Marial-Pat #3
—Claro que no. —Litzzia apoyó la mano en el pomo de su espada—.
Ya nada de eso importa, está en el pasado.
Pero necesitaba veros una última vez para deciros que ya no me hacéis falta.
Y que ahora soy libre por fin, para escoger mi propio camino y vivir de la forma que yo elija.
Sin importar mi raza. No soy dárica. Y por primera vez en mi vida me alegra, porque el pueblo dárico no me merece. Vos, no me merecéis.
La mirada fiera de la joven sorprendió a Kishur, pero esta vez procuró mantener sus sentimientos a raya.
Lo que Litzzia olvidaba era que el dárico sí podía percibir claramente el dolor que atenazaba su corazón.
Él mismo notaba una zozobra incapaz de controlar, como si estrujaran su garganta para impedirle respirar.
Quiso ir hacia ella y decirle que la comprendía.
Deseó sumergirse en sus pupilas y abrazarla hasta que el mundo se olvidara de ellos dos.
Ignoraba como Litzzia había llegado hasta Marial-Pat, por qué tenía las ropas manchadas de sangre y lucía un rostro tan demacrado, pero en esos momentos solo sentía alivio por tenerla frente a él.
Siempre creyó que no volvería a verla, pero allí estaba.
Litzzia bajó la mirada y dio un paso atrás con la clara intención de irse.
—Ahora no puedes marcharte, no te lo permitiré —se apresuró a decir Kishur haciendo que ella se estremeciera—. Intentaste asesinar a Alhanna en Alviat. Me debes una explicación, así que aguardarás aquí hasta que yo lo decida.
Litzzia se quedó inmóvil al oírlo. Lo miró intensamente, con la tristeza dibujada en su rostro.
¿Alhanna era lo único que le importaba? Sonrió con amargura y asintió conforme.
Estaba tan cansada que ni siquiera trató de negarse.
Kishur le hizo una señal para que entrara.
Litzzia intentó caminar dignamente, cojeando lo menos posible.
Cruzó la puerta sin mirarlo y se adentró en la posada.
Reconoció a Ghiro, pero no a la dárica sentada a su lado.
Buscó a Alfar y se decepcionó al no encontrarlo con ellos.
Cuando reparó en la torva mirada de Alhanna dio un brinco.
—Vaya, vaya, mirad a quien tenemos aquí.
—Ghiro le sonrió con amabilidad—. Es la hermosa Litzzia de Runna.
¿No te acompaña nadie? —Ella negó con la cabeza—.
Pues debe haber sido un viaje muy duro. He visto que cojeas un poco, en cuanto comas algo podemos ver esa herida que tienes en la pierna. ¿Te parece?
—Cre…creo que está un poco infectada —admitió ella con voz trémula.
—Bueno, le echaré un ojo. Pero antes deja que Mayara te acompañe a una de las habitaciones para que puedas darte un baño. —Las palabras de Ghiro fueron una orden para la dárica, que enseguida se puso en pie—. Luego, baja a comer algo, Litzzia.
—Gracias, así lo haré. —Hizo una leve reverencia hacia el anciano.
Sintió la presencia de Kishur tras ella y se apresuró en dirección a las escaleras siguiendo a la dárica.
El corazón le latía tan deprisa que comenzaba a asfixiarse.
Mayara la llevó hasta una de las habitaciones del fondo, la más alejada.
Entraron en una diminuta antesala donde dejó la capa y las armas.
Luego, se derrumbó en la cama algo mareada.
Agradeció estar en un lugar como aquel, después de tantas noches durmiendo al raso.
—¿De verdad abandonaste Alviat para buscar a mi señor? —preguntó Mayara a bocajarro. Litzzia levantó la mirada hacia ella—. ¿Es que te volviste loca?
—Supongo que sí… He cometido un gran error, ¿verdad? —soltó sin ánimos.
—No soy quién para decirlo, tendrás que averiguarlo —admitió Mayara—. Pero te diré algo que quizá te ayude: él ha cambiado, no es el dárico que recuerdas.
Se sintió insignificante y algo ridícula por creer que Kishur mostraría alegría al reencontrarse con ella. Debió quedarse en Sílfhades. Había estado a punto de morir bajo el acero de los kalastys por nada. Mayara fue hacia la puerta para marcharse.
—¿Dónde está Alfar? No lo he visto en el salón —Litzzia se quitó la chaqueta.
—Es cierto. Fuisteis compañeros y amigos en la academia, él hablaba de ti como de una hermana, lo recuerdo bien. —Mayara rodeó el pomo con la mano, dudando—. Supongo que cuanto antes lo sepas, mejor. Alfar ya no está con nosotros, se marchó al mundo venidero. Lo asesinaron hace unos meses.
Litzzia abrió mucho los ojos y se llevó la mano al pecho.
Mayara se marchó sin añadir nada más mientras ella se quedaba desolada.
Tardó un poco en procesar lo que la dárica acababa de decir.
La brusquedad de sus palabras la había pillado por sorpresa.
Alfar estaba muerto. Las lágrimas corrieron por sus mejillas sin que pudiera reprimirlas.
A su mente acudió el dulce recuerdo de Alfar, de cuando iban juntos a coger cerezas al jardín del palacio.
Estalló en un atronador llanto que arrancó desde lo más profundo de su garganta, sintiendo una pena terrible.
Dejó que toda su amargura saliera, gritó contra la almohada.
No solo lloraba por Alfar, también por ella misma.
Se sintió más desesperada y sola que nunca.
No fue consciente del tiempo que permaneció así hasta que el agotamiento y las lágrimas la dejaron somnolienta. Decidió que era mejor dormir un rato en lugar de bajar y encontrarse a Kishur. Ya tendría tiempo de lamentar haber ido a buscarlo.