4. Dante
DANTE
Joder. ¿Qué acabo de hacer?
Me quedo de pie en el despacho de Antonio con un muerto a mis pies y el eco de sus pasos desvaneciéndose por el pasillo, y la realidad de mi error me golpea como un jarro de agua helada.
Acabo de dejar que una puta testigo se marche. Que desaparezca en la noche con mi rostro grabado en la memoria y sabiendo lo que he hecho.
¿Qué cojones ha sido eso?
Esto va en contra de todas las reglas que he seguido jamás. De cada lección que mi padre me grabó a golpes. De cada instinto que he perfeccionado durante una década sobreviviendo en este mundo.
A los testigos no se los deja vivir. Jamás. Sin excepciones, sin clemencia.
Y acabo de romper esa regla por una chica cuyo nombre ni siquiera conozco.
La voz de mi padre resuena en mi cabeza, fría y cortante: «La debilidad te mata. La vacilación hace que te entierren. Deja a un testigo vivo y será como si te pusieras tú mismo la pistola en la sien».
Tiene razón. Siempre tiene razón con esta mierda.
Si se entera de que he dejado que alguien se marche, alguien que me ha visto la cara, que puede identificarme, que ha presenciado una ejecución, él mismo me pegará un tiro. Familia o no, hay líneas que no se cruzan en este negocio.
Y yo acabo de cruzar la más importante.
Muévete. Arregla esto. Ahora.
Mis pies por fin reaccionan y avanzo por la mansión, siguiendo el camino que ella ha tomado. Por el pasillo flanqueado de cadáveres. Paso de largo las otras habitaciones donde Antonio mantenía encerradas a Dios sabe cuántas chicas.
La puerta principal sigue abierta, balanceándose ligeramente con la brisa nocturna. No puede haber llegado lejos. Descalza, con un pijama sanitario roto, cubierta de sangre... será fácil de localizar.
Fácil de terminar.
Salgo a la calle y oteo en ambas direcciones. Es esa hora muerta entre la madrugada y el amanecer en la que la ciudad contiene el aliento. Pasan unos pocos coches, pero no hay peatones. Ni rastro de ella.
Piensa. ¿A dónde iría?
A la policía, no. Al menos no de inmediato. Está demasiado asustada y traumatizada. Primero huirá, luego procesará.
A algún sitio público. Algún sitio con gente. Algún sitio donde crea que estará a salvo.
Elijo una dirección y empiezo a caminar, manteniendo un ritmo pausado a pesar de que cada instinto me grita que corra. Correr llama la atención. Correr hace que la gente mire dos veces.
Y no puedo permitirme que nadie recuerde mi cara esta noche.
El móvil me vibra en el bolsillo. Es Marco.
Dejo que suene. No puedo apartar la vista de las calles ni un segundo. No puedo arriesgarme a perderla en el laberinto de callejones y travesías.
Tres manzanas más allá, capto un movimiento delante. Un fogonazo de tela azul rasgada desapareciendo al doblar una esquina.
¡Ahí!
Acelero el paso, llevando la mano a la pistola bajo la chaqueta. Se dirige hacia la zona de discotecas, donde las calles están más concurridas. Si no la alcanzo antes de que llegue a las multitudes, esto se volverá infinitamente más complicado.
El teléfono vibra de nuevo. Marco, persistente como siempre.
Respondo esta vez, manteniendo la voz baja e irritada por la interrupción. —Dime.
—Jefe, la mansión está ardiendo. Ningún cuerpo podrá ser identificado, no hay pruebas. Está hecho —informa Marco.
—Bien.
—No hemos encontrado el libro de contabilidad. Registramos el lugar de arriba abajo antes de prenderle fuego. Antonio debió de esconderlo en otra parte o destruirlo, como dijiste.
O nunca existió. O está enterrado a tanta profundidad que jamás lo encontraremos.
—Ya no importa. El trabajo está terminado —le digo.
—Entendido. ¿Necesitas algo más?
—No.
Cuelgo sin esperar respuesta y me concentro de nuevo en rastrearla.
Ahora se mueve por calles cada vez más concurridas. Nos acercamos a la zona de ocio. Más gente en las aceras, más ruido, más testigos.
Demasiados testigos para arriesgarse a una ejecución pública.
Cojea ostensiblemente, dejando pequeñas gotas de sangre en el pavimento a causa del corte en los pies.
La sigo a distancia, manteniéndola a la vista pero quedándome lo bastante atrás como para que no me detecte entre la creciente multitud. Ella no deja de mirar por encima del hombro, comprobando si la persiguen.
Entonces se detiene frente a un local con una cola de gente esperando fuera. Observo desde el otro lado de la calle cómo se acerca al portero y entra disparada al interior, ignorando al hombre desconcertado.
Espero treinta segundos, cruzo la calle y me acerco al mismo portero. Me mira de arriba abajo: traje caro, postura segura, el tipo de presencia que dice que pertenezco a cualquier lugar donde decida estar.
—La entrada son veinte —dice.
Le tiendo un billete de cincuenta. —Quédate con el cambio.
Me indica que pase con un gesto, sin decir ni una palabra más.
El club es exactamente lo que esperaba. Oscuro, ruidoso, abarrotado de gente con máscaras que van desde simples antifaces negros hasta elaborados diseños venecianos. El entorno perfecto para alguien que intenta mimetizarse y desaparecer.
O para alguien que intenta matar sin ser identificado.
Cojo una máscara negra sencilla de una mesa abandonada cerca de la barra y escaneo la multitud sistemáticamente. Está aquí, en alguna parte. Probablemente escondida en un rincón, intentando resultar invisible.
Y ahí está.
Acurrucada en una esquina oscura como un animal herido, con una máscara de encaje negro que debió de coger de la misma mesa que yo. Aún tiembla. Aún está viva porque he cometido el primer error de la noche al no apretar el gatillo cuando tuve la oportunidad.
Tengo que acabar con esto. Irme hacia allí y pegarle un tiro antes de que nadie se dé cuenta.
Pero, incluso mientras lo pienso, sé que un disparo es demasiado evidente. Demasiado ruidoso. Demasiados testigos, incluso en un club tan lleno y oscuro.
Mi cuchillo es más silencioso, pero acercarse lo suficiente para usarlo significa acercarse lo suficiente para que ella me vea. Para que me reconozca. Para que grite y monte una escena que atraiga una atención que no necesito.
Podría esperar a que se marche. Seguirla fuera y encargarme del asunto en un callejón donde no haya cámaras ni testigos.
Ella levanta la vista de repente, recorriendo la multitud con los ojos. Buscando amenazas. Buscando a cualquiera que pueda estar cazándola. Su mirada se posa en mí y se detiene.
Me ve.
No a mí específicamente. Es imposible que me reconozca a través de la máscara, la distancia y las luces parpadeantes. Pero ve a alguien observándola con demasiada intensidad.
Desvía la mirada. Mézclate de nuevo con el gentío y espera a que se vaya.
Pero no lo hago. En lugar de eso, sostengo su mirada, dejando que la tensión aumente, y veo el momento exacto en que algo cambia en su expresión. La cautela se desvanece, reemplazada por algo completamente distinto.
¿Qué estás haciendo? No lo hagas. Sea lo que sea lo que estás pensando, no lo hagas.
Pero ella se pone en pie y empieza a caminar hacia mí.
No. Esto es una locura. Esto lo complica todo, pienso con fastidio.
Se mueve a través de la multitud con determinación, balanceando las caderas al ritmo de la música, con los ojos clavados en los míos a través de nuestras máscaras.
Cada paso la acerca más y yo me quedo congelado. Atrapado entre lo que debería hacer y lo que estoy haciendo en realidad, que es quedarme aquí como un idiota esperando a que llegue hasta mí.
Cuando se detiene frente a mí, lo bastante cerca como para que huela a sangre y jabón mezclado con su perfume, cada músculo de mi cuerpo se tensa.
—Me has estado observando.
No es una pregunta. Es una afirmación. Audaz, teniendo en cuenta que debería estar aterrorizada de todos los hombres de este club en este momento.
Debería atraerla afuera ahora mismo y terminar con esto.
—Quizá —gruño.
—¿Por qué?
Porque estoy intentando decidir cómo matarte.
La verdad está ahí mismo, en la punta de la lengua, pero lo que sale es: —Eres interesante.
Sus labios se curvan en algo que es casi una sonrisa. —Interesante. Esa es una forma de llamarlo.
Busca mi mano y sé que debería apartarme, acabar con ella aquí mismo y lidiar con las consecuencias. Hacer literalmente cualquier cosa excepto lo que estoy haciendo, que es dejar que sus dedos se cierren alrededor de los míos.
—Ven. Baila conmigo.
La sigo a la pista de baile como si hubiera perdido por completo el control de mi propio cuerpo.
La música cambia a algo más oscuro, más pesado, y ella se presiona contra mí sin dudarlo. Su cuerpo encaja con el mío y soy dolorosamente consciente de cada punto de contacto.
Sus manos se deslizan por mi pecho, explorando, y la sujeto por las muñecas. Más para evitar tirar de ella y pegarla a mí que para detenerla.
—Cuidado.
—¿Por qué? —Echa la cabeza hacia atrás para mirarme a través de su máscara—. ¿Eres peligroso? —Se ríe entre dientes.
Sí. Soy lo más peligroso que hay en tu mundo ahora mismo.
—Todo el mundo es peligroso en un lugar como este.
—Bien. —Sus muñecas giran en mi agarre hasta que las suelto—. No quiero estar a salvo esta noche.
No tiene ni idea de lo que está diciendo. Ni idea de con quién está bailando.
Nos movemos juntos y estoy perdiendo lentamente la batalla contra mí mismo. Mis manos encuentran su cintura cuando deberían estar buscando el cuchillo en mi bota.
—¿Cómo te llamas? —pregunta, con la boca cerca de mi oído.
—¿Y tú?
—Yo he preguntado primero.
—Eso no significa que vaya a responder.
Se aparta lo suficiente para estudiar mi rostro. Lo que puede ver a través de la máscara, al menos. —Me parece justo. Serás el Desconocido, entonces.
—¿Por qué estás aquí? —La pregunta se me escapa antes de que pueda evitarla—. En este club. Bailando con extraños.
—Porque estoy viva. —Su voz se quiebra ligeramente y algo en mi pecho se oprime—. No debería estarlo, pero lo estoy. Y necesito sentirlo.
Y yo soy la imprudencia que ha elegido.
Mis manos se aprietan en su cintura y me digo que es solo una reacción automática. Solo memoria muscular de otros mil encuentros que no significaron nada.
Bailamos y estoy en guerra conmigo mismo. Una parte de mí sabe que debería terminar con esto ahora. Irme. Volver más tarde con la cabeza fría y terminar lo que empecé.
La otra parte no quiere soltarla.
Entonces apoya la cara en mi pecho y siento cómo la humedad cala mi camisa.
Está llorando. Lágrimas silenciosas que intenta ocultar.
Maldita sea.
Me mira con esos ojos verdes anegados en lágrimas, y la poca determinación que me quedaba empieza a resquebrajarse.
—Por favor —su voz se rompe—. Por favor, haz que me olvide.
Joder. No me pidas eso.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé exactamente lo que estoy diciendo. —Sus manos se cierran en puños contra mi camisa—. Necesito olvidar. Solo por esta noche. Necesito sentir algo que no sea terror.
—Estás en estado de shock. No estás pensando con claridad.
—No me importa. —Me atrae más hacia ella—. Por favor. Necesito esto. Te necesito a ti.
Ahí es cuando algo dentro de mí se hace añicos por completo.
No porque haya decidido perdonarle la vida. No porque haya dejado de pensar en romperle el cuello o cortarle la garganta.
Sino porque por un momento —solo uno— quiero ser algo más que lo que soy. Algo más que un asesino. Algo más que el hombre que se supone que debe acabar con su vida.
Solo por esta noche, quiero ser el hombre que ella cree que soy cuando me mira con esos ojos verdes desesperados.
Porque me doy cuenta de que la deseo intensamente; yo también necesito sentir.
Ella me arrastra hacia la parte trasera del local. A través de la multitud, hacia donde veo reservados con puertas que se cierran con llave.
Y yo la sigo.
Porque ya he tomado mi decisión. La tomé en el momento en que bajé la pistola en el despacho de Antonio.
Simplemente no he querido admitirlo hasta ahora.