El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 35. Liana
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35. Liana

LIANA

—Dios mío —consigo decir mientras vuelvo a correrme. ¿Por tercera vez? Puede que por cuarta. Joder, quizá por quinta. Dario es insaciable; sale de mí y desciende por mi cuerpo para lamerme el clítoris.

—Eso es, belissima. Córrete otra vez para mí. Puedes hacerlo, cariño.

—No puedo —jadeo, y él ronronea contra la cara interna de mi muslo antes de volver a la tarea.

Puedo hacer que pare si quiero, pero, joder, sienta tan bien. Y cualquier cosa que me haga sentir bien es preferible a cómo me he sentido últimamente.

Vuelvo a correrme entre gemidos, me quedo rígida antes de aflojarme por completo, como si no tuviera huesos.

Dario suelta el aire y se tumba a mi lado, con la erección aún meciéndose contra el vientre y una perla de líquido preseminal en la punta.

Intento respirar despacio por la nariz, pero el aire me sale en bocanadas bruscas y entrecortadas.

—Tú no has terminado.

Él esboza una sonrisa ladeada.

—¿Te preocupa que se me pongan los huevos azules, cariño?

Pongo los ojos en blanco.

—Eso ni siquiera existe.

—Más o menos sí.

—¿Qué quieres decir con «más o menos»?

—Que me dolerán si no me corro, pero no es para tanto como hacíamos creer los tíos en el instituto.

No puedo moverme; me tiemblan las piernas. Me muerdo el labio.

—Puedes terminar dentro de mí si quieres.

Se le iluminan los ojos.

—Ay, belissima. Eso pienso hacer. Solo estoy tomando aire.

¿Tomando aire? Llevamos horas con esto.

No es que me queje. Sonny me preocupa un poco, pero seguro que Marie ya se lo ha llevado abajo a comer.

—Mucho hablar —murmuro con una sonrisa, y él gruñe y vuelve a cubrirme con su cuerpo.

Se guía dentro de mí y embiste con fuerza y rapidez, sin un ritmo de verdad. Solo busca alcanzar el orgasmo, pero aun así el calor se me enrosca en el bajo vientre.

Hay algo en los tirones de sus caderas, en cómo se le vuelve irregular la respiración, en los pequeños gemidos quejumbrosos que escapan de su boca. Casi grita contra mi cuello antes de morderme ahí cuando se hunde hasta el fondo y se derrama en mi interior.

Estoy tan sobreestimulada y sentirlo palpitar dentro de mí me empuja también al límite; me corro con él, pronunciando su nombre entre pequeños jadeos.

—Menuda forma de pasar el día —digo cuando vuelvo a ser capaz de hablar, y Dario se ríe entre dientes.

—Podría pasarme una semana en la cama contigo sin cansarme de ti, Li.

—¿Solo una semana? —Me incorporo y hago un mohín mientras me ruge el estómago.

—¿Tienes hambre?

Mi mohín se acentúa.

—Sí, pero no quiero salir de esta habitación.

—¿Quién ha dicho que tengas que hacerlo? —Se levanta de un salto y se acomoda antes de subirse los pantalones—. Iré a buscar algo para comer.

—Mira también cómo está Sonny, ¿quieres?

Las palabras suenan extrañas al salir de mi boca. Le estoy pidiendo de forma expresa que pase tiempo con mi hijo. Nuestro hijo.

Dios, ojalá pudiera decírselo. Después de todas las cosas bonitas que me dijo, quiero entregarle algo, una parte de mí. Pero no puedo arriesgarme. Si tengo razón y mató a mi padre... no puedo permitir que Sonny sepa que es hijo suyo.

Ojalá pudiera preguntárselo sin más. Ojalá pudiera confiar en que me diría la verdad.

Dice que me quiere... pero ¿puede quererme de verdad?

Dario sale un momento de la habitación y, cuando vuelve, trae un plato con salchichas, huevos y un panecillo.

Me incorporo y el estómago me ruge aún más fuerte.

—Sofia se luce de verdad con los desayunos.

—Desde luego —coincide Dario, dedicándome una sonrisa dulce.

Aparto la mirada. No consigo acostumbrarme a cómo me mira ahora, como si fuera algo precioso. Como si necesitara protección.

Mi padre me enseñó a protegerme, pero jamás se me ocurrió que tendría que hacerlo de Beth, precisamente. Mi mejor amiga.

Solo pensar en ella me agota, así que me hago un ovillo en la cama y apoyo la cabeza en la almohada.

Dario me aparta el pelo de la cara.

—¿Solo quieres quedarte todo el día en la cama, cariño?

Asiento despacio, mirándolo con un ligero mohín.

—¿Adónde vas? —Mis palabras suenan llorosas y patéticas, pero no consigo que me importe.

—Sonny me ha pedido que juegue con él en la piscina —explica mientras abre el armario y saca el bañador. Se detiene y vuelve la cabeza para mirarme—. Si a ti te parece bien.

—Claro que me parece bien.

Pero no es verdad. ¿Y si se fija bien en Sonny y se da cuenta de lo mucho que se parecen?

Tengo que levantar el culo de la cama y llevar a mi hijo a la piscina.

Pero mis extremidades no responden. Es como si Beth todavía me tuviera drogada de algún modo, aunque ha pasado más de una semana.

—No te fuerces —dice Dario, como si hubiera oído mis pensamientos—. Quédate en la cama si eso es lo que quieres, Li. Nadie espera que te recuperes de esto de la noche a la mañana.

Las lágrimas me escuecen tras los ojos y asiento mientras me subo las mantas hasta los hombros.

Él vuelve a desaparecer y yo entro y salgo de la inconsciencia, con la tele encendida de fondo y una comedia que me encantaba de adolescente.

Duermo sin soñar y, la verdad, se está bien tumbada ahí, sin ninguna responsabilidad.

Pero hay algo que me ronda por el fondo de la mente.

Mi padre sigue muerto. Puede que Dario todavía sea quien lo mató. ¿He renunciado a mi deseo de vengarme?

Aprieto la mandíbula. No. Quiero al asesino de mi padre bajo tierra, pero...

Que Dios me ayude, estoy loca por él. No puedo imaginar que el hombre que ayer me dijo todas esas cosas sea el mismo que mató a mi padre.

Mi teléfono empieza a vibrar sobre la mesilla de noche y lo ignoro. Seguramente solo sea publicidad telefónica; nadie me llama. Ya no. Siempre estoy con Dario y Beth está muerta.

Pero sigue vibrando, suena una y otra vez, hasta que por fin lo cojo de un manotazo.

—¿Qué? —ladro.

—Tienes que venir a casa. —La voz de Felicia, temblorosa y asustada, llega por el auricular.

—¿Felicia? ¿Qué pasa?

—Limítate a venir a casa, Liana. Hablo en serio. —Su voz se agudiza hasta rozar el chillido—. Tienes que venir a casa.

Frunzo el ceño y me incorporo, pero para entonces ya ha colgado.

Me quedo mirando el teléfono durante un buen rato, todavía con el ceño fruncido, antes de levantarme. Me pongo un vestido recto y sencillo que me queda un poco ajustado en el culo. Debo de haber engordado de tanto pasarme una semana tirada en la cama de Dario.

Sigo frunciendo el ceño cuando bajo y salgo por la puerta trasera. Sonny está subido a hombros de Dario y están jugando a una especie de pelea de gallos bastante chapucera.

—Creo que hacen falta más personas para jugar a eso.

Dario se vuelve de golpe y Sonny se ríe, aferrado a sus hombros como si le fuera la vida en ello.

—¡Hola, mamá! —grita Sonny, y yo le sonrío.

—Dario, cuando tengas un momento, necesito hablar contigo.

La sonrisa desaparece al instante del rostro de Dario y su expresión se vuelve muy seria.

—A ver cómo nadas unos largos, campeón —le dice a Sonny, dándole una palmada en el muslo.

Sonny se escurre de sus hombros, cae al agua salpicando y se lanza a nadar largos.

Dario se acerca a mí chorreando, coge una toalla de playa y se seca el pelo.

—¿Qué pasa?

Inspiro hondo.

—Me ha llamado Felicia.

—¿Qué? ¿Qué quiere esa zorra?

—No lo sé. No ha querido decírmelo. Pero parecía... asustada.

Dario se pone rígido.

—¿Asustada? No puedes volver allí, Li. No sola. Sonny y yo iremos contigo.

—Dario...

—No, es lo mejor. Sonny servirá para calmar las cosas; ella no perderá los nervios contigo si él está presente, y yo podré protegerte por si la situación se tuerce.

Vacilo.

—¿De verdad no te importa?

—Claro que no. No dejo de decírtelo, Li: eres mi mujer.

Sobre el papel, pienso, aunque no lo digo. Ayer me dijo que quería que fuera de verdad, y quizá sea cierto. Pero ¿puedo perdonarlo por serme infiel? ¿Por haber matado quizá a mi padre?

No lo sé.

Conseguimos sacar a Sonny de la piscina.

Dario sube a ducharse y, esta vez, entro con él.

—Creía que teníamos prisa —dice con una sonrisa mientras se quita el jabón de la cara cuando entro detrás de él.

—Yo también necesitaba ducharme.

—Ah. Qué raro. Casi parece que hay un montón de baños más en esta casa.

Hago un mohín.

—Saldré si quieres que lo haga.

—No digas tonterías. —Me agarra por la cintura, me atrae hacia él y me coloca bajo el chorro. Mientras se me moja el pelo, va besándome el cuello.

—No vamos a llegar nunca si sigues haciendo eso —gimo, y me aparto de él.

Él asiente, medio empalmado, pero lo ignora, se lava el pelo y me ayuda a lavarme el mío.

Siento que necesitaba esto, que necesitaba otro momento a solas con él antes de que Felicia desate el infierno que sea que esté a punto de desatar.

Veinte minutos después, todos estamos vestidos y listos.

—¿Adónde vamos? —gorjea Sonny.

—A ver a tu abuela.

Arruga la nariz.

—No me gusta la abuela. Quiere que la llame Mimi y eso no tiene ningún sentido.

Dario se ríe.

—Probablemente no se sienta lo bastante mayor para ser abuela.

—Pues lo es.

La naturalidad con que lo dice hace que Dario y yo estallemos en carcajadas. Sienta bien reír, como si se hubiera abierto algo dentro de mí.

Hoy vuelvo a sentirme un poco más yo misma, y no puedo negar que se lo debo a Dario.

Abrocho a Sonny en su asiento trasero y después me siento en el lado del copiloto.

Dario conduce en silencio los cuarenta y cinco minutos hasta la casa de mi padre; se limita a charlar de cosas sin importancia con Sonny mientras mi mente no deja de dar vueltas.

¿Por qué podría haberme llamado Felicia? ¿Habrán encontrado...? Ay, Dios. ¿Y si han encontrado a papá?

Siento que se me va toda la sangre de la cara y Dario se da cuenta.

Me coge la mano, me mira un instante y vuelve a fijar la vista en la carretera.

—Todo va a salir bien, Li. Te lo prometo.

Asiento, pero aun así empiezo a temblar.

Aparcamos detrás de un deportivo destartalado que no reconozco y frunzo el ceño. ¿Tiene visita? Seguro que no se ha echado ya un novio nuevo.

Aunque no sería impropio de ella.

Sonny intenta salir de su asiento y alargo el brazo para ayudarlo y desabrocharlo.

Sale disparado del coche y corre a toda velocidad hacia el porche, donde hay un hombre de pie.

Entorno los ojos, pero el sol no me deja distinguir sus rasgos. Sin embargo, Sonny lo reconoce de algún modo, porque corre directo a sus brazos.

El hombre lo levanta entre risas. Cuando se vuelve, Sonny tapa el sol y veo los rasgos de mi padre: ojos grises, iguales que los míos, barba entrecana. Está más delgado, más moreno.

Pero está vivo.

Se me cierra la garganta y me aferro a la mano de Dario como si me fuera la vida en ello.

—¿Qué pasa? ¿Li? —Me mira preocupado y me aprieta la mano. Todavía no se ha dado cuenta de lo que ocurre.

—¡Papá! —grita Sonny mientras mi padre da vueltas con él en brazos.

Siento que voy a vomitar. Durante todo este tiempo, me ha preocupado que Dario hubiera matado a mi padre. Durante todo este tiempo, he llorado su muerte y he deseado recuperarlo.

Pensaba que Dario me lo había arrebatado.

Dios, qué equivocada estaba.

¿En qué más me equivoco?