El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 41. Liana
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41. Liana

LIANA

Al día siguiente, cuando Dario se marcha al trabajo, me paseo de un lado a otro por la casa y, aunque estoy preocupada por él, sé que sabe cuidarse solo.

Me preocupa más lo que tengo que contarle esta noche.

Suelto un resoplido al ver llegar el coche de Giovanni. Por alguna razón, siempre van juntos en el suyo. Supongo que porque el de Dario es demasiado llamativo.

Después de darme un beso a modo de saludo, Dario sube a su despacho y Giovanni empieza a marcharse.

Lo cojo del brazo.

—Espera.

Giovanni se vuelve, enarcando ambas cejas.

—¿Sí?

Gimo.

—Escucha, mi mejor amiga está muerta.

Él parpadea.

—Lo sé.

—Y mi nueva mejor amiga vive en Europa. Así que tienes que ser mi mejor amigo sustituto.

—¿Ah, sí?

Parece divertido y una de las comisuras de sus labios se curva hacia arriba.

Lo arrastro hasta el comedor, donde hay silencio y es menos probable que Dario nos pille.

Nos sentamos a la mesa vacía y me mira con un interés moderado.

—Muy bien. Dispara.

—Tengo algo que contarle a Dario —digo—. Y es... algo gordo. Importante. No sé cómo se lo tomará.

Vuelve a enarcar las cejas.

—Estás embarazada.

Balbuceo y suelto un grito ahogado.

—¿Cómo lo sabías?

Se ríe entre dientes.

—No he llegado hasta donde estoy escondiendo la cabeza bajo el ala, Liana. Me fijo en las cosas.

—¿En qué cosas?

Me llevo una mano al vientre, que está un poco hinchado, aunque no demasiado. Solo estoy de diez semanas.

Él resopla.

—Te preocupa parecer gorda.

—No es verdad.

—No lo pareces.

Me inunda el alivio y me entran ganas de pegarle.

—Es solo que... pareces distinta. Como si resplandecieras.

—Odio esa expresión —murmuro—. Me siento como una vaca.

—Entonces, ¿por qué te preocupa contárselo? Ya tenéis un hijo.

—Pero nunca hemos hablado de tener más. Y un recién nacido da muchísimo trabajo, sobre todo con el horario de un mafioso⁠...

—Tienes a Marie.

—Lo sé. Bendita sea.

Me muerdo el labio inferior, inquieta.

—Pero ¿y si no quiere al bebé?

—Lo querrá —afirma Giovanni con seguridad.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque está loco por ti, Liana. Nunca lo había visto como se quedó después de que te marcharas.

Hace una pausa y silba.

—Y luego, cuando le dije que estabas embarazada⁠...

Alargo el brazo por encima de la mesa y le doy un manotazo en el hombro.

—¿Tú se lo dijiste?

Él se ríe.

—¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Dejar que se encontrara contigo sin más? Habría sido un desastre.

—No me estás ayudando.

Él gime.

—No se me dan bien estas... cosas de chicas.

—¡Pues inténtalo!

—Vale, vale. Bueno, a un hombre se lo conquista por el estómago, ¿no?

Se me cae el alma a los pies.

—No sé cocinar.

Él suspira.

—Yo sí.

Se me iluminan los ojos y le sonrío de oreja a oreja.

—¿Me ayudarás?

—Claro que te ayudaré.

Se levanta y se dirige a la cocina. Yo lo sigo.

Preparar los ziti desde cero da muchísimo trabajo. Sinceramente, Giovanni hace casi todo, pero yo ayudo.

Dario no deja de asomar la cabeza por la cocina y yo lo echo.

—¡Fuera!

—¿Qué os traéis entre manos aquí dentro?

—Vamos a fugarnos juntos —responde Giovanni con voz cansina.

Dario gruñe, pero sin verdadera amenaza. Sabe lo leal que es Giovanni.

—Qué puto gracioso, Giovanni.

—Soy la alegría de la huerta —responde Giovanni a voces, y yo estallo en carcajadas.

—No te rías de sus chistes, solo conseguirás animarlo —dice Dario con tono inexpresivo, y yo me río aún más.

—Tú... vete a tu despacho. Te mandaré un mensaje cuando esté lista la cena.

—Me muero de hambre —dice haciendo un mohín.

Es tan mono cuando quiere, mi enorme e intimidante mafioso.

Lo empujo por el pecho y se marcha, todavía enfurruñado.

Cuando los ziti están listos, Giovanni los pone en la mesa por mí.

—Muchísimas gracias —le digo, agotada.

¿Cómo se las apaña Sofia para hacer esto siempre?

Él esboza una sonrisa y se marcha.

Le mando un mensaje a Dario y baja a cenar. Sonny va a pasar la noche en casa de un amigo, así que aún no tengo que preocuparme por contárselo.

Estará encantado de tener un hermanito o una hermanita.

Dario olisquea el aire.

—¿Son... los ziti de mi madre?

Sonrío.

—¡Sorpresa!

Los ojos se le llenan de lágrimas.

—¿Cómo has hecho esto? Si ni siquiera sabes hervir agua.

Hago un mohín.

—Sé hacer tortitas. Giovanni me ha enseñado. Bueno... él ha hecho casi todo. Yo he ayudado.

Él sonríe.

—Seguro que has sido de gran ayuda, cariño. Pero ¿a qué viene todo esto? Nunca tienes que cocinar para mí.

—Quería hacerlo —murmuro—. Además, tengo... algo que contarte.

Su rostro palidece un poco.

—No me digas que vas a dejarme.

—¿Qué?

Corro hacia él y me siento sobre su rodilla.

—No, cariño. Nunca volveré a dejarte.

Él hunde la cara en mi cuello.

—¿Lo juras?

—Lo juro —afirmo con firmeza mientras le paso los dedos por el pelo.

Meto la mano en el bolsillo trasero y dejo delante de él, sobre la mesa, la imagen de una ecografía.

Baja la mirada hacia ella, con el rostro inexpresivo y aún pálido.

—Esto es⁠...

—El hermanito o la hermanita de Sonny —respondo en voz baja, mordiéndome el labio.

Aún no estoy segura de cómo reaccionará.

—Li —susurra.

Me aprieta contra él con tanta fuerza que me duelen las costillas.

—No será una broma del Día de los Inocentes, ¿verdad?

—Estamos en agosto —respondo con total seriedad.

Él se ríe y me llena de besos un lado de la cara. Luego se pone en pie y me carga al hombro sin ningún esfuerzo.

—¿Qué estás haciendo? —chillo—. Los ziti se enfriarán.

—Para eso se inventaron los microondas —responde con sencillez mientras me sube por las escaleras.

Yo sonrío y dejo el cuerpo laxo. Me encanta que me trate con brusquedad, joder.

Me tumba en la cama y cubre mi cuerpo con el suyo, con la cadena de plata colgando ante mi cara. Dios, cuánto amo a este hombre.

Lo siento con tanta intensidad... El amor florece en mi interior como las flores en primavera.

Me arranca los pantalones cortos y los tira al suelo. Después empieza a besarme cuerpo abajo, centrándose en mi vientre ligeramente hinchado y hundiendo la lengua en mi ombligo.

—Dario —jadeo.

—Vas a estar jodidamente buena con la tripa llena de mi bebé —dice contra mi piel.

Desliza los labios cada vez más abajo, hasta que atrapa mi clítoris con la boca.

Me come el coño durante lo que parecen horas y, cuando ya estoy temblando y apenas consciente, me levanta en brazos.

—Estoy deseando conocer a nuestro segundo hijo —murmura contra la parte posterior de mi hombro mientras se acurruca a mi espalda.

—Yo también.

Estoy deseando compartir esta vida con él, cada día de los que me queden.