15. Scarlett
SCARLETT
Me despierto a la mañana siguiente en la cama de Dante y, por un segundo, no soy consciente de dónde estoy.
Las sábanas son más suaves que cualquier cosa que haya sentido jamás. La habitación es enorme, con muebles en negro y gris. Típico de Dante: todo en él apesta a caro, a dinero y a poder.
Entonces me doy cuenta de que hay un brazo rodeándome la cintura, pesado y posesivo, manteniéndome pegada a un cuerpo muy cálido y muy desnudo.
Oh, Dios mío.
Los recuerdos de anoche regresan de golpe con todo lujo de detalles. La cocina. La encimera. Las manos de Dante sobre mí y su boca y la forma en que hizo que me desmoronara por completo antes de volver a recomponerme.
Luego me había subido en brazos a su dormitorio porque, al parecer, mi habitación no era una opción. Algo sobre querer tenerme en su espacio, en su cama, donde pudiera tenerme cerca.
Debería haber discutido e insistido en ir a mi propia habitación, en tener mi propio espacio, mis propios límites.
Pero aún estaba temblando tras el mejor sexo de mi vida y mi cerebro no funcionaba precisamente bien, así que simplemente dejé que me llevara como a la heroína de una novela romántica y me quedé dormida abrazada a él.
Ahora es de mañana y tengo que afrontar en qué nos hemos convertido.
No somos solo padres obligados a convivir por las circunstancias. Ni solo dos personas con una historia complicada. Sino algo parecido a unos amantes que no pueden quitarse las manos de encima a pesar de todas las razones lógicas por las que esto es una idea terrible.
El brazo alrededor de mi cintura se aprieta y siento el aliento de Dante contra mi nuca.
—Deja de pensar tan alto —murmura con la voz ronca por el sueño—. Puedo oír tu cerebro trabajar desde aquí.
—No estaba pensando tan alto.
—Prácticamente estabas gritando. —Me atrae más hacia él y puedo sentir cada centímetro de su cuerpo contra mi espalda—. ¿Qué pasa?
—No pasa nada. Solo estoy... procesando.
—¿Procesando qué?
—Esto. Nosotros. Lo que sea que sea esto.
Se queda callado un momento y luego me hace girar sobre la espalda para poder mirarme bien. Sus ojos grises son intensos incluso medio dormido; estudia mi rostro como si intentara leerme el pensamiento.
—¿Ya te arrepientes?
—No. Puede ser. No lo sé. —Me aparto el pelo de la cara—. Esto es complicado, Dante.
—Todo lo que nos rodea es complicado. Eso no lo hace malo.
—Tampoco lo hace bueno.
Tensa la mandíbula. —Tú fuiste la que dijo que habías terminado de huir. Que querías esto.
—Sé lo que dije.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
¿Cómo le explico que estoy aterrorizada? ¿Que dejarle entrar así es como entregar la última pizca de control que me queda? ¿Que me estoy enamorando de un hombre que se gana la vida matando gente y que no sé cómo reconciliar eso con quién soy yo?
—El problema es que esto lo cambia todo —digo finalmente—. Y no sé si estoy lista para ello.
—Demasiado tarde. Todo cambió en el momento en que me llamaste. —Me acuna la cara con una mano—. En el momento en que subiste a ese avión. En el momento en que dejaste que te tocara anoche. No puedes echarte atrás ahora.
—No intento echarme atrás. Solo digo que es mucho que procesar.
—Entonces procésalo. Pero hazlo aquí, en mi cama, que es donde perteneces.
La posesividad de su voz debería molestarme y darme ganas de discutir, de rebelarme e insistir en mi independencia.
En cambio, hace que el calor se acumule en mi vientre, porque, por lo visto, tengo un gusto pésimo para los hombres.
—Tengo que ir a ver cómo está Luca —digo, intentando cambiar de tema.
—Rosa está con él. Está bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque presto atención a todo lo que ocurre en mi casa. Y porque Rosa me ha enviado un mensaje hace veinte minutos para decirme que está desayunando y preguntando dónde estás.
Siento una punzada de culpa. —Debería ir con él.
—En un minuto. —La mano de Dante se desliza por mi costado de forma posesiva—. Primero, dime que no vas a huir.
—Estoy literalmente desnuda en tu cama. ¿A dónde voy a huir?
—No me refería a eso y lo sabes.
Lo miro, estudiándolo con atención. La cicatriz de su hombro, de Dios sabe qué. Las líneas duras de su rostro que se suavizan ligeramente cuando mira a nuestro hijo.
—No voy a huir —digo en voz baja—. Te lo dije anoche y lo decía en serio. Pero necesito que entiendas que esto me aterroriza.
—¿Qué es lo que te aterroriza?
—Esto. —Hago un gesto al aire—. Esta línea que hemos cruzado. Yo...
Se inclina hacia delante y sella mi boca con la suya en un beso, lento y profundo, y olvido por qué estaba preocupada en primer lugar.
Para cuando bajo las escaleras, Luca va por su segunda ración de tortitas y no para de charlar con Rosa sobre dinosaurios.
—¡Mamá! —Da un salto al verme—. ¿Dónde estabas? ¡Rosa ha dicho que estabas durmiendo, pero ya es muy tarde!
Miro el reloj. Las nueve y media. No es tan tarde, pero para Luca, que está acostumbrado a que me levante a las seis, bien podría ser mediodía.
—Lo siento, cariño. Estaba cansada de ayer.
—D sigue durmiendo también. Rosa ha dicho que trabaja mucho y por eso necesita descansar.
D. ¿Cuándo ha empezado a llamar así a Dante?
Miro a Rosa, que se limita a sonreír con complicidad y sigue cocinando.
—Así es —digo, sentándome junto a Luca—. Dante trabaja mucho.
—¿Podemos salir hoy? Quiero enseñarle a D el fuerte que estoy construyendo.
—Quizá más tarde, cielo. Si no hace mucho frío. Primero desayuna.
Los días siguientes se asientan en algo que casi se parece a una vida normal, aunque de pacíficos no tengan nada.
Luca sigue acercándose a Dante de formas que hacen que mi corazón se rompa y sane al mismo tiempo. Sigue a Dante por toda la casa como una sombra, haciéndole un millón de preguntas sobre todo.
—¿Por qué tienes tantos guardias?
—Para mantener alejada a la gente mala.
—¿Por qué hay gente mala?
—Porque el mundo no siempre es seguro, pequeño.
—Pero tú nos mantienes a salvo, ¿verdad?
—Siempre.
Observo estos intercambios desde los marcos de las puertas y las ventanas, viendo a Dante luchar con cuánta verdad contarle a un niño de cinco años. Viéndole lidiar con la culpa y con emociones desconocidas mientras intenta explicar los fallos de los adultos en términos que un niño pueda entender.
Una tarde los encuentro en el despacho de Dante; Luca está sentado en su regazo mientras Dante trabaja en el ordenador.
—D, ¿qué tipo de trabajo haces?
Se me corta la respiración. Me quedo paralizada en la puerta, esperando a ver cómo maneja Dante esto.
Se queda callado un largo rato y puedo ver la tensión en sus hombros.
—Hago muchas cosas —dice finalmente.
—¿Como cuáles? —insiste Luca, y veo una expresión de desamparo en el rostro de Dante; parece que necesita que lo rescaten.
—Transporte, exportación e importación de mercancías.
—¿Qué significa eso? ¿Y qué tipo de mercancías?
Llegados a este punto, sé que tengo que intervenir o Dante probablemente perderá la cabeza con tantas preguntas.
—Eh... cariño, ¿por qué no dejas que D se concentre en el trabajo? Necesita ganar más dinero para comprarte juguetes.
Dante me mira y una expresión de alivio inunda su rostro.
Por un momento, temo que Luca proteste, pero se limita a murmurar un «vale» y vuelve a sus dibujos mientras Dante trabaja.
Más tarde esa noche, después de que Luca se haya dormido, Dante me busca en la biblioteca.
—Hoy me ha preguntado por las cicatrices de mis manos —dice sin preámbulos—. Quería saber cómo me las hice.
—¿Qué le has dicho?
—Que me hice daño en el trabajo. Lo cual es técnicamente cierto. —Se sirve una copa—. ¿Cuánto falta para que empiece a hacer preguntas que no pueda responder sin mentirle o traumatizarle? Tú misma viste cosas allí.
—No lo sé.
—Esto es más difícil de lo que pensaba. Ser padre.
—Lo estás haciendo bien.
—¿Ah, sí? Porque la mitad del tiempo no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. —Vacíe el vaso—. Puedo dirigir un imperio. Puedo hacer que hombres hechos y derechos se orinen de miedo. Pero un niño de cinco años que hace preguntas inocentes me destruye.
Me acerco y le quito la copa de la mano. —Lo estás haciendo mejor que bien, Dante. Te adora.
—No debería. Debería tenerme miedo como todo el mundo.
—Es tu hijo. Ve más allá del exterior aterrador y ve al hombre que hay debajo.
—No hay ningún hombre debajo. Solo más oscuridad.
—Eso no es verdad. —Le acuno la cara, obligándole a mirarme—.
Te he visto con él. La forma en que le lees por la noche.
Cómo te aseguras de que su comida esté cortada en trozos pequeños.
Cómo vas a verle tres veces después de que se duerma para asegurarte de que está bien.
Eso no es oscuridad, Dante. Eso es amor.
Me mira fijamente durante un largo rato, luego me atrae a sus brazos y simplemente me abraza.
Y yo se lo permito, porque al parecer ahora hacemos esto. Ser una pareja de verdad. Ser una familia.
Incluso si me aterroriza.
Rosa se ha convertido en la persona favorita de Luca, aparte de Dante y de mí. Le da galletas a escondidas cuando cree que no estoy mirando y le enseña palabras en italiano que él pronuncia de forma adorablemente incorrecta.
—¡Mamma, he aprendido una palabra nueva! ¡Biscotti!
—Eso es maravilloso, cielo. ¿Qué significa?
—¡Galletas! —Sonríe con orgullo—. Y Rosa hace los mejores biscotti del mundo entero.
Rosa se limita a sonreír y le revuelve el pelo. —Eres demasiado tierno, piccolino.
La observo con mi hijo y me siento agradecida por su presencia. Es feroz protegiéndonos a ambos, como una abuela que rajaría a cualquiera que amenazara a su nieto.
Una mañana me encuentra en la cocina preparando café y simplemente empieza a hablar.
—Le haces bien, ¿sabes?
—¿A Luca?
—A Dante. —Me tiende la crema—. He trabajado para la familia Moretti durante veinte años. He visto a Dante crecer, pasar de ser un adolescente furioso a un hombre endurecido. Pero desde que estás aquí, he visto destellos de quién podría haber sido. De quién podría ser todavía.
—No creo que tenga tanta influencia.