El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Talahom
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Talahom

D espués de destruir la calavera de Hagnak, Trivaz buscó refugio en aquella playa marchita.

Era el último lugar al que Osharan acudiría, a menos que lo hiciera siguiendo al dárico gris.

Extrañaba profundamente el mundo de Hagnak y la paz inconmensurable que allí lo invadía, donde incluso el dolor y la rabia por la muerte de su gemelo acababa por disiparse.

Al final, aquel sitio no era solo un cúmulo de energía, poseía la conciencia de su antiguo señor.

Deseaba regresar, pero sospechaba que Hagnak no se lo permitiría.

Ya había obtenido cuanto quería del demonio: que destruyera el último vestigio que quedaba del cuerpo mortal que tuvo.

Trivaz observó las dos estatuas de dragón que parecían vigilar el puente sobre el mar. Apretó los puños con fuerza, las sentía como una burla hacia él.

El demonio tenía los pies hundidos en la arena y docenas de aves muertas y putrefactas descansaban a su alrededor.

Peces podridos que desprendían un hedor desagradable se acumulaban en la orilla.

La densa niebla que ocultaba la Jistar parecía más opaca que nunca, como si estuviera contemplando dura roca en lugar de bruma.

El ambiente cargado de podredumbre e infestado de insectos picaba en su piel, y le escocían los ojos y la garganta.

Aquella degradación tenía origen en el mal que se concentraba al otro lado de las puertas del Vacío.

A lo lejos, observó al dragón blanco que descendía desde las Avíseas rodeado de bruma. No lo perdió de vista hasta que este lo alcanzó ya con su forma dárica.

—Por fin apareces —dijo Shanarás con voz trémula.

Parecía muy enfermo y cansado, lo que sorprendió a Trivaz—.

Nos preguntábamos dónde te habías escondido.

¿Tanto miedo nos tienes ahora? Te has perdido los últimos acontecimientos, estuvimos a punto de perecer bajo las garras del Dragón Negro.

Se presentó en el lado mortal con su verdadera forma para detener a los dragones grises y a Lumiatz.

—Una lástima que no acabara con vosotros de una vez por todas. —Trivaz aún seguía incrédulo ante la idea de que Osharan hubiera intervenido de ese modo—. Dime, ¿por qué has venido hasta aquí? ¿Para buscarme?

—No, encontrarte ha sido casualidad. —Desvió la mirada hacia las puertas de la Jistar—.

He intentado cruzar al lado inmortal sin éxito, ni deshaciendo mi cuerpo para conducirlo hasta allí ni creando una abertura.

Solo he logrado moverme por esta parte del mundo.

—Agarró el sombrero que el viento trataba de arrebatarle—.

Vine aquí por si hallaba alguna respuesta, aunque no tengo claro cuál podría ser.

—Puede que el Dragón se haya cansado de que crucemos la Jistar —dijo Trivaz tras pensarlo un breve instante—. Al fin y al cabo, la creó para evitar que los inmortales camináramos por este lado del mundo.

—¿Y prefiere dejarnos aquí atrapados? —Shanarás arqueó la ceja derecha.

—Nunca estáis satisfechos con nada… —murmuró Trivaz, dándole la espalda.

Fingió indiferencia, pero lo que el dios acababa de relatar lo preocupaba.

¿De verdad no podían ir al lado inmortal?

Lo intentaría cuando dejara atrás Talahom, ya que desde la playa era imposible.

Comenzó a caminar en dirección al túnel de la montaña.

No tenía alas como Shanarás para surcar el cielo y cruzar las Avíseas para salir de la cala.

Durante el trayecto lo acompañó solo el eco de sus pisadas y el silbido del viento entre las rocas.

Si aún tuviera todo el poder de antaño podría descomponer su cuerpo al igual que hacían los dioses.

¿Osharan le devolvería alguna vez el lanfe que le arrebató?

Dos mil ágaras debían dar cabida al perdón.

Mucho antes de alcanzar el otro extremo del túnel que lo llevaba al valle de las Avíseas, comenzó a sentirse inquieto.

Percibía una fuerza abrumadora en el aire.

Caminó con más cautela, receloso de cada paso que daba.

Al abandonar la montaña contempló la escena que tenía lugar allí.

Cientos, miles de kalastys permanecían inmóviles, igual que estatuas.

También había una docena de dragones cobijados bajo la sombra de algunas oquedades.

El silencio que los gobernaba turbaron al demonio, ¿qué podía mantenerlos en ese estado?

No tardó mucho en averiguarlo. Una enorme fisura se abrió en el aire y la figura desgarbada de Fenador apareció por ella seguido de más kalastys.

El Olvidado estaba capturando las mentes de aquellos soldados. ¿Con que fin?

«Para evitar que Raehlan llegue al Vacío», reflexionó el demonio.

Tenía que ir en busca del dárico gris para avisarlo.