El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 24. Dario
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24. Dario

DARIO

Me quedo demasiado tiempo delante del almacén, con dos cadáveres dentro, mirando cómo se aleja el coche de Liana. Se ha ido. No irá a casa de Beth, no después de lo que ha ocurrido esta noche, así que seguramente estará a salvo, pero...

Aun así, agarro a Giovanni del brazo.

—Ha salido de aquí como alma que lleva el diablo —empieza Giovanni, pero yo me limito a negar con la cabeza, abatido.

Las palabras que ha pronunciado siguen repitiéndose en mi cabeza. Va a anular el matrimonio. Va a dejarme.

Otra vez.

—Necesito que vigiles su coche. Le puse un AirTag y todavía no lo ha quitado. Limítate a seguirla y asegúrate de que está bien.

Giovanni arquea una ceja.

—¿No quieres hacerlo tú mismo?

—No —respondo con frialdad—. Voy a salir con Rocco.

Giovanni me mira fijamente.

—¿A salir? ¿En una noche como esta? Jefe, casi te han matado y...

—Te veré mañana.

No pienso discutir con él. Esta noche tengo intención de beber hasta perder el conocimiento, y me da igual que sea inmaduro y poco práctico.

Hasta Rocco me mira de reojo cuando le digo que vamos a salir.

—Consigue un chófer —le digo, y él asiente. Lo sigo en mi coche hasta su casa para aparcar allí, y él sube a cambiarse. Regresa con unos pantalones negros y una camisa de seda.

—¿Esta noche vas a conseguir echar un polvo de verdad?

—Que Dios te oiga —mascullo, porque sabe que voy a intentarlo. Liana me odia. Me lo ha dicho. Me odia; preferiría vivir en su coche antes que pasar más tiempo conmigo.

Está bastante claro, ¿no? Para empezar, por algo se marchó, pero supongo que nunca me dirá por qué. Quizá sencillamente no me quería. Al menos, no para nada que no fuera sexo. Para ella solo soy una distracción, una especie de desahogo.

No quiere estar conmigo.

Y, joder, yo tampoco debería querer estar con ella. No después de todo lo que me hizo pasar, no después de que rehaciera su vida con otro y tuviera un hijo suyo...

Debería odiarla por eso, por dejarme, por permitir que otro la tocara mientras yo aún intentaba recuperarme. Pero en mi corazón no hay odio, solo una sensación pesada y vacía en lo más hondo del pecho.

Un vacío que me he propuesto llenar de alcohol y mujeres.

Un chófer nos lleva a un club de la zona, y es ruidoso, absurdo y justo lo que necesito para no pensar.

Me siento en la barra junto a Rocco y bebo chupitos con él hasta que la música empieza a parecerme menos irritante y más animada.

—¿Qué estás bebiendo? —me pregunta una pelirroja despampanante mientras posa una mano sobre mi brazo.

Me atraganto con el chupito y toso antes de recomponerme.

—¿Rocco? ¿Qué coño estamos bebiendo?

—Tequila del bueno —responde, y yo gimo.

Seguramente por eso la habitación ya me da vueltas. Normalmente me limito a beber whisky a sorbos, pero esta noche quería abandonar el planeta, y confío en Rocco para esa tarea.

La pelirroja suelta una risita.

—Me llamo Viola. ¿No te gusta el tequila?

—No demasiado, Viola —respondo arrastrando las palabras, y entonces se sienta en mi regazo y me da igual.

No veo los ojos grises de Liana tras los párpados cada vez que los cierro. No oigo sus palabras —Te odio— repitiéndose una y otra vez en el fondo de mi mente.

Al final, la pelirroja se levanta para ir al baño y, si me hace señas para que la acompañe, no me doy cuenta. Estoy absorto contemplando el líquido dorado de mi vaso, intentando no pensar en la última vez que tuve a Liana desnuda y retorciéndose debajo de mí.

—Así que otra vez vas a quedarte sin echar un polvo —dice Rocco junto a mi oído, demasiado alto, y doy un respingo.

—¿Ah, no? —Alzo la mirada hacia él y parpadeo porque veo doble.

Rocco suspira.

—Estás coladísimo, jefe. No me gusta decirlo, de verdad que no, pero es cierto.

Me pone en pie a duras penas y, un instante después, estamos de nuevo en un coche mientras pierdo la noción del tiempo, entrando y saliendo de la consciencia. Protesto cuando el chófer se dirige a mi casa.

—Ahí no —mascullo—. Llévame a mi ático.

No es que allí sea mucho mejor. En ese puto ático es donde se acumulan todos mis recuerdos con Liana. Porque la llevé allí como si solo fuera a convertirse en otra muesca más en el cabecero de mi cama.

Idiota.

Ojalá nunca la hubiera conocido. Ojalá nunca hubiera mirado aquellos ojos grises y visto en ellos todo mi futuro.

—Mi recompensa por cargar con tu culo borracho hasta dentro será dormir en tu sofá —masculla Rocco mientras me ayuda a llegar al ascensor.

—Me parece justo —respondo de buen grado. En mi estado, probablemente aceptaría casi cualquier cosa.

—Sigues enamorado de ella —dice Rocco con un gruñido mientras me arroja sobre el sofá.

Dejo caer la cabeza contra el cojín del sofá y suspiro.

—Sí.

—Y no quieres que se vaya.

—No.

—¿Aunque te odie?

—Ese es, más o menos, el resumen de la situación, sí.

Rocco silba.

—No te envidio, jefe. Ni un poquito.

Y sé, así de repente, que estoy totalmente jodido.

Sigo enamorado de ella, tal como ha dicho. De hecho, estoy loco por ella. Adoptaría a Sonny como hijo mío sin pensármelo dos veces.

Y resulta patético, teniendo en cuenta lo doloroso que fue descubrir su existencia. Pero es un buen chico. Se parece mucho a ella.

Fuerte. Hermoso.

Empiezo a despejarme y no me gusta ni un pelo.

—Mira a ver si hay tequila en mi bar.

Rocco esboza una sonrisa torcida.

—Eso es lo que quería oír, jefe.

Se dirige alegremente hacia el bar mientras yo contemplo el vacío, pensando en las luces de freno de Liana al alejarse.

No va a volver.