18. Dario
DARIO
Son más de las siete cuando llegan Giovanni y Rocco, y yo ya estoy esperando con otros dos de mis hombres, que en realidad son primos míos: Paolo y Lorenzo.
Siempre han sido leales y tienen el tamaño suficiente para aportar algo de músculo en caso de que alguno de nuestros enemigos se presente a recoger este cargamento falso.
No estoy seguro de que vaya a salir nada de esto.
Beth no puede ser quien mueve los hilos, ¿verdad? Parece absurdo movilizar a tantos hombres por mi primita, pero... tengo que asegurarme.
—Tenemos una rata entre nosotros —les digo a los cuatro cuando llegan Giovanni y Rocco.
Paolo levanta la vista del móvil. Solo tiene veinticuatro años, pero ya ha hecho buenos trabajos para mí.
—¿De la familia? —pregunta con una ceja enarcada.
Parpadeo, mirándolo.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque el único que está aquí y no es de la familia es Giovanni, y como si lo fuera.
Me relajo un poco.
—Tienes razón. Es alguien de la familia.
Los hombros de Lorenzo se tensan. —Y tienes una idea de quién es; de lo contrario, no estaríamos aquí.
Asiento despacio.
—Voy a preparar un cargamento falso y solo le daré la información a la sospechosa. Si aparece alguien...
—Entonces lo sabremos —termina Giovanni.
Lorenzo asiente.
—¿De quién sospechas? De ninguno de nosotros dos, supongo.
Niego con la cabeza.
—Beth.
—¿Beth Conte? —pregunta Paolo, incrédulo—. Nunca le ha interesado este mundo.
—Pero me odia.
Lorenzo silba.
—Eso es verdad, pero... aun así, creo que te equivocas de objetivo, jefe.
Me encojo de hombros.
—Eso espero.
—Vale, ¿cuál es el plan?
—Le hemos dado información sobre un cargamento que llegará el viernes a medianoche al almacén del centro —explica Rocco—. También he dejado caer que Dante irá a inspeccionarlo en persona.
—Y nosotros solo somos... —empieza Paolo.
—Refuerzos —termino, y ambos asienten.
Seguimos hablando un rato hasta que llega la hora de marcharnos, y la tensión en el ambiente es palpable. Ni Lorenzo ni Paolo creen que Beth sea culpable. Piensan que esto es una pérdida de tiempo.
Puede que lo sea. No puedo evitar sentirme dividido por tenderle una trampa.
Sé que nunca le he caído bien, y Dios sabe que de joven me metía con ella, pero es la mejor amiga de Liana.
Menos mal que he estado evitando a Liana —por muchos motivos—, pero sobre todo porque podría notarme algo en la cara.
Darse cuenta de que algo va mal.
No puedo arriesgarme a que avise a Beth.
Pero tampoco soporto estar mintiéndole a Liana.
¿Y por qué importa? ¿Por qué coño me importa tanto?
No debería. Me abandonó. Me dejó destrozado y sangrando y, de la noche a la mañana, siguió adelante con otro. Debería odiarla tanto como ella me odia a mí.
Pero ahora ni siquiera puedo pensar en ella. Solo puedo pensar en Beth.
Estoy repasando cada una de las interacciones que hemos tenido, intentando averiguar en qué momento se torció todo. Fui un capullo con ella, desde luego: le tiraba de las coletas y le decía que su vestido era feo. Pero ¿acaso no hacen eso todos los chicos con sus primas?
¿Bastó para que me odiara tanto como para querer derribar mi imperio?
Tengo que asegurarme. Mamá y papá querrían que lo hiciera.
Se me cierra la garganta cuando pienso en ellos. No puedo evitar recordar la última vez que los vi.
—¿Estás seguro de que quieres irte ahora a Europa? Con todo lo que está pasando con los Gallo... —La voz de mi padre se apagó.
Solté un resoplido, molesto. La idea de que me fuera a Europa no le había gustado cuando se la mencioné por primera vez semanas atrás, y ahora estaba intentando retenerme allí.
—Vincenzo y tú lleváis años a la gresca. ¿Qué hay de diferente ahora?
Mi padre suspiró. —Creía que querrías formar parte de esto. Sabes que algún día todo será tuyo.
Claro. Algún día, cuando fuera viejo y canoso como él.
No quería vivir anhelando una vida que estaba a veinte años de distancia.
Los mafiosos viven deprisa y mueren aún más deprisa. Yo quería vivir mi vida tan plenamente como pudiera, y eso incluía ir a Europa.
Al día siguiente, mi padre no apareció en el aeropuerto.
Lo típico.
Mi madre me llevó ella misma y fue charlando de cosas sin importancia durante el trayecto. Yo apenas la escuché, demasiado entusiasmado pensando en el champán de primera clase y en las francesas a las que iba a llevarme a la cama.
Ya era bastante malo que papá no me permitiera llevarme nuestro avión.
—A tu padre le gustaría que te quedaras —dijo en voz baja después de abrazarme en la puerta de embarque.
—Pues qué pena —espeté, y el dolor en el rostro de mi madre me encogió el corazón.
Pero ella se limitó a despedirse con la mano, y yo pasé el control de seguridad y subí al avión.
Estaba en Francia, en la cama con una mujer y rodeado de varias botellas de vino vacías, cuando recibí la llamada para decirme que los habían matado.
Inspiro con un temblor, me acerco al bar y me sirvo un whisky.
No me doy cuenta de que me he quedado dormido hasta que Liana me da una patada en la espinilla.
—Eh, despierta —me llama en voz baja, y consigo abrir un párpado.
La luz del sol me da de lleno en la cara y una punzada de dolor me atraviesa la sien.
—Ay, joder —murmuro, y Liana se ríe.
—¿Te pasaste anoche?
—No mucho.
Me incorporo y me froto la cara con una mano.
Ella me entrega con solemnidad una botella de agua.
—Supuse que tendrías resaca.
—¿Qué me ha delatado? —grazno, y ella sonríe con suficiencia.
—La ropa arrugada que llevabas ayer. El olor a whisky que te sale por los poros. A lo mejor soy vidente.
—Qué graciosa —murmuro mientras cojo la botella, la abro y me bebo la mitad de un trago.
—¿Qué te pasa? Me estás evitando y luego... esto.
—Ya te he dicho que no te estoy evitando.
Ella pone los ojos en blanco y cruza los brazos sobre el pecho.
—Sí, claro, vale. Anoche nos echaste de casa.
—Porque tenía una reunión.
—No es la primera que tienes desde que nos mudamos aquí —señala, y tiene razón.
Sencillamente, no podía tenerla en casa mientras tramaba la caída de su mejor amiga.
—Estoy bien.
Frunce el ceño.
—No, no lo estás. Te conozco, Dario. ¿Qué ocurre?
—Nada. He dicho que estoy bien —replico con brusquedad—. Y no hace falta que me cuides como a un niño; puedo subir solo a la cama.
Liana se queda atónita y levanta las manos a la defensiva, y yo me siento como un gilipollas.
—Lo siento. Es solo que... he pasado una noche difícil.
Asiente despacio.
—Entendido. No haré más preguntas.
—Li, yo no quería...
Pero ella ya está subiendo las escaleras hecha una furia. Gimo cuando oigo cerrarse de un portazo la puerta de su dormitorio.
Genial. Ahora está enfadada conmigo.
No vuelvo a verla hasta después de cenar. O no hemos coincidido, o ella y Sonny han comido en la habitación de él, como suelen hacer.
Sobre todo cuando está enfadada conmigo.
Deambulo abatido por la casa, intentando sobrellevar la resaca, pero la cena hace que me sienta mejor. Estoy saliendo de la cocina cuando ella entra, y ambos nos quedamos inmóviles al encontrarnos cara a cara.
—Solo venía a coger algo de picar para Sonny —dice deprisa, pasando junto a mí.
La cojo de la muñeca.
—Li. No te enfades conmigo.
Ella se zafa de mí.
—¿Quién dice que esté enfadada?
—Ah, no sé —digo con sorna—. Quizá esas cejas fruncidas. O las comisuras de tus labios, que apuntan hacia abajo. A lo mejor soy vidente.
Resopla al oírme repetirle sus propias palabras.
—No estoy enfadada. Es solo que... siento que yo saco más de todo esto que tú —dice con sinceridad, y mis ojos se clavan en los suyos.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, yo tengo un sitio donde vivir, alojamiento y manutención, comida gratis, todo lo que quiera. Y tú... ¿qué sacas de esto? ¿Por qué lo haces?
—Ya te lo dije, la deducción fiscal...
—Cualquier desgravación fiscal que pudieras conseguir sería insignificante.
Abro la boca para responder, pero vuelvo a cerrarla.
—Entonces, ¿qué es, Dario? ¿Por qué me ayudas?
Porque sigo tan enamorado de ti que no puedo ni pensar con claridad. Porque te odio y te quiero y no soporto la idea de que puedas ser de otro.
Porque has sido mía desde el momento en que te vi.
—No lo sé —respondo al fin con voz inexpresiva, y Sonny baja trotando por las escaleras, con el ceño fruncido.
—No os peleéis —dice en voz baja y tensa mientras nos mira desde abajo con sus penetrantes ojos grises. Se parece tanto a su madre que el corazón me da un vuelco.
—No estamos peleando, cariño —le asegura Liana—. Solo estamos hablando.
—Parecía una pelea. —Se frota los ojos, aún adormilado.
—Siento que te hayamos despertado —digo mientras lo cojo en brazos.
En vez de apoyar la cabeza en mi hombro como de costumbre, me mira a la cara.
—¿Crees que... crees que podrías ser mi papá? Ya que no tengo ninguno.
Algo se quiebra en mi interior de arriba abajo y noto que las lágrimas me escuecen en los ojos. Pero, tan rápido como ese sentimiento nace en lo más profundo de mi pecho, Liana me arranca a Sonny de los brazos.
Lo deja en el suelo.
—Dario no es tu papá.
El labio de Sonny tiembla.
—Pero...
—No lo es —dice ella sin emoción mientras le coge la mano—. Y ahora vamos a llevarte a la cama.
Aprieto tanto la mandíbula que parece que se me van a romper los dientes.
Así que nada ha cambiado. Sigue odiándome con toda su puta alma.
Lo lleva escaleras arriba y yo hago una llamada.
—¿Rocco?
—¿Sí, jefe?
—Dijiste que te llamara si quería emborracharme.
—¡Joder, sí! Paso a recogerte en quince minutos.
Puede que me esté apoyando demasiado en el alcohol, pero soy mafioso. ¿No es eso lo que se supone que hacemos?
¿Apoyarnos en nuestros vicios?
Es mejor que apoyarme en mi otro vicio: la jodida Liana Rossi.