El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

La posada guardaba el mismo silencio. Los empleados no habían regresado y era posible que jamás lo hicieran.

Ahora los dáricos parecían los dueños del lugar.

Ghiro había aparecido al segundo día, justo cuando Kishur comenzaba a perder la esperanza de encontrarlos a él y a Eltsay con vida.

Ádria fue quien localizó al anciano a las afueras de la ciudad junto a una tumba.

Había depositado allí los restos de la armadura de Eltsay y ya no tuvo fuerzas para volver a la ciudad.

Ádria tuvo que cargar con él porque sufría graves heridas y estaba muy débil. Apenas se mantenía en pie por sí solo.

«Eltsay ha tenido una muerte horrible, una que no merecía», anunció Ghiro nada más entrar en la posada. Luego, dejó sobre la mesa un pañuelo que contenía las cenizas del hajaek y se derrumbó en brazos de Kishur.

La noticia sobre la muerte de Eltsay los dejó a todos conmocionados, no estaban preparados para perder a otro compañero de ese modo.

Mayara lanzó una silla contra la pared mientras estallaba en lágrimas.

Por una vez, abandonó toda su contención y no le importó desmoronarse frente a los demás.

Ádria la estrechó en un fuerte abrazo, en un intento de mitigar la pena que él mismo sentía.

Alhanna lloró amargamente y acabó encerrándose todo el día en su habitación.

Kishur permaneció junto a Ghiro, era lo único que podía hacer por el anciano, ninguna palabra suya le habría ofrecido consuelo.

Trataron las heridas de Ghiro y lo mantuvieron en estrecha vigilancia por si su estado empeoraba. No lograba reponerse; permanecía abatido y con la mirada ausente.

—Debimos continuar nuestro viaje sin entrar en Marial-Pat. La ciudad ya estaba condenada —le dijo Kishur a solas—. Mis decisiones siempre acarrean desgracias a los demás.

—Fui yo quién os pidió que aceptarais a Eltsay como vuestro hajaek.

Lo hice para apartarlo de mi descendiente, en quien ejercía una gran influencia.

Quise impedir que interfiriera en sus estudios, pero me equivoqué.

—Miró a Kishur con gran pesar—. Si debemos buscar responsables de lo sucedido, culpemos a los malditos dioses.

Son ellos quienes nos han traído las desgracias que padecemos.

La rabia y el dolor del anciano hicieron callar al dárico gris.

No encontraba las palabras adecuadas para responderle, solo deseaba que esa desolación que reflejaba en su rostro desapareciera.

Pero, ¿quién era él para pedirle que se repusiera?

Encerró en una mano el cristal hecho con las cenizas de Alfar que siempre llevaba en la cadena.

Al final, todos acabarían marchándose de su lado. Cada día estaba más convencido de ello.

Kishur abandonó la cama en cuanto el primer rayo de luz entró por la ventana.

Le costaba conciliar el sueño cada vez más, sus noches estaban plagadas de pesadillas.

En ellas sentía como intentaban devorar su lanfe, como lo perseguían sin descanso, igual que Osharan había hecho con los dragones grises.

Y, sin excepción, cuando el agotamiento se apoderaba de él, acababa en aquella playa de arena clara con el mar en calma: el mundo de Hagnak.

Fue desnudo hacia el espejo y observó con especial atención el tatuaje que Osharan había impreso en su brazo.

No era lo único que había cambiado en él; su pupila izquierda emitía un brillo plateado y podía ver la energía del mundo a través de ese ojo.

De pronto, la imagen que le ofrecía el espejo comenzó a cambiar.

Su cabello se volvió negro. Las cicatrices desaparecieron y sus rasgos cambiaron hasta mostrar el rostro de un dárico más joven.

Ese al que veía era Raehlan. Rozó el cristal con las puntas de sus dedos, reconociéndose.

Entonces, reparó en la ausencia de ombligo.

«No es posible», se dijo Kishur.

Se quedó un momento inmóvil, consternado ante lo que veía.

¿Es que no nació de un vientre? Porque había tenido padres siendo Raehlan.

El reflejo cambió de golpe para mostrar de nuevo su aspecto actual.

Las cicatrices regresaron y con ellas el mismo cansancio que lo perseguía últimamente.

Pasó la mano por el abdomen, allí donde ahora sí había ombligo.

Decidió ignorar su significado, pues ya lidiaba con demasiadas cosas.

Percibió la presencia de Alhanna incluso antes de que comenzara a subir las escaleras.

La sentía en todo momento, como si la joven fuera una extensión de él mismo.

No habían hablado desde aquella primera tarde tras la batalla, cuando ella le aseguró que no lucharía a su lado.

Ambos habían mantenido las distancias, procurando cruzarse lo menos posible.

No resultó difícil, pues la joven pasaba casi todo el tiempo con Quiazz.

Kishur temía que Alhanna se esfumara en cualquier momento.

Sospechaba que continuaba con ellos solo por el estado de Ghiro.

Kishur se colocó los pantalones y ya se abrochaba la camisa cuando ella entró en la habitación sin llamar. Alhanna sonrió al verle. Sin ofrecerle ni una sola palabra, se acercó a él tanto como pudo y miró su ojo izquierdo con suma atención.

—Has cambiado tanto… —comentó muy seria.

—No soy el único, de alguna forma has recuperado tu lanfe y tu tatuaje vuelve a estar completo. —Se fijó en la mano en la que ella tenía la marca de los dragones grises.

En aquel momento, percibió a Alhanna como a una extraña. La joven mantenía encerradas a las criaturas en su interior. Al parecer, estas se negaban a abandonarla para ir al mundo venidero. O eso aseguraba ella; Kishur comenzaba a dudar de sus palabras.

—Espero que la muerte de Eltsay te haya hecho recapacitar un poco.

Si sigues empeñado en ir a las Avíseas acabarás perdiendo a los que quedan a tu lado —sentenció Alhanna mientras posaba su mano en el pecho de Kishur—.

Te lo ruego, detente ahora que aún estás a tiempo y abandona la lucha.

Si vas al Vacío morirás, estoy convencida.

—¿Cuántas veces necesitas que tengamos esta conversación? —preguntó él.

—¡Las que hagan falta! —gritó la joven mientras apartaba la mano y sus ojos se oscurecían de golpe sin que pudiera controlarlo—. ¿Por qué eliges servir al Dragón? Es a mí a quien debes escoger, ¿por qué no puedes hacerlo?

Alhanna se alejó de Kishur y se llevó la mano al estómago cuando sintió como se le retorcía de pura angustia.

Un miedo visceral mordía sus entrañas. La idea de perder a Kishur la atormentaba, ¿qué debía hacer ella?

Hagnak le había pedido que acabara con la vida del dárico para poder recuperar su lanfe, para ponerlo a salvo.

¿Sería esa la única solución? ¿La única forma de evitar que Kishur fuera al Vacío?

—Lo lamento, Alhanna —dijo el dárico con mesura—, pero no puedo atender a tus ruegos.

Y necesito que luches a mi lado, porque sin tu poder no tendré oportunidad de vencer a los Olvidados.

Pretenden asolar Muriath y a sus habitantes con el fin de derrotar al Dragón.

Intentaré impedirlo, aún a coste de mi propia vida.

—El mundo no te merece. —Su voz sonó amarga y resignada—. Ni yo tampoco.

Kishur le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja con ternura y luego le acarició el pálido rostro. Había algo más en la mirada de Alhanna, escondía algo más.

Abandonaron la estancia en silencio, pues no había nada más que decirse en ese momento. Ambos tenían mucho en que pensar. Kishur temía no ser capaz de mantener a Alhanna a su lado. Decidió darle un poco de espacio, presionarla nunca era buena idea.

En el salón estaban Mayara y Ghiro. Ádria debía encontrarse fuera vigilando la posada, puesto que era difícil expulsar a la gente que se empeñaba en ver al dárico gris.

Creían con auténtico fervor que tanto él como Alhanna eran sus salvadores.

Intentar convencerles de lo contrario era inútil ya que no atendían a razones.

El general había enviado a veinte soldados para patrullar las calles colindantes a la plaza e impedir que los dáricos fueran molestados.

En cuanto Ghiro estuviera más restablecido, se marcharían de la ciudad.

Se sentaron en la mesa con los demás. Mayara sirvió té y comieron un poco de pan con mantequilla.

Alhanna observó a Ghiro y este le devolvió una sonrisa cansada.

Su aspecto había mejorado un poco en comparación a su llegada días atrás, pero aún tenía el rostro hinchado y lleno de moretones, sus ojeras eran cada vez más profundas y al caminar necesitaba apoyarse en un bastón.

A Alhanna se le encogía el corazón cada vez que reparaba en su estado.

Luego recordaba la ausencia de Eltsay y la invadía una profunda tristeza.

¿Estaría con Tottem y Alfar en el mundo venidero?

—¿Cuándo os marcharéis de la ciudad? —preguntó Ghiro de pronto, atrayendo la oscura mirada de Kishur—. No podéis esperar a mi recuperación, si ese es vuestro plan. Voy a tardar semanas en poder subir a mi montura, debéis dejarme atrás.

—Tengo asuntos que resolver antes de irme. —Kishur apartó la vista de Ghiro y la concentró en la joven—. Alhanna, quiero que traigas a Quiazz para que pueda hablar con él.

—¿Sobre qué? —preguntó ella con desconfianza.

—Cuando abandonemos Marial-Pat, él vendrá con nosotros.

Trataré de hacerle entender que es lo mejor, aunque nos lo llevaremos a la fuerza si es necesario.

—Kishur apoyó los codos en la mesa. Alhanna arrugó el entrecejo sin comprender sus motivos—.

El chico es el portador de muerte, es la llave de Zahel. ¿Creíste que no lo descubriría?

—Tenía la esperanza, sí —admitió ella con un nudo en la garganta.