El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 28. Dario
68%

28. Dario

DARIO

Sueño con Liana, con ella gritándome, gritando que me odia, y me despierto sobresaltado.

Solo han pasado tres horas desde que me acosté. Rocco sigue inconsciente en una de mis habitaciones de invitados y Giovanni desapareció después de dejarme en casa.

El móvil me vibra en el bolsillo y lo cojo.

—¿Sí?

—Jefe. Tenemos un problema.

—Suéltalo, Giovanni.

—El coche de Liana no se ha movido. ¿Quieres que entre?

—¿Qué quieres decir con que no se ha movido?

Me incorporo de golpe y me pongo en pie sin molestarme en cambiarme de ropa.

—Que... no se ha movido —dice Giovanni en voz baja—. Voy a entrar para comprobarlo.

—No cuelgues.

Al otro lado de la línea, Giovanni recorre el pasillo del hotel. Oigo sus pasos. Llama con suavidad a la puerta.

—¿Liana? Me envía el jefe. Solo quiere saber que estás bien.

Ella no responde.

—Echa la puerta abajo —ordeno, y oigo crujir la madera cuando lo hace.

—Nada —dice por teléfono, y aprieto la mandíbula.

—Estaré ahí en diez minutos.

—Jefe...

—Quédate ahí. No te muevas.

Sigo las indicaciones de la aplicación del móvil y me dirijo al centro, al hotel. No es un buen hotel, pero tampoco está en la peor zona de la ciudad.

Aparco junto a su coche y, cuando salgo, doy una vuelta a su alrededor. No hay nada fuera de lo normal. A pesar de tener un lugar donde quedarse conmigo, aún lleva casi toda su vida metida en ese coche y dentro siguen las bolsas de ropa.

Pero eso no es raro. Subo las escaleras y me encuentro con Giovanni en el pasillo.

—¿Ninguna señal de forcejeo?

—No exactamente. Parece que se limitó a recoger sus cosas y marcharse. Pero su coche sigue aquí.

Niego con la cabeza.

—No se iría sin su coche.

Mi móvil vibra al desactivarse por fin el modo «No molestar». Lo había activado mientras dormía. Siempre permito que entren las llamadas, pero no los mensajes ni las notificaciones.

Lo miro, medio molesto, pensando que será Rocco o alguna estupidez.

Pero es un mensaje de Liana: ayuda.

De hace tres horas.

—¡Joder! —maldigo, y los ojos de Giovanni se clavan de golpe en los míos.

Le enseño el móvil.

—Ha sido Beth —digo deprisa—. Tiene que ser ella. Comprueba su casa.

—Vamos.

Nos apresuramos a subir a su coche y Giovanni sale disparado, recorriendo en unos diez minutos el trayecto de veinte hasta la casa de Beth.

Solo llamo tres veces a la puerta antes de soltar una maldición y derribarla de una patada, reventando el cerrojo.

Irrumpo en la casa con la pistola desenfundada y miro a mi alrededor, pero no encuentro nada. Ni a nadie. Las cosas de Beth han desaparecido, las paredes están desnudas y lo único que queda son sus muebles.

Voy hecho una furia hasta su habitación y descubro que toda su ropa ha desaparecido. Todo.

—Se la ha llevado —digo entre dientes—. Joder, lo sabía.

Esto es culpa mía. Si anoche no hubiera salido a emborracharme como un puto adolescente con el corazón roto, si no hubiera estado durmiendo la mona cuando me escribió...

—Don —me llama Giovanni—. No pierdas la calma, ¿vale? La encontraremos.

Pero no es así. No la encontramos en ninguno de los tres sitios donde se me ocurre buscarlas: la casa del padre de Beth, que lleva vacía desde que murió y parece más un almacén que un hogar. Después, el antiguo piso de Beth, el que compartía con Liana. Nada.

Solo queda un lugar donde podría estar, y es una posibilidad remota.

—¿En qué estás pensando, jefe?

—Queda un sitio más. Una propiedad que pertenecía al padre de Beth. Allí construyó una casita de juegos para Beth y Liana, con electricidad... Tal vez... tal vez haya ido allí.

—¿Dónde está?

Gimo.

—A una hora de la ciudad. Cerca de la bahía.

—Vayamos ya. Rápido.

Volvemos corriendo al coche y Giovanni me deja conducir, ya que sé llegar a la casita de juegos de Beth.

Salgo disparado, saltándome todos los semáforos en rojo y rezando para que lleguemos a tiempo.