los dragones grises que quedaron con vida.

—¿La dama roja se ha unido a los Olvidados? —preguntó Kishur alarmado.

—Claro que no. Fenador ha capturado sus mentes y ahora el ejército le pertenece al completo.

Se lo ha arrebato a esa necia —dijo el demonio con disgusto—.

Ella les ha otorgado sin pretenderlo las armas necesarias para detenerte.

Cierran el paso hacia la cala y, por lo tanto, hacia el Vacío.

No podrás llegar sin antes luchar contra ellos.

La noticia caló en todos; esperaban encontrar obstáculos para llegar a su destino, pero no uno compuesto por miles de soldados kalastys y docenas de dragones.

Deberían haber sospechado que los Olvidados no se quedarían esperando su llegada de brazos cruzados.

El dárico intentó hallar el modo de lidiar con esta nueva situación, y solo encontró una manera.

Aunque se convertiría en la campaña más compleja que se hubiera propuesto nunca.

—Entonces yo también necesitaré a mi propio ejército. —Kishur sintió un peso adicional sobre sus hombros—, y sé exactamente dónde conseguirlo.

Los humanos tendrían que luchar, y no solo ellos. Kishur estaba dispuesto a formar un ejército con todo lo que tuviera a su alcance, aunque para ello tuviera que ir a Alviat a buscarlo.

La tristeza continuaba adherida a sus tripas y la mortificaba.

No le pertenecía a Alhanna, aquello que sentía era el dolor de Quiazz, pero podía percibirlo como si fuera el suyo propio.

El amargo llanto del joven constreñía su garganta, como si todas aquellas lágrimas las hubiera derramado ella.

Era extraño notar una conexión tan íntima, como si ambos compartieran un mismo corazón.

Quiazz estaba sentado bajo el limonero, con la cabeza hundida entre los hombros.

Le había dado a conocer las muertes de los comerciantes de Cimeag.

Ádria le había pedido a la joven que lo hiciera.

«Gracias a ellos descubrimos que Quiazz viajaba solo.

Merece saber lo que ocurrió», le había dicho el hajaek.

También era difícil para ella. Hablar de aquello le trajo el recuerdo de la muerte de Alfar, de cuando Kishur trató de recomponer su cadáver, y también de cuando intentó darse muerte.

Y más tarde, el momento en el que recibió el odio del dárico.

La joven palpó la cicatriz de su cuello con aprensión.

Los dragones que encerraba en su mano callaban esa noche y eso la complació, el incesante zumbido que emitían acabaría por desquiciarla.

El cielo tronaba sobre sus cabezas. Había algo raro en la Jistar, que parecía más densa y opaca de lo habitual.

Cayeron las primeras gotas y Alhanna las sintió más heladas que nunca.

Iba a pedirle a Quiazz que entraran en la casa cuando el potente zumbido de los dragones le produjo vértigo.

Se aferró las sienes y gimió por el dolor.

Quiazz levantó la cabeza, atenazado por un malestar desconocido que lo asfixiaba.

Las sombras giraron y se alzaron en el aire frente a ellos hasta formar la silueta de una oscura criatura alada.

Los dos se pusieron en pie de inmediato. Era Osharan.

Las alas goteaban un espeso lodo que quemaba la hierba.

Los ojos incendiarios de Dragón se dirigieron hacia Quiazz, y luego contemplaron a Alhanna.

Ella se puso delante del joven, como si deseara protegerlo de la forma que fuera.

El aire se volvió más pesado y Quiazz se derrumbó contra el árbol.

La niña de Zahel comenzó a cantar, enturbiando su realidad.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó ella con gran esfuerzo—. Déjanos en paz.

Por un momento, temió que los arrastrara a la fuerza hasta Zahel.

¿Sería capaz? Alhanna acortó la distancia con el Dragón sin preocuparse por la Oscuridad que emanaba de él y devoraba la hierba bajo sus pies.

Rodeó la nuca de Osharan con las manos y sus rostros quedaron a escasos centímetros cuando él encorvó la espalda.

Los dos desaparecieron frente a los ojos de Quiazz.