El Heredero Secreto del Don (Crowned in Sin 6) 16. Dario
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16. Dario

DARIO

Gimo mientras meto y saco los dedos de entre los labios entreabiertos de Liana. Está jodidamente buena así, cuando se somete, cuando se rinde y me deja tomar el control.

Pero ahora quiere recuperar parte del poder y no puedo hacer nada para impedírselo. Recuerdo cómo se siente su boca: caliente, prieta y húmeda, igual que su coño.

¿Quién podría negarse?

Así que le saco los dedos de la boca y dejo que me empuje sobre la cama. Me recuesto contra el cabecero, con la respiración ya entrecortada.

La polla me palpita cuando rodea la base con los dedos y empieza a acariciarla despacio hacia arriba.

Hablo entre dientes.

—No me provoques.

Hace un mohín; sus pechos rebotan cuando se acomoda boca abajo entre mis muslos y juguetea distraídamente con mis pelotas mientras me mira con sus ardientes ojos grises.

—No sabes divertirte —dice, pero aun así me mete en la boca, deslizando la lengua por la parte inferior de mi polla antes de engullirme.

Dejo escapar un gemido ahogado cuando alcanzo el fondo de su garganta y ella tiene una arcada, con los ojos anegados en lágrimas.

Pero Liana aguanta como una campeona; no pierde el ritmo ni siquiera cuando alzo las caderas.

Le follo la boca y ella se limita a aceptarlo, tomando aire a bocanadas por la nariz.

—Joder, podría correrme así. Hacer que te tragaras hasta la última gota —murmuro mientras le recojo el pelo en una coleta suelta y hago que suba y baje la cabeza.

Gime débilmente alrededor de mi polla y yo siseo cuando su lengua se mueve en torno al glande.

Le tiro del pelo para apartarla y vuelve a gemir, esta vez más fuerte.

Se lame los labios cuando salgo de su boca, jadeante. Se pone a cuatro patas de espaldas a mí, de modo que lo único que veo es su coño reluciente.

—Fóllame por detrás, Dario. Hazme tuya.

—Ya eres mía. Siempre has sido mía —le digo, y lo digo jodidamente en serio. Da igual lo que se traiga entre manos ahora, da igual cuánto daño me hiciera: sigo sintiendo que es mía.

Y no permitiré que nadie la toque. Y mucho menos el puto Benedict.

No debería tener tantas ganas de hacerle daño como tengo. Al fin y al cabo, solo le había pedido que bailara con él, pero sé lo que estaba pensando. Sé que la vio con ese vestido y la deseó.

Pero no puede tenerla. Nadie salvo yo puede tocarla. Mi Liana. Mi esposa.

Me coloco detrás de ella con un gruñido y penetro despacio. Cuando entro hasta el fondo, sus paredes palpitan a mi alrededor y me muerdo la lengua para no correrme ahí mismo.

—Oh, joder —gime, echando el culo hacia atrás, follándose ella sola con mi polla, y yo la observo embelesado mientras sus nalgas tiemblan.

—Mira qué puta eres conmigo —murmuro. La cabeza me da vueltas a pesar de que solo he bebido dos copas—. Follándote tú sola con mi polla. ¿Te gusta, preciosa?

—Sí —gime—. Me gustaría más si me follaras fuerte y sucio, como antes.

Una sonrisa arrogante se extiende por mi rostro.

—Solo tenías que pedirlo, belissima.

La agarro por las caderas y la embisto con fuerza una y otra vez. Ella grita. Noto cuándo empieza a correrse; la forma en que se contrae a mi alrededor hace que apriete tanto los dientes que me duele la mandíbula.

Consigo seguir follándola durante todo el orgasmo antes de hundirme hasta el fondo y derramarme dentro de ella, besándola a lo largo de la columna antes de incorporarme.

Se desploma sobre la cama, cayendo de bruces, y no puedo evitar sonreír al verla.

Me recoloco y entro en el cuarto de baño del dormitorio. Cojo un paño fresco y regreso para limpiarla.

—Ahora tengo que volver a ponerme el vestido —dice frunciendo el ceño y haciendo un mohín, y yo suelto una carcajada.

—Te ayudaré.

—Más te vale. Todo esto es culpa tuya; sabes que me gusta cuando te pones posesivo.

—Siempre soy posesivo —admito, y ella se ríe entre dientes.

—Sí. Lo eres. Un pajarito me ha contado que no eras así con ninguna otra.

Cierro la boca de golpe.

—No lo he sido.

Mi voz se vuelve queda y vulnerable, y supongo que esa es la señal de Liana, porque se levanta y vuelve a embutirse en el vestido.

—¿Me ayudas?

Se da la vuelta y yo me inclino para besarle los hombros, salpicados de pecas por el sol. Después del sexo es el único momento en que me permite tocarla.

Le subo la cremallera del vestido y, cuando sale al pasillo sin decir una palabra más, es como si una diminuta flecha me atravesara el corazón.

Inspiro hondo, me paso una mano por la cara y espero unos diez minutos antes de seguirla.

Se está despidiendo de la tía Liza cuando me acerco.

—Y vais a tener algunas niñas, ¿verdad? En la familia Conte solo hay varones, aparte de Beth —dice Liza.

Liana se limita a sonreír.

—Ese es el plan, pero si acabo con cuatro niños, será culpa tuya.

La tía Liza suelta una carcajada y Liana se dirige hacia Vincenzo mientras yo me despido de mi tía con un beso.

Nos reunimos junto al coche y, cuando entra, permanece en silencio durante todo el trayecto a casa.

No sé qué decirle.

Quería matar a mi primo, con quien siempre he estado muy unido, solo por tocarte. Te deseo tanto que no puedo pensar en nada más. Quiero matar a tu ex por abandonaros a ti y a Sonny.

Te quiero con toda mi puta alma.

Me quedo paralizado cuando ese último pensamiento aparece en mi mente.

No. No, no la quiero.

Solo estoy confundido por el sexo y por lo bien que se ha portado esta noche con todo el mundo. Y su cuerpo todavía hace cantar al mío. Eso es todo.

Sale del coche y me mira expectante, pero yo me limito a despedirme con la mano. El cargamento falso llega esta noche y necesito saber quién aparece, si es que aparece alguien.

Intento no pensar en Liana mientras conduzco hasta detenerme junto a Giovanni y abandono mi coche para subir al suyo, ya que llama menos la atención.

—¿Está preparado para esto, jefe?

—Tan preparado como puedo estarlo —respondo con tono sombrío mientras subimos por la colina hacia el almacén.

—Joder —dice Giovanni al coronar la colina, y sigo su mirada.

Joder, desde luego.

Hay sirenas por todas partes: cuatro coches de policía, el equipo de operaciones especiales, todo. Han desplegado todos los medios.

—Es alguien de la familia.

Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula.

—Aparca. Yo hablaré con Dick.

Salgo del coche y levanto bien las manos.

Dick Spears se vuelve y resopla.

—Otra vez tú.

—El mismo que viste y calza —digo alegremente—. Pero, como ves, ha sido una falsa alarma. Una prueba, si lo prefieres.

—¿Una prueba?

—Para ver cuánto tardan tus chicos en llegar si os necesito.

Su expresión se avinagra.

—No somos tus títeres.

—¿No? —murmuro, acercándome a él.

Meto la mano en el bolsillo trasero, saco una pinza llena de billetes y se la encajo en la mano.

—No vuelvas a hacer esto —dice, y yo le dedico un saludo militar desganado.

Regreso al coche de Giovanni y subo.

—Volvamos a casa y hablemos de esto.

—De acuerdo. Rocco se reunirá allí con nosotros.

Y, en efecto, después de que Giovanni me deje junto a mi coche y regresemos, Rocco llega detrás de nosotros. Los conduzco a ambos hasta mi despacho. En cuanto se cierra la puerta, Rocco suspira.

—Así que teníamos razón.

—Por desgracia —masculla Giovanni.

—Como tienes cerca de un millón de primos, tenemos que reducir la lista.

—¿Qué hay de Dante? —pregunto, soltando un nombre al azar.

Giovanni resopla.

—Imposible. Es demasiado estúpido.

—¿Armando? ¿Por venganza, quizá? —sugiere Rocco.

Niego con la cabeza.

—No. No ha dado problemas desde que le corté el meñique.

—¿Pudieron volver a unírselo? —pregunta Giovanni.

—Y yo qué coño sé.

Rocco suelta una carcajada.

—De todas formas, está demasiado ocupado de fiesta como para planear algo así.

—¿Y si estamos buscando donde no debemos? —sugiere Giovanni con el ceño fruncido—. ¿Y si no es un hombre?

Arqueo las cejas.

—¿Qué pasa, crees que la tía Theresa ha hecho esto?

Los ojos de Rocco se abren de par en par.

—Joder, puede que sí. Ha ocupado el puesto del tío Roberto, ¿no?

—¿Por qué iba a hacerlo? Tiene más dinero que Dios —señala Giovanni.

Niego con la cabeza.

—No puede ser ella. Si hubiera algún problema, hablaría conmigo sin más. Siempre hemos estado muy unidos.

Giovanni me observa un momento.

—¿Y... Beth?

Suelto una risa desdeñosa.

—¿Beth? ¿Te refieres a la niñita que lloraba cuando le tiraba de las coletas?

—Bueno, tiene un motivo —señala Rocco.

—¿Cuál, que fui malo con ella cuando tenía quince años? No es gran cosa como motivo.

—Es lo único que tenemos —dice Giovanni, y yo gimo mientras vuelvo a pasarme una mano por la cara.

—De acuerdo. Que le den, organizad otro encuentro. Aseguraos de que solo le llegue a Beth.

—¿Otro falso? —pregunta Rocco con cara de idiota.

—Claro que falso —espeta Giovanni.

Les hago un gesto a ambos para que salgan del despacho. No quiero pensar que Beth está detrás de esto, que lo está cualquier miembro de mi familia, pero ahora mismo no se me ocurre ninguna otra explicación.

Giovanni y Rocco se marchan y yo me pongo en pie para bajar a comer algo. No he probado bocado en la fiesta y ahora me ruge el estómago.

Estoy a punto de pasar de largo ante el sofá cuando me doy cuenta de que Liana y Sonny duermen. Sonny tiene la cabeza en el regazo de Liana, y la de ella cuelga hacia atrás contra el cojín del sofá.

En la televisión ponen una película de dibujos animados sobre un gatito y un perro.

Me quedo mirándolos, olvidándome del estómago durante demasiado tiempo, hasta que me aclaro la garganta. Me acerco a ella y le aparto un rizo oscuro de la cara.

—¿Li?

Se despierta —no tiene el sueño tan profundo como yo— y bosteza.

—Oh, joder. ¿Qué hora es?

—Más de las dos de la madrugada.

—Jesús.

Se estira sin molestar al niño dormido en su regazo.

—Gracias por despertarme. Si no, la espalda me habría matado.

Se pone en pie con un gruñido mientras coge a Sonny en brazos. Tiene las piernas tan largas que casi le cuelgan hasta el suelo.

—Déjame a mí —murmuro.

—Se está haciendo demasiado grande —dice, y me pregunto qué aspecto tendrá el padre de Sonny.

Aprieto los dientes ante los celos que me consumen solo de pensarlo mientras alzo a Sonny en brazos.

Lo llevo a su dormitorio y ella sonríe mientras le acaricia la cara.

—Gracias —dice en voz baja, y yo me limito a asentir, con un nudo en la garganta.

Salgo y vuelvo a bajar, me preparo un sándwich y me sirvo otro vaso de whisky escocés.

Soy un puto idiota.

Estoy enamorado de ella. Puede que nunca dejara de estarlo. Y acostarme con ella no ha hecho más que empeorarlo unas cien veces.

Y ahora no puedo dejar de pensar en su ex, en cómo ocurrió, en dónde la tocó. ¿Le gustó? ¿Se corrió?

Estrello el vaso vacío contra la barra y llamo a Giovanni.

—¿Jefe? ¿No puede dormir?

—Ya dormiré cuando esté muerto. Escucha, he averiguado el cumpleaños de Sonny. He pensado que quizá te sirva para descubrir quién es su padre.

—¿Seguimos con...?

—Sí —ladro—. Quiero que averigües todo lo que puedas sobre el nacimiento. Sobre el padre. Liana quiere organizarle una fiesta el sábado y creo que cumple cinco años, así que retrocede cinco años.

—De acuerdo, jefe —dice Giovanni con voz cansada.

Puede que tenga razón. Puede que todo esto sea una estupidez. Aunque consiga encontrar al padre de Sonny, ¿qué pienso hacerle?

Nada legal. Nada bueno.

No solo tocó lo que es mío, sino que la abandonó cuando más lo necesitaba. La dejó tirada. Algo que yo jamás haría. Nunca.

Se merece todo lo que le espera.