El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 40. Dario
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40. Dario

DARIO

Estoy de pie en una playa siciliana, con Sonny sobre los hombros, contemplando el mar.

—¡Mira ahí, papá! ¿Eso es un tiburón?

—No, campeón. Es un delfín.

—¿Los delfines son buenos?

—A veces.

—Quiero montar en uno.

Me río.

—No sé yo si podrás montar en uno, pero apuesto a que, si preguntamos en el complejo, podremos nadar con ellos.

—¿De verdad? —Su voz se llena de ilusión.

—Lo estás mimando demasiado —señala Liana, y yo me limito a asentir.

—Sí.

Ella resopla.

—Tú cargarás con las consecuencias cuando se convierta en un adolescente consentido.

—Mamá, ¿qué significa «consentido»? —pregunta Sonny, pero pronuncia la palabra de una forma tan ridícula que Dario rompe a reír—. ¿Qué tiene tanta gracia?

—Nada, cariño.

—No pude mimarlo durante cinco años. Ahora tengo que compensarlo.

Dejo a Sonny en la arena.

—¿Por qué no nos enseñas tu mejor castillo?

—Todavía no he construido ninguno lo bastante bueno —dice, con la determinación plasmada en sus pequeños rasgos—. Ahora vuelvo.

Se dirige hacia el agua con su cubo, con todo el aspecto de un pequeño hombre de negocios.

Los ojos se me llenan de lágrimas y gimo.

—Soy como un puto grifo —mascullo, y Liana se ríe suavemente mientras se acomoda sobre mi regazo cuando me siento en una toalla de playa.

La atraigo hacia atrás y la envuelvo entre mis brazos. Está un poco mojada, pero el sol le ha calentado la piel. Diminutos granos de arena me pinchan los brazos.

—Han pasado muchas cosas. No pasa nada por emocionarse.

—No estoy emocionado.

—Vale, señor Llorica —se burla, y me besa cuando pongo morritos.

—Es hora de llevar a Sonny con Marie —digo, mirando el cielo—. Quiero llegar al cementerio antes de que anochezca.

Liana asiente.

—¿Estás...? ¿Estás seguro de que quieres hacerlo hoy?

Suspiro.

—No sé si alguna vez querré hacerlo, pero siento que lo necesito.

Tal como deseaban, los cuerpos de mis padres fueron trasladados en avión a Sicilia para enterrarlos en el panteón familiar. Aún no he ido a visitarlos.

Me decía a mí mismo que era porque estaba demasiado lejos, porque no podía tomarme tantos días libres... Un sinfín de mentiras. Pero, en realidad, siento que ver sus lápidas va a destrozarme.

Hará que sea real. Que deje de parecer que se han ido de viaje al extranjero durante una larga temporada y que, sencillamente, no pueden ponerse en contacto conmigo. Antes soñaba con eso, con que se habían perdido en alguna isla remota y no podían volver a casa.

Me despertaba sonriendo, con lágrimas en las mejillas.

Sonny protesta un poco cuando llega la hora de marcharnos.

—No he terminado mi castillo —lloriquea, y por su voz noto que solo está cansado.

Lo cojo en brazos y él se retuerce, pero enseguida se tranquiliza y apoya la cabeza en mi hombro mientras lo llevo por la playa.

Se queda dormido antes incluso de que lo meta en la cama.

Marie sonríe mientras hace punto en un rincón.

—¿Vais a algún sitio?

—A ver los lugares de interés —miento, y Liana arquea una ceja.

—Sonny y yo estaremos perfectamente aquí.

—Gracias, Marie —dice Liana.

Volvemos al coche que he alquilado y ella me mira con el ceño fruncido.

—¿Por qué no se lo has contado?

—No lo sé —respondo con sinceridad entre murmullos—. Supongo que no sé muy bien cómo va a ir.

Alarga la mano para coger la mía y se la lleva al regazo. Se lo agradezco y le sonrío.

—Lo superaremos. Juntos.

Cuando aparco frente al cementerio, tardo media hora en salir. Me tiembla todo el cuerpo.

—No pasa nada, cariño. Podemos volver otro día...

—No —digo con firmeza—. No, tengo que hacerlo ahora, antes de que me acobarde.

Salgo despacio del coche y Liana me sigue. El panteón donde está enterrada mi familia se encuentra a poca distancia, y la primera tumba que encuentro es la de mi abuela.

Elena Ricci-Conte

1945-2020

Había vivido una vida increíblemente larga, aquí mismo, en Sicilia.

Había querido que mis padres se fueran a Estados Unidos para tener una vida mejor, y mira lo que pasó.

Desvío la mirada hacia la tumba de mi padre y después hacia la de mi madre, y los ojos se me llenan de lágrimas que emborronan los nombres y las fechas.

Liana permanece cerca de mí, sin tocarme, pero preparada.

Le cojo la mano.

—Lo siento —murmuro a las lápidas.

Sé que ya no están. Sé que no pueden oírme. Pero necesito decirlo.

—Siento no haber sido el mejor hijo.

Liana entrelaza su brazo con el mío y me lo aprieta con fuerza.

—Siento no haber sabido la suerte que tenía de teneros —continúo, con la voz quebrada.

Los sollozos me sacuden los hombros y Liana me abraza con fuerza, sin hablar, limitándose a estar ahí.

Nos sentamos delante de las lápidas y yo sigo hablando.

—Esta es mi esposa, Liana. Os hablé de ella hace mucho tiempo. Después de que se marchara, yo no era... No era yo mismo. Y lo pagué con vosotros. Tenéis un nieto. Es perfecto. Ojalá... Ojalá las cosas hubieran sido distintas.

Liana deja escapar un sollozo y la rodeo con un brazo.

—La última vez que hablé contigo, papá, fui horrible. Sé que solo estabas preocupado por mí. Ojalá... —Se me quiebra la voz—. Ojalá hubiera entendido cuánto me querías. Ojalá hubierais sabido cuánto os quería yo. A los dos.

Liana y yo permanecemos allí sentados mucho tiempo, hasta que cae el crepúsculo y el cielo se tiñe de rosa y violeta.

Por fin, me levanto y tiro de ella para que se levante conmigo. Se me han dormido casi por completo las piernas, así que tengo que caminar un poco antes de entrar en el coche.

Regresamos al hotel en silencio y, cuando volvemos a estar juntos en la cama, hacemos el amor sin prisas, con intimidad.

La miro a los ojos mientras entro en ella. Me encanta cuando el sexo es duro y sucio, pero también me encanta cuando es así. Cuando puedo verle la cara y ver cuánto me ama en esos ojos grises.

—Te quiero, Liana Conte —murmuro contra su boca, y noto cómo sonríe.

—Te quiero, Dario Conte.

La luna de miel dura otra semana, pero creo que aquel fue mi día favorito: pasar tiempo con Sonny en la playa, visitar a mis padres y después hacerle el amor a mi esposa.

Sonny y yo dormimos durante todo el vuelo de vuelta a casa, y Liana se burla de los dos por ello.

—No puedo creer que aquella primera noche no supieras que era tuyo, cuando estuvo a punto de dormir durante todo lo que pasó.

Suelto una risita y bostezo mientras bajo del avión. Sonny avanza cansado hacia mi coche, que está aparcado cerca, y se abrocha él solo en el asiento trasero mientras yo abro la puerta con el mando.

Cuando llegamos a casa, sube directamente a acostarse, claramente agotado. Liana me coge de la mano.

—Tú todavía pareces cansado.

—El desfase horario es una putada.

Ella se ríe.

—Creo que también ha podido con Sonny. ¿Quieres ir a tumbarte? No he dormido en el avión, así que estoy un poco cansada.

—He dormido doce horas —mascullo—. No debería estar cansado.

—Como tú has dicho, el desfase horario es una putada —bromea, y yo gimo mientras la sigo cuando tira de mí escaleras arriba.

Me quito la camiseta y me meto en la cama vestido solo con los pantalones de chándal. Ella se pone uno de sus camisones de encaje y se mete en la cama.

—Joder. Creía que íbamos a dormir.

Le paso la lengua por el cuello.

Ella suelta una risita y me aparta.

—Vamos a dormir. Cierra los ojos.

—No.

Me quedo mirándola y ella vuelve a reírse.

—Cariño. Estás cansado. Me has visto a todas horas durante dos semanas, ¿no estás harto de mí?

—Nunca. Jamás podría cansarme de ti, bellissima.

Me dedica una sonrisa.

—Bien. Porque tampoco creo que yo vaya a cansarme nunca de ti.

Pero entonces hace una pausa, levanta la vista hacia mí y se muerde el labio.

—¿Qué pasa, Li?

Ella niega con la cabeza.

—Nada.

Frunzo el ceño.

—No me mientas, bellissima.

—Estoy bien —insiste.

—De acuerdo —digo, soltando un resoplido, aunque sigo sintiéndome inquieto.

¿Acaso mi pequeña vida perfecta no es tan perfecta como creo?