El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 26. Dario
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26. Dario

DARIO

Unos cuantos chupitos de tequila después, Rocco y yo tomamos por unanimidad la decisión de volver a salir.

—Por fin vamos a conseguir que folles —dice Rocco, arrastrando las palabras, y yo me encojo de hombros.

No tengo valor para decirle que no me interesa.

Lo único que quiero es recuperar a Liana. Quiero estrecharla entre mis brazos, suplicarle que me diga por qué se marchó, qué hice mal. Que me lo diga para poder arreglarlo.

Ya he dejado atrás el odio. Solo quiero que vuelva.

Pero ella no me quiere. Tengo que aceptarlo, ¿no?

Así que ¿qué otra cosa puedo hacer salvo perderme en otra persona?

Recorremos las dos manzanas que nos separan del club y, dada la cantidad de alcohol que nos corre por las venas, parece que nos hayamos teletransportado hasta allí.

La pelirroja que antes ha coqueteado conmigo sigue allí y viene directa hacia mí, sonriendo mientras me sostiene la cara con una mano.

—Parece que lo has pasado mal, cariño —me susurra junto al oído, y yo le dedico una sonrisa tímida.

—Puede.

—¿Alguna chica te ha hecho daño?

Bajo la mirada hacia ella, sorprendido por su perspicacia.

Asiento despacio y ella me rodea el cuello con los brazos.

—Puedo ayudarte a olvidarla. Joder, fingiré ser ella si eso es lo que quieres.

Frunzo el ceño.

—Te mereces algo mejor.

Alza la mirada hacia mí y parpadea con esos enormes ojos verdes que, de pronto, parecen húmedos.

—Puede que sí. Eres un buen tío, ¿lo sabes?

—No sé yo —murmuro, pero sus brazos ya se deslizan de mi cuello y un grupo de amigas se la lleva.

Me quedo mirándola un buen rato.

—¿La pelirroja te ha dado calabazas? —pregunta Rocco, incrédulo.

—Supongo.

—Sí que estás jodido —resopla. Le doy un empujón con el hombro, pero entonces mi mirada se cruza con unos ojos azules entre la multitud y me quedo paralizado.

Es él.

El tipo con el que Liana tuvo la cita. Al que miraba embelesada, al que sonreía, hacia el que se inclinaba justo antes de que él agachase la cabeza y...

—¡Eh! —grito antes de saber qué estoy haciendo—. ¡Eh, gilipollas! Howard, ¿no? ¿Scott Howard?

Se vuelve despacio y Rocco palidece.

—Jefe, es como el doble de grande que yo. ¿Seguro que quieres...?

—¿Qué quieres? —ladra Scott Howard. Yo giro los hombros para desentumecerlos y le dedico una sonrisa desquiciada.

—Tocaste a mi mujer —mascullo entre dientes. Scott ni siquiera me oye.

—¿Qué?

—¡Intentaste besar a mi puta mujer! —grito mientras le estampo el puño en la cara. Después, todo se convierte en un borrón de cuerpos y forcejeos. No sé quién me propina una patada en las costillas, pero duele que te cagas, y suelto un grito mientras ruedo por el suelo.

Scott Howard intenta alejarse a gatas, pero lo agarro por su grueso tobillo, lo arrastro de nuevo a la refriega y le hundo el puño en el cuerpo.

Él gruñe e intenta lanzarme por encima de sí, pero consigo apartarme. Al final, las sirenas ponen fin a la pelea y todos se dispersan como cucarachas. Todos menos Scott, Rocco y yo.

Me levantan de un tirón, con el estómago revuelto, y me vuelvo para encontrarme allí al detective Dick.

—Últimamente siempre estás en la escena del crimen, Conte —dice con tono indolente, y yo sonrío.

—Haré que te merezca la pena si me dejas marchar.

—Creo que esta noche te quedarás aquí, con la borrachera que llevas.

Frunzo el ceño.

—No puedes meterme en la cárcel.

—Ahora verás si puedo.

Rocco gime cuando lo meten a empujones en la parte trasera del coche de Dick, y yo entro sin oponer resistencia, sorprendido de que Dick me esté deteniendo de verdad.

—Creo que ese tío con el que te estabas peleando me ha roto las putas costillas.

—Se te pasará, Rocco.

No puedo contener la risa que me brota del pecho. Liana me deja una sola noche y yo pierdo por completo los papeles. A ella probablemente no le haría tanta gracia, pero no puedo dejar de reír durante casi todo el trayecto hasta la comisaría.

Me duele la cara y, cuando me limpio la nariz y la manga queda manchada de sangre, me doy cuenta de que estoy sangrando. Howard debe de haberme dado con el codo o algo así.

Sin embargo, están fichándolo a mi lado, así que debo de haber repartido tanto como he recibido. Le sonrío, pero se niega a mirarme.

A Rocco y a mí nos meten en el calabozo de borrachos, y yo me tumbo en la litera.

—¿Cómo vamos a salir de aquí, jefe?

No abro la boca para decirle que me da igual si no salimos nunca; que, si Liana se ha ido, no tengo nada a lo que volver.

—Tienes derecho a una llamada, pero no te vas a marchar hasta que se te pase la borrachera —me dice la policía mientras me saca de la celda y me lleva hasta un teléfono. Asiento, planteándome no llamar siquiera.

Al final, por Rocco, llamo a Giovanni.

—Jefe, ¿qué coño haces todavía despierto? —responde Giovanni con la voz ronca por el sueño.

—He salido con Rocco.

—Joder. Claro que sí.

—Y, bueno, ha habido una pelea en un bar.

—Por supuesto. ¿Estáis los dos en el puto calabozo de borrachos?

—Así es —digo, y la risa amenaza con volver a brotarme del pecho. No sé muy bien por qué. Supongo que la situación es ridícula. Yo, el don, encerrado por el mismo detective al que tengo comprado.

Seguro que Papa estaría muy orgulloso de mí.

—Joder. Voy a sacaros de ahí.

—No te molestes en venir hasta que amanezca. Dicen que primero se nos tiene que pasar la borrachera. Pero trae el dinero de la fianza para Rocco y para mí y... —Suspiro—. Paga también la fianza de Scott Howard.

—¿Scott Howard? ¿Quién coño es...?

—Limítate a hacerlo, ¿vale?

—De acuerdo, jefe. Te... te veré por la mañana.

Regreso a la celda y Rocco levanta hacia mí la mirada vidriosa.

—¿Vamos a pagar la fianza?

—Por la mañana —murmuro, y él no responde. Me acurruco en la cama, dura e inflexible, y el alcohol que llevo en el cuerpo hace que pierda el conocimiento en cuanto la cabeza toca el catre.

Me despierto con la boca seca y pastosa y la luz del día filtrándose entre los barrotes de la celda.

—Siento como si algo se me hubiera metido en la boca y hubiese muerto dentro —gime Rocco desde el otro lado de la estancia.

Un chaval, más joven que nosotros dos, duerme en otro de los catres.

Me incorporo y me froto la cara.

—Giovanni viene de camino —grazno. Rocco asiente, demasiado cansado para discutir, supongo. Normalmente se cabrearía porque lo he llamado.

Primero llaman a Rocco. Yo espero y espero, sentado en el borde del catre.

Gritan mi nombre.

Me levanto con esfuerzo, haciendo una mueca por el dolor de cabeza.

—¿Vas a salir de aquí? —me pregunta el chaval, que al parecer ya está despierto.

—Eso parece.

—Qué suerte tienes.

Yo no me siento nada puto afortunado.

Giovanni me fulmina con la mirada.

—Ya le he echado una buena bronca a Rocco por meterte en esta situación.

—No ha sido culpa suya.

—Entonces, ¿qué? ¿Ha sido culpa tuya? Creía que tenías comprado al departamento de policía local.

—Lo tengo —gimo—. O al menos lo tenía. Ha dicho que aparezco demasiado a menudo en la escena del crimen.

—Llamaremos a Phil.

Phil Harvel es mi abogado y siempre está a sueldo.

—Sí, sí —murmuro.

—Sé que toda esta mierda con Beth te tiene desquiciado, pero...

—Déjalo. Ahora no, ¿vale?

Giovanni me observa un instante, como si estuviera intentando decidir si echarme la bronca merece la pena.

A mí me da igual. Ojalá pudiera hacérselo entender. Liana se ha ido. Ya no queda gran cosa por la que luchar.

—¿Está a salvo? —Las palabras me salen en forma de gruñido.

—Por lo que sé, sí. Ha pasado toda la noche en un hotel.

Asiento y los hombros se me relajan de alivio.

—¿Estás seguro?

—He vigilado el lugar toda la noche. Lo he comprobado poco antes de venir a recogerte y el coche sigue allí.

—Aun así, quiero que alguien la vigile en persona —insisto, y Giovanni asiente.

—Pondré a nuestros mejores hombres. —Hace una pausa y me mira—. ¿Qué vamos a hacer con...?

—¿Beth?

Asiente y yo suelto un largo suspiro por la nariz.

—No podemos hacer nada, ¿verdad? Tenemos que matarla.

Por mucho que deseara poder limitarme a cortarle un meñique, había quebrantado la única regla de la familia Conte: había intentado matar al don. Más de una vez.

—De acuerdo, jefe. Trazaremos un plan.

Trazar un plan para matar a Beth solo hace que me sienta cada vez más lejos de Liana. Ella jamás aprobaría ningún plan que pudiera hacerle daño a Beth.

Pero tengo que protegerme. Protegerla a ella. Proteger mi imperio.

Aunque eso haga que Liana me odie.