22. Dario
DARIO
Doy vueltas por la casa como un idiota, intentando decidir qué hacer. No puedo dejar que se marche. Pero ella no quiere contarme nada.
¿Por qué estaba husmeando en mi despacho? ¿Por qué intentó matarme?
Si no trabaja para Beth, ¿por qué coño me odia tanto?
Y estoy jodido porque la quiero. La quiero en mi vida. A ella y al niño. Me siento fatal por haberlo asustado.
Jamás le haría daño. Ni a él ni a su madre.
El móvil me vibra en el bolsillo y, cuando lo saco, me doy cuenta de que me tiemblan las manos.
Respiro hondo y eso ayuda un poco.
—¿Diga?
—Jefe, tengo novedades.
—¿Sobre Beth?
—No —se apresura a decir Giovanni—. Sobre el otro asunto que me pidió que investigara. ¿El ex de Liana?
El corazón se me desploma hasta el estómago.
—Se lo llevo.
Se me cierra la garganta cuando cuelga. ¿Me lo va a traer? ¿Eso significa que ha averiguado quién es el padre?
¿Qué voy a hacer si lo encuentro? ¿Colgarlo con cadenas y torturarlo por haberla abandonado? ¿Por haberse atrevido a tocar lo que es mío?
Espero en el vestíbulo a que llegue Giovanni y, cuando entra por la puerta, me quedo mirándolo.
—¿Qué novedades hay?
—Ninguna —responde con frialdad, y una especie de alivio se posa sobre mis hombros—. He conseguido su historial del hospital, el Mount Sinai General. El padre no estaba allí. No hay ninguna firma en el certificado de nacimiento.
Frunzo el ceño. ¿Eso significa que la abandonó incluso antes de que naciera Sonny? Menudo puto desperdicio de oxígeno.
Ahora casi me cabrea más no haber conseguido un nombre de lo que me alivia no tener que ocuparme del asunto.
—Joder. Vale, gracias de todos modos.
—Además... lo del viernes sigue en pie, ¿verdad?
Asiento con la mandíbula tensa.
—Dos días.
Tengo que mantener a Liana alejada de su mejor amiga, mi prima, durante dos días.
—Puede que necesite tu ayuda —digo en voz baja.
Giovanni arquea una ceja.
—¿Ahora?
Vuelvo a asentir con brusquedad.
—Necesito retener a Liana aquí.
Frunce el ceño.
—¿Qué quiere decir con retenerla aquí?
Suelto el aire con fuerza.
—Quiero decir que no puede irse. Se irá a casa de Beth y eso podría ponerla en peligro. Además...
Giovanni me fulmina con la mirada cuando dejo la frase en el aire.
—No puedo ayudarlo si no sé qué está pasando.
—Joder, vale. Resulta que una vez ella más o menos... intentó matarme.
—¿Qué? —sisea.
—Por esto no quería contártelo —respondo con tono inexpresivo, y él deja escapar una carcajada.
—De acuerdo, me da igual qué clase de historia rara se trae con Liana. Cumpliré las órdenes, jefe.
Sonrío.
—Así me gusta.
Así que Giovanni monta guardia ante la puerta de Liana.
No duermo esa noche y, a la mañana siguiente, preparo un plato para Liana y Sonny y se lo llevo arriba.
Llamo con suavidad antes de abrir la puerta.
Liana se incorpora contra el cabecero, con destellos en sus ojos grises. Tampoco parece haber dormido.
—¿Qué haces aquí?
—Yo solo... quería traeros el desayuno —digo como un idiota.
Ella resopla con desdén.
—¿Y ahora qué? ¿Soy una prisionera?
—No es eso.
—Me acusaste de una locura y ¿ahora actúas como si nunca hubiera ocurrido? Fuera.
—Li...
—¡He dicho que te vayas! —grita mientras me lanza una almohada. Me agacho para esquivarla, dejo los platos de golpe sobre la mesilla, doy media vuelta y salgo de la habitación.
Podría ponerme a gritar. Podría liarme a puñetazos con las paredes.
En lugar de eso, bajo al gimnasio del sótano, pongo la música de los auriculares a todo volumen y corro en la cinta hasta que me fallan las piernas.
Camino un rato para recuperarme y luego me dirijo a los sacos de boxeo. Casi le saco el relleno a uno a golpes.
No ayuda tanto como esperaba.
Mi cabeza sigue funcionando a toda velocidad.
Creía conocer a Liana mejor que a mí mismo. Pero ahora no estoy seguro de haberla conocido de verdad.
Cuando vuelvo a intentar llevarle el almuerzo, Liana ha cerrado la puerta con llave.
Suelto el aire con fuerza mientras zarandeo el picaporte. Me detengo, respiro hondo y llamo a la puerta.
—¡Vete! —llega un grito amortiguado desde el otro lado.
Cierro los ojos con fuerza, irritado. Liana puede ser jodidamente cabezota cuando se lo propone.
—Te lo explicaré todo y entenderás que solo intento protegerte.
Hay un momento de silencio.
—¿Me lo explicarás? ¿Todo?
—Sí.
Abre la puerta despacio, apenas una rendija, y un ojo gris me observa a través de ella.
—Pues explícamelo.
Suspiro.
—Lo haré. Te lo prometo. El viernes.
—¿Qué quieres decir con que el viernes? —sisea—. Será mejor que me lo expliques ahora mismo, Dario, o yo...
—No vuelvas a amenazarme con marcharte, Liana —mi voz se vuelve grave—. Porque no vas a ir a ninguna parte. No hasta que esté seguro de que estás a salvo.
—¿Por qué iba a estar en peligro? ¿Qué está pasando?
—Te juro que lo entenderás todo. Solo... prepárate para venir conmigo el viernes a medianoche.
—¿Ir contigo? ¿Adónde? —pregunta, exasperada.
—Ya lo verás. Limítate a... confiar en mí, Li. Si alguna vez te he importado, confía en mí.
Mi voz adopta un tono suplicante que no me gusta, pero no puedo evitarlo.
Ella inspira hondo.
—Vale. El viernes a medianoche. Pero iré en mi coche.
—De acuerdo. Si después sigues queriendo marcharte... podrás hacerlo. No te lo impediré.
Su mano se tensa sobre la puerta.
—¿No lo harás? ¿Lo juras?
—Lo juro.
—De acuerdo. Nos vemos el viernes.
Cierra la puerta con un clic y yo gimo mientras me paso una mano por la cara.
Dos días viviendo como un fantasma en mi propia casa.
Genial.
El jueves por la noche baja al gimnasio, ya tarde, y yo estoy bebiendo agua junto al minibar cuando ella desciende ruidosamente por las escaleras.
Sus ojos recorren mi cuerpo de abajo arriba antes de posarse en mi rostro.
Le dedico una sonrisa ladeada y el rubor le tiñe la nariz y las mejillas.
Es adorable. Está adorable con el sujetador deportivo y los pantalones cortos de yoga, con la suave curva de su vientre asomando.
Pienso en el aspecto que debía de tener embarazada, con el vientre abultado por el bebé, y soy yo quien se ruboriza. Otro vivió aquello. Yo no.
La sangre me hierve.
—He estado investigando un poco —digo por fin. Ni siquiera sé por qué se lo cuento.
Arquea una ceja mientras se sube a la cinta.
—¿Investigando?
Empieza a caminar a un ritmo constante, agarrada a los laterales de la máquina.
—He conseguido el certificado de nacimiento de Sonny.
Sus pasos vacilan.
—No tenías ningún derecho...
—No aparece ningún nombre en el certificado de nacimiento. No hay firma.
—Ya te lo dije, huyó.
—¿Cuándo?
—En cuanto le dije que estaba embarazada —resopla, pero se niega a mirarme.
¿Está avergonzada o me está mintiendo?
Subo despacio las escaleras mientras me quito la camiseta, empapada de sudor. Noto cómo sus ojos me perforan la espalda cuando cierro la puerta.
Giovanni está allí, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando claramente a que ella termine. Me hace un gesto con la cabeza y yo se lo devuelvo.
Menos mal que no he hecho lo que quería y no la he inclinado sobre la primera superficie disponible. Giovanni podría habernos oído.
Ni siquiera sé si puedo confiar en ella, pero sigo deseándola.