Marial-Pat #2
—Quería avisarte de algo —comenzó a decir la chica mientras servía la bebida caliente—.
Un numeroso grupo de mujeres han contactado conmigo tal como habías previsto.
Quieren entrar en el ejército y no están dispuestas a recibir una negativa.
Les prometí que mañana me reuniría con ellas tras hablar contigo.
—Bien. Dame unas horas y te daré indicaciones. —Gastor se pasó la mano por la nuca—. Necesito soldados, y ellas aprender a defender su hogar y a su familias.
—Las que aún tienen allegados a los que proteger. —Oxa paseó por la estancia.
Abrir las puertas del ejército a las mujeres no iba a ser una tarea sencilla: Oxa tan solo había sido el comienzo.
Pero debía suplir las numerosas bajas sufridas en la batalla.
Sabía que muchos de los soldados más veteranos estarían en contra, aunque esperaba que la desoladora situación que vivía la ciudad dejara sus prejuicios a un lado.
Observó a Oxa y se preguntó si estaría preparada para coordinar el ingreso de sus nuevas compañeras.
No quería dejarlo en otras manos, ella se había ganado ese derecho.
—Esta información me la podría haber dado tu responsable, ¿te has preocupado en preparar el té solo para verme un rato?
¿O es que esperabas encontrarte con Quiazz?
—Gastor se puso en pie y sonrió cuando Oxa lo fulminó con la mirada—.
Debo irme. La próxima vez ve directamente a verlo a él. Seguro que le agradará tu visita.
—No saques tus propias conclusiones —dijo ofuscada.
Gastor le guiñó un ojo y recogió su espada.
Salió de la estancia dejando a una Oxa pensativa.
No podía negar que ella y Quiazz compartían la misma sangre, incluso el mismo orgullo.
¿La había buscado Zaraen para salvarla? Los otros nombres que aparecían en la lista de Zaraen eran chicos y chicas desaparecidos o asesinados.
Y eso preocupaba al general porque Quiazz y Oxa podían estar en peligro.
Quiazz regresó a su casa de madrugada. Se detuvo frente a la puerta de su hogar, aun le temblaban un poco las manos.
Su corazón continuaba latiendo con fuerza, azuzado por la ansiedad.
El dárico había narrado con total sinceridad lo acontecido la noche de su nacimiento; las muertes de sus familiares, quiénes arrebataron la vida de la madre y hermana de Ádria.
Sonrió con tristeza al recordar cómo había hablado de Salay, sobre aquellos instantes en los que la abrazó para acompañarla hacia la muerte.
El dárico no asesinó a su madre como le hicieron creer a Zaraen. «Yo te convertí en la llave sin saberlo», se había lamentado Ádria. Quiazz no creía que él fuera responsable de su aciago destino, tan solo formaba parte del entramado que habían tejido a su alrededor.
—Supongo que pronto volverás a dejarme atrás —le dijo Quiazz al despedirse.
—Salvo si me pides que te saque de la ciudad.
No podré quedarme contigo, pues mi vida está ligada al servicio de mi señor, pero procuraré llevarte a un lugar seguro.
—Ádria aguardó una respuesta hasta que Quiazz negó con la cabeza—.
Lo imaginaba. En el fondo me enorgullece que muestres tanto valor.
A veces, he tratado de imaginar cómo serían nuestras vidas si hubiera ido a buscarte al holeoj cuando eras un niño.
Me gusta pensar en los sitios que habríamos visitado, las cosas que te habría mostrado…
Ádria guardó silencio y alzó la mirada al cielo.
A Quiazz le bastaba con eso, con saber que a pesar de todo no se olvidó de él.
Sin duda, su vida habría sido muy diferente si el dárico lo hubiera criado.
¿Dónde estarían en esos momentos? ¿Llevarían una vida más apacible?
Sonrió al pensarlo. Se despidieron poco después y Quiazz percibió que se libraba de un peso en su corazón.
Entró en la casa y se deshizo de las botas, la capa y la chaqueta.
Se sintió más liviano mientras caminaba hacia el dormitorio.
Allí lo esperaba una tetera humeante y la compañía de Gastor.
El general leía unos papeles sentado en la cama.
Era extraño verlo allí, aún tenían una conversación pendiente y asuntos entre ellos que resolver, algo que la batalla había impedido.
Pero por alguna razón, Quiazz no necesitaba hablar, solo estar con él y aprovechar los escasos momentos que compartían.
—¡Por fin! ¿Dónde te habías metido? Estaba a punto de ir a buscarte yo mismo —le reprochó Gastor dejando las hojas a un lado—. Envié hace un rato a los escoltas, supongo que tardarán en volver. Te dije que trataras de dormir.
—No era mi intención preocuparte. Me encontré con Ádria.
—El joven sonrió y tomó asiento a su lado—.
Puede que esos guardias que pusiste para vigilarme sigan siendo necesarios.
Hoy he descubierto muchas cosas. Una de ellas es que la familia de mi padre, los Nel, fueron quienes encargaron el asesinato de mi madre.
También debían matarme a mí, pero la intromisión de Ádria lo impidió.
Por eso no me trajo con Zaraen y me dejó en un holeoj, para protegerme de ellos.
Buscó la reacción de Gastor y no halló lo que esperaba.
—Ya lo sabía, Quiazz. Lo descubrí por medio de los gaeshan —admitió Gastor—. No te enfades, mi intención nunca fue ocultártelo, pero ya lidiábamos con demasiadas cosas. Y me preocupaba que quisieras buscar justicia. Mejor dicho, me asustaba.
—No soy tan idiota. Los Nel asesinaron al juez que guardaba el testamento de mi padre. —Recordó entonces la muerte del pobre mayordomo—. Y estoy seguro que ellos fueron los que enviaron a los asesinos aquella noche. Si no hubieras aparecido…
—Pero lo hice. —Gastor no lo dejó terminar.
Ambos sonrieron. El general apartó el pelo de la cara de Quiazz, volvía a tenerlo demasiado largo.
Enredó sus dedos en algunos mechones a la altura de la nuca.
Acercó su rostro y lo besó con cautela. Quiazz cerró los ojos y correspondió a su gesto.
Sus labios se entrelazaron durante un buen rato mientras la respiración de los dos se volvía más apresurada y entrecortada.
El deseo subió por la garganta de Quiazz y gimió contra la boca de Gastor.
Aquello no era suficiente, necesitaba mucho más.
—No me hagas perder la paciencia, Gastor. He llegado al límite —murmuró el joven mientras exponía su cuello y el general lo besaba.
—Mañana podrías arrepentirte —le dijo mientras lo miraba de nuevo a los ojos.
—¿Arrepentirme de amarte? No seas imbécil. —Rio con suavidad y se abrazó a él empujándolo contra el colchón—. No hemos llegado tan lejos para tener miedo ahora.
La contención de Gastor se resquebrajó ante sus palabras y lo besó de nuevo con renovada pasión.
Sintió hormigueos en los dedos mientras le desabrochaba la camisa y recorría con ellos la piel de su torso.
Se echó sobre él mientras lamía su clavícula.
Quiazz se cubrió el rostro con el antebrazo y Gastor lo retiró.
No permitiría que ocultara aquellas pupilas tan hermosas, había soñado demasiadas veces con los ojos verdes de Quiazz.
Por fin podía contemplarlos sin esconderse.
Fueron desprendiéndose de las ropas poco a poco, sin prisas.
Tenían toda la noche para amarse. Enredaron sus cuerpos entre las sábanas.
Se besaron, se acariciaron, y se unieron como nunca antes lo habían hecho.
Los gemidos invadieron la estancia. En los brazos de Gastor, el miedo y las dudas de Quiazz se esfumaron, incluso la niña de Zahel guardó silencio.
Su mente y su corazón pertenecían al general.