El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Edmoden
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Edmoden

La mujer lloraba mientras se acariciaba la abultada barriga. Entró en silencio con miedo de molestarla y que ella le gritara, o le lanzara uno de sus zapatos a la cabeza.

Se refería a su padre. El hombre del que jamás se hablaba en casa de los Dol: Shudei-Hal. Ya sabían que había muerto meses atrás y Galaera continuaba sin aceptarlo, lamentándose a escondidas y llorando por él. Eduar ignoraba de qué modo consolarla.

—Yo sí estoy aquí y nunca te dejaré —le recordó el niño.

—Te pareces tanto a Shudei que a veces no soporto mirarte. —Ella alzó la vista hacia su hijo—. ¿Qué sentido tiene haberte criado si él no va a venir por ti? No tenía derecho a dejarnos, mi hermano jamás debió permitirlo. Vete. Quiero estar sola un rato.

El niño salió corriendo de la estancia. Sintió que las lágrimas quemaban en sus ojos.

Su madre siempre estaba de mal humor, ni siquiera parecía feliz por su embarazo.

Al principio, lo asustó que se olvidara de él por completo una vez naciera su hermano, pero ahora creía que ni siquiera la nueva criatura alegraría a su madre.

Mientras salía al jardín trató de imaginar el aspecto de su padre.

Nunca se molestaron en decírselo, lo único que sabía era que tuvo el cabello negro. A Eduar le habría gustado conocerlo.

Caminó sin rumbo fijo. La penumbra del jardín lo asustó un poco, pero no tanto como las pesadillas que lo perseguían algunas noches y que habían aumentado tras su llegada a Edmoden, como si el lugar despertara algo oscuro en su mente.

No se atrevía a hablar de tal cosa con nadie.

Despertaba bañado en sudor y temblando de puro miedo y angustia.

A veces, sentía que aquellos sueños podían hacerse realidad y eso lo colmaba de temor.

Estaban plagados de gente desconocida, de seres de cabello blanco y máscaras rojas como la sangre que mataban a inocentes. Los gritos persistían en su memoria.

Oyó los cascos de varios caballos y salió corriendo hacia el establo. Se arrastró hacia unos sacos amontonados para ocultarse. ¡Era Daraes! Varios hombres aguardaban su llegada, acompañados por otro de sus tíos. Esperó paciente a que bajara del caballo.

—Creí que tardarías unos días más —dijo Emir-Dol.

—Hemos forzado a los animales y dormido poco —respondió Daraes con hastío, ofreciendo las riendas de su montura a uno de los mozos—. Temía llegar tarde. Tenemos una amenaza procedente del mar Cario, lo descubrimos durante nuestra travesía.

—¿A qué te refieres? —preguntó su hermano con marcada preocupación.

Daraes no contestó. Puso una mano sobre el hombro de su hermano y señaló con la cabeza hacia el escondite de Eduar. El niño conocía de sobra a su tío, así que salió sin que tuviera que pedírselo. Estaba avergonzado.

—Nunca lograré quitarte la maldita costumbre —le reprochó Daraes con la ceja alzada—. Estoy demasiado agotado para regañarte, pero sabes lo que opino sobre espiarme.

—Te he echado de menos —dijo Eduar como defensa.

El hombre sonrió y caminó hacia la casa seguido de los otros hombres.

Le hizo una señal a Eduar para que él no los siguiera.

El niño resistió las ganas de correr hacia él y abrazarlo.

Le habría gustado mostrarle sus progresos en los estudios, o contarle cuantos centímetros había crecido.

Puede que su pelo fuera negro en lugar de rojo como el de los Dol, pero Eduar se esforzaba por parecerse a ellos, y quería que Daraes lo viera.

Pero luego recordó que quizás a su tío no le importara nada de todo aquello.

«Estás solo, pequeño», dijo una voz masculina en su mente. Eduar se estremeció y salió corriendo hacia su habitación. No era la primera vez que la oía.

Llevaba horas encerrado en su despacho. La carta reposaba en la mesa, junto con el té ya frío.

Eran noticias terribles. Daraes contemplaba el mapa tratando de entender cuál era el proceder de los Invasores.

Desconocían quienes eran y desde qué tierras venían con sus barcos de acero.

Parecía que su intención era conseguir los territorios después de masacrar a su gente.

Ya habían tomado un par de pueblos pequeños y Maeros, el mayor puerto comercial del Norte.

Llamaron a la puerta y aguardó paciente a que entrara Galaera.

La mujer tomó asiento al otro lado del escritorio con dificultad, el embarazo llegaba a su fin.

Después de destituir al gobernador de Edmoden por ocultarle la presencia de Shudei, el Dol había tomado control del pueblo.

Ya casi lo tenía todo cerrado para dejarlo en manos de Galaera y su esposo.

Serían ellos quienes gobernasen aquel lugar.

—La maldita hija de Candor-Saz se niega a marcharse —dijo la mujer mientras resoplaba—. Y la quiero fuera de aquí, lo único que hace es incordiar. Altera al servicio.

—Vino para firmar un tratado comercial en nombre de su padre. Los Saz son bienvenidos en Edmoden, no lo olvides. —Le ofreció una gélida mirada—. Pero estoy de acuerdo contigo, esa chica es insoportable. Incluso sus hermanos mayores la temen.

—¿Para qué me has hecho llamar? —preguntó Galaera de golpe.

—Hace unas semanas avistaron barcos desconocidos cerca de Edmoden.

Quiero que estéis muy atentos a cualquier movimiento.

Los Invasores están lejos por ahora, pero podrían acercarse en cualquier momento.

Laccados también se está protegiendo. —Apoyó los codos en la mesa y clavó los ojos azules en su hermana—.

No hagas que me arrepienta de haberte cedido este lugar.

—Lo has hecho solo para alejarnos de ti. Pero no me importa. —Galaera se incorporó despacio, con las manos en la barriga—. ¿Te llevarás de Eduar?

—No, es mejor que se quede aquí.

No le gustó el gesto hosco de su hermana.

Que era una mujer amargada ya lo sabía, pero detestaba cuando veía cómo despreciaba a su propio hijo.

Tenía la esperanza de que el nacimiento de su nuevo vástago le ablandara el corazón.

Tuvo ganas de reír al pensar en ello. Él tampoco es que destacara por mostrar su amor hacia los demás.

Daraes se arrellanó en la silla mientras su hermana se marchaba.

Galaera y él tenían diferencias insalvables.

Daraes nunca le perdonó que se acostara con Shudei y destruyera el acuerdo con los Saz; ella siempre le reprocharía que Daraes no obligara a Shudei a contraer matrimonio.

¿Habrían sido las cosas diferentes entre las dos familias si los amantes se hubieran casado?

Las risas procedentes del patio lo distrajeron.

A través de los ventanales que llevaban a la terraza podía ver los árboles y parte del jardín.

Los niños corrían alegres. Se fijó en el chico de cabello rapado sentado de espaldas a su despacho.

Eduar leía un grueso libro. Siempre estaba solo y eso atormentaba un poco a Daraes.

Llamaron a la puerta con tanta insistencia y fuerza que enseguida supo de quien se trataba. Tomó aire despacio y se peinó el cabello rojizo hacia atrás.

—Me he cruzado con la amargada de tu hermana —dijo Isela nada más entrar.

—¿Aún sigues aquí? Hace dos días que cerraste tus negocios, deberías volver a tu casa antes de que me acusen de secuestro.

—La sonrisa ladina que se dibujó en el rostro de la joven disgustó a Daraes—.

Molestas a todo el mundo en esta casa. ¿No te enseñaron a obedecer?

Puede que hables en nombre de Candor, pero no eres más que una joven testaruda e indisciplinada.

—¿Y crees que tú podrías educarme? —Isela comenzó a reír al ver el rostro hosco del Dol—. Deberías dar las gracias por mi atención.

Se presionó el puente de la nariz para contenerse.

Deseaba echar a empujones a la chica. Era más alta que él y, si continuaba entrenando con el mismo ahínco, pronto sería más corpulenta.

Tenía los ojos azules como su padre y el cabello largo y negro.

Isela tomó asiento sin permiso y se cruzó de brazos alzando un poco sus pechos de tal forma que él pudiera apreciarlos.

Daraes se esforzó en mantener la calma. Esa chica lo sacaba de sus casillas, provocaba reacciones que ninguna mujer había logrado antes.

Era demasiado descarada, su nariz desproporcionada y el rostro anguloso disgustaban al Dol.

Entonces, la joven sonrió y todo el ímpetu del hombre desapareció.

—Deberíamos casarnos tú y yo. O al menos, acostarnos para acabar con esta tensión que me quema las entrañas —dijo de pronto Isela en susurros—. No vayas a negar que me deseas. Te demostraré lo que es estar con una mujer de verdad.

—¿Acaso pretendes que tu padre y yo nos enemistemos? —Se puso en pie dispuesto a sacarla de allí, aunque fuera a la fuerza—. Vete de aquí.

La joven no se alteró. Desvió la mirada hacia el patio y se fijó en el niño de diez ágaras que leía ajeno a ellos dos. Una sombra oscura de pelo recién afeitado cubría su cabeza. Parecía un extraño rodeado de tantos pelirrojos. Isela torció una sonrisa.

—¿Ese es el bastardo de Shudei-Hal? Debe haber sido un infierno criarse entre vosotros.

Yo llevo aquí un par de semanas y ya tengo ganas de asesinar a toda tu familia.

—La chica se puso en pie—. Dicen que es muy inteligente y callado.

Te honra que lo hayas educado tú mismo, pero me avergüenza que no le concedieras tu apellido.

—No es asunto tuyo —le espetó el hombre.

—Lo será cuando nos casemos. Esta misma tarde regreso a Laccados, pero has de saber que la próxima vez que vuelva te obligaré a comprometerte conmigo.

Tendrás que pedir muchas disculpas. —Ella se acercó a él con calma, saboreando el momento—.

A mí por tratarme mal y a Eduar por haberle negado tu apellido.

Los hombres como tú merecen una lección.

Al menos, una vez en la vida. El orgullo te acabará rompiendo el corazón, Daraes-Dol.

Pero no te preocupes, me tendrás a mí para recomponerlo.

Se quedó sin palabras, tal fue la contundencia de Isela.

¿De qué hablaba? Y sin decir nada más, se marchó de allí dejando a Daraes descompuesto.

¿Sabría ella el secreto que guardaba el niño?

¿Que era hijo de un soñador? Miró hacia Eduar y notó una fuerte presión en el pecho.

De pronto, comenzó a desconfiar de todos los que habitaban aquellas tierras.

Edmoden y Laccados siempre habían destacado por su crueldad hacia los soñadores.

Tendrían que matarlo antes de hacerle daño al pequeño. Acababa de tomar una decisión: Daraes lo llevaría con él cuando dejara Edmoden.