El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 33. Liana
80%

33. Liana

LIANA

Dario se despierta antes que yo y, por una vez, no me despierto cuando se levanta. Tampoco cuando cierra la puerta ni cuando se marcha y vuelve.

No me despierto hasta que me sacude suavemente por el hombro.

—Es casi mediodía, belissima. Charlie llegará pronto para examinarte.

—De verdad que creo que estoy bien, Dario.

Sé que no estoy bien, y sus cejas enarcadas me dicen que él tampoco cree que lo esté.

—Solo necesito un poco de tiempo —digo en voz baja, aunque tampoco estoy segura de que sea verdad. He perdido algo: a mi mejor amiga y la seguridad que me proporcionaba. Y no es solo eso, estoy terriblemente confusa.

Porque estoy enamorada de Dario Conte y él también podría haber matado a mi padre.

Y, haga lo que haga, no consigo conciliar esas dos realidades.

Charlie aparece sobre las doce y cinco, y Dario ya está paseándose de un lado a otro cuando llama a la puerta.

Nos conduce a Charlie y a mí hasta mi habitación.

Charlie es mono, rubio oscuro y de ojos azules y brillantes. Tiene un atractivo juvenil, del mismo modo que Dario es guapo de una manera ruda.

—¿Todos los que trabajan contigo parecen recién salidos del rodaje de una película? —pregunto en tono burlón, sabiendo que eso picará a Dario.

Charlie sonríe.

—Yo diría que no le pasa absolutamente nada.

Suelto una carcajada y Dario frunce el ceño y se pone rígido, pero no interrumpe.

Charlie me enfoca los ojos con una luz, me hace seguir su dedo y realiza todas esas pruebas que ya me hicieron en el hospital.

—Dime en qué año estamos.

Le recito el día, el mes y el año, y se echa a reír.

—Qué aplicada. La exploración física ha salido muy bien. Las pupilas no responden con lentitud y no hay indicios de ningún traumatismo craneal.

Frunzo el ceño.

—Entonces, ¿qué significa eso?

—Por desgracia, significa que es más bien... psicológico. Has perdido a alguien, ¿verdad?

—A mi mejor amiga. Después de que intentara matarnos a mi hijo y a mí.

Hace una mueca.

—Eso... probablemente va a provocarte un trastorno de estrés postraumático.

—¿TEPT? ¿Eso no les pasa solo a los soldados y cosas así? —pregunto, y Charlie niega con la cabeza.

—Lo veo mucho en esta vida. Puede ocurrir después de cualquier acontecimiento traumático. Y esto ha sido especialmente traumático para ti.

—Entonces, ¿qué hago? —pregunto con voz débil.

—Está la terapia. La medicación...

—No —respondo enseguida. No puedo ir a terapia. No puedo permitir que nadie conozca mis secretos cuando ni siquiera sé si voy a contratar o no a un sicario para que mate a mi nuevo marido.

Y la medicación solo hará que parezca aún más un zombi.

No.

Solo tengo que superarlo, dejarlo atrás.

—Si no te interesan las alternativas, solo hace falta tiempo —dice Charlie, encogiéndose de hombros—. Te vendría bien salir de casa.

Dario se anima.

—Podríamos salir a cenar.

—¿Y Sonny? —pregunto, mordiéndome el labio. No estoy segura de estar preparada para salir y rodearme de otras personas ahora mismo.

—A Marie le encantará pasar un rato con él. Lo ha echado de menos.

Sonrío. Marie es una mujer realmente encantadora. Se ha portado muy bien con Sonny y conmigo durante todo este tiempo.

—De acuerdo —digo en voz baja, y Dario sonríe y le da una palmada a Charlie en el hombro.

Saca un fajo de billetes del bolsillo trasero para pagarle y Charlie se marcha.

—Reservaré para esta noche. Ponte algo bonito.

Asiento y le devuelvo una débil sonrisa. Cuando se marcha a su despacho para trabajar un poco, dejo escapar un pequeño suspiro de alivio.

Los únicos lugares donde me siento segura son aquí o entre los brazos de Dario. Me preocupa que, en cuanto salga, todo vuelva a golpearme de repente.

Ya sueño con ello, con los ojos desquiciados de Beth y con la jeringuilla acercándose cada vez más a mi piel.

Me estremezco e intento quitármelo de la cabeza. Voy al vestidor y escojo un vestido rojo que Dario me compró hace poco.

Le encantó el color, así que lo compró en mi talla. Cuando me lo pongo, el encaje se tensa sobre mis pechos y realza el escote. El cuello baja casi hasta el ombligo, pero, gracias a Dios, tiene unas tiras anudadas al cuello que lo mantienen todo en su sitio.

Soy de esas chicas que necesitan algo de sujeción.

Me lo quito, vuelvo a colgarlo y me pongo un sencillo vestido de verano para salir a la piscina. Dario se acerca por detrás y su sombra cae sobre mí.

Me vuelvo y alzo la mirada hacia él.

—Me estás estropeando el bronceado.

—Dios no lo quiera —dice con voz lánguida, sonriéndome. Lleva unos pantalones cortos de baloncesto y una camiseta de tirantes, y está para comérselo.

Pienso en abalanzarme sobre él allí mismo. Últimamente, es prácticamente lo único en lo que pienso. Cuando estamos follando, no pienso en cuánto lo quiero ni en todos mis sentimientos encontrados.

Solo puedo pensar en alcanzar el clímax, y es una vía de escape de la hostia.

Pero hasta yo sé que no es sano querer tenerlo dentro de mí todo el tiempo.

Así que intento contenerme.

—He elegido un restaurante.

—Yo he elegido un vestido.

Inclina la cabeza.

—¿De qué color?

—El rojo que me compraste.

Deja escapar un gruñido gutural.

—Esta noche vas a conseguir que me arresten.

Me río entre dientes.

—¿Otra vez? ¿No acabas de salir del juzgado por lo del otro?

—Por suerte, tu novio no quiso presentar cargos.

Lo miro fijamente.

—¿Mi qué?

—Ya sabes. Scott Howard.

Sigo mirándolo fijamente y él hace una mueca desdeñosa.

—No puedes hablar en serio. ¿No te acuerdas de él? Tuviste una cita con él y casi lo besaste antes de que le diera un derechazo.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Scott Howard!

Me fulmina con la mirada.

—Le di una paliza al tío y tú ni siquiera te acuerdas de él.

Suelto una risita.

—Lo siento. En mi defensa, por aquí han pasado muchas cosas.

Sonríe, se inclina hacia mí y roza mi hombro con el suyo.

Nos quedamos allí un rato, disfrutando del sol, y es agradable. ¿Habría sido así? ¿Si no hubiera huido? ¿Si lo hubiese perdonado por engañarme?

¿Seríamos una pequeña familia feliz viviendo aquí?

Aquí ni siquiera tengo a nadie con quien hablar. A veces hablo con Sofia, pero tampoco es que pueda contarle gran cosa. Beth siempre era mi confidente, y ahora... sencillamente ya no está.

Como una vela apagada de un soplido.

—¿Tienes hambre?

—La verdad es que no. —No he tenido mucha hambre desde el incidente, pero no quiero preocupar aún más a Dario.

—Deberías comer algo para no encontrarte mal esta noche —insiste, y yo asiento y me levanto.

Me lleva al comedor, donde Sofia ya ha servido el almuerzo: pequeños sándwiches y fruta cortada.

Me siento y me preparo un plato pequeño con uvas, naranjas y unos cuantos sándwiches.

Como, pero todo me sabe a cartón. Bebo un poco de agua y tampoco me satisface.

Ya nada parece importar, y no sé cómo volver a la normalidad.

Regreso arriba y me tomo mi tiempo para maquillarme en tonos marrón claro, de modo que destaquen mis ojos grises, y rizarme las puntas del pelo.

Me embuto en el vestido. Me queda ceñido, pero todo acaba donde debe. Incluso me rocío con un poco de perfume, con la esperanza de que me haga sentir más... humana.

Más viva.

Salgo al pasillo con mis tacones de aguja y, cuando bajo las escaleras, Dario me espera abajo. Lleva un traje de tres piezas, el pelo peinado hacia atrás y sus ojos oscuros resultan inescrutables mientras alza la mirada hacia mí.

—Sabía que ese color te quedaría increíble.

Sonrío con picardía.

—No lo elegiste por el color.

Sacudo los pechos y Dario suelta una maldición.

—No hagas eso.

—¿Por qué no?

—Llegaremos tarde a la reserva —gruñe mientras me atrae hacia él con una mano en mi cintura.

Apoyo las manos en su pecho para no perder el equilibrio.

—Quizá deberíamos quedarnos en casa.

Se aparta después de haber estado hundiendo la nariz en mi cuello. Me mira desde arriba con el ceño fruncido.

—Pero Charlie ha dicho que te vendría bien. Son órdenes del médico.

Un escalofrío me recorre el cuerpo.

—De acuerdo. Si crees que es lo mejor.

Estoy extrañamente nerviosa, y eso que solo vamos a cenar a un nuevo restaurante siciliano que abrió hace un par de años.

Dario me abre la puerta del coche y entro, abrochándome el cinturón.

Noto la garganta cada vez más cerrada y no sé por qué estoy entrando en pánico.

No he salido de casa desde que me secuestraron, y estar al aire libre, incluso con Dario, me aterroriza.

Cuando entra y cierra la puerta, me siento un poco mejor, como si estuviéramos algo protegidos. Consigo respirar hondo varias veces para tranquilizarme antes de llegar y pienso que quizá todo salga bien.

Entramos, nos sentamos a una mesa y todo va bien.

Pido una copa de vino y la bebo despacio.

Dario me sonríe.

—Tienes mejor aspecto. Como más radiante.

—Es el maquillaje —admito con una leve sonrisa—. Pero, sinceramente, no está tan mal.

Pedimos un aperitivo de gambas y me termino el vino. La verdad es que empiezo a sentirme bastante bien.

Sigo sintiéndome desconectada, desligada de mí misma, pero supongo que es algo a lo que tendré que acostumbrarme.

Un camarero pasa junto a nosotros con una bandeja grande llena de vasos de agua y se le cae justo al lado de los aseos.

El sonido hace que sienta como si me estuvieran batiendo el cerebro. Me pongo en pie de un salto, hiperventilando.

—Espera, espera, Li, no pasa nada, solo es agua... —empieza Dario, pero ya estoy demasiado alterada.

Corro hacia la salida trasera y no consigo respirar hasta llegar fuera, estremeciéndome y dando grandes bocanadas de aire. Pero ahora estoy en el exterior, y fuera hay peligro.

—Abre el coche —digo con voz tensa cuando Dario sale por la puerta trasera.

—Vuelve dentro, belissima —me suplica, extendiendo las manos frente a él. Hay cierta desesperación en sus ojos—. Solo te has sobresaltado, no pasa nada.

—¡Sí que pasa! —estallo mientras las lágrimas me corren por la cara—. No está bien porque no estoy preparada, Dario. Necesito... necesito estar en casa.

Dario me observa un momento más antes de abrir el coche con el mando de la llave.

Corro hacia el coche y entro. Cuando la puerta se cierra, por fin consigo respirar sin sentirme oprimida. Al volver a abrirse y entrar Dario, me invade una oleada de pánico.

—Es demasiado pronto —murmura Dario—. Volveremos a intentarlo dentro de unos días.

—Vale —respondo, dispuesta a decir cualquier cosa con tal de volver a casa y acurrucarme en la cama.

En su cama. Porque en la mía no puedo dormir en absoluto.

Es una puta locura. Yo estoy hecha una puta mierda y no sé cómo pararlo.

No sé cómo sentirme mejor.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que me empiezan a temblar los hombros y los sollozos se me desgarran en la garganta.

Dario me rodea de inmediato con los brazos, dejando el coche al ralentí y susurrándome palabras dulces al oído.

—No pasa nada —dice, aunque sí pasa—. Te tengo. Estoy aquí —dice, aunque no siempre lo estuvo.

Pero, aun así, consigue tranquilizarme.

Cuando llegamos, espero a que me abra la puerta y luego corro hacia la casa, notando cómo se me cierra la garganta con cada paso.

Puedo volver a respirar cuando estoy dentro y me apresuro a subir a mi habitación, me quito el vestido y me pongo una de las camisetas grandes de Dario.

Me acurruco en su cama y él desaparece durante unos minutos.

Frunzo el ceño, deseando que esté allí. Queriendo tenerlo cerca. Últimamente, parece que es la única forma en que consigo respirar. ¿Qué dice de mí que el hombre que me rompió el corazón, que podría haber matado a mi padre, sea el único de quien deseo recibir consuelo?