Marial-Pat #2
Ghiro soltó un largo suspiro que más parecía un lamento.
Alhanna dejó caer el pan sobre el plato, acababa de perder el apetito.
Antes de devolverle su lanfe, Osharan le había asegurado que el tatuaje no sería capaz de mantener su existencia.
Debía ir a Zahel y conseguir el poder necesario para sobrevivir, pero para ello Quiazz…
—¿No te importa sacrificar la vida de Quiazz? —preguntó.
—La profecía puede interpretarse de diferentes formas —intervino el anciano—. La sangre del portador es lo que abrirá la torre, no dice que deba morir.
Kishur negó con la cabeza, pero guardó silencio. Si con solo derramar su sangre fuera suficiente, la torre ya habría abierto su puerta tiempo atrás.
—Puede que por una vez, Ádria se oponga a ti —reflexionó Alhanna—. Espero que defienda la vida de Quiazz por encima de todo, incluso de tus órdenes.
En el fondo, el dárico también lo deseaba.
Contemplar tanta destrucción era desolador.
Tardarían meses en limpiar la ciudad, y mucho más en reconstruir los edificios derrumbados.
Quiazz había regresado al puente de piedra que unía las dos torres en las alturas.
El viento amenazaba con derribarlo. La huella del fuego blanco podía apreciarse a la perfección desde allí arriba, había dejado una marca ineludible de escarcha que el débil sol no lograba eliminar del todo.
No tenían noticias de otras ciudades, pero no guardaba esperanzas de que solo Marial-Pat hubiera sufrido.
Levantó la mirada hacia el cielo y se preguntó dónde estarían aquellos dragones y kalastys que lograron escapar.
Y lo más importante, cuándo volverían. Se estremecía con solo pensarlo.
—El general te busca. —La voz de Candor-Saz lo sobresaltó. Caminaba con la pipa en los labios—. No deberías deambular por la ciudad sin los escoltas.
—¿Y a quién debo temer? Mira a nuestro alrededor, ni siquiera sé que enemigos tengo ni si siguen con vida. —Quiazz se separó del muro y se arrebujó en la capa—. Hemos enviado halcones a Sílfhades, espero que respondan con ayuda. ¿Sabes algo de Daraes?
—No. Debe estar a punto de llegar a Edmoden.
—Le dio una larga calada a la pipa y expulsó el humo despacio—.
A estas alturas deberías tener la corona en la cabeza, las cosas serían más sencillas.
El consejo vuelve a tener todo el poder, Gastor lo está cediendo de nuevo sin poner resistencia.
Lo prefiero a él antes que a los jodidos ancianos.
—No creo que sea el momento de preocuparnos por eso, sino más bien de la gente que sigue tirada en la calle —le reprochó Quiazz—. He abierto algunas de las casas que heredé para alojar huérfanos, pero no es suficiente. Nada de lo que hacemos lo parece.
El ejército tenía demasiadas bajas y Gastor había impuesto la incorporación a sus filas a todo hombre que pudiera usar una espada.
Debían prepararse para volver a defender la ciudad si fuera necesario.
Quiazz miró al norteño de reojo. Le preocupaba la calma que mostraba Candor y se preguntaba si estaría aguardando el momento preciso para enfrentarse a los ancianos y derrocarlos, si los señores del Norte aprovecharían esa situación de debilidad.
De ser así, a Gastor le costaría controlar la sublevación.
—¿Sabes cuándo se marcha el dárico gris?
—preguntó Candor. Quiazz negó con la cabeza—.
La endómica no puede irse con él, espero que al menos eso lo tengas claro.
Es un arma de la que no podemos prescindir.
—Quiazz bufó molesto por el comentario y Candor lo miró de reojo—.
La gente ha comenzado a venerarla igual que a una diosa, algunos incluso ya rezan a ese Dios Dragón.
—No creo que el Dragón acudiera con la intención de ayudarnos. —El joven lanzó un cansado suspiro—; solo estábamos en medio de algo.
Candor guardó silencio. Quiazz volvió a mirar hacia la ciudad y clavó sus verdes pupilas en el punto exacto en el que percibía la presencia de Alhanna.
La sentía más cerca que nunca, si cerraba los ojos veía su rostro con total claridad.
¿Impedir que ella dejara la ciudad? Más bien, sería ella quien lo obligaría a él a marcharse. Zahel los aguardaba.
Era difícil conseguir algo de comida. En la plaza ofrecían cuencos con caldo, pero había una gigantesca cola para llegar.
Litzzia ni siquiera había podido darse un baño, y bien que lo necesitaba.
Sus ropas estaban harapientas, llenas de cortes y de sangre seca.
Se había recogido el cabello apelmazado en un moño, dejando las orejas acabadas en punta a la vista de cualquiera.
Cojeaba un poco al caminar por el corte de la pierna derecha.
No era grave, pero escocía al contacto con la sucia tela.
Llevaba días recorriendo las calles de la ciudad en busca de Kishur, pero no era sencillo encontrar su paradero entre tanta destrucción.
La gente hablaba del dárico como su salvador, también de Alhanna.
Y saber que estaban juntos la mortificaba.
Litzzia se estremeció al recordar la imagen del colosal Dragón Negro.
Aún tenía pesadillas con semejante criatura.
«Fue quien salvó a Alhanna del Qad’has cuando las flores iban a devorarla», se dijo la joven.
Se le encogía el estómago cada vez que reparaba en ello.
Había amanecido hambrienta y con una sed que no lograría saciar fácilmente.
El agotamiento hacía mella en Litzzia. Tenía también un poco de fiebre, lo más probable es que el corte se le hubiera infectado.
Alcanzó la plaza con la ansiedad palpitando en sus sienes.
Soldados humanos custodiaban las calles e impedían el paso a los curiosos.
Al reparar en sus orejas acabadas en punta, la dejaron pasar.
La observaron con curiosidad, preguntándose qué clase de criatura era.
«Una mestiza», quiso gritarles. Se detuvo frente a la fachada de la posada y atisbó a ver una sombra en el tejado.
Comprobó que era un hajaek cubierto por la capucha.
Su pulso se aceleró; era el sitio correcto.
Entonces, la puerta del edificio se abrió dando paso al dárico gris.
Litzzia se quedó paralizada por la impresión, a pesar de llevar meses buscándolo no se sentía preparada.
Quince ágaras aguardando ese momento era demasiado tiempo.
Kishur apenas había cambiado desde la última vez que lo vio.
El pelo largo y plateado, el rostro inexpresivo, el porte elegante y robusto.
Su profunda mirada capaz de robarle el aliento aún sin proponérselo.
Por un instante, tuvo la sensación de que volvían a estar en Alviat, y percibió la brisa fresca del bosque en la cara, el perfume de las rosas, el sabor de los labios de Kishur.
Su mente olvidó por completo cuanto quería decirle o reprocharle.
El rostro del dárico mostró sorpresa y una acuciante preocupación.
—¿Litzzia? ¿Cómo has llegado hasta aquí? —El sonido de su voz le pareció igual que un torrente de agua helada—. ¿Estás herida? ¿Toda esa sangre es tuya?
Negó con la cabeza y vio como Kishur relajaba los hombros. De pronto, volvió a observarla como en el pasado, con indiferencia. Y eso la enfureció.
—He recorrido un largo camino para encontraros.
Faltasteis a vuestra promesa, no volvisteis.
—Litzzia pronunció cada palabra con rabia—.
Todo lo que he padecido desde que me llevaron a Alviat siendo infante es por vuestra culpa.
Querían que me convirtiera en algo que no era para serviros, y lo único que recibí de vos fue desprecio.
—¿Y has venido a ajustar cuentas? —Kishur lanzó un pesado suspiro.