34. Dario
DARIO
Sabía que lo de salir a cenar podía salir mal, pero no imaginaba que sería un desastre semejante. De haberlo sabido, no la habría dejado salir de casa. La habría retenido en la cama, entre mis brazos, donde debe estar.
Me siento estúpido. Claro que le da miedo salir. La última vez que lo hizo, la secuestraron junto con su hijo. ¿Por qué no le di más tiempo?
Subo a la habitación con dos copas de vino y ella coge una, dedicándome una sonrisa de agradecimiento.
—Lo... lo siento —dice en voz baja, apartando la mirada.
Frunzo el ceño y la cojo por la barbilla para obligarla a clavar sus ojos grises en los míos.
—Ni se te ocurra disculparte. Ha sido demasiado y demasiado pronto. La culpa es mía.
—Estoy bien —insiste—. No paras de dar vueltas por esta casa y sé que tienes trabajo pendiente.
—Nada es más importante que el hecho de que te recuperes, Li.
Se muerde el labio y vuelve a apartar la mirada.
—No sé cómo recuperarme.
Me meto en la cama, la estrecho contra mi pecho y le beso la coronilla.
—No tienes por qué saberlo, cariño. Ahora no. Limítate a descansar.
—Si mañana sí tienes trabajo que hacer, estaré bien aquí. Marie estará para ayudar con Sonny y Sofia cocinará para mí.
Hay algo de lo que debo ocuparme. Algo importante. Algo que llevo posponiendo.
—¿Estás segura?
Odio incluso tener que preguntárselo. No quiero alejarme de ella más de unos minutos, pero el mundo no se detiene porque mi mujer esté enferma.
Por desgracia.
—Estoy segura —afirma con convicción—. Mientras no salga más allá de la piscina, estaré bien.
—No tienes que ir a ningún sitio al que no quieras ir.
Se acurruca contra mi cuello y el corazón se me acelera, pero le ordeno a mi polla que se calme. No es el momento, no cuando está tan alterada y vulnerable.
Se queda dormida entre mis brazos y la tiendo con cuidado en la cama. Al cabo de unos minutos, me dejo arrastrar por el sueño a su lado.
Nunca duermo mejor que cuando tengo a Liana a mi lado. ¿Qué dice eso de mí?
A la mañana siguiente, el pánico me araña la garganta cuando despierto y no la encuentro a mi lado. Odio dormir como un muerto.
Me pongo unos pantalones de chándal, ya que anoche dejé tirado el traje, y bajo en silencio. La encuentro sentada a la mesa del comedor con Sonny, comiendo fruta.
El alivio relaja mis hombros y me acerco para sentarme junto a Sonny. Él pone de inmediato todo el melón de su plato en el mío y yo le doy mis uvas.
Liana arquea una ceja.
—Ah, es que a él no le gusta el melón y a mí no me gustan las uvas, así que hacemos un intercambio.
—¡Sí! —interviene Sonny mientras se mete en la boca una uva cortada. Sofia siempre las corta para que no se atragante.
Liana sonríe, pero hay algo extraño en su sonrisa. Algo casi triste.
Vuelve a bajar la mirada hacia su plato de fruta.
—Supongo que soy una excepción. Me gustan todas las frutas.
—Mejor eso que ser tan tiquismiquis como este —bromeo, revolviéndole el pelo a Sonny. Él me sonríe, tomándoselo con buen humor.
Liana se pone rígida en su asiento y yo frunzo el ceño.
—¿Estás bien?
—Sí —responde—. Quizá aún esté cansada.
—Has pasado por mucho. No pasa nada por descansar.
Se levanta.
—Sonny, ¿vienes a tumbarte conmigo mientras duermo la siesta? Puedes marcharte cuando me quede dormida.
—Vale, mamá —responde sin poner objeciones mientras lleva nuestros platos a la cocina.
Oigo una conversación apagada entre él y Sofia, y después regresa sonriendo.
—Sofia dice que soy de gran ayuda.
—Y lo eres —le asegura Liana, cogiéndolo de la mano para subir con él por las escaleras.
Los observo marcharse, todavía con el ceño fruncido, antes de subir yo también y vestirme con unos pantalones negros y una camiseta. No necesito ir formal para lo que tengo que hacer hoy.
Llamo a Giovanni hacia las diez.
—¿Jefe?
—Estoy listo.
—De acuerdo. Te recojo en quince minutos.
El limpiador suele encargarse de esta clase de asuntos por mí, pero esta vez quiero verlo. Quiero ver cómo entierran a mi prima, Beth Conte, por lo que le hizo a mi mujer.
Giovanni aparece y me acomodo en el asiento del copiloto.
—No sueles venir a estas cosas.
Me encojo de hombros.
—Esta vez es personal.
—¿Ah, sí?
Aprieto los dientes.
—Es mi mujer, Giovanni.
Él suspira.
—Esto no debía ser para siempre, jefe.
Cierro los ojos con fuerza, irritado.
—Ya lo sé. Pero... quiero...
—¿Quieres que lo sea? —me apremia, y podría pegarle.
—Sí. Joder. Sí, eso quiero.
—Joder, Cristo —maldice al entrar en el vertedero. Levanta el pulgar hacia el camión de basura que lleva detrás.
El camión comienza a retroceder despacio y nosotros nos apartamos, observando cómo la basura cae en el vertedero. Veo el cuerpo cubierto de Beth deslizarse por una montaña de desperdicios y caer al abismo.
Buen viaje.
Fui cruel con Beth cuando éramos jóvenes, pero esto ha sido una reacción exagerada de cojones. Atacó a las personas que me importan y no lamento haberla matado.
Solo desearía haberlo hecho antes, antes de que tuviera ocasión de hacerle daño a Liana.
Estuvo a punto de arrebatarme a Liana para siempre, y entonces yo me habría convertido en un hombre distinto.
Quizá en un monstruo.
Sin Liana y Sonny, temo que este modo de vida acabe engulléndome por completo.
—Así que sigues enamorado de ella —dice Giovanni con voz inexpresiva.
—Sí.
En realidad, nunca dejé de estarlo. Nunca dejé de esperarla de verdad.
Todavía no sé por qué se marchó, pero cada vez me importa menos. Lo que importa es que la quiero. Quiero que sea mía de verdad. No solo por un papel de mierda, sino a ojos de todos nuestros amigos y familiares.
Debería haberle pedido que se casara conmigo hace cinco años, tal como había planeado; debería haberla buscado y haberle puesto aquel anillo en el dedo aunque fuera a la fuerza.
—¿Ella siente lo mismo?
—Eso creo. —Mi voz vacila ligeramente. Todavía no comprendo por qué intentó matarme, por qué se marchó ni por qué me odia tanto.
Quizá ya no me odie tanto. No lo sé. Desde luego, calienta mi cama todas las noches.
—Pero no lo sabes con certeza.
Suelto el aire con fuerza.
—Se lo diré. Hoy, cuando termine todo este asunto sucio, volveré a casa y le contaré lo que siento.
—¿Y si ella no siente lo mismo?
Alzo las manos.
—No lo sé. Joder, supongo que me correré otra juerga.
Giovanni me fulmina con la mirada.
—Estoy bromeando.
No es verdad. En realidad, no tengo ni idea de cómo me lo tomaré si dice que aún me odia, que ya no quiere estar conmigo.
Puede que de verdad me destruya.
El limpiador, un irlandés llamado Mickey Finn que está sordo como una tapia, se acerca y hace la señal universal del dinero.
Saco la cartera y le entrego varios billetes nuevos de cien dólares.
Él sonríe, dejando ver un diente de oro, y levanta el pulgar.
A eso se limita más o menos mi trato con Mickey Finn, pero hace bien su trabajo.
Giovanni y yo regresamos a casa y, antes de que salga del coche, me da una palmada en el hombro.
—Buena suerte, jefe.
Siento que el temor me repta por la espalda. Me aterra decírselo, me aterra que se limite a fulminarme con la mirada y me diga que soy estúpido por desearla.
Y quizá lo sea.
Me abandonó y se quedó embarazada de otro. Aún debería odiarla por eso, pero, por alguna razón, no puedo.
Subo las escaleras y abro la puerta del dormitorio principal. Encuentro a Liana allí, recostada con un camisón de encaje en el corpiño.
Al entrar, levanta la mirada del libro y me sonríe.
—¿Has adelantado trabajo?
Asiento con brusquedad y me dirijo de inmediato a la ducha, porque aún no estoy preparado para hablar con ella.
Mientras el agua me golpea la espalda, sus palabras llegan flotando hasta mí.
—¿Dario? ¿Estás bien?
—Sí —respondo con un ladrido que no suena muy tranquilo.
Abre la cortina de la ducha y yo doy un grito.
Ella se ríe.
—Solo soy yo. Nada que no haya visto antes.
—Me has asustado.
—Pensé en acompañarte.
—Ya he terminado.
Cierro el grifo y salgo, enrollándome una toalla alrededor de las caderas.
Me mira con el ceño fruncido y un ligero mohín.
Quiero besarla y olvidar que alguna vez pensé en confesarle nada.
—¿Qué te pasa, Dario?
Respiro hondo.
—Déjame ponerme unos pantalones. Si vas a abandonarme, no quiero que lo hagas mientras estoy desnudo.
Me mira fijamente mientras me pongo unos pantalones de chándal.
—¿Abandonarte? ¿De qué estás hablando?
Hago que se siente en el borde de la cama y la miro desde arriba.
—Tengo que decirte una cosa. Bueno, ya te la dije, pero estabas herida y drogada, y no me oíste.
Su rostro se queda inmóvil un instante antes de que asienta.
—Vale. ¿Qué es tan importante?
Tomo aire con un temblor.
—Quiero que te quedes conmigo. Para siempre.
—No voy a irme a ninguna parte...
—No me refiero a eso, Li.
Me agacho frente a ella y le cojo las manos.
—Dario, me estás asustando.
Me río.
—¿Asustándote a ti? El que está muerto de miedo soy yo, cariño. Estuve a punto de perderte y no permitiré que vuelva a ocurrir. Nunca. Quiero que seas mi mujer. Mi mujer de verdad, no solo sobre el papel.
—Dario... —Deja la frase en el aire y aparta la mirada—. No sé si puedo hablar de esto ahora mismo.
Frunzo el ceño.
—¿Qué quieres decir?
No ha apartado las manos de las mías, así que es una señal alentadora.
—Ahora mismo no sé qué siento. Todo resulta demasiado abrumador. —Las lágrimas brillan en sus ojos grises.
—Déjame ponértelo más fácil. Te quiero, Li. Llevo cinco años queriéndote y nunca conseguí olvidarte, ni siquiera un poco. También quiero a Sonny y lo criaré como si fuera mío. Solo quiero teneros cerca a los dos.
—Oh, mierda —murmura mientras los ojos se le llenan de lágrimas y se cubre la cara con las manos—. Ya no sé qué quiero, Dario.
—No pasa nada —digo, agradecido simplemente porque no me odia. La estrecho entre mis brazos—. Lo averiguaremos y yo te lo daré. Lo que sea.
Solloza, pero logra sonreír entre lágrimas.
—¿Y si quisiera la luna?
—Supongo que tendría que convertirme en astronauta y encontrar la forma de traértela.
Ella ríe con voz temblorosa, pero lo digo en serio. Incendiaría el mundo entero solo para darle calor.
Liana me rodea el cuello con los brazos y me besa con pasión. Yo gimo contra su boca. Hace unos días que no estamos juntos y he estado tan preocupado por ella que ni siquiera se me ha ocurrido tocarme.
La polla se me endurece solo con su beso, pero me aparto para escudriñar su rostro.
—¿Estás segura de que quieres esto?
—No soy algo frágil y precioso que puedas romper, Dario.
—¿Y lo que te he dicho...?
Me interrumpe sujetándome la cara entre las manos.
—Solo vuelvo a sentirme yo misma cuando me tocas. Por ahora, eso tendrá que bastar.
—Vale —consigo decir con voz ronca, pero no basta. Nunca bastará.
Vuelvo a besarla mientras deslizo la mano por la parte exterior de su muslo hasta llegar al culo. Agarro un poco de carne y la hago temblar entre mis dedos.
—¿Cómo me quieres? —pregunta en un susurro ronco mientras se recoge el camisón alrededor de las caderas. Debajo está desnuda, salvo por una fina franja de vello para guiarme hasta su interior.
—De todas las maneras, belissima, pero ahora quiero verte la cara.
Asiente y se quita el camisón por completo. Sus pechos quedan libres y rebotan. Le sujeto uno con la mano y arrastro el pulgar por su pezón endurecido.
Casi se despega de la cama, arqueando la espalda, mientras un gemido leve escapa de entre sus labios entreabiertos. Mueve las caderas y yo dejo escapar una risa grave.
—Siempre tan impaciente, mi belissima —murmuro mientras le aprieto la carne de la parte superior del muslo—. Nunca me das tiempo para adorarte como te mereces.
Gimotea cuando vuelvo a pasarle el pulgar distraídamente por el pezón, ignorando el dolor de mis propios huevos mientras la polla termina de endurecérseme bajo los pantalones.
Liana me manosea a través de la tela, aferrando mi erección y acariciándola hacia arriba. Jadeo su nombre y mis caderas empujan contra su mano por instinto.
No consigo desabrocharme el botón lo bastante deprisa. Por fin me libero con un gemido y me guío hasta entrar en ella, cubriéndola con mi cuerpo y enjaulándola entre mis brazos.
Solo muevo las caderas y ella grita, con el rostro encendido mientras sacude la cabeza de un lado a otro.
—Ah, joder, Dario, justo ahí.
—¿Eso es? ¿Ya vas a correrte para mí, cariño?
—Sí, sí, no pares... —Sus palabras se interrumpen con un gemido ahogado cuando queda inerte bajo mi cuerpo, salvo por su coño, que continúa contrayéndose a mi alrededor mientras alcanza el orgasmo.
—No te preocupes, cariño. Aún no he terminado contigo.