El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 27. Liana
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27. Liana

LIANA

Me despierto poco a poco, pero parece que todo importa un poco menos que antes de quedarme dormida. Fuera lo que fuese lo que había en aquella jeringuilla...

Parpadeo despacio y oigo a Sonny llorar en voz baja.

—Lleva demasiado tiempo dormida —dice, y consigo mirarlo y dedicarle una débil sonrisa—. ¡Mamá!

Me echa los brazos al cuello y se me escapa un quejido, débil y agotada.

—Hola, dormilona —gorjea Beth como si no pasara nada—. Por fin te has despertado.

—¿Qué me has dado? —siseo, aunque las palabras me salen débiles y lentas.

—Solo algo para ayudarte a dormir. Necesitabas descansar.

—Beth, no puedes limitarte a drogarme...

—Yo no... —Hace una pausa—. Bueno, tú me obligaste.

Sus palabras suenan casi a regañina. Ha perdido la cabeza.

Dario tenía razón. Estaba intentando matarlo. ¿También intentaba matarme a mí? ¿Y a Sonny?

—Tienes que dejarnos salir de aquí, Beth.

—Ya casi tengo preparado el coche. Mi coche. Por supuesto, tendremos que usar el mío. Dejaremos aquí el tuyo.

—Beth, ¿adónde vamos?

—Ya te lo he dicho. A un lugar seguro. Un sitio donde Dario no pueda llegar hasta ti. Ni hasta Sonny.

Intento mover los brazos, pero no responden. Siento todo el cuerpo pesadísimo. Ni siquiera puedo levantar las piernas.

—Beth... ¿por qué? ¿Por qué ir a por Dario?

Ella resopla con desdén.

—¿Es que no lo sabes? Siempre ha tenido todo lo que yo quería. Era el niño de oro, ¿sabes? Nada podía hacerle daño. Y yo menos que nadie. Lo heredó todo, consiguió todo el poder. No puede teneros también a ti y a Sonny. ¿Sabes por qué?

Niego con la cabeza.

—Porque eres mía —dice, con un brillo excesivo en los ojos—. Siempre lo has sido, desde que éramos niñas. No puede apartarte de mí. Ni siquiera casándose contigo. Porque entraste en razón, ¿verdad?

—B-Beth, tienes que dejarme marchar.

¿Dónde está mi teléfono? Demasiado lejos. Dentro del bolso, sobre la mesilla de noche. Y con lo pesadas que siento las extremidades, jamás conseguiré llegar hasta allí.

Miro a Sonny y él se muerde el labio, con el pulgar suspendido junto a la boca. Acaba de dejar de chupárselo por las noches. Mi niño pequeño.

—Mamá necesita su teléfono —susurro tan bajo que casi me limito a formar las palabras con los labios.

Sonny asiente de forma casi imperceptible. Cuando Beth se levanta para guardar algunas cosas más, él saca rápidamente mi teléfono del bolso y me lo entrega.

Trasteo torpemente con el teléfono hasta desbloquearlo, busco el contacto de Dario y le envío cinco letras: ayuda.

Ahora solo espero que reciba el mensaje antes de que sea demasiado tarde.

Vuelvo a quedarme dormida y, cuando despierto de nuevo, Beth está tirando de mí para ponerme de pie. No me resisto. No puedo. Todo parece estar lejísimos.

Me arroja en el asiento del copiloto y Sonny ya está atrás, sujeto a su sillita y con expresión aterrada.

Quiero alargar los brazos hacia él, pero no me responden.

—Todo va a salir bien —digo en voz baja—. Dario vendrá.

Asiente deprisa y levanta la mirada cuando Beth abre la puerta del conductor.

—¿Estamos preparados para nuestro viaje? —pregunta con alegría. Demasiada alegría.

Sonny asiente y yo sonrío.

—Espero que vayamos a algún sitio junto al agua.

—Adonde tú quieras, Liana —dice con una sonrisa demasiado amplia, y me maldigo por no haberlo visto antes.

Dario tenía razón respecto a Beth. Es peligrosa. Y no sé qué piensa hacerme.

No sé cómo salir de esta.

Solo puedo confiar en que esté mirando el teléfono.

—Te gustará el primer sitio al que vamos. Hace mucho que no estamos allí.

—¿Es un lugar que conozco? —pregunto esperanzada. Quizá también lo conozca Dario.

—Ya lo verás —dice alegremente, y apoyo la espalda contra el asiento mientras ella arranca.

Conducimos durante mucho tiempo. Demasiado. Cada vez nos alejamos más de la ciudad.

Cuando nos detenemos, reconozco el lugar de inmediato.

Es una de las casas de su padre, donde nos construyó una casita de juegos en un árbol cercano. La había equipado con electricidad y se había asegurado de que tuviéramos todas nuestras películas favoritas de princesas.

—¿Te acuerdas de esto? ¿De nuestra casa de verano?

Las piernas empiezan a responderme de nuevo. Cada vez estoy más despejada, y no podría estar más agradecida.

Pero, al ponerme de pie, me doy cuenta de que sigo débil y tengo que apoyarme en Beth.

Esta vez me resisto, pero estoy débil como un gatito y ella me aparta de un manotazo.

—Cálmate, Liana —dice con firmeza—. No nos conviene que sigas resistiéndote. Las cosas empeorarán. No quieres que empeoren, ¿verdad?

—Claro que no —murmuro, aunque sigo necesitando ayuda para caminar hacia la casita del árbol.

No hay forma de escapar de esto, no mientras siga bajo los efectos de lo que sea que me ha inyectado.

Dario. Por favor.