36. Dario
DARIO
La expresión de Liana me asusta. Está pálida, con el ceño fruncido y la boca entreabierta por la conmoción. Sigo su mirada y veo a Angelo Rossi de pie en el porche, dando vueltas a Sonny en brazos y llenándole la cara de besos.
Pero ¿qué coño...?
Liana sale del coche a toda prisa y yo la sigo, preocupado por ella. No sé cómo se va a tomar esto. Ha pasado por tantísimo y esto tiene que resultarle abrumador.
Sonny se retuerce hasta que Angelo lo baja de sus brazos y este se vuelve. Sonny entra corriendo en la casa, supongo que para jugar con los juguetes que había dejado allí.
—Hola, pequeña —dice él con alegría, y Liana corre hacia él y le echa los brazos al cuello.
Él le devuelve el abrazo entre risas, pero entonces ella se aparta y le da una bofetada.
Uf. Eso ha tenido que escocer.
Angelo suelta un grito y da un traspié hacia atrás mientras se lleva una mano a la cara.
—¡Creía que estabas muerto, joder! —Entonces rompe a llorar y vuelve a abrazarlo con fuerza.
Angelo se ríe.
—Veo que no has perdido tu carácter, caro.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde coño has estado?
Él abre la boca para contestar, pero entonces se oyen un chillido y un estrépito en el interior de la casa.
—¡No pienso irme! ¡Esta también es mi casa! ¡Lo decoré todo yo! —grita Felicia mientras dos de los hombres de Angelo la escoltan fuera de la casa junto con una maleta.
—Echaste a mi hija y a mi nieto —dice Angelo con frialdad mientras ella forcejea—. Se acabó. Te instalaré en un piso, te debo al menos eso, pero, por lo demás, mantente alejada de mi familia.
—Hijo de puta —masculla ella.
Él se limita a dedicarle una sonrisa impasible y los hombres la arrastran hasta su coche. Felicia se zafa de ellos y tira la maleta en la parte trasera. Entra en el coche resoplando y se marcha a toda velocidad.
Buen viaje, pienso.
Supongo que Angelo piensa lo mismo, porque baja la mirada hacia Liana con una sonrisa.
—Supongo que te debo una explicación.
Ella sorbe por la nariz y se aparta para poder mirarlo.
—Ya lo creo.
—En primer lugar, tienes que saber que no tenía ni idea de que Felicia fuera a echarte. —Coge las manos de Liana y se las aprieta—. Sonny y tú sois muy importantes para mí, y voy a divorciarme de ella ahora mismo. Pensaba hacerlo de todas formas; esto no ha hecho más que reafirmar mi decisión.
Liana asiente.
—Pero ¿dónde estabas? ¿Por qué no llamaste?
Él suspira y se frota la nuca con una mano.
—Es que me puse... nervioso. Creía que podría sentar la cabeza con Felicia, pero, como ya has visto, no es la mujer que yo creía. Me fui un poco de juerga.
—¿Durante semanas?
—Ha pasado bastante tiempo —dice él, casi a la defensiva. Me paso una mano por la boca para ocultar una sonrisa.
En mi juventud, yo también me he tirado semanas enteras de juerga. Supongo que algunos mafiosos nunca dejan atrás esa etapa, porque Angelo está rozando los sesenta.
—¿Todo este tiempo y has estado bien? —Liana frunce el ceño—. Debería volver a pegarte, pero me alegro muchísimo de que hayas vuelto.
—Lo siento, caro. Debería haberte llamado o enviado un mensaje para que supieras que estaba bien. —Vuelve a abrazarla—. Cuéntame todo lo que ha pasado estas últimas semanas. ¿Cuándo te echó Felicia?
Liana inspira bruscamente.
—Dos semanas después de que desaparecieras. Dijo que debías de estar muerto y que todo estaba a su nombre, así que tenía todo el derecho.
Él suelta una maldición.
—Hay formas de quitar propiedades de su nombre. No te preocupes.
Angelo me mira por primera vez y abre mucho los ojos.
—¿Conte? ¿Qué haces aquí?
Liana se muerde el labio.
—Es una historia... un poco larga.
Me acerco a Angelo y le tiendo la mano. Él enarca una ceja, pero me la estrecha con firmeza.
—Me he casado con tu hija.
Liana me mira boquiabierta.
Angelo parpadea.
—¿Que has hecho qué?
Algo frío y duro se me instala en la base de la garganta y trago saliva con dificultad. Poco a poco, comprendo que este es el final. Liana ya no tendrá ningún motivo para necesitarme. Ha recuperado a su padre. Ha recuperado su posición.
¿Por qué iba a elegir quedarse conmigo?
—Quería ayudarla —digo con sinceridad—. Y también a Sonny. Así que los acogí y me casé con ella para que contara con la protección de mi apellido y tuviera acceso a mis finanzas.
Angelo resopla.
—Parece una reacción un tanto exagerada. Podrías haberte limitado a mantenerla económicamente.
—Lo sé. —Hago una pausa y me aclaro la garganta mientras miro a Liana antes de hablar—. Pero la cuestión es que estoy enamorado de tu hija.
Los ojos de Angelo se desvían hacia Liana.
—¿Y tú qué sientes, caro?
Ella lo mira como si no hubiera oído ni una palabra de lo que ha dicho.
—Háblame de tu pelea con Dario.
—¿Pelea? ¿Qué pelea?
Suspiro, confundido por que esté tan obsesionada con esa estúpida pelea.
—Se refiere al reloj de bolsillo.
—Ah. —Angelo suelta una carcajada y echa la cabeza hacia atrás—. Era joven y estaba borracho, ¿qué más puedo decir?
Liana sigue mirándolo fijamente.
—Entonces ¿no tienes ningún problema con Dario? ¿Ni con su padre?
—Uno de mis mayores remordimientos es no haberme reconciliado con tu padre —dice, mirándome directamente, y el dolor me arrasa como si sus muertes hubieran ocurrido ayer y no hace años—. Era un buen hombre y lamenté enterarme de su fallecimiento.
Asiento y bajo la mirada hacia mis pies con el corazón dolorido.
—La cuestión —digo en voz baja— es que estoy enamorado de tu hija, pero sé que ella no siente lo mismo.
De la garganta de Liana escapa un sonido angustiado, pero yo continúo.
—Así que la dejaré marchar. Anularé el matrimonio y podrá volver a vivir aquí, pero... —Aspiro aire con desesperación, sintiendo que nunca consigo suficiente.
—No voy a irme a ninguna parte —interviene Liana mientras me coge de la mano.
La miro y el corazón me da una voltereta en el pecho.
—¿Q-qué?
Ella sorbe por la nariz mientras las lágrimas le corren por la cara.
—¿Todavía quieres ser mi marido?
—Más que nada en el mundo —respondo con sinceridad.
Me aprieta la mano e inspira de forma temblorosa.
—Puede que dejes de quererlo después de lo que tengo que contarte.
Sonny llama a Angelo y este parece aliviado mientras desaparece dentro de la casa y Liana y yo nos quedamos en el porche.
—¿Qué quieres decir, belissima? No podrías contarme nada que...
—Sonny es tuyo.
La sangre se me convierte en hielo.
—¿Qué acabas de decir?
Ella tiembla, me suelta la mano y da un paso atrás.
—Sonny es tuyo. Te lo oculté porque estaba muy enfadada contigo. Y sé que estuvo mal, sé que no debería haberlo privado de tener un padre.
Me pellizco el puente de la nariz entre el pulgar y el índice.
—¿De verdad es mío? ¿Estás segura?
Ella suelta el aire de golpe.
—No he estado con nadie más —murmura.
Clavo la mirada en la suya. Sus ojos grises están muy abiertos y rebosan sinceridad.
—No puedes hablar en serio.
—Hablo completamente en serio. Después de separarnos, estaba demasiado centrada en Sonny para salir con nadie... Tú fuiste el único, Dario.
Dios, todo el tiempo que he malgastado imaginándola debajo de algún capullo sin rostro, imaginándola gemir otro nombre, cabalgando otra polla.
La rabia amenaza con nublarme la vista.
—¿Tienes idea de lo que pasé? ¿De cuánto me dolió creer que habías rehecho tu vida tan deprisa?
Liana deja escapar un sollozo ahogado.
—No... No sabía que te importaría.
La ira me inunda y cierro los puños, aprieto la mandíbula y se me agarrotan los hombros.
—Creía haber dejado claro lo que quería, Li. Me voy a casa. Disfruta del tiempo con tu padre.
Me doy la vuelta y ella me agarra del hombro.
—Espera, Dario, no. Espera. Solo...
Me zafo de ella.
—No me toques, joder. Ahora no.
El labio le tiembla cuando se aparta. Odio que aún me duela ver la expresión de sufrimiento en su cara.
Me ha mentido. Me ha hecho creer que se acostaba con otro. Debería sentirme agradecido, pero no puedo dejar de pensar en cómo me perdí a mí mismo cuando ella me abandonó.
—Dime por qué te fuiste.
No es una pregunta, sino una orden.
Ella se muerde el labio.
—¿Acaso importa?
—Casi me destruyó, Li. ¿Es que no lo entiendes, joder?
Vuelvo a darme la vuelta y avanzo con paso furioso hacia mi coche.
—¡Dario, espera! —grita ella, pero ya no escucho nada.
Salgo a toda velocidad del camino de entrada, pero, unos kilómetros después, me doy cuenta de que el deportivo de su padre me sigue.
Maldigo y paro bruscamente en el arcén, haciendo chirriar los neumáticos.
Liana da un volantazo y se detiene también. Aparca, sale del coche y corre hacia mí.
—No puedes marcharte —dice sin aliento—. Por favor, no me dejes, Dario.
—¡Tú me dejaste a mí! —grito mientras salgo y cierro la puerta del coche de un golpe—. Me abandonaste sin decir una palabra y luego estabas embarazada y me mentiste. Me convenciste de que habías rehecho tu vida con otro. ¿Sabes cómo se siente eso?
—Sí —responde en voz baja. Niego con la cabeza y doy unos pasos hacia ella.
Estoy tan enfadado con ella que me tiemblan las manos.
—Dario —susurra cuando la aprisiono contra mi coche con el cuerpo.
—Odio con todas mis putas fuerzas amarte tanto —mascullo desesperado mientras le rodeo la garganta con una mano.
Ella inspira bruscamente y levanta la barbilla.
Entonces la beso, porque soy un puto gilipollas, y cuando gime contra mi boca empiezo a ponerme duro al instante.
—Debería follarte aquí mismo, al borde de la carretera.
Miro a mi alrededor. El lugar está desierto; no hay nadie en kilómetros. Su padre vive prácticamente en medio de ninguna parte.
—Por favor —murmura ella mientras separa las piernas y se levanta el vestido para mostrarme el coño desnudo.
Gimo cuando me rodea la cintura con las piernas y meto una mano entre ambos para liberarme. Penetro en ella y al principio está muy estrecha, pero sigo besándola una y otra vez y ella se moja cada vez más.
Persigo mi orgasmo mientras la follo con fuerza contra el coche, deslizando su culo arriba y abajo por el metal. Gime mi nombre al oído y noto cómo se me tensan los huevos.
—Me corro, Dario, joder...
La interrumpo besándola de nuevo con intensidad y gimo contra su boca mientras me corro dentro de ella.
Cuando todo termina, respiro con dificultad y el corazón me va a mil mientras ella me besa un lado de la cara.
—Te quiero, Dario.
Salgo de ella y la dejo de pie en el suelo. Le tiemblan las piernas, pero aun así me aparto.
—El amor no lo es todo, Li. La lealtad sí, y tú has sido una puta desleal.
Le tiembla el labio y tiene los ojos grises anegados en lágrimas.
—Dario...
—Haré que lleven tus cosas a casa de tu padre antes de que termine la semana. —Mi voz suena plana, indiferente, pero el corazón se me está haciendo pedazos.
Se aferra a mi pecho.
—Dario, cariño, por favor...
—No. —Aprieto los ojos para contener las lágrimas inesperadas que me abrasan tras los párpados.
Me está diciendo todo lo que siempre he querido oír y yo solo siento vacío.
Lo único que puedo hacer es retroceder, sin escuchar sus súplicas mientras entro en el coche y conduzco hacia la casa.
Entro y me siento más vacío que nunca, perdido en esta enorme mansión.
Mis padres están muertos. Liana se ha ido.
¿Qué me queda por perder?