38. Dario
DARIO
Estoy más nervioso de lo habitual mientras me preparo para ir a cenar a casa de Angelo. Han pasado dos días desde que Liana y yo tuvimos aquella bronca y nos reconciliamos, y los echo muchísimo de menos tanto a ella como a Sonny.
Pero están organizándose para volver a casa dentro de unos días. Joder, qué ganas tengo. La casa parece muy solitaria y vacía sin ellos.
Esta es la primera vez que voy a ver a mi hijo sabiendo que es mi hijo.
Cuando llego, llamo al timbre y es Sonny quien abre.
—¡Dario! —grita mientras me abraza las piernas. Me inclino para estrecharlo entre mis brazos, con el corazón desbocado.
—Estás más alto.
Asiente.
—Crezco mucho. A lo mejor mi padre es alto. No tengo forma de saberlo.
Se me corta la respiración.
—Sí. Sobre eso, campeón... ¿dónde está mamá?
Liana entra en la habitación, vestida sencillamente con unos pantalones cortos de yoga que se le ciñen al culo y una camiseta de tirantes. Está para comérsela, pero toda mi atención está puesta en Sonny.
Me mira como si esperara mi permiso y asiento.
Se agacha hasta quedar a la altura de los ojos de Sonny.
—Cariño, una vez te mentí.
—Todo el mundo dice mentiras —responde con total naturalidad—. Lo importante es pedir perdón.
Liana sonríe con lágrimas en los ojos.
—Así es, Sonny. Y lo siento muchísimo. Te mentí cuando te dije que Dario no era tu padre.
Sus ojos vuelan hacia mí y después regresan a ella.
—¿De verdad? ¿Es mi padre?
Ella asiente despacio.
Él levanta la mirada hacia mí y sus ojos grises centellean igual que los de ella.
—Entonces, ¿por qué no estabas cuando yo era un bebé?
Se cruza de brazos y se parece tanto a ella que duele.
Pero, al observarlo, me doy cuenta de que también se parece a mí: su figura espigada, su boca carnosa y su nariz romana.
—Él no lo sabía —se apresura a decir Liana—. También le mentí a él.
Sonny mira de reojo a su madre, haciendo pucheros, pero luego vuelve a abrazarme las piernas.
—Me alegro de que seas mi padre —dice tan bajito que apenas lo oigo, pero siento que el pecho se me hincha de orgullo mientras lo cojo en brazos.
En realidad, no ceno. En vez de eso, picoteo nuggets de pollo y patatas fritas con Sonny, juego a videojuegos y también con sus trenes.
Mi chico es listo, más listo que yo. Me explica cómo funciona una locomotora de vapor y no puedo dejar de mirarlo, maravillado.
Se queda dormido en mi regazo mientras vemos unos dibujos animados y lo sostengo durante mucho tiempo, con los labios pegados a su coronilla.
Liana entra en el cuarto de estar sonriendo.
—Quería dejaros un rato a solas. ¿Se ha quedado frito?
—Hace un par de horas —admito—. No consigo soltarlo.
Ella sonríe, se sienta a nuestro lado y le aparta el pelo de la cara.
—Es adorable, ¿verdad?
—Es perfecto —digo en un susurro ronco—. Has hecho un trabajo increíble criándolo, Li.
Se sonroja.
—Lo intento.
—Y lo estás consiguiendo. —Hago una pausa—. Sigo enfadado contigo.
—Lo sé.
—Podría haberte ayudado. Podría haber estado ahí para ti. Para él.
—Lo sé.
—Te quiero de todas formas —digo con un suspiro—. Supongo que siempre te querré.
—Te quiero, Dario —dice, apoyando la cabeza en mi hombro.
Nos quedamos allí mucho tiempo hasta que empiezo a adormilarme. Entonces, Liana se pone de pie y tira de mi muñeca.
—Vamos a la cama. Te he preparado la habitación de invitados. Papá es muy tradicional y no nos dejará dormir juntos. —Suelta una risita.
—Podría colarme cuando se haya dormido. —Sonrío con picardía.
—Ya veremos —responde con una sonrisa burlona. Me levanto y acomodo las largas extremidades de Sonny alrededor de mi cuerpo.
Cuando lo dejo sobre la cama, aun así me cuesta separarme de él.
Por fin salgo de la habitación, apartando la mirada del rostro dormido de mi hijo, y me dirijo al pasillo.
La respiración se me entrecorta y, por algún motivo, siento que las lágrimas me escuecen detrás de los ojos.
—No pasa nada —dice Liana, cogiéndome enseguida de las manos—. Respira conmigo.
Inspira profundamente y yo lo intento, pero solo consigo emitir un silbido. Es como si el mundo se derrumbara sobre mí.
—No pasa nada —repite con suavidad mientras me sostiene la cara con una mano. Vuelve a inspirar despacio por la nariz y yo jadeo buscando aire como un pez fuera del agua, hasta que por fin consigo respirar.
—Lo quiero muchísimo —digo con la voz rota. Ella me abraza con fuerza y hunde el rostro contra mi pecho.
—Me alegro tanto de que sea así.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunto, apartándola un poco de mí sin soltarle los hombros.
Le tiembla el labio.
—Pensaba que me habías engañado. No creía que fueras a ser un buen padre.
Eso duele, aunque se base en información falsa.
—No sé si lo seré.
Ella frunce el ceño.
—Ya lo eres, Dario. Sonny quería llamarte papá incluso antes de saber que era tuyo. Se encariñó contigo de inmediato. Yo no dejaba de preocuparme por que te dieras cuenta de lo mucho que se parece a ti.
—¿Por eso siempre me lo quitabas de los brazos?
Asiente.
—No confiaba en ti. Pero ahora sí.
—¿Me lo prometes? —La miro de reojo y meto una mano en el bolsillo, rozando con los dedos el estuche de terciopelo—. Porque hace cinco años te compré una cosa y ahora quiero que la tengas.
—¿Has guardado durante cinco años un regalo que compraste para mí? —pregunta con incredulidad y una dulce sonrisa.
—Es un regalo bastante importante.
Saco el estuche del anillo y ella se lleva ambas manos a la boca.
Lo abro, dejando a la vista un anillo de compromiso de tres quilates que he tenido escondido durante cinco años en el cajón de la ropa interior.
Había planeado pedirle matrimonio la noche en que llamó Maria. Aquello lo había puesto todo patas arriba y, al parecer, había llevado a Liana a creer que la engañaba.
—¿Lo compraste entonces? —Su voz suena amortiguada por la mano.
—Quería pedírtelo entonces, Li. Pero te marchaste y yo... Yo perdí los papeles, cariño. No puedo vivir sin ti. Lo sabes, ¿verdad?
—Creo que yo tampoco puedo vivir sin ti. —Las lágrimas le resbalan por el rostro—. ¿De verdad quieres seguir casado conmigo?
Le deslizo el anillo por el dedo. Después de todo este tiempo, le queda perfecto.
—Quiero más que eso, belissima. Quiero que renovemos nuestros votos delante de todos nuestros amigos y familiares. Quiero demostrarle a todo el mundo que eres mía. —Hago una pausa—. Y ahora, ¿vas a decir que sí o quieres seguir torturándome?
Ella se ríe a pesar de las lágrimas que le corren por las mejillas y se arroja a mis brazos.
Retrocedo tambaleándome hasta chocar contra la puerta cerrada de Sonny, sonriendo contra sus labios cuando pega su boca a la mía.
La beso despacio, a conciencia.
—Ven a mi habitación —dice con voz sensual, y mis pies ansían seguirla de inmediato.
—Esta noche no, Li —respondo. Ella hace un puchero, con un aspecto tan lastimoso que podría romperme el corazón—. Quiero esperar hasta la ceremonia de renovación de votos.
—¡Eso podría tardar meses! —Resopla—. ¿Y si no puedo esperar tanto?
Arqueo una ceja.
—¿Cuál es la alternativa?
—Bueno, podría llamar a Scott Howard... —me provoca, mordiéndose el labio. Yo gruño, la agarro por la cintura y me la echo al hombro como un saco de patatas.
Suelta una risita, pero no se resiste cuando la aprieto contra la puerta del pasillo y deslizo el muslo entre los suyos. Ella jadea, me agarra la cara y aplasta sus labios contra los míos.
Gimo contra su boca y dejo que introduzca brevemente la lengua entre mis labios antes de apartarme.
—Paciencia, belissima.
—No soy conocida precisamente por mi paciencia, Dario.
Suelto una risita.
—Te compensaré, cariño. Ve a descansar.
Vuelvo a darle un beso contundente antes de retroceder, y ella sigue mirándome con un puchero.
Le doy una palmada en el culo.
—Venga, a la cama.
Ella gime y da una patada en el suelo, pero al final se marcha arrastrando los pies hacia su habitación.
Mi pequeña mocosa. La sigo con la mirada luciendo lo que probablemente sea la sonrisa más bobalicona del mundo.
—Sabes, nunca he estado enamorado, pero sé reconocer el amor cuando lo veo en mi hija.
La voz de Angelo suena agridulce y me sobresalta.
Me vuelvo para mirarlo.
—¿Sí? Espero que me quiera tanto como yo a ella.
—Lo sabía. Sabía que Sonny era tuyo —señala—.
Ella no cree que yo supiera que os acostabais juntos, pero nunca le quito el ojo de encima a mi niña.
Siempre pensé que la habías abandonado y, sinceramente, no puedo decir que yo no habría hecho lo mismo.
Te odiaba por ello, pero también me veía reflejado en ti.
—No siempre he sido el mejor de los hombres —admito en voz baja, mirando mis pies.
Él se ríe.
—¿Quién de nosotros lo ha sido? Haces feliz a mi hija y eso es lo único que siempre he querido para ella. Yo lo estropeé todo con su madre. No quería que ella acabara como yo.
Lo miro, contemplo su sonrisa melancólica y pienso en que podría haber acabado como él. Podría haber pasado toda mi vida sin amor, pero, Dios, ¿quién querría algo así?
—Le he pedido que renovemos nuestros votos.
—¿Ha dicho que sí?
Sonrío, casi eufórico.
—Sí.
—Yo lo pagaré.
Frunzo el ceño.
—No tienes por qué...
—Es mi única hija, Conte. Déjame hacer esto por ella.
Asiento despacio.
—De acuerdo. Hablaré con ella sobre posibles lugares.
—Lo celebraremos aquí, por supuesto. Se crio aquí, así que debería casarse aquí.
Sonrío de oreja a oreja.
—Te mantendré informado de los gastos.
—Gracias. Y ahora no se te ocurra colarte en la habitación de mi hija. Puede que seas su marido, pero esta sigue siendo mi casa —me advierte, señalándome con un dedo.
Me río, levantando las manos como si me defendiera, y camino hacia la habitación de invitados con paso ligero.
Todo está encajando de la mejor manera posible.