El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

L a torre se resquebrajaba frente a sus ojos.

Grandes cascotes de piedra se amontonaban a los pies de Zahel mientras el polvo lo cubría todo.

La tormenta era engullida por el corazón del edificio.

Quiazz sintió el tórrido calor quemando su piel.

Quería correr lejos de allí, pero su cuerpo no respondía a sus deseos, y el viento lo arrastraba sin remisión hacia el epicentro de la destrucción.

Todo temblaba a su alrededor, el suelo se abría a su paso.

La furia del temporal aulló antes de desaparecer por completo dentro de Zahel.

Luego, un fuerte estallido terminó por derrumbar la torre y cegó sus ojos.

Un potente zumbido anidó en sus oídos largo rato.

«Debes derramar tu sangre», dijo la niña dentro de su mente.

Abandonó la pesadilla con el corazón encogido por la angustia. Tanteó la superficie sobre la que estaba tumbado y comprobó que era un sofá. Entonces recordó que descansaba en el despacho de Gastor. Se sentó con la garganta constreñida.

—¿Te he despertado? —Quiazz dio un brinco al oír la voz del general.

—No. —Peinó su cabello con los dedos y se puso en pie muy despacio—. Espero no haber dormido demasiado tiempo. ¿Ha ocurrido algo destacable?

Gastor dejó el papel que ojeaba sobre el escritorio. Se incorporó de la silla con una mano en el dolorido costado y caminó hacia él. Quiazz se sintió culpable por dormir mientras otros padecían fuera de aquel edificio.

—No eres inmortal. Necesitas descansar y cuidar tu salud o pronto tendremos que atenderte a ti también. Solo has dormido un rato. —Gastor le acarició la mejilla y se fijó en las profundas ojeras—. Estamos haciendo todo lo que podemos. Te necesito con fuerzas para que me ayudes a afrontar este caos.

—Pues yo siento que nada de lo que hago es suficiente. —Agarró la mano de Gastor y entrelazó sus dedos—. Hay demasiados niños desamparados y en la plaza ya no cabe ni un alma más bajo las carpas. Y pronto llegarán las lluvias, las heladas…

—Parte de la ciudad ha quedado en ruinas y eso no es algo que se pueda arreglar en unos días.

Me preocupas, Quiazz. —El general lo soltó para ir en busca de un vaso con agua—.

Ahora tengo que reunirme de nuevo con mis comandantes.

Cuando regrese, seguiremos hablando de esto, así que hazme el favor de volver a dormir.

—¿Y qué pasa contigo? —Aceptó el agua—. ¿Cuándo dormirás tú?

Gastor sonrió a modo de respuesta. Recogió varios informes de la mesa y se colocó la capa antes de salir.

Las conversaciones de los soldados llegaban hasta allí arriba.

Quiazz notaba el cansancio en cada fibra de su cuerpo, pero su mente no era capaz de parar.

Decidió dar un paseo, puede que el aire nocturno lo apaciguara un poco.

Era desolador contemplar el estado de la ciudad: las casas derribadas, las calles ennegrecidas, los árboles arrasados, la suciedad acumulada.

El hedor a muerte continuaba impregnando cada rincón.

Algo había cambiado en su interior desde la noche de la batalla.

No sabía bien el qué, pero sí las consecuencias.

Quiazz podía oír con total claridad los gritos de los que habían fallecido, y al cerrar los ojos era capaz de ver a cientos de personas abrasadas por el fuego blanco, con la piel hecha jirones, los ojos derretidos y el cabello quemado.

Sentía que caminaban detrás de él, que lo seguían a la espera de que sus muertes fueran resarcidas. Quizás se estaba volviendo loco.

«Eres el portador de muerte y puedes contemplar su belleza», dijo la niña en su cabeza. «Lo sientes, ¿verdad?». Rio a carcajadas.

La pequeña comenzó a cantar con alegría, enturbiando su mente y provocándole una pesadez insoportable.

Quiazz caminaba sin reconocer el entorno, aturdido por la voz imperiosa de la niña.

Desconocía en qué lugar se encontraba, pero alzó la vista y contempló el interior de una de las torres.

Ascendió por una larga escalera, las paredes se estrechaban y ennegrecían como si quisieran asfixiarlo.

Un espeso manto de cenizas caía sobre él, ocultando los peldaños de piedra.

¿Estaba en Zahel? La desolación lo arrastró hacia arriba en un intento de escapar de aquel siniestro canto que lo perseguía a todas horas.

Decenas de pasos iban tras él, el sonido de la gente calcinada que lloraba de rabia y dolor.

Salió al aire libre y se lanzó a la carrera por el puente.

El cielo tronaba con una tormenta huracanada.

El aire galopaba salvaje y tiraba de él a cada paso que daba.

Al volver la vista, contempló a los pobres desgraciados que alzaban los brazos hacia él; algunos eran niños que lloraban desconsolados.

Quiazz retrocedió hasta chocar con la balaustrada tratando de huir de todos ellos.

Lo alcanzaron y lo rodearon con sus manos descarnadas.

Quiazz sintió como lo impulsaban hacia arriba y observó por un instante el vacío bajo sus pies.

«Ven conmigo, Quiazz. Yo te libraré de todo el mal que te acecha», le pidió la niña. «Salta, y los dos seremos libres».

Algo tiró con fuerza de su camisa y cayó hacia atrás sobre la fría piedra.

—¿Es que te has vuelto loco? ¿A caso pretendías lanzarte al vacío? —Reconoció el acento dárico entre la neblina de su mente.

Un par de manos lo ayudaron a incorporarse y lo sujetaron para que no volviera a caer.

Quiazz cerró los ojos y se sujetó la cabeza ante el repentino mareo.

Poco a poco, fue recuperando el control de su propia mente.

La tormenta había desaparecido, al igual que aquellos espectros.

Al levantar los párpados se encontró con Ádria.

Estaban en el puente de piedra. El miedo lo atenazó al darse cuenta que Zahel ejercía un poder extraño en él.

Parecía controlar incluso sus acciones. Se apartó un poco del dárico, con quien no había vuelto a hablar desde la noche en la que fue a buscarlo durante la batalla.

—No estoy seguro de lo que ha ocurrido, creí que estaba en otro lugar —admitió Quiazz mientras notaba un penetrante cosquilleo en la nuca—. ¿Qué haces aquí?

—Te seguía desde que abandonaste el cuartel y me fijé en que caminabas como si estuvieras dormido. —Ádria se asomó por el puente como si esperara encontrar algo que le explicara lo sucedido—. Si no llego a tirar de ti, te habrías precipitado al vacío.

—¿Por qué razón venías tras de mí? —quiso saber el joven.

Ádria no respondió, se limitó a contemplar al joven con aquellos ojos negros que parecían leer su mente.

Quiazz trató de mantenerle la mirada, pues no podía olvidar su última conversación antes de la batalla.

El dárico le había dejado claro que no quería saber nada de él. Pero entonces, ¿qué hacía allí arriba?

—¿Es cierto que eres el portador de muerte? —preguntó Ádria.

Quiazz se tensó de inmediato y el dárico no necesitó su respuesta para conocer la verdad.

El joven enmudeció cuando el rostro de Ádria se contrajo por la rabia.

Dio un paso atrás de forma inconsciente, pero el dárico no le permitió alejarse más y acortó la distancia entre ellos.

Quiazz alzó la cabeza para poder mirarlo a los ojos.

—Puedo sacarte de la ciudad ahora mismo si me lo pides. No tienes por qué ir a Zahel —Ádria habló con calma y voz grave—. Ya has padecido suficiente.

—Empiezo a creer que ir allí es el menor de mis problemas —dijo él con un nudo en la garganta—. El poder que encierra la torre extiende su influencia a pesar de la distancia. Me habla como si estuviera a mi lado. Ir a Zahel acabará con eso.

Mentiría si dijera que no deseaba huir y esconderse en el lugar más lejano que encontraran, pero estaba convencido de que Zahel nunca lo dejaría en paz.

—Ya que has venido a buscarme, cuéntame nuestra historia.

—Quiazz se sentó en el escalón y apoyó la espalda en el murete de piedra—.

Me debes la verdad, ¿no te parece? Supongo que dentro de poco os marcharéis de la ciudad y no creo que volvamos a vernos.

Tampoco tiene sentido que lo hagamos, dejaste claro que me querías lejos de ti.

Pero antes, necesito saber cómo murió mi madre y por qué me llevaste al holeoj en lugar de abandonarme.

Creyó que se negaría. Sin embargo, el dárico tomó asiento a su lado.

—Fui cruel contigo cuando viniste a la posada porque pensé que era lo mejor para ti.

Lo lamento. Relataré lo que deseas, por muy doloroso que vaya a resultarte.

—Ádria giró la cabeza para mirarlo a los ojos—.

Nuestras leyendas aseguraban que la llave de Zahel nacería rodeado de muerte y sangre.

Voy a contarte por qué, además de darte el nombre de Quiazz, te convertí en el portador de muerte sin saber lo que hacía.

La tristeza con la que se pronunció conmovió a Quiazz, que asintió muy despacio. Su corazón latía a toda velocidad, anticipándose a la historia. Por fin, iba a conocer toda la verdad sobre sus orígenes. Pensó en Zaraen y lamentó que estuviera muerto.

Entró furioso en el despacho. Gastor dejó la espada en la mesa y paseó por la estancia.

Los ancianos no paraban de poner obstáculos en su camino.

La gente moría sin que ellos se decidieran a abrir las puertas del palacio.

Podrían instalar a los enfermos que ya no cabían en la plaza.

El gran edificio no les servía de nada más que para que los nobles y políticos se pavonearan todo el día por los amplios pasillos.

Quiazz no se encontraba allí y tuvo la esperanza de que hubiera regresado a su casa para descansar. Si seguía esforzándose tanto el agotamiento le haría enfermar. Oxa entró al cabo de un rato cargando con una bandeja que prometía una buena taza de té. Ella también mostraba un aspecto cansado.