3. Scarlett
SCARLETT
El disparo atraviesa mi alma, me revienta el oído y grito.
No puedo evitarlo. El sonido sale de mi garganta de forma involuntaria mientras el cuerpo de Antonio se estrella contra la pared, tan cerca que la sangre está a escasos centímetros de mí.
Su mirada observa a su atacante, conmocionada, y luego se vuelve hacia mí con ojos desalmados. Sus labios se mueven. Apenas, solo el susurro más tenue que no debería ser capaz de oír por encima del pitido que tengo en los oídos tras el disparo.
—... el santo... observa...
Las palabras son apenas coherentes. Las palabras de un moribundo.
Vuelve a susurrar, entonces resuena otro disparo, y otro más, y mi atacante se desploma en el suelo como si alguien le hubiera cortado los hilos. Sus piernas se doblan bajo su cuerpo y golpea la cara alfombra con un ruido sordo que parece demasiado discreto para lo que acaba de ocurrir.
Está muerto. Oh, Dios mío, está muerto.
La sangre se acumula bajo él, extendiéndose rápidamente por la alfombra de color crema. Rojo oscuro. Casi negro bajo la tenue luz. Sus ojos siguen abiertos, pero se están volviendo vidriosos, desenfocados, mirando a la nada.
Entonces su pecho deja de moverse y simplemente se ha ido. La vida abandona su cuerpo como el aire de un globo desinflado. Un segundo es una persona, al siguiente solo carne, sangre y huesos.
He visto morir a gente antes. En la UCI, en paz, rodeados de su familia. A veces rodeados de cirujanos y médicos que hicieron todo lo posible, pero aun así no fue suficiente. Pero esto es diferente. Esto es violento y repentino y está mal de formas que no puedo procesar.
Y ahora el asesino me va a disparar a mí también.
El pensamiento atraviesa mi estado de choque como agua helada y de repente puedo moverme de nuevo. Retrocedo a rastras, con mis pies descalzos resbalando en algo húmedo.
Sangre, me doy cuenta con horror. La sangre de Antonio. Y mi espalda golpea la pared con la fuerza suficiente para expulsar de mis pulmones el poco aire que me queda.
El hombre que acaba de cometer un asesinato sigue ahí de pie. Alto y de hombros anchos, con el pelo oscuro echado hacia atrás, esos ojos de color gris invernal me encuentran y me olvido de cómo respirar.
—¡P-por favor! —me descubro sollozando—. Por favor, no me m-mates.
¿Por qué estoy suplicando? Me va a matar de todas formas.
Pero sigo hablando porque quizá si le recuerdo que soy una persona, quizá si hago que me vea como un ser humano en lugar de como una simple testigo, quizá...
—No se lo diré a nadie. Lo juro. No he visto nada. No sé nada. Por favor.
Todo son mentiras. Lo he visto todo. Conozco su cara. Podría identificarlo en un abrir y cerrar de ojos. Pero la desesperación convierte a cualquiera en mentiroso.
No responde. Solo se queda ahí con la pistola suelta en la mano, la sangre goteando de sus nudillos, mirándome con esos ojos vacíos.
Muévete. Tienes que moverte. ¡Levántate y corre!
Intento ponerme de pie, pero mis piernas no cooperan.
Tiemblan demasiado, mis músculos se han convertido en gelatina por el terror y el inminente bajón de adrenalina.
Me late la cabeza por el golpe que me ha dado Antonio contra la pared hace un momento.
Me duele todo, estoy muy cansada y solo quiero que esta pesadilla termine.
Pero no así. No con una bala en el cráneo.
El asesino da un paso hacia mí y me presiono más contra la pared, como si de algún modo pudiera atravesarla y desaparecer.
—Por favor —susurro de nuevo—. Por favor.
Levanta su pistola. Me apunta directamente a la cara.
Y tomo una decisión. Si voy a morir, voy a morir con los ojos abiertos. No voy a acobardarme. No voy a pedir clemencia a un hombre que claramente no tiene ninguna.
¿Quieres matarme? Bien. Pero vas a recordar mi cara.
Así que me obligo a sostenerle la mirada. A mirarlo fijamente aunque cada instinto me esté gritando que cierre los ojos y rece para que sea rápido.
Su dedo descansa en el gatillo. El tiempo se estira. Los segundos parecen horas. Puedo oír los latidos de mi propio corazón retumbando en mis oídos, rápidos y fuertes. Puedo oír disparos que aún resuenan por la mansión mientras sus hombres terminan de matar a todos los demás.
Es el final. Así es como muero.
Tengo la visión borrosa por el traumatismo craneal, pero mantengo mis ojos clavados en los suyos. Ojos grises que parecen nubes de tormenta. Fríos y despiadados.
Pero entonces algo cambia. Su mirada se desvía. Recorre mi rostro hasta bajar a mi pijama sanitario desgarrado, a los moratones que se están formando en mis brazos, a mis pies descalzos cubiertos de una sangre que no es mía. Luego vuelve a subir a mi cara.
Solo por un segundo, solo por un instante, algo parpadea en esos ojos muertos. Algo que no puedo identificar. Algo que podría ser reconocimiento, o rabia, o algo completamente distinto. Tensa la mandíbula. Su agarre sobre la pistola cambia.
Va a hacerlo. Va a...
Entonces, inesperadamente, baja el arma.
Dejo de respirar por completo.
—Desaparece —su voz es áspera. Como si no la usara mucho—. Antes de que cambie de opinión.
¿Q-qué?
Lo miro fijamente, incapaz de procesar lo que acaba de pasar. ¿Me deja ir? ¿Por qué? ¿Por qué un hombre que acaba de asesinar a alguien a sangre fría dejaría marchar a una testigo?
Es un truco. Tiene que ser un truco.
Pero se hace a un lado. Despeja el camino hacia la puerta.
—Vete —dice de nuevo. Esta vez con más dureza—. Ahora.
No espero a que cambie de opinión.
Me pongo en pie a trompicones, casi cayéndome cuando mis piernas intentan fallar, y corro. Paso por delante del cuerpo de Antonio, dejo atrás la sangre y la destrucción, y cruzo los restos astillados de la puerta.
El pasillo está peor que el dormitorio. Hay cuerpos por todas partes. Los guardias de Antonio, supongo; están todos muertos. Disparados, apuñalados o apaleados. Las paredes están pintadas de sangre.
No mires. Solo corre.
Pero no puedo limitarme a correr. Todavía no.
Maya. Jennifer. Lisa. Carmen. Rachel.
Las otras chicas.
¿Dónde están?
Mi formación como enfermera se impone a pesar del terror que me grita que huya. Reviso la primera habitación por la que paso. Vacía. La segunda. Vacía también.
¿Dónde están?
Ahora corro por la mansión, abriendo puertas de par en par, buscando cualquier señal de las cinco chicas con las que estaba encerrada. Pero cada habitación está vacía o llena de cuerpos que no son los suyos.
Las han trasladado. Debieron de trasladarlas antes del ataque.
Suenan disparos en algún lugar por debajo de mí. Voces gritando en italiano. El sonido de algo pesado estrellándose contra el suelo.
No podrás ayudarlas si estás muerta. Corre.
Me obligo a abandonar la búsqueda y me dirijo a las escaleras. Mis pies descalzos no hacen ruido sobre el mármol mientras las bajo volando, de dos en dos. La puerta principal está delante, es enorme y está abierta de par en par.
Salgo disparada a la noche de Nueva York y el aire frío me golpea como una bofetada. Sigo llevando solo mi pijama sanitario roto y voy descalza, y hace un frío que pela, pero no me detengo.
Corro por el largo camino de entrada, pasando por delante de coches caros y jardines cuidados, hacia la verja que está abierta. No hay guardias. Están todos muertos o luchando dentro.
No pares. No mires atrás. Solo corre.
Llego a la calle y mis pies gritan en señal de protesta al encontrarse con el áspero pavimento. Los cristales y los guijarros me cortan las plantas, pero los ignoro. El dolor significa que estoy viva.
¿A dónde voy? ¿A la policía? No. Me harán preguntas que no puedo responder. ¿Al hospital? Llamarán a la policía.
Simplemente sigo corriendo, sin un destino en mente, intentando poner distancia entre esa mansión de los horrores y yo.
Pero incluso mientras corro, el susurro agonizante de Antonio resuena en mi cabeza.
«... el santo... observa...»
¿Qué significa? ¿Intentaba decirme algo? ¿O solo eran impulsos aleatorios de un cerebro moribundo?
No importa. Nada importa excepto alejarse.
Giro en una esquina y casi choco contra un grupo de gente que sale de un edificio. La música vibra desde el interior, con un bajo tan pesado y fuerte que puedo sentirlo en mi pecho. Las luces parpadean a través de la puerta abierta. Es un club.
El portero me mira —descalza, con la ropa rota, cubierta de sangre— y sus ojos se agrandan.
—Señorita, ¿se encuentra...?—
Paso a su lado antes de que pueda terminar. Hacia la multitud. Hacia el ruido, el caos y la oscuridad.
Escóndete. Mézclate. Desaparece, tal como él te ha dicho.
Es un club de máscaras. La mitad de la gente del interior lleva máscaras elaboradas, con los rostros ocultos. De estilo veneciano, con plumas, con joyas. Anónimos. Perfecto.
Cojo una máscara desechada de una mesa —de encaje negro, delicada— y me la pongo con manos temblorosas. Cubre la mitad superior de mi cara, ocultando mi identidad.
Ahora solo soy un cuerpo más entre la multitud. Bueno, otro cuerpo con un pijama de enfermera roto y sangre por todas partes pero, la gente borracha de fiesta no debería darse cuenta, ¿verdad?
Me adentro más en el club, pasando por delante de gente que baila, ebria y drogada, ajena al hecho de que acabo de ver morir a un hombre. Que estoy cubierta de su sangre. Que por poco no pierdo la vida.
La música está demasiado alta y las luces demasiado tenues. Todo es demasiado, pero también es perfecto porque significa que nadie se fija realmente en mí.
Encuentro el baño, con las manos temblorosas mientras hago todo lo posible por lavarme la sangre de la piel.
Tiñe de marrón el agua jabonosa, haciéndome sentir náuseas mientras la veo irse por el desagüe.
Es difícil y doloroso, pero consigo terminar y mi cuerpo tiembla mientras salgo del baño dando traspiés.
A continuación, busco un rincón oscuro y pego la espalda a la pared, intentando recuperar el aliento. Intentando procesar lo que acaba de ocurrir.
Antonio está muerto. Las otras chicas han desaparecido. Y un asesino me ha dejado vivir.
Nada de esto tiene sentido.
Mis manos no dejan de temblar. Los temblores corporales no hacen más que empeorar, por el bajón de adrenalina, el choque, el terror y el agotamiento. Me deslizo por la pared hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho, intentando hacerme lo más pequeña posible.
Respira. Solo respira. Estás viva. Has sobrevivido.
Pero ¿por cuánto tiempo?
Ese hombre, el asesino de los ojos grises, me ha dejado ir. ¿Pero por qué? Los hombres así no muestran piedad. No dejan marchar a los testigos. Tiene que haber una razón.
Quizá me esté cazando ahora mismo. Quizá dejarme correr sea parte del juego. Quizá esté esperando a que me sienta segura antes de atacar.
No. Para. No seas paranoica. Piensa.
Me obligo a respirar. Inspirar por la nariz, espirar por la boca. Como nos enseñaron en la escuela de enfermería para lidiar con los traumas.
Estás viva. Has sobrevivido. Eso es lo único que importa ahora mismo.
Pero ¿qué hago ahora? No puedo ir a casa. ¿Y si saben dónde vivo? Nada de hospital ni de policía.
Estoy atrapada y sola. Sin ningún sitio a donde ir y nadie que me ayude.
La música retumba por todo mi cuerpo y cierro los ojos, intentando pensar. Intentando trazar algún tipo de plan que no acabe conmigo muerta en una zanja en cualquier parte.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, escaneo a la multitud. Buscando amenazas. Buscando a cualquiera que pudiera estar dándome caza.
Y es entonces cuando lo veo.
Un hombre de pie al otro lado de la sala. Alto. De hombros anchos. Con una máscara negra que le cubre la mitad superior del rostro.
Me está mirando directamente y mi corazón se detiene.
Algo en su forma de estar de pie hace que se me erice la piel. La forma en que me observa con tanta intensidad y concentración. Como un depredador que avista a su presa.
No. Solo estás siendo paranoica. Estás segura aquí. Nadie te ha seguido.
Pero no puedo librarme de la sensación que me recorre la espalda. El hombre enmascarado no se mueve ni se acerca. Solo me observa desde el otro lado de la sala con una intensidad que hace que me cueste respirar.
No es él. No puede ser él. Él está en la mansión. Te dejó ir.
Pero ¿y si es él? ¿Y si ha enviado a sus hombres tras de mí para acabar conmigo? ¿Y si este ha sido su plan desde el principio?
Debería correr. Debería levantarme e irme ahora mismo. Buscar otro lugar donde esconderme.
Pero mis piernas no cooperan. Estoy congelada, clavada en el sitio por su mirada, incapaz de apartar los ojos.
Y a pesar del miedo y el agotamiento y el trauma, incluso a pesar de todo lo que acaba de suceder, siento algo más. Algo que definitivamente no debería estar sintiendo ahora mismo.
Deseo.
Una atracción. Como la gravedad. Arrastrándome hacia él aunque cada instinto me esté gritando que corra.
¿Qué demonios me pasa?
Probablemente es el asesino, u otro traficante de blancas que busca a una chica joven para secuestrarla. Es peligroso, sin duda. ¿Y yo estoy aquí sentada sintiéndome... atraída?
Le echo la culpa al estado de choque. La adrenalina te hace sentir cosas que no son reales.
Pero se siente real. La forma en que se me acelera el corazón. La forma en que el calor se acumula en mi vientre. La forma en que no puedo dejar de mirarlo aunque debería estar corriendo. Pero no me muevo.
Simplemente me quedo ahí sentada contra la pared, oculta entre las sombras, devolviéndole la mirada al desconocido enmascarado que podría ser peligroso o podría no ser absolutamente nadie.
Y me pregunto si haber sobrevivido esta noche ha sido, en realidad, un error.