El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 20. Dario
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20. Dario

DARIO

Me retumba la cabeza. No recuerdo gran cosa de anoche, pero, a juzgar por la reacción de Liana esta mañana, tengo que disculparme.

Pero antes necesito una ducha. Con urgencia.

Me quito de encima el sudor, el whisky y el perfume francés, y me pongo ropa cómoda: unos pantalones de chándal y una camiseta de tirantes.

Hoy no tengo ningún plan; todos esperamos con el alma en vilo a que llegue el viernes, cuando averiguaremos qué sabe Beth, si es que sabe algo.

Me paso una mano por el pelo húmedo y salgo de mi dormitorio para recorrer el pasillo hasta la habitación de Liana. Llamo suavemente a la puerta.

—¿Qué? —ladra ella, y yo hincho las mejillas antes de abrir la puerta.

Está sentada al borde de la cama, vestida ya con un vestido de verano.

—¿Vas a salir a la piscina?

—Lo estaba pensando —dice mientras coge un sombrero de paja y le da vueltas entre las manos.

—Puedes ir cuando quieras.

Asiente y levanta la vista hacia mí.

—¿Qué quieres?

—Solo quería... disculparme.

—¿Por qué?

—Por beber demasiado. Por comportarme como un idiota, no sé.

—No pasa nada.

—Pues no lo parece. Saliste hecha una furia de mi habitación...

—Solo porque no debería acostarme contigo. Eso... complica las cosas.

—¿Ah, sí? —Arqueo una ceja.

—Sí. No debería preocuparte con quién salgo. Y a mí tampoco debería preocuparme con quién sales tú.

Frunzo el ceño y siento que se me cae el alma a los pies.

—¿Por qué? ¿Es que quieres salir con otro?

Suelta el aire con fastidio y levanta hacia mí sus ojos grises, centelleantes.

—Si quisiera, ¿me dejarías?

—Ni de coña. Ahora estamos casados. —Las palabras se me escapan antes de darme cuenta de lo que estoy diciendo.

—Temporalmente.

—Sea temporal o no, belissima, eres mi mujer ahora y yo no comparto.

—Pero tú sí puedes salir a un club de striptease.

Gimo y empiezo a dar vueltas por la habitación, cerrando las manos en puños y relajándolas una y otra vez.

—¿Por qué te importa, Li? No quieres saber nada de mí.

—Porque es un doble rasero —suelta, y yo pongo los ojos en blanco.

—Claro, por eso estás enfadada. No tiene nada que ver con que seas posesiva o estés celosa...

—¡Precisamente tú no puedes darme lecciones sobre celos!

Su voz casi se convierte en un chillido y yo aprieto los dientes, intentando no enfadarme.

—¿Acaso no tengo derecho? Tuviste un hijo con otro pocos meses después de que rompiéramos, Li.

Su mirada se dulcifica.

—Yo...

Entonces cierra la boca. Claro. Ahora no tiene nada que decir.

—Dime su nombre.

Cierra los ojos con fuerza y se pellizca el puente de la nariz entre el pulgar y el índice.

—Su nombre no importa, Dario.

—¡A mí me importa, joder! —grito, incapaz de mantener la voz a un volumen normal—. Tú estabas follando con otro mientras yo no conseguía mantenerme sobrio ni tres putos meses, Li. Claro que importa, joder.

Se le corta la respiración, pero no habla. No me dice que lo siente. No intenta justificarse. Se limita a quedarse ahí sentada, paralizada.

—Anoche fui a un club de striptease porque te has mostrado muy fría conmigo —digo en voz baja después de que permanezca callada durante unos minutos. Sus ojos se clavan en los míos—. Lo hice porque... porque heriste mis sentimientos.

—Dario...

—Y lo entiendo —prosigo, caminando de un lado a otro y parloteando como si hubiera perdido la puta cabeza.

Puede que así sea—. Tú seguiste adelante y ahora vuelves a estar atrapada aquí, y lo odias, y me odias a mí, pero...

yo solo intento ayudarte, Li. Intento hacerte las cosas más fáciles. No más difíciles.

—No quería... No quería herir tus sentimientos.

Asiento con brusquedad.

—Yo tampoco quería herir los tuyos. Supongo que intentaba darte celos.

Cruza los brazos sobre el pecho.

—Pues lo conseguiste.

No puedo evitar que una sonrisa ladeada se extienda por mi rostro.

—¿Ah, sí?

Entro en su habitación y cierro la puerta a mi espalda.

Se queda inmóvil.

—¿Qué haces?

—Disculparme —murmuro mientras me arrodillo delante de la cama y le pongo las manos en las caderas. Deslizo las yemas de los dedos bajo el elástico que le ciñe una cadera y le bajo las bragas. Le beso la pantorrilla mientras termino de quitárselas y las dejo caer al suelo.

—No tienes por qué...

Pero la interrumpo apretando la cara contra su sexo y cerrando los labios alrededor de su clítoris. Ella impulsa las caderas hacia delante y yo gimo contra su cuerpo.

Me encanta, joder, cuando se restriega contra mi cara.

La polla se me endurece bajo el pantalón de chándal, pero la ignoro y deslizo dos dedos dentro de ella. Gime mi nombre y yo succiono con más fuerza, curvando los dedos hacia arriba.

Encuentro ese punto rugoso justo en su interior que hace que arquee la espalda y encoja los dedos de los pies, y paso las yemas sobre él, primero con suavidad y después con fuerza.

Le atrapo el clítoris entre los dientes y succiono. Ella grita, ahogando el sonido con la mano mientras frota las caderas contra mi cara y se corre alrededor de mis dedos.

La forma en que se contrae en torno a ellos hace que se me haga la boca agua. Sigo hasta que empieza a gemir y a tirarme del pelo.

Hago un leve mohín mientras alzo la vista hacia ella, con los labios entreabiertos.

—No había terminado.

Se sonroja y retrocede a trompicones sobre la cama.

—Puedes terminar dentro de mí.

Joder.

No tiene que pedírmelo dos veces.

Me levanto, con una tienda ya formada en el pantalón, la agarro por los tobillos y le arrastro el culo hasta el borde de la cama.

Suelta un chillido y después sonríe. Le devuelvo la sonrisa desde arriba y me cojo la polla mientras ella abre los muslos de par en par. Me limito a contemplarla durante un instante, a contemplar ese agujero reluciente que estoy a punto de llenar.

—Dario, para —gime, empezando a cerrar las piernas, pero yo gruño, la agarro por los muslos y la mantengo completamente abierta.

—¿Crees que estás lo bastante mojada para mí, nena? —pregunto mientras me inclino para escupir entre sus labios inferiores. Mi saliva resbala hasta su entrada.

Gime mi nombre, con los ojos grises desenfocados, mientras se abre aún más para mí.

Aprieto los dientes al penetrarla despacio, aunque lo que quiero es embestirla hasta el fondo. Pero me contengo. Me gusta verla deshacerse sobre mi polla.

—Li —gimo mientras la follo con embestidas lentas y profundas.

—Joder. Joder, joder, joder.

Gira la cabeza hacia un lado y cierra los ojos con fuerza. Tras hundirme profundamente en ella, detengo las embestidas.

Frunzo el ceño, le agarro la barbilla con brusquedad y la obligo a mirarme.

—Mírame cuando te hablo.

Se le corta la respiración y su coño se contrae alrededor de mi polla. Aspiro aire entre dientes.

—Dámelo, Dario —gime—. Aceptaré todo lo que quieras darme.

—Claro que sí —murmuro. Me retiro casi por completo antes de volver a penetrarla y adoptar un ritmo constante y brutal.

Después de unas cuantas embestidas más, se queda laxa bajo mi cuerpo, con los labios entreabiertos, mientras sus caderas siguen impulsándose hacia delante para recibir cada acometida. Se contrae a mi alrededor como un torno y yo no voy a aguantar mucho más.

Sus pechos rebotan con fuerza una vez más y yo grito, con las caderas dando sacudidas mientras me corro dentro de ella.

Permanece inmóvil y yo salgo de su interior, un poco preocupado.

—¿Li?

Me mira, pero tiene los ojos grises desenfocados y una sonrisa bobalicona en la cara.

Joder. ¿Acabo de follarme a mi ex —la misma que me odia y que, no lo olvidemos, intentó matarme una vez— hasta dejarla en subespacio?

—¿Estás bien? —Me dejo caer a su lado y la estrecho entre mis brazos. Antes siempre quería acurrucarse conmigo cuando se quedaba así.

Apoya de inmediato la oreja en mi pecho, como si escuchara los latidos de mi corazón, y me pregunto si puede notar cómo se me altera el pulso, porque siento como si se hubiera saltado uno o tres latidos.

Tararea contra mi camiseta mientras vuelvo a colocarme dentro del pantalón. Se acurruca contra mí, somnolienta, con ojos de cervatillo, preciosa.

Dios, duele hasta mirarla.

—Vuelve a dormirte —le ordeno, porque sé que no lo hará a menos que se lo mande. Cuando está así se muestra tan dócil, sumida por completo en el placer.

Hace un pequeño mohín y entreabre los labios. No puedo evitar besarla. De su garganta brota un sonido de satisfacción.

Me cago en Dios.

Me cago en Dios. Sabía que me había vuelto a enamorar de ella, pero no sabía que seguiría doliendo tanto.

No puedo evitar pensar en su ex y estrecho los brazos a su alrededor mientras ella se queda dormida. ¿Hacía esto con él? ¿Se acurrucaba a su lado después de que él...?

No. No voy a pensar en eso. La rabia amenaza con teñir de negro mi visión, pero no se lo permito.

Debería disfrutar de esto mientras pueda. Porque mañana probablemente volverá a odiarme.