El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 21. Liana
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21. Liana

LIANA

Me despierto sobresaltada. Dario me tiene envuelta entre sus brazos. Ronca suavemente, con la cara medio hundida en la almohada. Sus largas pestañas se despliegan sobre sus marcados pómulos.

Tiene los labios carnosos relajados y la boca entreabierta.

Es jodidamente guapo. Como si alguien hubiera esculpido a un dios y le hubiese dado vida con ese cuerpo espigado y esos músculos fibrosos y definidos.

No debería estar pensando así. No debería estar aquí tumbada con él. Esto tiene que acabar. Tiene que acabar de una puta vez.

Ahora mismo.

No es que tenga ahorrado suficiente dinero para marcharme, pero tendré que buscar una solución. No puedo seguir así. Porque sigo tan enamorada de él que me duele físicamente y, al mismo tiempo, lo odio.

Y necesito saber si mató a mi padre.

Así que me tomo mi tiempo para escurrirme de entre sus brazos, agradecida de que tenga el sueño tan profundo. Consigo volver a ponerme los leggings y empiezo a salir sigilosamente de la habitación.

Cuando lo hago, algo plateado reluce bajo la luz del sol que entra por la ventana. Miro hacia allí y veo un llavero en el suelo. Debió de caérsele del bolsillo mientras estábamos...

Alzo la vista hacia Dario, que sigue dormido, y compruebo que su pecho continúa subiendo y bajando con regularidad.

Me muerdo el labio y cojo las llaves. Salgo a toda prisa de la habitación, pero cierro la puerta con suavidad a mi espalda.

Camino despacio hasta su despacho, esperando no toparme con Sofia ni con ninguna de las otras personas que tiene contratadas para limpiar y cocinar aquí. Por suerte, el pasillo está desierto y consigo colarme en su despacho sin que nadie me vea.

Me apresuro hasta el cajón cerrado con llave y voy probando las llaves hasta encontrarla con facilidad, porque es muy pequeña.

Abro el cajón y lo primero que veo es una pistola; nada sorprendente.

Después hay diamantes, pequeños, y otras piedras preciosas.

Nada fuera de lo común. En el fondo del todo hay una cadena de plata.

La rodeo con los dedos, tiro de ella y me doy cuenta de que no es una cadena, sino un reloj de bolsillo.

Se me corta la respiración. ¿Cuántas veces había visto a mi padre acariciar con los dedos el reloj de bolsillo que llevaba sujeto al cinturón? Me tiemblan las manos mientras le doy la vuelta.

No tiene ninguna inscripción. No está hecho a medida. Es posible que Dario simplemente tenga uno igual, pero ¿por qué lo guardaría en un cajón cerrado con llave? No es especialmente caro; a papá sencillamente le gustaba.

¿Es esto una prueba?

La puerta se abre con un chirrido y ahogo un grito mientras cierro el cajón de golpe, con las llaves todavía dentro.

Me vuelvo bruscamente y allí está Dario, con el pelo revuelto por el sueño, mirándome fijamente.

—¿Qué estás haciendo?

Abro y cierro la boca como un pez mientras mi mente trabaja a toda velocidad.

—¿De dónde has sacado este reloj de bolsillo?

Da un paso al frente y frunce el ceño.

—¿Qué estás haciendo, Li?

Trago saliva con dificultad.

—Dímelo y ya está.

Parpadea.

—Era de mi padre. Tiene cierto valor sentimental para mí, así que lo guardo bajo llave. ¿Por qué estás fisgoneando entre mis cosas?

Mis hombros se relajan un poco, pero eso no lo explica. No lo explica todo.

Aun así, podría ser el asesino de mi padre.

Por eso es tan jodido que quiera borrar a besos el dolor de su expresión.

—Yo... —No sé qué decir. No hay forma de explicar esto—. Tengo que irme a casa de Beth. Voy a anular el matrimonio.

Las palabras salen disparadas de mi boca y por el rostro de Dario cruza algo muy parecido al dolor.

—¿Qué? ¿Por qué? Todavía... todavía necesitas ayuda, Li. Todavía me necesitas.

—No te necesito —espeto, intentando pasar por su lado hecha una furia, pero me agarra con fuerza del brazo y me obliga a volverme—. Suéltame.

—¿Qué estás...? ¿Quién eres? —susurra. Hay algo desesperado en su mirada cuando baja los ojos hacia mí—. ¿Trabajas con Beth?

—¿De qué coño estás hablando?

—¿Por eso estás aquí, registrando mi despacho? ¿Para darle información?

La presión de sus dedos sobre mi brazo casi me hace daño, así que me libero de un tirón.

—Me has hecho daño.

No parece oírme. Se limita a quedarse ahí, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo.

Da un paso al frente y yo retrocedo hasta quedar pegada a la puerta, con una mano sobre el pomo.

—Dario... no lo hagas —le advierto, pero mi voz apenas es un susurro.

Todo esto... el miedo que me recorre... ¿por qué sigo excitada? ¿Por qué deseo que vuelva a agarrarme con fuerza de la barbilla como hizo en la cama, que me obligue a mirarlo y quizá me meta dos dedos en la garganta?

¿Qué coño me pasa?

—Dímelo. Dime qué coño está pasando, Li, o te juro por Dios que...

Alza la voz y yo hago una mueca justo antes de que se oigan gritos al otro lado y golpes en la puerta.

—Sonny —jadeo.

Me doy la vuelta, abro la puerta de un tirón y veo a Sonny allí plantado. Antes de que pueda cogerlo en brazos, Dario baja la mirada hacia él.

—Hola, peque —dice con la voz quebrada, pero Sonny se aparta de él con un respingo, asustado, y la expresión del rostro de Dario...

Por muy enfadada que esté con él ahora mismo, hace que se me parta el corazón por la mitad.

—Nos vamos —digo deprisa mientras cojo a Sonny en brazos. Él apoya la cabeza de inmediato en mi hombro y solloza en silencio.

Corro a mi habitación, cojo el móvil y el bolso, y nada más.

No hay tiempo.

Si Dario mató de verdad a mi padre, quizá también nos mate a nosotros.

Tengo que salir de aquí. Ir a algún lugar seguro.

—Joder, espera, Li, no... —empieza a decir mientras me sigue escaleras abajo, pero yo bajo volando, salgo por la puerta principal y siento a Sonny en la sillita del coche—.

¡No vayas a casa de Beth! Alójate en un hotel o algo así; joder, vuelve a casa de tu madrastra si hace falta, pero no vayas a casa de Beth.

—¿Qué coño te pasa? ¿Crees que puedes decirme adónde ir después de...?

—Hablo en serio, Li —dice con tono tajante y expresión exasperada—. Beth no es quien tú crees. Ella...

—Déjalo ya antes de empeorarlo aún más, Dario —espeto antes de subir al coche y cerrar la puerta de golpe.

Dario baja corriendo los escalones del porche y se planta delante del coche mientras arranco y pongo la marcha.

Piso el freno cuando no se aparta y grito, frustrada.

—¡Te voy a atropellar!

Sabe que no lo haré. Se limita a quedarse ahí, con aspecto derrotado y angustiado.

Sonny llora con más fuerza y yo odio a Dario. Me odio a mí misma.

No puedo hacerlo, joder.

Apago el coche y mi grito de frustración se convierte en un sollozo.

Salgo, cojo a Sonny y me lo llevo de vuelta al interior a toda prisa.

—Liana, ¿quieres escucharme de una vez...?

—No —siseo mientras nos sigue escaleras arriba—. Que te jodan. Te odio con toda mi puta alma, Dario Conte. Mantente alejado de mi hijo y de mí.

No se me escapa el destello de dolor en sus ojos cuando le cierro la puerta de golpe en las narices.