39. Liana
LIANA
La casa de mi padre nunca había estado tan llena de gente. Parece que toda la ciudad de Chicago está aquí, deambulando por el jardín, comiendo aperitivos y esperando a que empiece la ceremonia.
Llevo un vestido de noche azul cielo, no exactamente un vestido de novia. No es que pueda vestirme de blanco, y creo que el color hace juego con mis ojos. Además, tiene un corpiño de encaje y Dario pierde la cabeza con cualquier cosa de encaje.
Sonrío al pensar en la liga de encaje que me rodea la parte superior del muslo. Estoy deseando que llegue esa tradición en concreto.
El escote se hunde y deja a la vista buena parte de mis pechos, así que me lo acomodo antes de coger a mi padre del brazo.
—¿Lista, caro?
—Todo lo lista que puedo estar —murmuro.
Esto es lo que quiero, pero, por algún motivo, nunca he estado tan nerviosa en toda mi vida. Ha tardado mucho en llegar. Cinco años, y por fin voy a estar para siempre con el hombre al que amo.
Está a punto de ser algo más que un simple papel, más que un anillo. Significa muchísimo para mí celebrar esto aquí, en casa de mi padre, ante la mirada de todos mis seres queridos.
Se me hace un nudo en la garganta en cuanto mi padre me besa y me levanta el velo. Miro a Dario y también tiene los ojos húmedos. Se seca una lágrima con el pulgar antes de sonreírme mientras avanzo por el pasillo.
A medida que me acerco, las lágrimas empiezan a resbalarle por la cara y el corazón se me abre de par en par.
Me apresuro hacia él. La música acelera y todo el mundo se echa a reír.
Me río de mi propio comportamiento y Dario me coge las manos.
—La pareja ha optado por pronunciar sus propios votos —dice el sacerdote—. Liana empezará.
Me saco del escote el papelito donde llevo mis notas y todo el mundo vuelve a reírse.
—Perdonad que esté hecha un desastre, amigos —murmuro mientras bajo la vista hacia el papel arrugado. Dario me aprieta la otra mano, la que todavía sostiene. Levanto la mirada hacia él y trato de tragarme la piedra que tengo alojada en la garganta.
—Te quiero —articula sin voz, y eso hace que vuelva a romper a llorar.
Me abanico la cara con la mano y suelto un silbido.
—De verdad creía que conseguiría mantener la compostura.
—Respira hondo, belissima.
Su sonrisa es lo único que impide que me derrumbe.
Inspiro con dificultad.
—Dario, la primera vez que me besaste sentí como si estuviera aferrada a un cable de alta tensión.
Supongo que me asustó y que por eso creí lo peor de ti.
Por eso me marché, por eso mentí. No merezco recuperarte de esta manera, pero estoy muy agradecida de que formes parte de mi vida y de la de Sonny. Te quiero más de lo que imaginas.
Dario aún tiene los ojos húmedos e inspira de forma entrecortada para serenarse antes de hablar.
—Yo no soy tan listo como tú, no he apuntado nada —dice con expresión impasible, y la multitud se ríe por lo bajo.
No puedo dejar de sonreír; me duelen las mejillas de hacerlo con tanta fuerza—.
Tú eras el cable de alta tensión, Li. Y cuando te fuiste, te lo llevaste todo contigo.
Mi corazón, mi alma. Durante cinco años fui un hombre vacío.
Me entregué por completo al trabajo, al alcohol, a las mujeres, a ese estilo de vida.
Lo único que quería eras tú. Voy a ser el hombre que necesitas, belissima. Seré tuyo hasta mi último aliento.
Sollozo, a punto de venirme abajo, y es entonces cuando el sacerdote recita nuestros nombres y nos pregunta si queremos contraer matrimonio.
—Sí, quiero.
—Sí, quiero —dice Dario, con la voz cargada de emoción.
—Ya puede besar a la novia.
Dario aplasta sus labios contra los míos y me inclina hacia atrás, arqueándome la espalda, mientras yo sonrío contra su boca.
Salimos corriendo del jardín trasero bajo una lluvia de alpiste y nos reímos mientras nos dirigimos a la parte posterior de la casa, donde está preparado el banquete.
Empiezan a servir la comida y bajo la mirada hacia mi vestido.
—Quiero quitarme este vestido, pero también quiero que tú me lo arranques —le susurro a Dario.
—Joder —murmura—. Qué difícil decisión.
Suelto una risita.
—Creo que me lo dejaré puesto, pero no te enfades si se mancha.
—Cariño, por mí como si lo quemas. No me importa que estés desnuda.
Sonrío y apoyo la cabeza en su hombro cuando nos sentamos a comer. Estoy hambrienta y como tanto y bebo tanto champán que después me siento hinchada, pero también achispada, llena y pasándomelo en grande.
Miro hacia un lado para ver qué hace Dario. Está en la pista de baile, bailando con Sonny sobre los hombros. Me río como una loca al verlos y grabo vídeos con el móvil.
—Más te vale no publicarlos —me advierte Dario cuando regresa y deja a Sonny en una silla cercana.
—Pero ¿por qué, papá? —pregunta Sonny haciendo un mohín—. Nos lo estábamos pasando bien.
—Publícalos inmediatamente —se corrige Dario al instante.
—Es hora de que cierto niño se vaya a casa —digo mirando el reloj. Son casi las ocho de la tarde y faltan treinta minutos para su hora de acostarse.
—Jo, mamá, déjame quedarme.
—Pronto nos iremos todos juntos de viaje —le digo. Dario no soportaba la idea de estar alejado de Sonny el tiempo suficiente para una luna de miel de dos semanas, así que Marie viajará con nosotros.
Hace un mohín.
—Vale, mamá.
Dario le revuelve el pelo.
—Pórtate bien con Marie.
—Lo haré. Te quiero, papá.
La expresión de felicidad de Dario se resquebraja y se le llenan los ojos de lágrimas.
—Yo también te quiero, campeón.
Todavía está sorbiéndose la nariz cuando Marie se lleva a Sonny.
—Deberíamos haber dejado que se quedara.
Me río.
—Vas a tener que separarte un poco de él si quieres volver a tener sexo algún día.
—Tienes razón. Eso es muy importante —me besa en la sien—. Por cierto, ¿cuándo nos largamos de aquí?
Le doy un manotazo en el hombro.
—Todavía faltan el lanzamiento de la liga y el ramo, y las fotos.
Él gime.
—¡Fotos, fotos! ¿Por qué no podemos limitarnos a usar los ojos?
—Porque los recuerdos no duran para siempre —señalo.
—Está bien, está bien. Impide que tu padre me conserve en whisky y nos iremos de aquí dentro de una hora como mucho.
Me río, consciente de que probablemente será medianoche antes de que nos marchemos.
Nos preparamos para la ceremonia de la liga con todos los solteros merodeando por detrás. Ninguno parece querer estar allí salvo, curiosamente, Rocco.
Está al frente del grupo, con una mirada decidida.
—¿Es que tiene novia siquiera?
—No —responde Dario entre risas—. Es tan malo como lo era yo. Solo es competitivo. No quiere que se la lleve nadie más.
Suelto una risita y me siento en la silla después de que Maria me conduzca hasta ella.
Maria, la prima de Dario a quien confundí con su cita, es en realidad una chica encantadora. Se parece mucho a Dario, pero en versión femenina, y están muy unidos.
Durante los últimos meses nos hemos convertido en mejores amigas mientras organizábamos la boda, y ella ha venido desde Europa para asistir a la ceremonia.
Dario esboza una sonrisa perversa cuando se agacha ante mí y desliza las manos por mis muslos, amontonándome el vestido alrededor de las caderas para dejar la liga al descubierto.
Asciende por mi pantorrilla con los labios y yo jadeo, con la cara encendida.
Estamos delante de todo el mundo, él me besa la parte superior del muslo y yo solo intento no excitarme. Mi padre ha apartado la mirada, gracias a Dios.
Dario atrapa la liga con los dientes y la arrastra lentamente por mi pierna antes de escupírsela en la mano.
La multitud enloquece entre gritos y vítores. No puedo dejar de reírme.
Dario se pone de pie, lanza la liga a su espalda y, zas, Rocco placa a Giovanni cuando este se abalanza sobre ella.
—¡Pero si ni siquiera la quieres, capullo! —protesta Giovanni mientras ruedan por el suelo.
—¡Tú tampoco! Solo quieres impedir que me la quede yo.
Dario observa cómo forcejean con una leve sonrisa en la cara, hasta que por fin les da una patada para separarlos.
Rocco refunfuña, pero ha conseguido su premio, la liga, y se dirige hacia la barra libre.
—Será imbécil —murmura Giovanni.
A continuación llega el momento de lanzar el ramo y se me encoge el corazón al recordar a Beth. Quizá si la hubiera comprendido, si hubiera conseguido ayuda para ella...
Sacudo la cabeza para despejarla. No sirve de nada preguntarme qué podría haber ocurrido. Lo importante es que ahora estoy aquí.
Lanzo el ramo y las chicas se comportan peor que los chicos con la liga: se abalanzan unas sobre otras y se tiran del pelo.
Sin embargo, Maria logra atraparlo y sonríe mientras lo alza en señal de victoria.
Su novio, Bran, la mira como si hubiera colgado la luna y todas las estrellas en el cielo.
—Creo que tu prima está enamorada —le señalo a Dario, y él frunce el ceño.
—Más le vale tratarla bien.
—Creo que sabe que no le conviene meterse con una chica Conte.
Dario resopla y yo sonrío mientras entrelazo el brazo con el suyo.
—¿Listo para largarnos de aquí, semental?
Él gime.
—Solo si prometes que no volverás a llamarme así.
Me río.
—Tomo nota.
Regresamos al hotel alrededor de la una de la madrugada. Los tacones me han llenado los pies de ampollas, así que él me lleva en brazos al subir en el ascensor.
Escondo la cara en su cuello, avergonzada.
—La gente va a pensar que estoy borracha.
—Es que estás borracha —dice entre risas.
—No estoy borracha. Solo achispada. El champán no me emborracha.
—En cantidad suficiente, sí —responde mientras cruza conmigo el umbral y me deja caer sobre la cama.
Reboto juguetonamente.
Miro hacia un lado y veo un espejo de cuerpo entero junto a la cama.
Arqueo una ceja.
—¿Elegiste tú solo este sitio?
—Desde luego —responde mientras se desabrocha la camisa. Ya se ha quitado la chaqueta del traje.
La piel empieza a arderme.
—¿Te gusta mirarte?
—No, cariño. Me gusta mirarte a ti.
Me muerdo el labio.
—¿Ah, sí?
Él emite un murmullo, se coloca detrás de mí en la cama y me acomoda contra su pecho. Desabrocha los pequeños botones de mi corpiño y yo me escurro fuera de él, dejando que mis pechos queden libres. Antes de que pueda empezar a bajarme el resto del vestido, sus manos me cubren los senos.
Sus pulgares recorren muy despacio mis pezones y jadeo cuando se endurecen por el aire fresco.
Desliza las manos hasta mis caderas para quitarme el resto del vestido, que queda amontonado en el suelo.
Me miro en el espejo, con el rostro encendido, desnuda y ocultándome los pechos.
—¿De quién te escondes, belissima? No hay nada que no haya visto antes.
—No así —susurro. Entonces él gruñe, retrocede sobre la cama y me abre los muslos de par en par. Jadeo al contemplarme, al ver cómo brillo de humedad, y él gime contra mi cuello.
Su erección ya me presiona la espalda, pero no parece incómodo ni tiene la menor prisa.
Desliza los dedos entre mis labios inferiores y me abre todavía más, pasando el pulgar una y otra vez sobre mi clítoris hasta que me tiemblan los muslos.
—Ah, joder, Dario, vas a hacer que me corra.
—Entonces déjate llevar por mí, cariño. Quiero que veas cómo te corres sobre mis dedos.
No puedo mantener los ojos abiertos. Se me ponen en blanco cuando hunde dos dedos dentro de mí. Ya excitada, empiezo a correrme alrededor de sus dedos mientras mis paredes internas se contraen.
Dario maldice en italiano.
Trastea detrás de mí con su ropa y después gime cuando libera la erección. La siento caliente contra mi espalda desnuda y se me corta la respiración.
Me levanta por las caderas y me ensarta en su polla. Grito su nombre con un gemido gutural y echo la cabeza hacia atrás mientras entra lentamente en mí, centímetro a centímetro.
Empiezo a botar sobre su polla y él pronuncia mi nombre entre jadeos.
—Mira qué bonita estás, cariño, tan llena de mí.
Sus palabras obscenas me aceleran el corazón y gimo mientras boto con más fuerza y empiezo a sudar a medida que entra y sale de mí.
—Joder, Li, eres como una prensa. Estás jodidamente apretada. No voy a durar —me advierte.
—Tú eres quien quiso esperar meses para esto.
—Lo sé —gime—. Soy idiota.
Dejo escapar una risa ahogada, pero se transforma en un largo gemido cuando cambia el ángulo y desliza la cabeza de su polla por mi punto G.
—¡Joder! —grito al correrme de nuevo, con el vientre dolorido por la necesidad.
Dario gruñe y da tres o cuatro embestidas más antes de quedarse inmóvil y palpitar dentro de mí. Siento cómo me llena y me encanta. Jadeo y apoyo la cabeza contra su hombro.
—Tendremos que repetirlo más tarde —dice en voz baja—. No me has hecho caso.
—¿No?
Niega con la cabeza.
—No, belissima. Te he dicho que te miraras, pero no has hecho más que mirarme a mí.
Hago un mohín.
—¿Tengo un marido buenorro y ni siquiera puedo mirarlo?
Él se ríe y va besándome los hombros desnudos, todavía medio duro dentro de mí.
—Tendrás tiempo de sobra para mirar, cariño. Estás atrapada conmigo. Para siempre.
No hay ningún otro lugar donde preferiría estar.