El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 30. Dario
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30. Dario

DARIO

Cuando llegamos a la antigua casita de juegos de Beth, casi ha anochecido y me preocupa que ya se hayan marchado. Pero, al detenerme detrás del coche, reconozco el de Beth.

Giovanni da un paso atrás y deja que vaya delante.

Saco la pistola y me agacho para entrar en la casita. Por dentro es como un laberinto, con pasillos serpenteantes y pequeñas habitaciones llenas de muñecas viejas.

Resulta siniestro. Avanzo deprisa por las habitaciones y oigo unas palabras amortiguadas tras una de las puertas.

—Solo tienes que quedarte callado un poco más y después... ¡Eh! ¡Deja eso!

—¡Suéltame! —Oigo a Sonny zafarse de Beth y salir disparado, gateando por las diminutas habitaciones y pasando entre mis piernas de camino a la entrada.

Quiero ordenarle a gritos a Giovanni que lo intercepte, pero no quiero delatar mi posición.

Me acerco despacio a la puerta del dormitorio, de donde procede la voz de Beth, pero ella sale de allí de golpe y me derriba. Caigo de culo con un gruñido y ella pasa por encima de mí en dirección a otra habitación.

Voy tras ella e intento agarrarla por los tobillos, pero no consigo aferrarme bien.

—¡Beth, para!

—Llegaré hasta ella antes que tú. Será mía. Ya lo verás. Solo mía.

Está desvariando como una loca, pero aquí dentro todo es jodidamente estrecho y no consigo alcanzarla.

Me agacho frente a la puerta y apunto con la pistola. Disparo mientras aún tengo un blanco despejado, antes de verla sosteniendo una jeringuilla contra el cuello de Liana.

—¡No! —grito con desesperación mientras Beth cae.

Los ojos grises de Liana se ponen en blanco y ella se desploma cubierta con la sangre de Beth.

—¡No! —vuelvo a gritar mientras gateo hacia ella. Le arranco la jeringuilla del cuello y la tiro al suelo antes de pasarle los brazos por debajo de las axilas.

La saco a rastras de la casita y Giovanni se pone de pie con Sonny en brazos.

Deja al niño con cuidado en el suelo y corre hacia mí.

—No puedes irte —consigo decir entre jadeos, acunando a Liana entre mis brazos.

Pierde y recobra la consciencia; sus ojos se clavan en los míos y después vuelven a ponerse en blanco—.

Siempre has sido tú, Liana. Eres la única mujer a la que he amado.

La única a la que amaré jamás. No puedes irte, Li.

Las lágrimas me corren por la cara y, por mucho que lo intento, no puedo detenerlas.

—Tenemos que llevarla a un hospital —dice Giovanni con voz ronca. Asiento, sorbiéndome la nariz, sin importarme seguir llorando a lágrima viva.

Cojo a Sonny en brazos y lo examino. No parece herido, pero no deja de llorar. Lo meto en el asiento trasero del coche y Giovanni acomoda a Liana junto a él.

Sonny llora aún más fuerte e intenta coger a su madre de la mano.

Me vuelvo para hablarle a ella.

—Mantente despierta por mí, belissima. Limítate a mirarme. Eso es, cariño —digo mientras sus ojos se esfuerzan con desesperación por no apartarse de los míos. ¿Qué había en esa jeringuilla?

Llegamos al hospital y Giovanni pide ayuda a gritos.

Enfermeros y médicos salen corriendo y sacan a Liana del coche de un tirón. Cojo a Sonny en brazos y entro con él en silencio en el hospital.

La policía aparece al cabo de una hora, pero yo no sirvo de mucha ayuda. Giovanni se encarga de todo y les paga de su propio bolsillo. Sabe que le devolveré el dinero.

Si Liana supera esto, haré cualquier cosa.

Sonny levanta la vista hacia mí. Tiene la piel pálida, blanquecina y fría al tacto. Puede que esté en estado de shock.

—¿Mamá está bien? —pregunta con la voz quebrada. Entonces me derrumbo y apenas consigo apartar la mirada antes de que un sollozo me sacuda el cuerpo.

—Vamos a buscar algo para picar, ¿vale? —dice Giovanni con dulzura.

Se lo agradezco. Ni siquiera puedo mirar al niño sin venirme abajo. Se parece muchísimo a ella, con esos ojos grises y el pelo oscuro.

Pasan horas antes de que salga el médico y, cuando lo hace, pregunta por «la familia de Liana Rossi».

—Soy su marido —respondo con voz áspera cuando se acerca a mí. No me doy cuenta de que me tiemblan las manos hasta que las entrelazo sobre mi regazo y levanto la vista hacia él—. ¿Cómo está?

—Está... —Vacila y el corazón se me desploma hasta el estómago—. Está en una situación crítica. Hemos tenido que administrarle tres dosis de Narcan y, bueno... para serle sincero, ha muerto en la mesa de operaciones.

El aliento se me atasca en la garganta y él debe de ver algo terrible en mi rostro, porque se apresura a continuar.

—Pero hemos conseguido que su corazón volviera a latir. Tardará bastante en despertar y, cuando lo haga... sencillamente... no sabemos si volverá a ser la de antes.

—Pero ¿está viva? —pregunto. Es lo único que me importa. Aceptaré cualquier versión de ella, siempre que sea ella. Siempre que siga respirando.

—Por ahora está estable...

—¿Puedo verla?

—Como ya le he dicho, señor, no va a despertar...

Hago un gesto con la mano.

—Eso me da igual. He preguntado si puedo verla.

—Por supuesto. Está en la habitación doscientos veinticuatro.

Apenas ha terminado de pronunciar esas palabras cuando ya estoy doblando la esquina. La veo allí tendida en la cama del hospital, conectada a varias vías y a un monitor que mide su respiración y su frecuencia cardíaca.

El pelo le cae en cascada sobre la almohada. Hundo la mano en él y siento la suavidad de los mechones entre los dedos. Me agacho junto a su cama, entierro el rostro contra su vientre y me permito llorar.

Al cabo de unos instantes, noto que sus dedos se mueven en mi pelo y me incorporo, sorbiéndome la nariz, sin apartar la mirada de su rostro.

Sigue completamente inconsciente, pero quizá ese movimiento sea una buena señal. ¿Debería avisar a alguien?

Le aparto el pelo de la cara.

No quiero dejarla. Ni siquiera un instante.

—Es probable que le queden secuelas —dice el médico, uno distinto al de antes.

Asiento.

—Puede que no lo recuerde. Puede que no recuerde nada.

Vuelvo a asentir.

—Me da igual —digo por fin cuando el médico se limita a seguir mirándome—. Me da igual cómo vuelva, siempre que vuelva.

El médico acaba marchándose y las horas pasan. Yo me limito a contemplar su rostro, sus largas pestañas extendidas como abanicos sobre los pómulos, esa nariz respingona suya.

Rezo por volver a ver el color de esos ojos grises.

—¿Dario? —La voz de Giovanni me llega desde la puerta—. El peque tenía muchas ganas de ver a su madre.

Sonny entra en la habitación como una exhalación y se dirige al otro lado de Liana, trepa a la cama y le coge la mano.

—Mamá, es hora de despertarse —dice, sacudiéndola con suavidad.

El aliento se me atasca en la garganta.

—Necesita descansar, campeón. Puede que tarde un poco en despertar.

—Pero no mucho, ¿verdad? Mi fiesta de cumpleaños es la semana que viene.

Sonrío. No tiene ni idea de lo desesperada que es la situación en estos momentos, pero quizá sea mejor así. Quizá ella querría que no se lo contase.

Ahora lo único que podemos hacer es esperar.