El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Laccados
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Laccados

La familia Saz había desplegado a la mitad de sus soldados cerca de la costa. El resto del contingente se encontraba escondido entre los riscos. Ya conocían la fama de los Invasores y tratarían de luchar con todo lo que tenían. Protegerían su hogar.

Isela dejó que el aire le peinara el cabello negro hacia atrás.

Tenía el casco en la mano y lucía la armadura de su familia: de acero oscuro con la imagen de un ancla y una daga tallada en el pecho.

Dos de sus tíos la acompañaban allí arriba.

Se encontraban en el acantilado más cercano a su casa, desde el que tenían una visión perfecta de la ciudad y el mar.

Apretaba las mandíbulas para contener la rabia que la invadía.

Su tío le cedió el catalejo e Isela puso atención en los barcos.

Los recorrió uno a uno a través de la imagen brumosa que le ofrecía el complejo aparato.

Como pequeños animales, los Invasores permanecían en cubierta, amontonados y brillando con sus blancas melenas de león.

Contempló la gran jaula, pero no logró distinguir a los seres que encerraban.

—¿Ves a los encapuchados? —preguntó su tío.

Claro que los veía. Aquellos endómicos le ponían los pelos de punta.

Sintió la adrenalina recorriendo sus venas y los nervios en la boca del estómago.

Había luchado con anterioridad, pero nunca en una batalla como la que se presentaba.

Deseó con todo su corazón tener a Candor, su padre, a su lado.

Los hermanos de Isela se encargaban de la evacuación, el menor debía estar sacando a su propia familia de allí en ese momento.

—Le envié un aviso a Daraes para alertarlo. Si no logramos proteger Laccados, ellos serán los siguientes —comentó su otro tío con voz gélida—. Es mejor prepararnos para lo peor, nunca antes nos hemos enfrentado a esta clase de criaturas.

—¿Crees los rumores que aseguran que son inmortales? —Isela soltó una risita furiosa—. No son más que seres de carne y hueso, despedazaremos sus cuerpos.

Los barcos comenzaron a fondear cerca de la costa.

Las campanas continuaron impregnando el ambiente de coas y temor.

Isela observó las imponentes naves con las velas hinchadas por el viento e intentó imaginar cómo sería gobernar un navío semejante.

El aire afilado aplastaba las briznas de hierba.

Los acompañaban cincuenta lanceros y doscientos espadachines.

Los arqueros guardaban posición en el acantilado.

La joven hinchó el pecho; comandaría a los soldados en nombre de Candor.

—Son demasiados, será difícil contener a tantos Invasores —mencionó Isela—.

Necesitamos retenerlos en la costa todo lo posible para que nuestra gente tenga tiempo de llegar a las montañas.

Y debemos vigilar a los endómicos. Se quedarán en los barcos y lanzarán sus ataques desde allí.

No hay forma de acabar con ellos desde nuestra posición.

—¿Y qué sugieres? —le preguntaron.

—Tendremos que permitir que incendien nuestra ciudad.

En cuanto acaben con las almas de los presos que llevan consigo ya no podrán continuar usando la endomia.

—Aquello la enfermaba, pero era la mejor opción—.

Perder algunas casas será el precio, pero es mejor eso que dejar que nuestros soldados mueran arrasados por las llamas.

Echó una rápida ojeada a la guarnición que formaba tras ella.

Ni sumando a los que estaban entre los riscos serían suficientes.

Pensó un instante en Daraes, ¿lamentaría su caída?

Isela se preguntaba por qué atacaban Laccados y se hacían con pueblos al azar, sin ningún orden aparente.

¿Es que pretendían desestabilizar el Norte con esa estrategia?

La caída de Maeros fue un duro golpe, y creyeron que Tirian y Liam serían las siguientes, pues así tendrían el acceso al Hicama abordado. Sin embargo, estaban allí.

—Quieren sembrar el miedo y el caos —reflexionó Isela en voz baja—. ¿Por qué no ir directamente hacia Marial-Pat?

—¿Y si tan solo somos el alimento para su endomia? —La pregunta de su tío le revolvió el estómago—. Desconocemos sus intenciones, quizá su verdadera empresa sea llegar hasta los dáricos, y los humanos el medio para conseguirlo.

Tenía sentido. Desde Laccados había buenos caminos para llegar a la montaña de los Moradores, incluso a Alviat. Un sudor frío bajó por su espalda y le erizó la piel.

—Bien. Preparémonos para luchar —ordenó.

Si algo tenía la gente de Laccados era valor y tozudez, no se lo pondrían fácil a los malditos Invasores. Isela fue hacia su caballo y montó de un salto ágil. Desenvainó la espada y la alzó con un grito furioso de guerra. Los soldados la imitaron.

Isela contuvo el aliento cuando las primeras bolas de fuego, rojas y doradas, alcanzaron el muelle de la ciudad.

El estallido cegador la obligó a desviar la mirada.

Sintió el calor de las llamas. El silencio entre ellos era apabullante, los trescientos soldados aguardaban a su espalda, todos preparados para lanzarse al ataque.

Esperarían a que los endómicos agotaran sus reservas.

«Reservas». Humanos capturados en otros rincones del Norte y usados como armas.

Intentó no imaginar a las mujeres, hombres y niños apretujados en aquellas jaulas de acero, sintiendo como les arrancaban el alma.

¿Serían conscientes de su transformación en fuego?

Una segunda oleada de llamas alcanzó las primeras casas, reduciéndolas a escombros y cenizas.

Las explosiones arrancaban las paredes de piedra igual que si fueran de papel.

Isela tiró de las riendas del caballo y avanzó un poco por la amplia avenida.

Desde los barcos bajaban ya los botes atestados de Invasores.

Deseó que el Creador levantara olas gigantescas y los barriera sin compasión.

Pero sus rezos no funcionarían, el mar no entendía de guerras.

—¡Aguantad! —gritó la joven.

La tormenta rugía sobre la bahía. Isela echó una ojeada a los soldados, todos tenían los cascos puestos y las armas en posición.

Escucharon algunos gritos y la joven supo que no todo el mundo había abandonado Laccados.

Lo lamentó por ellos. Las esferas de fuego continuaron cayendo sin compasión, arrasando las calles cercanas a la costa, destrozando las casas y jardines.

Isela sintió las lágrimas arder en sus ojos, pero las contuvo.

Era doloroso contemplar como destruían su hogar.

Poco a poco, las bolas llameantes se fueron reduciendo hasta que el ataque cesó.

Los endómicos debían haber consumido las almas de todos los presos.

Fue entonces cuando ellos avanzaron hacia la playa.

Isela apretó el lomo de su montura y los soldados que iban a caballo la siguieron.

Uno de sus tíos aguardó junto a los lanceros.

Isela miró hacia el acantilado donde se erigía su casa, aún intacta como si aguardara el regreso de su familia.

El calor tórrido del fuego enrojeció sus mejillas y le secó los ojos.

Lo soportaría, eso no era nada para ella.

Las barcas llegaron a la orilla mientras comenzaba a caer una suave llovizna. El humo ascendía hacia el cielo mezclándose con las espesas nubes. La noche los alcanzó.

Los Invasores saltaron sobre la arena y corrieron para formar frente a ellos.

Las blancas melenas se mecían con el viento.

Isela se fijó en los cuernos que parecían salir desde sus frentes, eran todos demasiado similares para ser reales.

¿Un adorno como las máscaras que ocultaban sus rostros?

Por un instante, dejó de prestar atención a lo que ocurría a su alrededor y trató de imaginar quienes eran en realidad aquellos seres.

No se parecían en nada a los dáricos ni a los demonios que describían las leyendas.

Una voz la sacó de su ensimismamiento. Era la de su tío, que daba la orden a los arqueros.

Cientos de flechas surcaron la noche y cayeron sobre sus enemigos.

Isela rugió enfurecida y los solados la siguieron.

Se precipitaron hacia los Invasores y los caballos barrieron casi sin esfuerzo a los enemigos de las primeras líneas.

Las espadas laceraron a su paso, Isela no se detuvo hasta que hirieron a su montura y se vio obligada a bajar de ella de un salto.

Luchó con bravura, deseaba arrancarles aquellas melenas del color de la nieve, sacarles las máscaras y observar sus rostros antes de acabar con ellos.

Se enfrentó a un gran contrincante, pero era corpulenta y sus brazos blandían la espada con soltura, como si llevara un delicado pincel en las manos.

Asestó un golpe certero en su oponente y le atravesó el gaznate.

Buscó los puntos débiles donde el metal de sus armaduras dejaba la carne expuesta.

Recibió un corte en la pierna derecha que la desestabilizó un instante, y, al darse la vuelta, se encontró con el acero enemigo.

Luchó con rabia, perdiendo su formación y lanzando estocadas hasta casi quedarse sin aliento.

Oyó la risa del Invasor. De reojo, vio como otro se le acercaba a traición y la joven dio un paso atrás para esquivar el arma.

Golpeó la máscara con el puño enguantado y esta se rompió, cayendo al suelo y revelando un rostro atroz plagado de gruesas cicatrices.

No tuvo tiempo de reparar en ello, atacó con vehemencia antes de concederle la oportunidad de derribarla.

Las espadas quedaron enredadas entre sí mientras la joven se afanaba en empujar a su enemigo hacia atrás.

Uno de sus tíos acudió en su ayuda en el momento en el que recibía un ataque por la espalda.

Isela soltó su arma y se agachó a gran velocidad, extrajo un cuchillo y lo clavó en la ingle del Invasor.

Recogió la espada de la arena y rajó la garganta de su oponente. La sangre le salpicó en la cara.

Llegó una nueva tanda de barcas y el número de Invasores aumentó, dejándolos en una clara desventaja.

Isela ordenó retroceder hacia el muelle, pero su voz se perdió en medio del estruendo de la batalla.

La playa pronto quedó cubierta de cadáveres, vísceras y extremidades laceradas.

La apelmazada arena sonaba bajo las botas de los soldados mientras la lluvia repiqueteaba contra las armaduras.

Sus tíos se reagruparon con ella y juntos se adentraron poco a poco en la ciudad, rodeados de ruinas y fuego que el aguacero trataba de contener. Los Invasores les ganaban terreno.

Isela interceptó una espada y luego embistió con su propio cuerpo al enemigo.

Lo hizo caer mientras lo ensartaba entre los ojos sin piedad.

La máscara quedó partida en dos. Con rabia, tiró del pelo blanco y la cabellera quedó en su mano.

Abrió los ojos ante la sorpresa, aquello no era más que una peluca que escondía una corta melena castaña.

Hubiera pasado por humano si no hubiera sido por las orejas acabas en punta.

—¡Deben ser zarefíes! —gritó su tío con la mirada prendada en ella.

No podía ser, esa raza quedó extinta mucho tiempo atrás.

Un cuchillo atravesó el cuello de su familiar e Isela corrió en su ayuda, pero este había muerto en el acto.

Buscó con la mirada al otro hermano de Candor y encontró su cabeza junto al cadáver de dos lanceros.

Bramó furiosa. Los soldados que habían permanecido ocultos hasta entonces se unieron a la batalla y rodearon la liza.

Isela sonrió satisfecha ante el desconcierto de sus enemigos.

Pero entonces, el cielo tormentoso se iluminó una vez más y una docena de esferas llameantes cayeron sobre ellos.

Arrasaron a humanos y zarefíes, no tuvieron distinción.

Los alaridos de los pobres desgraciados la aturdieron un instante, tiempo justo para perder su defensa y que alguien la acuchillara en la pierna derecha.

Se giró indolente con una diminuta daga en la mano y atravesó el ojo de su agresor.

Luego, el otro, y por último, la nuez de su cuello.

La lucha encarnizada continuó, los soldados de Laccados se perdieron entre las calles y acabaron divididos. Los Invasores avanzaron sin clemencia mientras el fuego lamía la ciudad e iluminaba la noche.

Acompañado por cuatro soldados, Daraes-Dol se adentró en las callejuelas más aisladas en busca de los últimos supervivientes.

Ocultaban sus rostros y se movían aprovechando las sombras para no ser vistos por los Invasores.

Dos arqueros los seguían desde los tejados.

El humo lo enturbiaba todo. Encontró a Isela luchando con lo que quedaba de su batallón, no más de quince soldados. Estaban rodeados.

Hizo una señal a sus hombres para que se detuvieran.

Los arqueros saltaron de un tejado a otro y comenzaron a disparar saetas hacia los cuellos y cabezas de aquellos leones blancos.

El ataque les llegó por sorpresa, trataron de localizar el origen de las flechas sin éxito y el caos se acabó apoderando de ellos, que huyeron hacia los edificios para refugiarse.

El viento azuzó las llamas que los rodeaban y una de las casas se vino abajo arrastrando consigo la de al lado.

La polvareda se mezcló con el humo. Daraes corrió hacia el centro de la liza aprovechando el desconcierto.

Los arqueros no se detuvieron, asegurándose de cubrir al Dol.

Alcanzó a Isela y trató de llevarla con él, pero la joven se resistió y le propinó un puñetazo en la cara. Eso sí que no se lo esperaba.

Los Invasores daban la voz de alarma; pronto llegarían refuerzos.

Daraes golpeó a Isela en la herida de su pierna y, cuando esta se dobló por el dolor, cayó sobre ella.

Lo ayudaron a reducirla y a sacarla de allí.

Necesitaron maniatarla y amordazarla antes de subirla con él a su caballo.

Salieron al galope, abandonando a los soldados que aún luchaban por Laccados.

Era inútil, la ciudad había caído. Candor-Saz acababa de perder su hogar y su ejército.

Antes del amanecer, se detuvieron en el camino para que los animales pudieran descansar. Las primeras luces del alba quedaron enturbiadas por una capa densa de nubes y el humo de Laccados. Se acuclilló frente a Isela mientras se peinaba el cabello y la observó con calma.

—No te soltaré hasta que no te tranquilices —le dijo el Dol.

Isela le ofreció una fiera mirada, sus ojos ardían de rabia.

Candor le debía mucho en aquellos momentos.

Sabía que la joven le iba a hacer pagar con creces haberla sacado a la fuerza de Laccados, que no le perdonaría haberle impedido morir con sus soldados.

Daraes lamentaría haberla salvado, estaba convencido.