37. Liana
LIANA
Vuelvo a meterme en el coche de mi padre y lloro desconsoladamente durante lo que parece media hora, aunque solo son unos minutos. Jamás imaginé que sería él quien me abandonara.
Pero ¿cómo voy a culparlo? Creía que había matado a mi padre, por el amor de Dios. No se lo pregunté; me limité a darlo por hecho.
Dios, ¿y si lo hubiera matado aquella noche? Nunca me lo habría perdonado.
Y ahora está Sonny. No sé qué decirle.
No sé si Dario quiere formar parte de su vida ahora, no después de cómo le he mentido. Quizá solo quiera desentenderse de todo.
Sí, me fue infiel. Pero no se merecía nada de esto. Se merece a alguien mejor que yo.
Papá está sentado en un sillón reclinable en el porche mientras Sonny juega en el jardín. Sería una escena idílica si mi vida no se estuviera desmoronando.
—Me has robado el coche.
Su voz suena casi alegre.
—No me ha servido de mucho —murmuro mientras salgo del coche.
Subo al porche y me acomodo en el regazo de mi padre como hacía cuando era pequeña, rodeándole el cuello con los brazos. Él me estrecha contra sí por instinto.
—¿Qué pasa, caro?
Aspiro entre sollozos e intento contenerme para no romper a llorar de nuevo.
—Dario es el padre de Sonny.
Parpadea y me aprieta con más fuerza entre sus brazos.
—¿Y te ha dejado? Tendría que haberle partido la puta cara...
—No. No, papá. Fui yo quien lo dejó a él. No le dije que Sonny era suyo y él dio por hecho que...
—Que era de otro —concluye con un profundo suspiro—. Ay, caro.
—Sí —respondo con voz temblorosa, y apoyo la cabeza en su pecho mientras los latidos de su corazón me tranquilizan.
Me acaricia la espalda trazando círculos y, por fin, me relajo, segura y reconfortada entre los brazos de mi padre.
—Te he echado de menos —susurro.
—Yo también te he echado de menos, cariño.
—No vuelvas a hacerme algo así nunca, ¿vale?
—Nunca —promete, besándome en la sien.
—¿Sabes que creía que Dario te había matado?
Suelta una carcajada repentina.
—¿Qué? ¿De dónde has sacado esa idea?
—Pensé que estabais enfrentados después de aquella pelea y luego encontré el reloj de bolsillo de su padre...
—Soy demasiado cabezota para morirme —dice sin emoción, y yo me río.
Me quedo allí sentada durante mucho tiempo, hasta que casi anochece, y, cuando por fin me levanto, mi padre también se pone en pie y se estira.
Sonrío. Seguro que se le ha dormido el brazo, pero no quería molestarme. Gracias a Dios que está bien. Gracias a Dios que ha vuelto a casa.
Puede que todo lo demás se esté desmoronando, pero aún tengo a mi padre y a Sonny.
Mientras preparo a Sonny para acostarse, frunce el ceño.
—Mamá, ¿dónde está Dario?
Me quedo paralizada mientras le abotono el pijama, pero enseguida me repongo.
—Está en su casa. Vamos a volver a vivir con el abuelo.
Hace un mohín.
—Pero me gusta la casa de Dario. Me gusta Dario.
—Ya lo sé, cariño, pero... es que... Dario y mamá no se llevan bien.
—Pues parece que sí —afirma con rotundidad, con su labio temblando—. Os he visto besaros.
Me río.
—Por desgracia, cuando eres adulto, los besos no lo arreglan todo.
Se mete en la cama abrazado a un mono de peluche que se había dejado cuando nos marchamos. Cierra los ojos, pero todavía tiene el ceño ligeramente fruncido.
Me duele el corazón. Mi niño se merece un padre, y quizá Dario podría haberlo sido. Aunque tampoco lo sé. No ha dicho nada sobre querer formar parte de la vida de Sonny.
No tengo noticias de Dario durante dos días, hasta que recibo un mensaje suyo a las nueve de la mañana.
Ven a las once a tomar el brunch. No traigas a Sonny.
Bueno, eso no resulta muy alentador.
Tiemblo mientras contemplo el mensaje, y papá se aclara la garganta.
—¿Todo bien?
Asiento despacio.
—¿Puedes cuidar de Sonny unas horas? Dario quiere hablar.
Mi padre arquea una ceja.
—De acuerdo, caro. Lo que necesites.
Vuelve a su periódico, pero, al cabo de un momento, lo baja.
—¿Qué pasa? —pregunto, ladeando la cabeza.
—Lo quieres.
No es una pregunta.
Trago saliva con dificultad.
—Sí. Sí, lo quiero.
—Entonces deja que cuide de ti, caro. Te lo mereces.
¿De verdad?
Me limito a dedicarle una sonrisa empañada por las lágrimas y subo a ducharme y a vestirme con una falda, medias hasta los muslos y una blusa escotada.
A Dario siempre le ha gustado mi cuerpo, así que quizá esto ayude a allanar un poco el camino.
Aunque me perdone, aunque todo vuelva a ser como antes, no sé si será suficiente para mí. Sigo enfadada con él por haberme sido infiel. Me destrozó.
Pero, teniendo en cuenta lo que siento por él, cómo ocupa todos y cada uno de mis pensamientos mientras estoy despierta, tengo que intentarlo.
Llamo a la puerta de su casa a las once menos cinco y él mismo abre, espectacular con una camiseta blanca, unos pantalones de chándal grises y los pies descalzos. Se pasa una mano por el pelo y me observa con ojos oscuros, recorriendo mi cuerpo con la mirada antes de detenerla en mi cara.
—Entra. El brunch está en la mesa.
Me siento y el aroma del sirope de arce hace que se me contraiga el estómago. No he comido desde que Dario se marchó ayer, y supongo que mi cuerpo está enfadado conmigo.
—Come —ordena, y obedezco mientras espero a que diga algo.
Cuando no lo hace y termino de comer, alzo la vista hacia él. Está jugueteando con la comida del plato. Tiene bolsas bajo los ojos, como si no hubiera dormido.
—Quiero formar parte de la vida de Sonny.
El corazón empieza a acelerárseme.
—De acuerdo. No impediré que lo veas.
—Quiero decirle que soy su padre.
Asiento.
—Por supuesto.
—Y quiero saber por qué me dejaste.
Suelto un resoplido frustrado.
—Sabes por qué, Dario. Me fuiste infiel. No sigas mintiéndome, ahora no.
Abre los ojos de par en par.
—¿Qué? Yo jamás habría... Li, tú eras la única mujer en la que pensaba por aquel entonces. Joder, siempre lo has sido.
—Eres el mayor mujeriego del sector, aparte de mi padre —lo acuso—. Además, te vi.
—Era un mujeriego antes de ti, Li. Y... después de ti. Sin ti soy un puto desastre, pero nunca he querido a nadie más. Jamás.
—Entonces, ¿por qué te vi con otra chica? ¿Y por qué me mentiste después y dijiste que estabas con tu familia?
—¿Cuándo? ¿De qué coño estás hablando?
—La noche antes de que te dijera que lo nuestro se había acabado. Cancelaste una cita por una emergencia familiar. Y luego te vi con una chica preciosa.
Me tiembla la voz.
La confusión le frunce el entrecejo, hasta que de pronto se le ilumina la mirada.
—Estás hablando de Maria.
—Me da igual cómo se llamara —murmuro entre dientes, pero él ya está sacando el móvil.
Me pone el teléfono delante de la cara. En la pantalla hay una foto suya con un brazo alrededor de una chica menuda y preciosa: la misma con la que lo vi hace cinco años.
Los ojos se me llenan de lágrimas.
—No hace falta que me lo restriegues por la cara. ¿Estabas... saliendo con ella?
Me duele el corazón. Joder, ¿por qué sigue doliéndome tanto?
—No —responde con sequedad—. Esa es Maria. Es mi prima. Solo nos llevamos unos días, así que estuvimos muy unidos mientras crecíamos. Aquella noche, su prometido la había dejado y ella voló hasta aquí desde Europa para que yo la animara.
El corazón me da un vuelco dentro del pecho.
—Estás mintiendo.
Gime y mira el teléfono, pulsando la pantalla hasta que abre el perfil de ella.
Maria Rossi.
—¿De verdad es de tu familia? Pero la estabas abrazando, tenías el brazo alrededor de ella...
—Estábamos muy unidos. No como Beth y yo —responde con voz inexpresiva.
Me siento estúpida. Me siento la mayor idiota del planeta.
—Ay, Dario. Joder.
—Sí, joder —dice con frialdad—. En fin, como ya he dicho, quiero formar parte de la vida de Sonny.
Asiento despacio, con la garganta cerrada. No lo dice, pero sé que no quiere formar parte de la mía.
—De acuerdo. Lo traeré mañana.
Me levanto y paso junto a Dario, que continúa sentado, para salir de la casa. Me agarra de la muñeca y tira de mí de repente hasta sentarme en su regazo.
Suelto un gritito, pero mis brazos le rodean el cuello al instante.
—Estoy tan jodidamente enfadado contigo... —murmura contra mi cuello—. Me hiciste muchísimo daño, bellissima. ¿Lo entiendes?
Reflexiono un momento e intento ponerme en su lugar. Me marché sin darle ninguna explicación y luego, desde su punto de vista, me quedé embarazada de otro de inmediato.
—Debiste de odiarme —susurro con voz temblorosa.
Niega con la cabeza, rozándome el cuello con los labios y haciendo que se me erice el vello de la nuca.
—Nunca. Jamás podría odiarte, Li.
—Entonces... ¿eso significa que... todavía tenemos una oportunidad?
Gime y apoya la frente contra mi hombro.
—No lo sé. Sigo muy enfadado.
—Lo sé. Lo sé, cariño —lo arrullo, desesperada por recibir más, más atención suya, más caricias—. Pero ahora las cosas serán diferentes.
—¿Confiarás en mí?
—Sí —respondo enseguida—. Ahora confío en ti más que nunca.
—Entonces dime por qué intentaste matarme.
Su voz suena amortiguada porque sigue escondiendo la cara.
Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.
—Es una estupidez.
—Explícamelo.
—Pensé... Pensé que papá y tú estabais enfrentados. Y luego, cuando desapareció...
—Pensaste que lo había matado.
Su rostro no refleja ninguna emoción y me muerdo el labio al mirarlo, a la espera de que estalle.
Pero, en vez de eso, rompe a reír.
—¿Por un estúpido reloj de bolsillo?
Yo también me río, casi histérica.
Levanta la cabeza, me acuna la mejilla con una mano y me vuelve la cara para besarme.
—¿No vas a divorciarte de mí?
Se ríe entre dientes.
—Cariño, para mí esa nunca fue una opción. Ahora eres mía y no pienso dejarte marchar.
—¿Me lo prometes? —susurro, y entonces vuelve a besarme.
El corazón me rebosa de felicidad y, por fin, vuelvo a sentirme yo misma.