17. Liana
LIANA
Tres días después de la fiesta de Vincenzo, me doy cuenta de que Dario me evita deliberadamente. Lo cual, en teoría, debería hacerme feliz.
Pero lo único que consigue es cabrearme.
Debería alegrarme, pero no puedo dejar de pensar en lo contundente que lo sentí dentro de la boca, en los sonidos que emitió al correrse.
Joder.
Tengo que dejar de pensar en guarradas. Si no, acabaré... ardiendo espontáneamente o algo así.
Solo han pasado tres días y siento como si tuviera síndrome de abstinencia.
Supongo que, cuando llevas cinco años sin sexo, acabas acumulando mucha tensión.
Ojalá no fuera Dario. Ojalá fuera cualquier otro.
Pero mi cuerpo no parece reaccionar ante nadie que no sea él.
Y seguro que él no siente lo mismo. No ha traído a ninguna chica a casa, pero estoy convencida de que es solo cuestión de tiempo. Un hombre no puede huir de su propia naturaleza, y Dario Conte es un perro.
Resoplo y llamo con suavidad a la puerta del dormitorio de Sonny antes de abrirla.
Está sentado en la cama, frotándose los ojos.
Le sonrío.
—¿Arriba, peque?
—Sí —murmura mientras se levanta y viene hacia mí arrastrando los pies, aún en pijama—. ¿Podemos comer tortitas?
—No veo por qué no.
Si Sofia ya se ha levantado y está preparando el desayuno, me limitaré a pedirle las tortitas. Pero, cuando bajamos a la cocina, está vacía.
Emito un murmullo pensativo.
—Las tortitas son lo único que sé preparar. ¿Quieres ayudarme?
Los ojos grises de Sonny se iluminan.
—¡Sí! Será divertido.
Le cojo un taburete y saco la mezcla para tortitas y los demás ingredientes. Dejo que Sonny casque el huevo y, milagrosamente, no lo llena todo de cáscara.
Mientras mezclamos la masa, no puedo evitar que un recuerdo revolotee por mi mente.
—¿Sabes qué toca los domingos por la mañana, tesoro?
Salí de la cama a toda prisa al oír la voz de mi padre y, en cuanto se acercó, prácticamente me lancé a sus brazos.
Él se rio, me hizo girar por el aire y me estrechó con fuerza antes de volver a dejarme en el suelo.
—¡Tortitas, tortitas, tortitas! —canturreé, y él asintió sonriendo mientras me cogía de la mano. Bajamos las escaleras y me sentó en la encimera de la cocina.
Balanceé los pies, como siempre, mientras sonreía y cogía los tarros del azúcar y la harina. Papá siempre me daba una cucharada de azúcar para hacer una prueba de sabor, y yo abría la boca expectante.
Me metió la cuchara en la boca y cerré los ojos cuando el dulzor del azúcar estalló sobre mi lengua.
Los domingos siempre eran días perfectos.
No me doy cuenta de que las lágrimas me corren por la cara hasta que Sonny alza la vista hacia mí con el ceño fruncido.
—Mamá, estás triste.
Sollozo y me seco la cara.
—Solo un poquito.
Le sonrío y le limpio un poco de azúcar de la mejilla.
—¿Ya has hecho la prueba de sabor del azúcar?
Pero no capta la indirecta para cambiar de tema.
—¿Por qué lloras?
Cojo aire.
—Es que echo de menos a alguien.
—¿A quién echas de menos?
—A papá. ¿Te acuerdas de papá?
Su ceño se frunce aún más.
—¿Dónde está el abuelo? Hace mucho que no lo vemos.
Se me corta la respiración, pero, cuando hablo, mi voz suena firme.
—Está... de viaje.
Eso es lo que desearía poder creer. En algún rincón de mi mente, sigo esperando que regrese contando historias sobre la juerga que se ha pegado.
Pero conozco la verdad.
Se ha ido. Pero soy incapaz de decirle a mi hijo que su abuelo está muerto.
—Debe de ser un viaje muy largo.
—Sí —respondo en voz baja, revolviéndole el pelo mientras termina de batir la mezcla—. Supongo que sí.
—Es que lo echas de menos —continúa mi precoz niño—. Porque es tu padre.
—Eso es —digo sin darle importancia, pero entonces lo oigo murmurar algo entre dientes.
—Yo también echo de menos a mi padre. Aunque nunca lo conocí.
Me quedo paralizada. No creía que tuviera edad suficiente para hacer esas preguntas, para darse cuenta de que había algo diferente. Cierro los ojos con fuerza y vuelvo a abrirlos.
—¡Hora de cocinar las tortitas! —exclamo con voz alegre, y él sonríe, distraído.
Gracias a Dios.
No tengo ni idea de qué le contaré a Sonny cuando tenga edad suficiente para insistir en saber cosas sobre su padre.
Supongo que le diré lo mismo que les digo a todos: que fue cosa de una noche. Que después él no quiso saber nada de mí.
Pero eso le romperá el corazón a Sonny.
—¿Has hecho tortitas?
La voz incrédula de Dario llega desde la puerta abierta de la cocina.
Me pongo tensa, pero me vuelvo.
—Sí. Hay de sobra, por si quieres.
—No sabía que cocinaras.
—¡No cocina! —interviene Sonny—. Solo hace tortitas.
Sonrío y arrugo la nariz al mirarlo. Él se ríe, sentado en su asiento elevador, y ataca sus tortitas.
Dario se sirve un plato y se sienta junto a Sonny.
Yo también me siento y corto un pedacito de tortita. Las risitas de Sonny hacen que levante la vista.
Dario ha abierto tres agujeros en una tortita grande y se la ha puesto sobre la cara.
No puedo evitar soltar una carcajada, y Sonny se está partiendo de risa, a punto de caerse.
Dario se ríe y luego tira la tortita usada a la basura antes de cubrir de sirope el resto de la pila.
Se le dan bien los niños, tengo que admitirlo. Sonny es tímido y siempre se esconde detrás de mí, pero congenió con Dario enseguida.
También se portó bien en la fiesta con sus primos pequeños. Pero, con su estilo de vida, con lo que hace..., jamás podría ser una figura paterna para Sonny.
De todos modos, probablemente tampoco querría serlo. No es precisamente de los que sientan la cabeza.
—Esta noche tengo una reunión aquí —comenta Dario con indiferencia, y yo levanto la mirada hacia él. Tiene los ojos puestos en la comida y come con ganas—. Deberíais marcharos. Usa mi tarjeta de crédito y reserva una habitación en el Ritz.
Frunzo el ceño.
—No hace falta que pagues eso. Siempre puedo quedarme en casa de Beth.
Se queda callado, pero no protesta.
—¿Esta noche nos quedamos con la tía Beth? —pregunta Sonny, con una emoción evidente en su vocecita.
—¡Eso parece! Podemos hacer noche de cine.
—¿Con palomitas caseras?
Beth tiene una máquina de palomitas antigua, y a Sonny le encanta.
Sonrío.
—Sí, claro.
—¿Puedo irme a jugar ya?
—Claro que sí, cariño. Pero seguramente nos iremos dentro de poco.
—No tenéis que marcharos de inmediato —dice Dario en voz baja, pero yo me encojo de hombros.
—Más vale que dejemos de estorbarte.
Dario vuelve a quedarse callado. Él nunca está tan silencioso.
—¿Qué te pasa? —pregunto cuando Sonny sale corriendo de la habitación y sube las escaleras.
Los ojos oscuros de Dario se encuentran con los míos. Están vacíos, inescrutables.
—No sé de qué hablas.
—Llevas evitándome desde la fiesta de Vincenzo.
—No te estoy evitando. Es que estoy ocupado.
Se levanta y yo frunzo el ceño.
¿A qué viene esto? ¿Por qué cambia tanto de actitud? ¿Por qué juega así con Sonny y luego se muestra tan frío conmigo?
—Nos vemos mañana —murmura antes de abandonar la habitación, dejándome más confundida que nunca.
Tardo alrededor de una hora en preparar una bolsa con lo necesario para que Sonny pase la noche fuera y meterlo en el coche. Llamo a Beth de camino.
—¿Diga?
—¡Vamos para allá! —anuncio alegremente—. Dario tiene una reunión esta noche y quiere que salgamos de casa.
—¿Q-qué? ¿Una reunión? ¿Esta noche?
Frunzo el ceño. Beth está comportándose de un modo extraño. Quizá se fue a casa con el tipo de la otra noche y le da miedo contármelo.
—Sí. ¿Te parece bien? Ha dicho que pagaría un hotel, pero he pensado...
—¡Claro que me parece bien! —Su voz suena más animada, pero no sé si está exagerando por mí o no—. Venid. ¿Traes a Sonny?
—¡Sí! —grita Sonny desde el asiento trasero, y Beth se ríe entre dientes, sonando más como la de siempre.
—Si estás completamente segura de que no pasa nada... —titubeo.
—Sí. No pasa nada. Es solo que me ha sorprendido, eso es todo. Estamos a mitad de semana. Es un momento raro para tener una reunión.
Beth suena casi recelosa, pero supongo que siempre se pone así cuando se trata de Dario.
Sonny y yo llegamos sin incidentes y él va directo a la caja de juguetes que guardo en casa de Beth.
Me ha ayudado a cuidar de Sonny desde que era recién nacido, así que, como es natural, algunas de sus cosas acabaron trasladándose a su casa.
—Le he dicho que haríamos noche de cine. Algo de Disney y unas palomitas.
—Le encanta la máquina de palomitas —coincide mientras me conduce a la cocina—. ¿Te apetece algo? ¿Café? ¿Té?
Niego con la cabeza.
—Acabo de desayunar. He hecho tortitas con Sonny, como hacíamos papá y yo.
Me sonríe, me coge de la mano y me la aprieta.
—Estoy segura de que se sentiría orgulloso de que mantengas viva la tradición.
Las lágrimas vuelven a escocerme en los ojos, pero hoy no quiero llorar.
—Y bien... —la pico—. ¿Al final te fuiste a casa con ese tipo?
—¿Qué tipo? —Su rostro no refleja nada.
Resoplo.
—¿Hola? El tipo con el que estuviste bailando toda la noche.
Se pone de un rojo intenso, casi morado.
—Ah. Bueno... No, no me fui a casa con él. Pero sí lo besé.
Jadeo.
—¿Que hiciste qué?
Beth no es como yo. Siempre ha formado parte de este mundo, pero nunca ha salido con un mafioso. Ahora que lo pienso, nunca ha salido con... nadie. Es muy posible que Beth sea virgen. Sencillamente, no es algo de lo que hable.
Se tapa la cara con una mano y mira entre los dedos.
—¡Lo sé, es terrible! Pero fue muy amable y ya sabes que nunca me sacan a bailar...
Frunzo el ceño.
—No paran de tirarte los tejos.
—Sí, claro —se mofa Beth—. A la que quieren todos los tíos es a ti, Liana. Tú eres la guapa.
Frunzo aún más el ceño.
—No digas cosas crueles sobre mi mejor amiga. Eres preciosa.
—Sí, sí —murmura Beth. No puedo evitar reparar en que esta noche está de un humor extraño.
—¿Seguro que estás bien?
—Por supuesto —responde con indiferencia mientras se prepara una taza de café—. Solo tengo un poco de trabajo pendiente. ¿Te importa si me encierro un rato en el dormitorio?
—Claro, haz como si no estuviéramos aquí.
Asiente y desaparece en el dormitorio, cerrando la puerta con llave.
Miro la puerta cerrada con el ceño fruncido. ¿Qué está pasando? Entre su comportamiento insólito y el de Dario, ya no sé ni dónde tengo la cabeza.
Juego un rato con Sonny, ayudándolo a construir un circuito y echando carreras con sus coches en miniatura.
Unas horas después, estoy dando cabezadas en el sofá mientras Sonny ve dibujos animados cuando Beth habla.
—¿Qué estás viendo, peque?
Él recita atropelladamente el nombre de la serie y yo me incorporo, sonriéndole.
—¿Has podido adelantar trabajo?
—Sí, gracias. —Se sienta junto a Sonny—. ¿Preparado para una película?
Él la mira con una gran sonrisa.
—¡Solo si podemos hacer palomitas!
—Vamos, peque. Las palomitas se dan por hechas.
Me quedo en el sofá, limitándome a observarlos mientras preparan las palomitas, con una sonrisa afectuosa en los labios.
Tengo muchísima suerte de tener a Beth. No sé qué habría hecho sin ella durante el embarazo o cuando Sonny era un recién nacido.
Evitó que me volviera loca. Recogió los pedazos de mi corazón roto.
Sonny se queda dormido pronto, acurrucado en una esquina de su sofá modular.
Beth me mira de reojo.
—Entonces, ¿qué tal van las cosas entre Dario y tú?
—No hay nada entre Dario y yo.
Ella resopla.
—Por favor. Estás literalmente casada con él. Y te acuestas con él, ¿no?
Cierro la boca de golpe.
Ella suspira.
—Es que... quiero que tengas cuidado, Liana. Sabes que no tiene ni un solo hueso fiel en el cuerpo. Solo volverá a hacerte daño.
—Lo sé —respondo en voz baja.
Pero una parte de mí no deja de preguntarse: ¿y si ha cambiado?