El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

—No podéis mantenerme aquí encerrada para siempre —dijo Litzzia con rabia.

Kishur se acercó a ella y la joven retrocedió hasta dar con la pared.

Apoyó las palmas de sus manos en la fría piedra, encerrándola entre sus brazos.

Sus alientos se mezclaron. El poco control que le quedaba lo abandonó.

Rodeó la cintura de Litzzia y la estrechó contra su cuerpo.

Sus labios se unieron con anhelo y pudo oír el gemido de ella sobre su boca.

Kishur besó entonces su cuello a la vez que le bajaba uno de los tirantes del vestido.

Descendió por la piel oscura de Litzzia, deslizando su lengua con suavidad.

«¿De verdad creéis que esto es lo que deseo?», dijo Litzzia. Kishur la observó, confundido.

Despertó de golpe en su habitación, con la frente perlada de sudor y tan excitado que gruñó desesperado contra la almohada.

Sin pensar en lo que hacía, deslizó la mano hacia su miembro e inició un movimiento candente y lento.

Retuvo el rostro de Litzzia en su memoria.

Imaginó sus gemidos de placer, su ronca respiración al penetrarla, el sabor de su piel acaramelada...

Se perdió largo rato en la fantasía de tenerla entre sus brazos.

Alcanzó el éxtasis y lo derramó sobre su pecho.

Sintió una punzada de culpabilidad cuando reparó en lo que acababa de hacer. No debía pensar en ella de ese modo, y de ningún otro en realidad. Necesitaba mantener sus sentimientos bien encerrados para no dejarse arrastrar por ellos. Litzzia merecía algo mejor.

«A mi lado sufrirá y la muerte irá tras ella», con esas palabras Kishur se propuso alejar a Litzzia todo lo posible de él.

Litzzia aún no se decidía a bajar al salón, la idea de encontrarse con Kishur la angustiaba.

No habían vuelto a hablar desde su encuentro a solas en el sótano.

Salió a la pequeña terraza y dejó que al aire fresco le meciera el pelo.

Llevaba un vestido de color cereza con mangas largas.

Un chal negro cubría sus hombros. Las noches eran cada vez más frías en aquella ciudad.

Su uniforme ya estaba limpio y remendado, pero prefería reservarlo para su partida.

La posada mantenía los armarios llenos de ropa, la despensa bien provisionada y la leña apilada en el patio trasero. Ningún humano había regresado.

El cielo mostraba una capa densa de nubes.

Litzzia regresó al calor de la estancia y comenzó a dar vueltas a la cajita de plata en su mano.

¿Qué debía hacer con ella? Ya no le pertenecía a Kishur, pues se la había devuelto.

Pero ella tampoco la quería porque era el recuerdo de su rechazo.

Nunca debió usar su lanfe para que fabricaran la caja.

Llamaron a la puerta e imaginó que debía ser Mayara.

—No tengo hambre así que no bajaré a cenar —se excusó Litzzia.

—Abre la puerta. —Era la inconfundible voz de Kishur.

Respiró profundamente para templar los nervios que la invadieron.

No se sentía preparada para enfrentarse de nuevo a él.

Hizo lo que le pedía y, de inmediato, se retiró hacia el balcón con la excusa de cerrar las puertas de cristal.

Entonces, recordó que él no entraría a menos que ella lo invitara. Y decidió no hacerlo.

—De acuerdo. Lo que vengo a decirte puedo hacerlo desde aquí —aceptó Kishur a regañadientes—. Ghiro está preocupado por ti, quiere que bajes a cenar. Alhanna no está, si es lo que te preocupa. Mis hajaeks tampoco.

—Alhanna y los hajaeks me dan igual —espetó Litzzia con una mano apoyada en el cristal. Observó un instante el reflejo de Kishur y lanzó un largo suspiro.

Él tardó un rato en romper el pesado silencio.

—Si bajas, estarás a solas con Ghiro. Le vendrá bien tu compañía, creo que ya se ha cansado de mí.

—Se cruzó de brazos sin dejar de mirarla—.

Sus heridas tardarán en sanar, sigue muy débil y me preocupa retomar el viaje en su estado.

Pero cuando se restablezca un poco, nos marcharemos de aquí. Para entonces tú…

—Soy libre para ir a dónde me plazca —lo interrumpió Litzzia a la vez que se daba la vuelta para enfrentarlo—. Aún no lo he decidido. Quizás vaya a Sílfhades.

No supo interpretar la mirada del dárico, pero creyó discernir algo de enfado en su rostro. ¿Es que pensaba que ella volvería a Alviat? Antes muerta.

—Sílfhades es un buen destino. —Kishur parecía haber masticado las palabras—. Le pediré a Mayara que te ayude a buscar un barco.

Litzzia apretó la caja con fuerza. Tuvo ganas de arrojársela a Kishur a la cara.

Los relámpagos iluminaron la estancia y ella se estremeció, desde que vio al Dragón Negro surcando el cielo la noche de la batalla cualquier sonido procedente del firmamento la atemorizaba, igual que si fuera una niña.

El trueno estalló con un rugido ensordecedor y la joven dejó caer el obsequio al suelo mientras sus dedos temblaban.

Kishur reparó entonces en la pequeña cajita.

Entró en la habitación y su sola presencia pareció consumir todo el aire.

Recogió el objeto y lo puso frente a sus ojos.

A Litzzia le sorprendió la expresión atónita del dárico.

—El metal contiene tu lanfe. —A Kishur se le secó la garganta—.

¿Pediste que la fabricaran con tu propia energía?

¿A Raysit? —Miró a la joven que asintió despacio, con el ceño fruncido—.

Todas estas ágaras me estuve preguntando por qué razón me la diste vacía, siempre creí que fue una burla por tu parte.

Alhanna dijo una vez que había descubierto el secreto, pero no quise saberlo. Supongo que se refería a esto.

—Vos fuisteis el único que se burló de mí con aquella joya. —Pero el dárico ni siquiera había oído sus palabras.

Kishur podía contemplar la energía que contenía la caja, era dorada. Desvió los ojos hacia Litzzia y, aunque ella no pudiera apreciarlo, la observó con la pupila gris.

—Tu lanfe brilla igual que el sol. —Kishur no reparó en lo que decía.

—¿Cómo sabéis algo así? —preguntó ella conmocionaba.

Recibió silencio como respuesta. Kishur salió de la estancia de forma brusca. Se llevó el objeto con él, sin concederle tiempo a Litzzia para impedirlo.

Kishur cerró los ojos frente a las escaleras.

Guardó la caja de plata en el bolsillo y sintió una extraña calidez rodeando su corazón.

Jamás lo admitiría, pero había añorado el obsequio.

Sonrió al reparar de nuevo en que el metal había sido imbuido con el lanfe de Litzzia, dorado como el amanecer.

Jamás volvería a desprenderse de aquel regalo.

Se reunió con Ghiro en el salón y la preocupación por él regresó de golpe. El anciano miraba absorto las llamas de la chimenea. La pena se dibujaba en su rostro.

—Supongo que no ha querido bajar. —Ghiro alzó una de las cejas—. Debería haber ido yo a convencerla aunque me cueste subir las escaleras. No quiero ni imaginar cómo ha acabado vuestra conversación. —Kishur tomó asiento en el sillón de al lado—. Sois un poco rudo cuando os lo proponéis.

No iba a negarlo. Se preguntó qué le impedía realmente aceptar a Litzzia. ¿Que la dama roja se volviera aún más loca? ¿Decepcionar a la joven una vez se mostrara tal cual era? Ninguno de los dos estaba en Alviat, eran libres. ¿Y entonces?

—Me temo que esta vez no podré seguiros —se lamentó de pronto el anciano—.

Y lo sabéis, os basta con mirarme. Mis heridas tardarán en sanar, hice sufrir mucho a mi cuerpo durante la batalla, aquel maldito dragón estuvo a punto de acabar conmigo.

—Su voz se quebró un poco al mencionarlo—.

Os insisto. Debéis retomar el viaje, no podéis perder más tiempo por mi culpa. Tenéis un propósito, mi señor.

—Y te necesito para llevarlo a cabo, Ghiro. El mundo tendrá que esperar.

Ghiro negó con la cabeza. Kishur sabía que nunca superaría la muerte de Eltsay, pero sus heridas acabarían por sanar, era cuestión de tiempo.

No podía dejarlo atrás. En ese momento, Litzzia bajó las escaleras y fue directa a la cocina.

Kishur la siguió con la mirada, el vestido cereza le quedaba muy bien.

Se había recogido el cabello en la nuca.

—Al final ha bajado, eso me agrada. Es una pena que ella y Alhanna no hayan tenido un buen comienzo. —Ghiro captó de nuevo su atención—. Y me pregunto dónde estará esta chica, pasa demasiado tiempo alejada de vos. Es posible que en una de sus salidas, no regrese. ¿No os preocupa?

—He decidido darle un poco de espacio para no presionarla —comentó Kishur.

No estaba seguro de que eso funcionara con Alhanna, pero sí tenía claro que no debía ponerla contra las cuerdas.

Su carácter era demasiado volátil. Ghiro cerró un rato los ojos y Kishur se revolvió incómodo en el sillón.

¿Qué hacía Litzzia en la cocina? La puerta se abrió para dar paso a Ádria y Mayara.

Entraron en silencio, dejaron sus capas húmedas en el perchero, las armas sobre la barra y también tomaron asiento junto a la chimenea.

Kishur los interrogó con la mirada para confirmar que todo estaba en orden.

Cuando Litzzia irrumpió de nuevo, traía una tetera humeante en una bandeja. Le sirvió primero a Ghiro y luego a cada uno de ellos. A Kishur en último lugar.

—Quiero que me devolváis la caja —comentó la joven al darle la taza.