31. Liana
LIANA
No paro de gritar el nombre de Sonny, deseando ver a mi niño, pero no me sale la voz. Solo respiraciones entrecortadas. No puedo mover las extremidades. No puedo abrir los ojos.
Estoy en el infierno. Eso es. Beth me mató y ahora estoy atrapada aquí para siempre, incapaz de moverme, sabiendo que Sonny está justo ahí.
—No puedes irte. Siempre has sido tú, Li...
Oigo la voz entrecortada de Dario en mis sueños. No sé de qué está hablando ni por qué suena tan rota y tensa.
¿Dónde estoy? Lo único que siento es frío, deslizándose por mis extremidades. ¿Me estoy muriendo?
Por fin consigo entreabrir los ojos.
—¿Li? —El rostro de Dario va enfocándose poco a poco. Dios, tiene un aspecto... horrible. Está agotado, como si llevara días sin dormir, con barba de varios días y bolsas bajo los ojos—. Li, cariño, ¿estás despertando?
Abro y cierro la boca.
—¿Agua? —pregunta. Cuando asiento débilmente, corre al lavabo para servirme un vaso y regresa con una pajita flexible.
Bebo y es como el néctar de los dioses, frío y suave al deslizarse por mi garganta.
Vuelvo a abrir la boca.
—¿Sonny?
—Está bien. Ha bajado a la cafetería con Giovanni.
—¿Cuánto... cuánto tiempo he estado inconsciente? —Las palabras salen en un hilo de voz débil.
—Algo más de una semana —dice, mirando el reloj—. Ocho días.
—¡Ocho días! —Casi chillo, pero las cuerdas vocales no me lo permiten—. Tengo que ver a Sonny, Dario, yo...
—Le mandaré un mensaje a Giovanni para que lo suba —dice con dulzura, dejándose caer en la silla—. Debería llamar a los médicos. Querrán hacerte pruebas.
—Todavía no —suplico.
Me mira directamente a los ojos y hay algo en su expresión que no consigo identificar.
—Pensé que te había perdido —dice al fin con voz ronca antes de estrecharme contra él y hundir el rostro en mi cuello.
Mis brazos lo rodean despacio. No puedo evitarlo. Huele bien, pese a que estoy segura de que lleva días sin ducharse. Huele a algo que es exclusivamente Dario y que me reconforta.
—Beth está... —Dejo la frase en el aire, consciente de que seguramente está muerta.
—Ya no está.
—¿Sonny no resultó herido?
—No. Solo se asustó un poco. No está herido. Giovanni y yo hemos estado cuidando de él.
Se me corta la respiración y escudriño su rostro, preguntándome si habrá deducido que Sonny es suyo. Parece que no.
Asiento despacio.
—Gracias.
—De verdad tengo que llamar a los médicos para que te examinen. —Hay un matiz de súplica en su voz cuando se levanta, y asiento.
Llama al puesto de enfermería y, unos instantes después, hay tres médicos palpándome y haciéndome pruebas.
—Siga la luz.
Hago lo que me dicen y después me formulan una serie de preguntas sobre en qué año estamos, quién es el presidente y cosas por el estilo.
Respondo y todos me miran como si me hubieran salido dos cabezas.
—¿Me he equivocado?
—No. No, solo estoy... sorprendido —dice uno de los médicos—. Estuvo sin constantes mucho tiempo.
—¿Sin constantes?
—Murió en la mesa de operaciones, señora —interviene otro médico más joven—. Tardamos casi veinte minutos en reanimarla.
—A-ah. —Algo parecido a una lanza me atraviesa el corazón. Beth, que ha sido mi mejor amiga toda la vida, está muerta.
Intentó matarnos a mi hijo y a mí, y ahora está muerta.
Y yo no siento...
Nada.
Ni siquiera siento que esté del todo presente, que sea yo misma. Es como si Beth sí me hubiera matado y yo no hiciera más que flotar, cumpliendo los movimientos por pura inercia.
Cuando los médicos terminan, Dario recorre mi habitación de un lado a otro, como si estuviera nervioso.
Lo sigo con la mirada hasta que sus vueltas en círculo me provocan dolor de cabeza.
—Puedes sentarte, ¿sabes? No es que vaya a irme a ninguna parte.
Se queda quieto y se sienta, pero sigue moviendo la pierna sin parar.
—Dario, ¿qué pasa?
—Casi te pierdo —repite en voz más baja—. Dijiste que te ibas y ¿qué hice yo? Salí a beber con Rocco e intenté ahogar mis penas. Por eso no estaba allí, Li.
—No podías saber...
—Pero sí lo sabía —dice con fiereza, alzando la mirada hacia mí—. Sabía que había traicionado a nuestra familia, que después iría a por ti.
—No podías imaginar que ocurriría así. No es culpa tuya.
Suelta un resoplido y aparta la mirada.
Alargo la mano para coger la suya, me la llevo al regazo y se la aprieto.
—Dario, no es culpa tuya.
Exhala largamente y se seca los ojos. Desde que he despertado se ha mostrado muy amable conmigo, tan... tierno. Me recuerda a cuando empezamos a salir, a lo atento que era entonces.
Giovanni llama suavemente a la puerta y mi hijo se abalanza sobre mí. Dejo escapar un sonido gutural, entre un gruñido y una carcajada, mientras lo estrecho contra mí.
Me llena la cara de besos.
—¡Mamá! ¡Sabía que despertarías! ¿A que te lo dije, tío Giovanni?
—Así es. Todos los días me decía que su mamá iba a despertar —dice Giovanni con una sonrisa.
Me duele el pecho. Ay, mi pobre niño. Esperando casi una semana a que mamá despertara.
—¡Y tenía razón! —gorjea, abrazándome con fuerza.
—Tenías razón —digo con dulzura mientras le devuelvo el abrazo.
Sonny me suelta a regañadientes cuando Giovani le propone ir a la tienda de regalos para comprarme un globo.
—Te compraré el más grande, mamá —me dice Sonny al salir de la habitación del hospital, y yo le sonrío y lo despido con la mano.
—Se os da bien cuidar de él —tengo que admitir, y Dario sonríe de oreja a oreja.
—Hicimos lo que pudimos. Sobre todo Giovanni, para serte sincero. Yo estaba un poco... destrozado.
—Porque pensabas que yo estaba...
—Me dijeron que quizá no despertarías —dice con voz inexpresiva, y vuelvo a tenderle la mano. Entrelaza los dedos con los míos.
—Pero he despertado.
—Gracias a Dios. Li, dime que no te irás. Que no anularás el matrimonio.
—Pensaba que ese había sido siempre el plan —digo con vacilación. Ya no quiero anularlo, si es que alguna vez quise hacerlo.
Pero, Dios, ¿qué dice eso de mí? Recuerdo el reloj de bolsillo, posiblemente idéntico al que tenía mi padre. ¿Lo había matado Dario?
—Ahora no —insiste Dario—. Por favor, vuelve a vivir conmigo. Instálate. Recupérate.
Asiento despacio. Tampoco es que tenga otra opción. Beth era mi único apoyo aparte de él, y ahora ya no está.
Cuando pienso en ella, siento un agujero en mi interior. Como si antes hubiera algo ahí que ahora falta y yo no lograra recordar qué sentía cuando estaba lleno.
Es exasperante. Ojalá pudiera olvidarlo sin más. Todo.
Me incorporo y Dario me ayuda, ahuecando la almohada a mi espalda. Me aparta el pelo de la cara.
—¿No te irás? —pregunta de nuevo, y sonrío.
—No me iré. ¿Adónde iba a ir?
No responde; se limita a llevarse mis nudillos a los labios.
No me dan el alta hasta dos días después y el pobre Dario no para de quedarse dormido en la silla junto a mi cama.
Cuando Giovanni trae a Sonny de visita, señalo a Dario, que está dormido.
—Llévatelo a casa y haz que descanse —le digo.
Giovanni despierta a Dario de una patada.
—Vámonos a casa, jefe.
—No —dice, arrastrando las palabras por el sueño, con el pelo cayéndole sobre la cara. Parece un niño pequeño.
Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar sonreír.
—¿No quieres irte a casa?
—Hasta que tú no vayas, no. No dormiré hasta que estés en la cama a mi lado.
Abro mucho los ojos, pero Sonny ni se inmuta y sigue jugando con sus trenes a un lado de mi cama.
—De acuerdo, entonces —digo al fin en voz baja, sintiéndome más complacida de lo que debería.
No es hasta la mañana siguiente, de camino a casa, cuando le pregunto a Dario lo que llevo queriendo saber.
—Tu padre y el mío... ¿no se llevaban bien?
Niega con la cabeza.
—No. Se pelearon por un reloj de bolsillo, nada menos.
—¿Un reloj de bolsillo? —Aguzo el oído y lo miro.
Él deja escapar una risa grave.
—Mi padre me regaló un viejo reloj de bolsillo de plata. Lo llevaba puesto en un acto al que también asistió tu padre. Estaba borracho y me acusó de haberlo robado. Nos peleamos por ello. A puñetazos.
Arqueo una ceja.
—Papá nunca supo beber con moderación.
Dario suelta una carcajada.
—Desde luego que no. Apenas consiguió acertarme un golpe. Resultó que era un reloj que le había regalado a mi padre cuando eran jóvenes y amigos. Supongo que le ofendió que mi padre me lo diera a mí.
Me río con él, aunque no estoy segura de que tenga gracia. Un incidente tan insignificante no bastaría para que Dario lo matara, ¿verdad?
Ya nada tiene sentido. Estoy casada con el hombre que me rompió el corazón, mi padre y mi mejor amiga están muertos y él es mi único apoyo.
¿Qué ha sido de mi vida?
Sonny se marcha a su habitación, cansado después de haber pasado toda la semana en el hospital, y Dario me rodea con fuerza la cintura y me acompaña al dormitorio principal.
—Supongo que me cambio de habitación —digo con tono cantarín, y Dario me fulmina con la mirada.
—No juegues conmigo ahora, Li. Lo digo en serio: no dormiré si no estás a mi lado.
—Vale, vale, osito gruñón —me burlo mientras me quedo en ropa interior y me meto en la cama. Yo también estoy agotada. En el hospital nunca te dejan dormir; entran y salen a todas horas para comprobarte las constantes.
Me observa con ojos oscurecidos mientras me desnudo y hace lo mismo. Cuando se mete en la cama solo lleva los bóxeres; me atrae hacia él antes de cubrirnos a los dos con las mantas.
Se acomoda, pegándome la cabeza al pecho, y cuando nuestras pieles entran en contacto parece relajarse por fin y exhala largamente por la nariz.
—Así —suspira, y poco después ya está roncando, con los brazos aferrados a mi alrededor.
No podría ir a ninguna parte ni aunque lo intentara. Tampoco es que quiera. Ya siento los párpados pesados.
Pero, en cuanto los cierro, veo el rostro de Beth deformado en una mueca desdeñosa mientras intentaba matarme.
Espero hasta estar segura de que Dario duerme profundamente antes de levantarme y bajar las escaleras.
Casi grito al ver a Sofia en la cocina, preparando té.
Me llevo una mano al corazón.
—¡Me has dado un susto de muerte!
—¿Sí? Aún es temprano. Creía que todos seguiríais durmiendo —dice con una risita mientras saca otra taza.
—No podía dormir.
—Bueno, si yo durmiera durante una semana, también tendría problemas. —En su voz hay un deje burlón, y sonrío.
—¿Lo sabías?
—Claro. El jefe estuvo fuera toda la semana. No se separaba de su lado. Ni tampoco ese niño suyo. Dario intentó que Marie lo cuidara, pero él quería estar junto a su cama.
No puedo evitar esbozar una sonrisa.
De tal palo, tal astilla. Los dos son tercos como mulas.
—Todos confiábamos en que saldría adelante, señorita.
—Es muy amable por vuestra parte.
—Después de que murieran sus padres, el jefe cambió. Estaba triste. Ahora está mejor desde que usted está aquí.
—¿De verdad?
Ella asiente.
—Su rostro vuelve a tener vida y sus mejillas, color.
Guardo silencio mientras bebo un sorbo de té.
—La quiere, ¿sabe? Y al niño también. Nunca se le ha dado bien demostrarlo.
Se me seca la boca.
—Gracias por el té, Sofia —susurro mientras me levanto y salgo de la cocina. Vuelvo arriba y entro en la habitación de Dario.
Sigue profundamente dormido, tal como sabía que estaría, pero gruñe y vuelve a atraerme hacia sus brazos cuando me meto en la cama y lo molesto.
Sus brazos vuelven a aferrarse con fuerza a mi alrededor y esta vez, mientras escucho los latidos de su corazón, consigo sumirme en un sueño dichosamente libre de pesadillas.