Prefacio
H agnak desapareció y el mundo quedó desolado y dividido por la furia del Dragón.
Este se dedicó durante largas ágaras a buscar con feroz ahínco a Khaleria, sin importarle cuanto arrasara para conseguirlo.
Persiguió a la diosa por todos los rincones de Muriath mientras sus habitantes lamentaban la desaparición de Hagnak y la desesperación los gobernaba.
Los gemelos Trivaz fueron los encargados de enterrar su cuerpo, con el Orfebre como único testigo.
Eligieron los hermosos jardines de Falar-Shan para el descanso del Guerrero.
No le pusieron nombre a la tumba, pues nadie debía descubrir la verdad sobre su muerte; así lo quiso su padre, quien se negaba a aceptar la pérdida.
Una vez hubo acabado con Khaleria, Osharan convirtió los jardines en un valle plagado de altos monolitos que rodearon la tumba.
Y encerró algo terrible en la torre de Zahel.
El Orfebre y los hermanos Trivaz creyeron que el Dragón encontraría el mundo de Hagnak para liberar su lanfe y conducirla al mundo venidero.
Que le concedería el descanso eterno, tal como fue siempre el deseo de su hijo.
Pero Osharan tenía otros planes. Ordenó a los demonios extraer los huesos de Hagnak de su tumba y llevarlos al trono desde el que había gobernado el mundo.
Obedientes, lo hicieron, pero dejaron allí algo importante: su calavera.
Depositaron los huesos envueltos en una delicada manta hecha con hilos de plata y los cubrieron de flores blancas.
La Oscuridad que anidaba allí comenzó a descender de las paredes rocosas y a deslizarse por la superficie.
Los demonios no osaron moverse, pues sabían que a ellos no los devoraría.
Aquella masa viscosa anegó la gran estancia, reptó por el trono, y cubrió los restos de Hagnak.
Mientras tanto, Osharan alzaba la mano con la que sostenía un cristal del tamaño de una manzana y que brillaba con una luz grisácea.
Lo rompió y la energía que encerraba fue consumida por el bulto oscuro que ya se agitaba sobre el trono, como si algo despertara en su interior.
Los demonios sintieron espanto, pues enseguida advirtieron que Osharan trataba de crear una nueva criatura con la porción de lanfe robada del mundo de Hagnak.
El chillido agónico que escapó de la Oscuridad los dejó sin aliento.
Toda la montaña pareció estremecerse. El dolor traspasó el manto espeso que cubría los huesos.
La Oscuridad comenzó a retroceder y a desaparecer entre las rocas.
Cuando se retiró del trono, dejó al descubierto el pequeño cuerpo de un infante, de piel rosada y manos diminutas, que se agitaban frente a su boca.
Tenía el cabello y los ojos negros, igual que la noche más profunda.
Los dos Trivaz se acercaron con curiosidad.
—¿Ha nacido de la Oscuridad? —preguntaron a la vez, mezclando sus voces.
Osharan se acercó para observar con atención a su nueva criatura.
Fue entonces cuando comprendió que los demonios lo habían engañado, y que el infante había nacido mortal.
El aire se agitó violento a su alrededor y la ira ensombreció su rostro.
Dirigió la mano derecha hacia los dos Trivaz y los lanzó contra una de las paredes rocosas mientras la Oscuridad volvía a emerger para rodear sus cuerpos.
—¡Hagnak quería el descanso eterno! ¡Le prometimos que lo ayudaríamos! —gritó uno de ellos con desolación—. ¡Dejamos su calavera para evitar su inmortalidad!
El Dragón rugió encolerizado y los sometió con fuerza contra la piedra al mismo tiempo que les arrancaba el lanfe.
Lo habían traicionado e iban a pagarlo con su existencia.
Entonces, el infante comenzó a llorar desesperado y con una potencia sobrecogedora, y el Dragón se detuvo al instante.
Olvidó a los demonios, que cayeron derrotados al suelo, y fue junto al recién nacido.
Acarició su delicado rostro y este dejó de llorar al instante.
El pequeño lo miró con los ojos anegados de lágrimas y aferró uno de los dedos del Dragón entre sus manos.
—Dadle un nombre, pues ha nacido mortal por vuestra culpa —ordenó sin mirar a los traidores. El timbre cavernoso de su voz hizo sonreír al infante.
Los demonios, débiles y asustados, se acercaron con cautela, sabedores de que Osharan no les devolvería el lanfe que acababa de arrebatarles.
Compartían hasta el más mínimo pensamiento, así que el nombre surgió al unísono de sus bocas: «Raehlan», que significaba renacer.
En el fondo de sus corazones lamentaron lo que habían hecho, pues ese pequeño moriría algún día, pero en el pasado prometieron a Hagnak ayudarlo a ir al mundo venidero, de la forma que fuera; Raehlan descansaría allí tras su muerte.
Lo que ellos ignoraban era que Osharan aún tenía otros planes para su hijo.
Puesto que hasta los demonios inferiores serían más poderosos que Raehlan, el Dragón creó la Jistar con su propio lanfe para encerrarlo en el lado que habitarían los mortales.
Y no satisfecho con eso, borró los recuerdos de dichas razas para que olvidaran el pasado que habían compartido con los seres inmortales, y a estos los obligó a abandonar sus hogares para ir al otro lado de la barrera.
Transformó el mundo para proteger la vida de Raehlan y ordenó a los Trivaz que lo dejaran a cargo de los dáricos.
Sin embargo, cuando creció y fue herido de muerte en Fraem-Lab, Osharan comprendió que necesitaba mucho más para protegerlo.
Lo convirtió entonces en rey, en el mortal más poderoso de todos.
Volvió su cabello de color gris, para que toda criatura, en cualquier parte del mundo, fuera capaz de reconocerlo.
Le otorgó el mismo tono que tuvieron los ojos de Hagnak y el cabello de Khaleria. Comenzaron a llamarlo «el dárico gris».
Osharan aguardó la muerte de Raehlan y le impidió ir al mundo venidero.
Le confió la labor de renacer una y otra vez para esperar el regreso de Khaleria.
Luego, hastiado del mundo y para evitar volver a la Oscuridad y condenar a Muriath, el Dragón Negro se marchó a dormir.
Lo haría hasta que el poder de Khaleria regresara.
Los Trivaz también aguardaron. A que Raehlan recordara, a que se enfadara.