El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 32. Dario
78%

32. Dario

DARIO

Los días pasan, pero es como si algo se hubiera roto dentro de Liana. Ya no es la misma. Está apagada, de algún modo, distinta.

No es la mujer de la que me enamoré, pero dije que aceptaría cualquier versión de ella.

Esta no es diferente.

La quiero apagada y asustada tanto como la quería testaruda y mezquina, pero no me gusta que la luz de su interior se haya extinguido.

Al tercer día de volver a casa, se pasa todo el día tumbada en la cama, inmóvil, casi sin parpadear.

—¿Quieres que encienda la televisión? —pregunto con suavidad, y ella niega con la cabeza.

—No. Me duele la cabeza.

—Está bien. —Alargo la mano para tocarle el hombro, pero ella se aparta y se vuelve hacia la pared en lugar de mirarme.

Ese día la dejo dormir. Todo el día.

Sin embargo, al día siguiente abro las cortinas de par en par e invito a Sonny a entrar.

Él da botes sobre la cama y consigue arrancarle una sonrisa.

—¡Es domingo! ¡Ya sabes lo que eso significa, mamá!

—Día de tortitas —dice ella en voz baja, y deja que él tire de ella hasta sentarla.

—¿Vais a darle la mañana libre a Sofia?

—Lo hacemos todos los domingos. Es el momento especial de Sofia —dice Sonny con solemnidad, y no puedo evitar reírme.

Pero algo sigue sin ir bien con Liana. No hay luz en sus ojos ni nada detrás de su sonrisa. Se levanta, baja las escaleras y hace tortitas con Sonny.

Pero es como si fuera la cáscara vacía de una persona. Una cáscara que antes era mi Liana.

Hasta Sonny lo nota. Frunce el ceño y solo se come dos tortitas.

—¿Me dais permiso para ir a jugar con mis trenes?

—Claro, campeón —dice Liana con toda la alegría que logra reunir—. ¿No te han gustado las tortitas?

Él corre hacia ella, la abraza con fuerza y le da un beso en la mejilla. —Estaban buenísimas, mamá. Solo quiero jugar.

Ella asiente y él me mira como si quisiera decirme «arréglala» antes de salir corriendo.

—¿Te encuentras bien?

Vuelve a asentir. —Solo estoy cansada.

—Esto es algo más que cansancio, Li. Es como si te limitaras a hacer las cosas por inercia.

Le tiemblan las manos mientras corta una tortita. —Lo hago lo mejor que puedo, Dario.

—No he dicho que no. Solo... estoy preocupado por ti, Li. ¿Me dejarías llamar a Charlie para que venga a examinarte?

Ella resopla. —¿Charlie? No es precisamente un gran psiquiatra.

—Es médico. Solo por si acaso... hay algo que no va bien. Después de todo lo que has pasado, creo que deberíamos asegurarnos, nada más.

—Está bien. —Su voz carece de vida.

—Vamos a la piscina. Veré si Sonny quiere acompañarnos. Hace un día precioso.

—¿Ah, sí?

La miro fijamente. Está justo delante de la ventana. Fuera hace un día precioso: brilla el sol y el cielo está azul.

—Liana... —empiezo, pero ella se levanta y sube las escaleras.

—Solo voy a ponerme el bikini. —Una vez más, su voz es inexpresiva.

Me paso las manos por el pelo y llamo a Charlie mientras subo para cambiarme yo también.

Contesta al cuarto tono.

—¿Sí?

—Necesito que examines a mi mujer.

—¿Tu mujer? ¿Desde cuándo tienes una de esas, Conte?

—Desde hace poco. Tuvo un... incidente y ahora no es ella misma.

—¿Qué clase de incidente?

—Su mejor amiga la secuestró. La drogó.

Él silba. —Eso es grave.

—Ya, no me jodas. Apenas se despertó y ahora es como si... como si ni siquiera estuviera aquí.

La echo de menos.

—Iré a echarle un vistazo mañana, pero tengo que advertirte de que parece que podría no ser algo físico.

—Tú examínala, es lo único que te pido.

—Mañana estaré allí a mediodía.

—Gracias.

Cuelgo, termino de ponerme el bañador y voy a la habitación de Sonny.

—Eh, ponte el bañador. Mamá quiere ir a la piscina.

—¿De verdad? —Se le ilumina la cara y se apresura a enfundarse el bañador—. ¿Se encuentra mejor?

—No lo sé —respondo con sinceridad—. Solo sé que tenemos que animarla.

—Yo puedo hacerlo —dice con orgullo, y baja a la piscina con un cubito lleno de juguetes acuáticos y sus manguitos.

Liana descansa en bikini sobre una de las tumbonas, increíblemente guapa con un conjunto amarillo de dos piezas que realza el tono aceitunado de su piel.

Prácticamente se me hace la boca agua, pero no puedo dejar de mirarle la cara. Esa sonrisa es fingida. No se lo está pasando bien.

Estoy preocupado por ella. Sonny también, salta a la vista. Al cabo de un rato consigo distraerlo lanzándolo a la piscina con los manguitos y haciendo que vuelva nadando hasta mí.

Empiezo a mandarlo a buscar juguetes de buceo: los lanzo a la parte honda y hago que vaya a recogerlos. Para cuando el crepúsculo empieza a envolver la casa, está flotando en la parte menos profunda, agotado.

Me duelen los músculos de tanto lanzar a Sonny a la piscina y le sonrío a Liana.

Ella me devuelve la sonrisa, pero esta no le llega a los ojos.

—¿Lista para entrar? —le pregunto en voz baja, y ella asiente mientras una expresión de alivio le cruza el rostro.

Va a la habitación de Sonny para bañarlo y acostarlo. No tarda mucho, quizá treinta minutos, y yo espero de pie en el pasillo.

Liana se detiene en seco al verme.

—Ahí estás —murmura, y en sus ojos grises vislumbro a la mujer que era antes.

Sonrío con suficiencia. —¿Te gusta lo que ves?

—No sé. —Me encanta el tono burlón de su voz—. No deja mucho a la imaginación.

Me agarro la polla, medio dura, por encima del bañador mientras doy un par de pasos hacia ella.

—Siempre podría refrescarte la memoria.

Ella sonríe y ahí está. Mi chica. Mi Li.

—Supongo que tendrás que hacerlo. Parece que, con tanto alboroto, se me ha olvidado —dice con voz arrastrada mientras pasa junto a mí y entra en el dormitorio principal.

Ha pasado allí todas las noches conmigo desde que volvió y, aun así, sigue sin ser suficiente.

La sigo; la seguiría a cualquier parte. Se quita el bikini y abre el grifo de la ducha.

Me quito el bañador de un tirón y entro detrás de ella, posando las manos sobre sus caderas.

Ella se vuelve, chasqueando la lengua con una sonrisa en la cara.

—No he dicho que necesitara ayuda para ducharme.

—He pensado que quizá eso también se te había olvidado —murmuro junto a su oído mientras cojo una manopla y le echo un poco de gel.

Se la paso por el pecho, por encima y por debajo de sus generosos senos, antes de deslizar la tela sobre sus pezones endurecidos.

Suelta un jadeo cuando le pellizco uno de ellos a través de la manopla.

—Ya verás cuando salga de aquí.

—¿Estoy en apuros? —pregunto en voz baja mientras le pellizco el otro pezón del mismo modo.

—¿Quieres estar en apuros?

—¿Contigo? Muchísimo. Siempre. Siempre espero que estés un poco enfadada conmigo cuando follamos.

Ella suelta una risita y ese sonido es música para mis oídos, agudo y libre.

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

—Estás muy mona cuando te enfadas. Se te encienden la cara y el pecho, te centellean los ojos...

Ahora me centellean un poco mientras me da una palmada en el hombro.

Le atrapo la muñeca con una mano y me la llevo a los labios. Beso la piel sobre su pulso y ella inspira bruscamente.

Se apoya contra la pared del fondo con las palmas bien abiertas. También separa los muslos.

—Tómame por detrás —susurra, y se me escapa un gemido ahogado cuando se abre para mí.

Me coloco detrás de ella, me agarro la polla por la base y empujo contra su entrada reluciente. Al principio está muy estrecha y me introduzco despacio hasta hundirme por completo.

Ella gime y echa las caderas hacia atrás contra mí.

—¿Seguro que puedes con esto? —pregunto entre dientes.

—¿Me lo preguntas ahora? ¿Cuando ya estás dentro de mí? —Suelta una risita descontrolada. Supongo que el sonido debería preocuparme, pero, en cambio, me llena de euforia.

Siente algo. Está ahí, en alguna parte.

Quizá solo enterrada en lo más profundo de sí misma.

—¿Y bien? ¿Puedes?

Vuelve a echar las caderas hacia atrás, follándose ella sola con mi polla. Observo fascinado cómo su culo rebota contra mí.

Gruño, la agarro con fuerza por las caderas e impongo un ritmo constante y brutal.

Mientras la embisto, ella deja escapar un gemido grave, baja la cabeza y el agua le cae por la cara.

Solo la observo un instante antes de recoger sus rizos oscuros en una coleta y tirar de ellos para obligarla a alzar la cabeza.

—Vamos, nena. Estas paredes están insonorizadas. Déjalo salir.

Arquea la espalda contra mí y grita mi nombre a trompicones mientras se corre alrededor de mi polla, apretándola con fuerza.

Una punzada me atraviesa directamente los huevos y apenas logro dar unas cuantas embestidas más antes de derramarme dentro de ella.

Al salir de su interior, se vuelve y me dedica una sonrisa perversa.

—Sabía que no conseguirías salir de la ducha.

La miro boquiabierto. —Pequeña arpía. Me has engañado.

Vuelve a reírse y yo sonrío, la estrecho entre mis brazos y le cubro de besos un lado de la cara. Ella suspira y me rodea el cuello con los brazos.

Es como volver a estar cinco años atrás. E incluso cuando terminamos de ducharnos no me suelta y deja que la lleve en brazos hasta la cama. Me permite acercarme, me deja entrar... pero sigo sintiendo que algo no está bien.

Como si me estuviera aprovechando de su vulnerabilidad.

Quizá no debería haberle hecho el amor. Ahora no. Pero es el único momento en que parece cobrar vida.

La tumbo en la cama y veo su loción sobre la mesilla de noche. Ella no intenta cogerla, así que lo hago yo, me pongo un poco en las manos y se la extiendo por el cuerpo, empezando por la garganta y bajando por sus pechos y su vientre.

Jadea mi nombre cuando deslizo la mano entre sus piernas, pero no me interesa darle placer, ahora no. Solo quiero cuidar de ella.

Deslizo las manos por la cara interna de sus muslos, sus pantorrillas y sus tobillos. Incluso aplasto un poco de loción entre los dedos de sus pies, lo que hace que se ría y dé una patada.

Me meto desnudo en la cama con ella, sin molestarme en vestirme. Ella también está desnuda y, cuando la acerco a mí, se acurruca contra mi cuello.

Ha vuelto, pero solo cuando está entre mis brazos. Solo cuando estoy dentro de ella.

—¿Liana?

—¿Sí, Dario? —Va dejando pequeños besos a lo largo de mi clavícula.

—¿Estás segura de que estás bien? ¿Con... todo esto?

Hace un leve mohín. —No habría intentado seducirte si no lo hubiera querido, Dario. Ya soy mayorcita; puedo tomar mis propias decisiones.

—¿Sigues odiándome?

Ella guarda silencio y deseo no haberlo preguntado jamás mientras el corazón se me desploma.

—No —dice al fin—. No creo que lo haya hecho nunca.

Entonces la beso con suavidad, el primer beso desde que ha vuelto a casa, y ella deja escapar contra mi boca un sonido parecido a un sollozo mientras vuelve a rodearme el cuello con los brazos.

Me besa una y otra y otra vez hasta que siento los labios magullados, pero no va más allá y yo tampoco.

Quiero que confíe en mí. Quiero que se quede.

Para siempre.

Ya no voy a seguir negándome que la amo. Que la deseo. Y a Sonny también. Lo criaré como si fuera mío, que se joda su ex.

Pero veo cómo se desvanece la luz de su rostro cuando me aparto de ella y me prometo que lograré recuperarla.

Cueste lo que cueste.