Marial-Pat
L itzzia había dormido toda la noche tras un largo baño.
La herida de su pierna había mejorado con el ungüento preparado por Ghiro.
En unos días dejaría de cojear y su malestar desaparecería por completo.
Apenas salía de la habitación, evitaba a toda costa encontrarse con Alhanna o con Kishur.
Sobre todo con él. Mayara solía llevarle algo de comida y la medicina para la fiebre.
Imaginaba que era Ghiro quien enviaba a la dárica. Estaba agradecida con el anciano.
Decidida a enfrentarse a los dáricos, se miró por última vez en el espejo.
Lucía un vestido celeste que había encontrado en el armario y unas botas blancas.
Sin duda, eran del servicio de la posada y las habían dejado abandonadas.
Debía coser sus ropas antes de marcharse, no era práctico viajar con falda larga.
Nada más bajar las escaleras todas las miradas se dirigieron hacia ella.
Ghiro descansaba en el sofá al lado de Alhanna; el anciano tenía mal aspecto.
Kishur miraba a través de la ventana. Ghiro le indicó que se sirviera un poco de té y Litzzia fue hacia la barra donde descansaba la tetera junto a varias tazas de porcelana.
La puerta se abrió de pronto para dar paso a Mayara y el aire frío le erizó la piel.
Ghiro también le preguntó si quería té y Litzzia se sintió en la obligación de servírselo.
—Deberías tener cuidado, Mayara —dijo Alhanna incorporándose del sofá—. Yo no bebería ni comería nada que ella tocara. Le gusta eso de matar a traición.
—Si quisiera envenenar a alguien sería solo a ti —espetó Litzzia.
—Ya lo imagino. La próxima vez que quieras acabar conmigo procura hacerlo mejor. —La joven se acercó un poco a ella—. No eres más que una cobarde sin honor.
—¡Qué sabrás tú sobre el honor! —Litzzia dejó la taza y acortó la distancia entre ellas dos—. Solo has traído desgracias con tu llegada. Debes sentirte muy satisfecha de ti misma por haber conseguido que toda una raza te odie.
—Ya es suficiente. —Kishur cruzó la estancia dispuesto a intervenir.
—¿Y creíste que al acabar conmigo los dáricos te verían con mejores ojos? ¿Qué olvidarían que eres medio humana? —Alhanna sonrió—. ¿Que Kishur te amaría?
—Alhanna, ¿no me has oído? —insistió Kishur cuando llegó a su lado.
—¡Eres una desgraciada! —gritó Litzzia con rabia y rencor. Miró a Kishur con los ojos ardiendo de ira—. ¿Cómo podéis mantenerla a vuestro lado? ¡Mató a más de veinte soldados en Alviat! ¡Incendió vuestro hogar! ¿Es que nada de eso os importa?
—¡Voy a arrancarte la asquerosa lengua! —estalló Alhanna.
Se abalanzaron una contra la otra, pero no llegaron a tocarse. Kishur agarró a Alhanna de la cintura y Mayara atrapó a Litzzia casi sin esfuerzo. Las dos intentaron zafarse. Alhanna gritó de pura impotencia. Ghiro lanzó un largo suspiro, entristecido.
—¡Sácala de aquí! —ordenó Kishur a Mayara.
La dárica arrastró a Litzzia hasta la cocina y bajó con ella las escaleras que conducían a la enorme despensa del sótano.
La joven continuó tratando de soltarse, pero la dárica tenía mucha más fuerza.
Entró con Litzzia y le cerró la puerta en las narices.
Echó la llave y la dejó encerrada. La joven se desgañitó gritando y golpeando la madera mientras Mayara regresaba con los demás.
Alhanna parecía otra cuando llegó al salón, se veía extrañamente calmada, como si no hubiera sucedido nada.
—Perdí el control cuando comenzaron a perseguirme, intentaron matarme una y otra vez.
Puede que sea inmortal, pero ¿debí dejar que me cortaran y que sus flechas me atravesaran?
—Alhanna regresó al sofá dándoles la espalda—.
No pedí ir a Alviat, ni ser atacada por tu gente.
Fueron ellos los que lo iniciaron, no yo.
—Debiste contármelo, lo habría comprendido ya que lo hiciste para defenderte.
Es terrible que derramaras la sangre de mi gente, y en nuestra ciudad, además.
Pero te habría entendido. —Kishur fue junto a ella—.
Me consta que Mayara y Ádria lograron escapar gracias a ti.
El Orfebre nunca debió llevarte a Alviat.
—¿Hablas de Jaeglar, tu maestro? —Alhanna lo miró pensativa.
—Sí, ese es su nombre ahora. Fue mi maestro y quien me ayudó a vencer la sangre maldita.
Antes de abandonar su hogar me prometió que te buscaría y te llevaría de nuevo a mi lado.
—Kishur sintió un regusto amargo al observar el rostro confuso de la joven—.
Dijiste que no recordabas quién te había llevado a Alviat.
—Apareció mientras Osharan y los dioses luchaban. Es uno de los devoradores del mundo venidero. ¿Por qué tuviste como maestro a un Olvidado? ¿Sabías la clase de criatura que es? —Alhanna lo interrogó con la mirada.
—¿Qué quería de ti? —Evitó responder a sus preguntas.
—Contarme una verdad. Y pedirme que me uniera a ellos.
Ahora comprendía la razón por la que Alhanna se empeñaba en que él desistiera de ir a las Avíseas.
Kishur no supo qué decirle ni tampoco pudo ocultar su sorpresa.
¿De verdad su maestro quería usar a Alhanna contra él?
Su ojo izquierdo emitió un potente brillo gris y Alhanna sonrió con amargura.
El dárico contempló el poderoso lanfe de la joven: brillaba como si fuera plata fundida.
Acercó la mano sin darse cuenta, atraído por el cegador reflejo que emitía.
Lo rozó con la punta de los dedos y pudo notar un calor abrasador.
Alhanna gritó de pronto y Kishur apartó la mano. La joven se encogió sobre sí misma.
—¿Qué me has hecho? —preguntó Alhanna aturdida mientras retrocedía para alejarse de él—. He sentido como si atravesaras mi corazón.
—Creo que he tocado tu lanfe —comentó el dárico, perplejo.
Kishur miró su mano, incapaz de dar una explicación.
Había percibido el poder desbordante de ella en las yemas de sus dedos y estas aún guardaban el calor.
Aquello no se lo esperaba, jamás habría imaginado que algo así fuera posible; no solo podía ver la energía, también se volvía tangible en la mano que Osharan había curado después de que Lumiatz le cercenara los dedos.
Observó de nuevo a Alhanna y vio la rabia dibujada en su rostro. Osharan lo estaba convirtiendo en el Guerrero que necesitaba para luchar en el Vacío, ¿cuánto más le quedaba por cambiar?
Litzzia no había logrado abandonar el sótano, que servía de despensa y bodega.
No tenía ventanas, así que la única luz de la que disponía era la de una lámpara de aceite.
La llama oscilaba con su respiración. Se acurrucó en el suelo junto a unos barriles y dejó la lámpara en el suelo a poca distancia, lo justo para mantenerse en el círculo de claridad.
Podía escuchar las pisadas de la planta superior.
¿Pensaban dejarla encerrada mucho tiempo?
Llevaba todo el maldito día allí abajo. Como disponía de agua y comida, ni siquiera se habían molestado en servirle el almuerzo. Había estrellado una botella de vino contra la pared en un arranque de ira. Comenzaba a perder la paciencia.
La puerta se abrió entonces y derramó la luz del exterior frente a ella.
Mantuvo sus ojos fijos en la débil llama de la lámpara.
Contuvo el aliento cuando reparó en las piernas de quien se acercaba.
Era Kishur. El dárico cogió un taburete y tomó asiento cerca de ella.
Litzzia alzó la cabeza para encararlo, no pensaba mostrar debilidad.
Pero su entereza languideció al observar el sereno rostro de Kishur.
Llevaba la camisa remangada y las venas se marcaban en sus antebrazos.
Él apoyó el codo derecho en la rodilla y se inclinó hacia delante.
Las sombras jugaron con sus delicados rasgos.
Litzzia notó rubor en sus mejillas y se maldijo por su falta de control.
—Explícame por qué llevaste a Alhanna al Qad’has e intentaste que el árbol acabara con su vida. —La voz profunda del dárico resonó en la oscura estancia—. Sabes perfectamente lo que ocurre con todo ser que se acerca lo suficiente.
—Quería que muriera —admitió de forma rotunda—.
Hice un trato con Borat a cambio de mi libertad.
Me ofreció ayuda para abandonar Alviat y evitar casarme con vuestro padre —habló con la respiración entrecortada por los nervios—.
El general me pidió que la matara, de la forma que fuera.
Cuando ella me entregó mi obsequio con la flor en su interior encontré el modo perfecto de hacerlo sin mancharme las manos.
—Pensé que me costaría un poco más hacerte hablar —observó Kishur.
—No tengo motivos para negar la verdad —dijo ella con más calma—. Borat me solicitó que si algún día os encontraba, os diera un mensaje de su parte: «Quise matar a Alhanna para haceros regresar, aunque fuera para buscar venganza».
—Comprendo. —Kishur tomó aire muy despacio sin apartar la mirada de ella—.
Debes odiarme con verdadera sinceridad. De haber tenido éxito, me habrías hecho un daño irreparable, pues considero a Alhanna casi como un descendiente.
—Litzzia apartó sus ojos de él—. No solo hubiera muerto, el Qad’has habría borrado su existencia.
—Eso no lo contemplé, temía acabar con una vida y no me sentía capaz, así que elegí la forma que consideré más sencilla.
De todos modos, ella no pertenece a Muriath, su lanfe nunca irá al mundo venidero.
—A pesar de sus palabras, la culpa se dibujó en su rostro—.
Deseaba mi libertad, así que no pediré perdón por lo que hice. Ella ha sido vuestra perdición.
—Alhanna no es culpable de las decisiones que yo he tomado.
Me fue otorgada la misión de protegerla y es lo que he estado haciendo desde que la encontré.
—Kishur se enderezó en la silla y pareció más alto e imponente—.
Imagino que no has olvidado al ser de alas negras que apareció para salvarla del Qad’has y que, si no fuera por ella, te habría matado.
—Litzzia se estremeció y su rostro palideció ante el recuerdo—.
Sabes de quien se trata, lo veo en tus ojos.
Bien, porque fue él quien me pidió proteger a Alhanna.
Litzzia arrugó la falda del vestido entre sus dedos. Sí, desde aquel momento tuvo la certeza de la clase de ser que era. Pero, ¿cómo creerlo realmente? Era una locura.
—Tengo pesadillas con él desde entonces y en todas ellas alza una mano y me asfixio poco a poco.
No quise admitir quién era ese ser, porque eso significaría asumir que los dioses realmente existen, y el miedo a la verdad me paralizaba —se sinceró la joven—.
Los escáreas que regresaron tras la lucha en Lortigan aseguraron haber estado en presencia del Dios Dragón y yo… Supe que decían la verdad.
—Les advertí que no lo mencionaran porque les traería problemas. —Kishur se pasó la mano por el pelo. Imaginaba que aquellos jóvenes ya estarían muertos.
Litzzia notaba un sudor helado en la nuca.
No podía creer que el Dragón Negro enviara al dárico gris a proteger a Alhanna.
¿Qué tenía ella de especial? ¿La endomia?
No, debía ser algo más profundo. Escrutó el rostro de Kishur y no halló nada en él, solo el gesto frío e indiferente de siempre.
La tentó la idea de pedirle la caja de bronce y el colgante que guardaba en su interior. Un velo de tristeza rodeó su corazón.
—Aunque ella no hubiera aparecido, jamás habríais regresado a Alviat —dijo ella mientras apoyaba la cabeza contra la pared—.
Completasteis la misión que os otorgó el consejo de ancianos, encontrasteis la flor del Qad’has, pero decidisteis no volver.
Fui una ingenua al creer que lo haríais por mí.
Os compuse una canción y soñaba con regalárosla en nuestro reencuentro.
—No merezco canción alguna —sentenció Kishur.
Ella asintió y cerró los ojos un instante para contener las lágrimas.
—¿Qué le ocurrió a Alfar? Quiero saberlo —pidió ella con tristeza.
Kishur rompió su perfecta máscara por un momento, el suficiente para que ella viera el dolor reflejado en su rostro. El dárico se puso en pie mientras agarraba un cristal que llevaba al cuello. Se quedó allí inmóvil un rato, quizá decidiendo qué responderle.
—Lo asesinaron. No vuelvas a preguntar por él —dijo con rudeza.
Ella guardó silencio mientras él se marchaba y la dejaba de nuevo sola, aunque esta vez no cerró la puerta. Extrajo la caja de plata del bolsillo y la colocó frente a sus ojos. Nunca debió ofrecerle a Kishur una parte de su lanfe. No merecía sus canciones ni tampoco su amor.