19. Liana
LIANA
Llevo a Sonny arriba para acostarlo y él se resiste; después, se echa a llorar. Tengo que leerle tres veces un cuento antes de dormir para tranquilizarlo y, por fin, cae rendido.
Miro el reloj. Son más de las dos. He oído a Dario dar un portazo al salir poco después de que yo subiera a acostarme, así que sé que se ha marchado.
A algún bar para ligarse a una puta, sin duda.
Aprieto los dientes con solo pensarlo.
No tengo ningún motivo para que me importe. Ningún motivo para enfadarme.
Aun así, a las tres me descubro bajando las escaleras de puntillas, muerta de preocupación. Los bares de por aquí cierran a las dos, así que ¿dónde puede estar? ¿En alguna fiesta posterior?
¿En el ático al que lleva a las mujeres?
Se me corta la respiración cuando veo unos faros.
La puerta tarda mucho en abrirse.
—¿Lo tienes?
Reconozco la voz: es Rocco, el primo de Dario y Beth.
Aprieto los dientes todavía más. La fama de Rocco lo precede. Es más mujeriego que cualquier hombre al que haya conocido, salvo quizá mi padre.
Durante mucho tiempo, lo culpé de que mamá se marchara. Ahora sé que no fue solo por sus infidelidades, sino también porque ella nunca quiso formar parte de la vida mafiosa, pero...
Tardé mucho en perdonarlo por haberla engañado.
Y a Dario no lo perdonaré jamás.
—Lo tengo —masculla Dario, arrastrando las palabras. Pienso en volver a subir las escaleras a hurtadillas e incluso lo intento, pero él me llama—. ¿Li? ¿Sigues despierta?
Me doy la vuelta y lo miro desde arriba. Ha perdido la chaqueta del traje en alguna parte, lleva la corbata floja y el pelo oscuro le cae sobre la cara.
Me dedica una sonrisa tímida y aniñada mientras me mira con los ojos oscuros vidriosos, y el corazón me da un vuelco.
No. No, no, no. Ni se te ocurra empezar.
—Estaba a punto de acostarme.
Se tambalea y, por puro instinto, alargo las manos para sujetarlo por los hombros. Después suspiro y me meto bajo uno de sus brazos.
Arrugo la nariz. Huele a whisky escocés y a perfume, y no sé cuál de los dos olores detesto más.
Dario masculla algo incoherente mientras lo ayudo a subir las escaleras, y consigo abrir la puerta de su dormitorio.
Arrastro su pesado culo hasta dentro y lo dejo caer sobre la cama.
—Puedo acostarme solo. —Suena malhumorado, como un niño pequeño, y no puedo evitar reírme.
—Claro, claro. Pues no lo parecía.
—¿Por qué?
Parpadeo al mirarlo.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué me ayudas?
Me observa sin pestañear; sus ojos son de un marrón tan oscuro que parecen negros a la luz de la luna.
Suspiro.
—No lo sé. Porque necesitabas ayuda.
—Habría estado bien.
—Te habrías caído de bruces por las escaleras. ¿Adónde has ido, a un club de estriptis o algo así?
Una sonrisa burlona se extiende despacio por sus labios.
—¿Por qué? ¿Te pondrías celosa?
Guardo silencio mientras le saco uno de los zapatos y lo dejo en el suelo. Le quito el otro y él gruñe al incorporarse.
—Ven aquí.
—No, Dario, yo...
Pero ya es demasiado tarde. Ya está tirando de mí para sentarme en su regazo, rodeándome la cintura con los brazos, y deja escapar un suspiro contra la piel desnuda de la parte posterior de mi hombro.
Me acomodo junto a él y apoyo una mano en su pecho. Vuelve la mirada hacia mí.
—Había un montón de mujeres, pero no... No he podido.
—¿No has podido hacer qué? —pregunto en voz baja mientras le aparto el pelo de la cara. Se inclina hacia mi caricia. Dios, siempre ha sido un borracho tan dulce.
Odio esto. Lo odio a él.
Pero no consigo apartarme.
—Nada, Li. No he podido hacer nada. Solo te deseo a ti.
Resoplo, aunque sus palabras me aceleran el corazón.
—Estás lleno de mierda.
—No es que me guste —masculla—. No es que no quiera enterrarme dentro de otra.
—Entonces, ¿qué te lo impide?
Me mira con la mandíbula tensa.
Poco a poco, caigo en la cuenta.
—No hablarás en serio. No estarás conteniéndote solo para impedir que yo vea a otros hombres.
Aparta la mirada, pero no protesta.
Suelto una carcajada seca.
—¿De verdad eres tan territorial? ¿Por qué? Entonces no me querías...
Me agarra de la muñeca y empuja mi mano contra su entrepierna. Jadeo al notarlo semierecto bajo la palma.
—He bebido suficiente whisky como para tumbar a un elefante y aun así te deseo, Li. No me digas que no, joder.
Trago saliva y retiro la mano, pero él mantiene el brazo firmemente ceñido a mi alrededor.
Me acerca más y la cabeza me golpea contra su pecho. Me relajo sobre él, vencida por el cansancio.
—Quédate conmigo —murmura, y sus palabras se pierden contra mi coronilla—. Solo esta noche, ¿sí?
Trago saliva.
—De acuerdo, si así cierras los ojos.
—No te marches antes de que me despierte. —Los ojos se le cierran, pero él se empeña en volver a abrirlos.
—Duerme la mona, Dario. Te veré por la mañana.
No pienso quedarme. Solo pretendo estar tumbada aquí hasta que se duerma, pero, cuando vuelvo a darme cuenta de algo, los pájaros ya cantan.
Entreabro un ojo y Dario todavía me tiene prácticamente atrapada en una llave de cabeza; su bíceps se tensa cuando intento escabullirme.
—Dario —mascullo y, como no se despierta, al final le doy un fuerte mordisco en el bíceps.
Se despierta con un grito y soltando maldiciones.
—Lo siento —digo, aunque no puedo evitar reírme al ver su expresión—. Por las mañanas no hay quien te despierte.
Gime.
—No hables tan alto. No respires tan alto.
Me río, aliviada al saber que anoche no se acostó con nadie más. Sé que no debería ponerme tan contenta, pero no puedo evitarlo.
—¿Recuerdas algo de anoche?
Parpadea.
—Solo... mucho whisky, y luego estaba aquí y tú... estabas cuidándome.
—Estabas como una cuba. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Dejar que te cayeras por las escaleras?
—Gracias —dice en voz baja, y yo parpadeo, sorprendida.
—De... nada.
Es lo más parecido a un buen momento que hemos compartido jamás.
—Deberías ducharte —le digo mientras arrugo la nariz.
Se huele y hace una mueca.
—Huelo como una puta francesa.
Resoplo y una sonrisa astuta se extiende por su cara.
—¿Por qué, belissima...? ¿Estabas celosa?
—No —respondo, pero no puedo mirarlo; tengo la cara encendida.
—No quiero a ninguna otra —dice con la mirada más sincera que le he visto jamás.
—No digas cosas así. —Empiezo a levantarme, pero él me rodea con fuerza entre sus brazos y se incorpora contra el cabecero.
—¿Por qué no?
—Porque no es verdad, Dario. Si solo me quisieras a mí, nunca habrías... —Dejo la frase sin terminar.
—¿Nunca habría qué, Li? ¿Qué hice tan malo?
—Sabes lo que hiciste.
Exhala largamente por la nariz y me coloca encima de él. Instintivamente, me siento a horcajadas en su regazo, sin pensar que llevo un camisón y no tengo bragas.
Baja la vista hacia el camisón, que se me ha arremolinado en torno a las caderas, y gime en voz baja.
—¿Pero qué coño...? ¿Vas por la casa vestida así?
—Estaba en la cama, pero... no podía dormir.
—¿Necesitas desahogarte, nena? —murmura contra mi oído mientras desliza una mano entre mis muslos.
Gimo y abro las piernas sin resistencia. Me odio.
—Siempre te ponías de mal humor si no follabas todos los días.
Me ruborizo, avergonzada, pero aun así muevo las caderas y noto cómo se endurece bajo mi cuerpo.
Me besa el cuello, evitando mi boca, mientras presiona los dedos contra mi entrada sin llegar a penetrarme.
Balanceo las caderas hacia delante y envuelvo dos de sus dedos. Él deja escapar un gruñido bajo y gutural.
—Tengo demasiada resaca para hacer gran parte del trabajo, pero podrías cabalgarme, belissima. Siempre me ha encantado verte las tetas botando delante de mi cara.
Sus palabras obscenas hacen que el placer se me acumule en el vientre. Me humedezco cada vez más alrededor de sus dedos y balanceo despacio las caderas, disfrutando de la fricción mientras el orgasmo va creciendo.
Dario presiona el pulgar contra mi clítoris y yo jadeo, moviendo las caderas más deprisa.
Gime contra mi cuello y mete una mano entre nuestros cuerpos para desabrocharse los pantalones. Libera su erección y yo me muerdo el labio mientras le rodeo la base con la mano.
Dario toma aire con un jadeo entrecortado y apoya las manos en mi cintura mientras me coloco sobre él. Desciendo despacio, envolviéndolo centímetro a centímetro, con calma, apoyándome en sus hombros.
Aprieta los dientes y jadea contra mi cuello antes de morderme allí. Gimo y empiezo a botar sobre su polla.
Deja escapar un gemido grave que casi parece un gruñido y me sujeta por las caderas mientras me mueve a lo largo de su miembro. Mis pechos se salen del escote del camisón y él atrapa uno de mis pezones entre los dientes, rozando con suavidad la punta.
Grito, con el orgasmo acercándose a toda velocidad.
—Por favor, por favor, por favor —repito como una letanía. Dario se ríe y empieza a embestir hacia arriba cada vez que yo desciendo.
Mi cuerpo se queda casi inerte y él vuelve a hacerlo, clavándome los dedos en las caderas con tanta fuerza que dejará moratones mientras embiste con violencia dentro de mí.
—¿Por favor qué, belissima? —jadea.
—Por favor, haz que me corra —suplico entre jadeos y, entonces, me corro. Me deshago sobre él, gritando su nombre y hundiéndole las uñas en los hombros.
Cuando termina, me desplomo sobre él, respirando con dificultad contra su piel.
Me besa dulcemente el cuello y la clavícula; su aliento cálido acaricia la piel que se me eriza.
Tiemblo ligeramente entre sus brazos y él me frota los brazos de arriba abajo.
—¿Tienes frío, nena?
Nena. Li. Belissima.
Es como volver a hace cinco años, a todas las noches que pasé en aquel maldito ático, un lugar donde creía que nos habíamos enamorado. Saber ahora que es «solo un sitio al que lleva a las mujeres» me enfurece tanto que podría escupir.
Me aparto de él y salgo de la cama, aunque intenta volver a atraerme hacia sus brazos.
—No te vayas —suplica, pero no lo escucho. No lo miro.
La puerta se cierra a mi espalda y no vuelvo la vista.
No puedo.
Si lo hago, estaré perdida.