25. Liana
LIANA
Beth llega al hotel y llama a la puerta antes de que transcurra una hora. Me sobresalto, pues estaba mirando al vacío.
No puedo evitar odiarme por haberle dicho cosas tan crueles a Dario. Me hizo daño y puede que matara a mi padre, pero no soporto recordar la expresión que vi en su rostro antes de que volviera a cerrarse en banda.
Empiezo a sorberme la nariz antes siquiera de llegar a la puerta y, para cuando la abro, ya estoy sollozando sin control.
Beth me acuna contra su pecho y tararea una suave melodía mientras me conduce hasta la silla y me ayuda a sentarme. Después se agacha frente a mí.
—¿Noche difícil?
Asiento mientras me sorbo la nariz. Ni siquiera hago preguntas. Ahora que está aquí, me resulta evidente que, sea lo que sea lo que ocurre entre Dario y ella, Beth no puede ser la agresora. Es muy buena conmigo y jamás traicionaría a su familia.
Por mucho que le desagrade Dario, siempre ha sido leal. A mí y a su familia.
—¿Qué te ha hecho?
Hay un matiz oscuro en su voz. Frunzo el ceño y niego con la cabeza.
—Es más bien que... sospecha que estás intentando matarlo. Es una locura, ¿verdad?
Beth parpadea, con el rostro inexpresivo, hasta que suelta una carcajada.
—¿Yo, matar a Dario? Eso sí que es una locura. Aunque no puedo decir que no haya fantaseado con ello una o dos veces.
Me río con ella, pero mi risa suena casi histérica. Yo no me había limitado a fantasear con ello. Estuve a punto de hacerlo.
Beth se pone un poco rígida cuando la abrazo, pero se relaja al cabo de unos minutos.
—En fin, le he dicho que se acabó.
Ella sonríe.
—Por fin. ¿Vas a pedir la nulidad?
—Supongo que sí. Es así como debe hacerse, ¿no? —De repente, me asaltan las dudas.
Beth asiente.
—Es la única manera. Tienes que protegerte. Proteger a Sonny.
Asiento. Sonny se está encariñando demasiado con Dario y odié ver cómo se le descomponía la cara cuando Dario lo asustó. Tomé esta decisión para sobrevivir, pero ahora comprendo que quizá haya perjudicado a Sonny más de lo que lo he ayudado.
—Debes de estar agotada —dice Beth, apartándome el pelo de la cara—. ¿Por qué no te tumbas un rato? Yo me quedaré despierta y vigilaré.
—¿Lo harás?
—Claro que sí. Os mantendré a salvo a los dos.
Su voz suena algo plana, indiferente, pero no le presto demasiada atención. Al fin y al cabo, estoy agotada.
Ha sido una noche muy larga. La abrazo una vez más y me acurruco en la cama bajo las mantas.
Me quedo dormida en cuanto apoyo la cabeza en la almohada.
Pero en sueños vuelvo a levantarme con la misma rapidez con la que me he dormido.
Me pongo de pie, pero no estoy en la habitación del hotel. Ni siquiera estoy en casa de Dario. Estoy en el ático al que me llevó la primera vez. Avanzo por el pasillo y poco a poco me doy cuenta de que estoy desnuda.
Sin embargo, no me da vergüenza. A veces los sueños son así. Sigo caminando, pero la puerta situada al final del pasillo se aleja cada vez más.
—¿Dario? —lo llamo con vacilación, y entonces la puerta se abre. Sale una figura alta y delgada como Dario, pero está envuelta en sombras.
Aun así, corro hacia la figura sombría, pero es una batalla perdida. La figura se aleja cada vez más.
Y entonces ya no puedo correr. Me duele el pecho. No puedo respirar.
Me despierto jadeando y me incorporo de golpe.
Beth se sobresalta en la silla; está claro que se había quedado dormida.
—Joder, ¿estás bien? —pregunta mientras bosteza y se frota los ojos.
Inspiro profundamente, con la sensación de que no consigo llenar los pulmones de aire.
—Estoy bien. Es solo que... he tenido una pesadilla.
—¿Sobre tu padre?
Beth sabe que a veces tengo pesadillas sobre mi padre, sobre el momento en que lo encontré muerto.
Niego con la cabeza.
—No. Sobre... Dario.
Ella resopla.
—Olvídate de él.
Me muerdo el labio, pero intento hacerle caso.
Beth recibe una llamada y se endereza de golpe antes de ponerse en pie y salir por las puertas del balcón del hotel. Espeta algo que el viento se traga fuera y luego regresa a la habitación.
—Tenemos que irnos ya, Liana —dice con rapidez mientras recoge la pequeña bolsa que ha traído. Creía que era solo un bolso, pero es algo más grande. ¿Quizá una bolsa para el portátil?
La miro parpadeando, todavía medio dormida.
—¿Irnos? ¿Adónde?
—Limítate a hacerme caso y nadie saldrá herido.
Vuelvo a parpadear, preguntándome si seguiré dormida.
—¿Qué quieres decir con que nadie saldrá herido? Beth, me estás asustando.
—¿Que te estoy asustando? —Se ríe con una carcajada aguda y un poco siniestra—. Eres tú quien toma esas decisiones de loca, Beth. Irte a vivir con Dario. ¿Casarte con él?
—Puede que últimamente no haya tomado las mejores decisiones, pero...
—No hay peros que valgan, Liana. Tengo que manteneros a salvo a Sonny y a ti, ¿verdad?
Le pasa algo. O eso, o de verdad sigo dormida y estoy soñando todo esto. Beth no se comporta así.
Nosotras siempre lo hablamos todo.
Todo va a salir bien, ¿verdad?
Solo... Solo tengo que hacerle caso a Beth.
—¿Adónde vamos? —pregunto con voz queda.
—A un lugar seguro. Te está siguiendo, ¿sabes? Ha puesto algo en tu coche o en tu bolso... No lo sé, pero ya lo averiguaremos. Podrás comprar cosas nuevas cuando lleguemos a nuestro destino.
—¿Y cuál es nuestro destino, Beth?
—Todo esto será más fácil si descansas un poco, Liana.
Trago saliva con dificultad cuando saca algo de la bolsa y camina hacia mí. No alcanzo a verlo bien. Lo oculta detrás de la espalda.
—No estoy cansada. —No pretendo ser terca, pero es la verdad. Nunca me he sentido tan despierta en toda mi vida.
—Solo una siestecita, cariño —canturrea mientras se acerca.
Intento escabullirme por la cama para proteger a Sonny. Es demasiado tarde. Beth me agarra del brazo y me clava una aguja.
—¿Qué me has...? —empiezo a decir, pero entonces las palabras dejan de tener sentido. Balbuceo algo incoherente, sintiéndome muy lejos, fuera de mi propio cuerpo. Poco a poco, me hundo en la oscuridad.
—Solo una siestecita —dice Beth, y son las últimas palabras que oigo durante mucho tiempo.